Las islas más bellas de Panamá

Eclipsados por el protagonismo del Canal de Panamá, algunos de los archipiélagos más bellos del planeta permanecen tan puros como los contemplaron los conquistadores españoles cuando sus naves pasaban de largo en busca de las riquezas del Nuevo Mundo. Con una cuidada infraestructura hotelera, las islas panameñas han conseguido salvarse de las masificaciones turísticas de otros destinos similares.

Jaime González de Castejón

Basta un rápido vistazo al mapa de Panamá para comprender que la geografía de esta lengua de tierra centroamericana -de unos 80 kilómetros de ancho en su parte más estrecha- es una historia de amor entre mares, un contorneado baile con dos de los océanos más poderosos del planeta. Sus costas norte y sur se dejan acariciar respectivamente por el Atlántico -al resguardo del Mar Caribe- y por el Pacífico, con perfiles que se desdibujan una y otra vez en multitud de islas, cayos e islotes, penínsulas, golfos y bahías.

Desde los tiempos de la conquista española, cuando las cargas de oro y plata provenientes del Perú emprendían rumbo al Viejo Mundo por los caminos que más rápidamente cruzaban el istmo, la historia de Panamá ha girado siempre en torno al deseo de todo comerciante por acortar la ruta entre continentes.

Los antiguos Camino Real y Sendero de las Cruces -que se conectaban en su último tramo con el río Chagres- dejaron señalado el trazado básico que, posteriormente, seguirían la primera línea de ferrocarril interoceánica -inaugurada a mediados del siglo XIX- y el canal navegable soñado por Carlos V a mediados del siglo XVI, emprendido por los franceses en 1880 y concluido por los norteamericanos a principios del siglo XX. El nombre del país quedará ya para siempre asociado en nuestras mentes al del archifamoso Canal con que se consiguió la hazaña, la senda marítima que unía los hemisferios occidental y oriental.

Indiscutible referencia en las grandes rutas del comercio mundial, su capital, Ciudad de Panamá, yergue frente al Pacífico los soberbios rascacielos que la convierten en una de las ciudades más cosmopolitas de Centroamérica. Pero aunque Panamá se asocia automáticamente a su Canal, no todo es trasiego comercial a gran escala en este céntrico país convertido en vado del mundo. La exuberancia de su naturaleza interior compite, a la hora de atraer al turista, con la belleza de sus costas y el soleado atractivo de sus playas. Más allá persiste el reclamo de sus tentadoras islas, reavivando con sus idílicas estampas el sueño de un paraíso recuperado. Las Perlas, Bocas del Toro y San Blas son los sugerentes nombres de los archipiélagos más prometedores.

La "contadora de perlas". Durante más de tres siglos la producción de perlas hizo famoso al istmo panameño. Situada en el litoral del Pacífico, a 20 minutos de vuelo desde la capital, en medio del Golfo de Panamá, la Isla Contadora fue el lugar donde se llevó a cabo el registro y evolución de aquellas nacaradas cuentas tan apreciadas por los colonizadores. Las más de 200 islas que la acompañan -si contamos hasta las más pequeñas- se conocen como el Archipiélago de las Perlas debido al asombro de Vasco Núñez de Balboa ante la riqueza perlífera de sus aguas. De sus profundidades proviene la legendaria Peregrina con forma de lágrima. Entregada a la Corona española en el siglo XVI, esta perla extraordinaria quedó retratada por Velázquez como adorno del sombrero de su Felipe III a caballo, y prendida en los ricos vestidos de Margarita de Austria e Isabel de Borbón. Robada por José Bonaparte, pasó de mano en mano hasta que en una reñida puja de una subasta neoyorquina fue adquirida por Richard Burton para su amada Liz Taylor. Ya recientemente, "la mejor perla natural del mundo" ha vuelto a ser vendida en una subasta por nueve millones de euros. Algo de este valioso glamour debió quedar impregnado en el archipiélago, ya que algunas de las familias más adineradas del país han elegido Contadora para establecer allí sus casas vacacionales y practicar pesca, esnórquel, submarinismo, navegación o golf. La antaño Contadora de perlas no es la más grande del archipiélago -que es Isla del Rey-, pero sí la más cercana a la capital y con mejores conexiones. Entre sus playas destacan las de Cacique, Larga, Ejecutiva, Galeón y De las Suecas -la única del país que permite el nudismo-. Protagonista de multitud de leyendas sobre tesoros de piratas escondidos, el archipiélago disfruta de un clima más seco y menos lluvioso que el litoral caribeño, con más horas de sol al año.

"La perla del Caribe". Así es como llaman al Archipiélago de Bocas del Toro, extenso conjunto de islas, cayos e islotes situado en la provincia del mismo nombre, en el extremo noroeste panameño. Lugar predilecto de piratas y comerciantes ingleses durante la época colonial, este apartado rincón permaneció escasamente poblado durante años, conservando gracias a ello una belleza paradisíaca. Refugio de muchas especies en graves peligro de extinción, se mantiene libre aún de la implantación de grandes hoteles a pesar de su cercanía con el Caribe costarricense. Aguas cristalinas cuyos reflejos varían entre el verde esmeralda y el azul turquesa, palmeras que dibujan su sombra sobre las blancas arenas de las playas, arrecifes coralinos cuajados de exóticos peces, frondosos montes y selvas tropicales, más la habitual presencia de los simpáticos y juguetones delfines, representan las visiones que mejor definen a estas islas afortunadas.

La ciudad principal -del mismo nombre que el archipiélago- se asienta en la más grande y septentrional de las islas, Isla Colón, con sus apretadas casas de variados colores adentrándose en el mar sobre palafitos. Este tipo de construcción es una constante, tanto en las escasas poblaciones como en los pequeños resorts que han comenzado a distribuir sus apetecibles cabañas sobre las transparentes aguas. Casi pegada a la Isla Colón se halla la segunda mayor en tamaño, Isla Bastimentos, convertida en Parque Nacional Marítimo -el primero del país- debido a su intacta naturaleza, revalorizada y embellecida con hermosas playas frente a la selva tropical. Colonizada ya por un puñado de pequeños hoteles, es ideal para los amantes del surf, la pesca, el esnórquel y el buceo.

Entre estas dos islas, a tres minutos en lancha frente a la ciudad de Bocas del Toro se encuentra la más pequeña de todas, Cayo Carenero, de claro ambiente afroantillano. El origen de su nombre nos trae a la memoria escenas de los viajes de Cristóbal Colón, cuando aprovechaba sus tranquilas bahías para reparar (carenar) sus naves. Isla Colón, Bahía del Almirante e Isla Cristóbal conmemoran a su vez el afán del navegante por bautizar a su paso los lugares que más le llamaban la atención, a pesar del desapego con que, debido a su falta de oro, los descartaba como posibles colonias.

Reserva indígena. Respondiendo igualmente a la mitificada imagen de una suerte de edén privado, el Archipiélago de San Blas se enriquece por su parte con un extraordinario valor añadido: la posibilidad de compartir idílicas vacaciones con los independientes y altivos kunas, una etnia comunal y matriarcal que ha sabido conservar el ritmo de vida prehispánico. El dilatado collar de diminutas islas que se extiende a lo largo del extremo noreste panameño fue declarado Reserva Indígena Kuna Yala en 1957, junto a los 160 kilómetros de franja costera que lo enfrentan.

La capital administrativa, situada en Isla El Porvenir, sirve, con su pequeño aeropuerto, como puerta de entrada al archipiélago. De las 365 islas que lo componen -tantas como días tiene un año-, tan solo medio centenar se hallan habitadas. Las demás, empleadas mayoritariamente como huertas de cocoteros, son vigiladas a diario por sus legítimos dueños, los kunas, quienes viven principalmente de estos y otros cultivos, como la yuca, la caña de azúcar y el plátano, así como la caza, la pesca y el buceo en busca de suculentas langostas.

Íntimos hoteles. Los hombres, aunque han adoptado el modo de vestir occidental, siguen construyendo sus propias chozas y cayucos del modo tradicional, mientras las mujeres conservan el vistoso atuendo que las caracteriza: faldas y blusas de llamativos estampados que se complementan con las características molas, unas telas cosidas a base de sucesivos apliques con los que forman coloridos dibujos. Estas apreciadas obras de arte textil se exhiben en las fachadas de sus chozas como un verdadero reclamo turístico desde que pasaron a componer parte importante de los ingresos de la economía local.

Por otro lado, se han ido seleccionando unos pocos islotes como sede de intimistas hotelitos que copian la arquitectura local levantando pequeñas cabañas ecológicas sobre palafitos o directamente sobre las playas. La belleza natural y el rigor con que los kunas mantienen a raya cualquier intento de masificación turística convierten a estas islas en un privilegiado destino para los buscadores de experiencias auténticas, un lugar único en el mundo donde, como aseguran los kunas, puede verse la cara de Dios mirando al cielo.

Más trozos (islas) del paraíso
El área territorial marítima de Panamá incluye más de 1.500 islas, muchas de las cuales son hoy fácilmente accesibles al turismo. Destino favorito de los panameños para pasar los fines de semana, Isla Taboga, la más grande del archipiélago Taboga, es conocida como la Isla de las Flores por los jazmines y buganvillas que embellecen su colonial casco viejo. A una hora en ferry desde el puerto de Balboa, ofece bonitas playas, frondosos bosques y fascinantes panorámicas del ajetreado trasiego naval de la Bahía de Panamá o la llegada de los frentes tormentosos que vienen del sur. También en la zona central pero del lado caribeño, y a tan solo 15 kilómetros de Portobelo, Isla Grande -perteneciente a la provincia de Colón- vive de la pesca y el cultivo de cocoteros, lo que la convierte en uno de los mejores lugares donde degustar la rica gastronomía afrocaribeña, que utiliza como ingredientes básicos la leche de coco y el marisco. Otra de las características de los mares panameños es la facilidad con que nos brindan santuarios de la naturaleza a escasas distancias en vuelo o lancha. Como los refugios de vida silvestre de Isla Iguana e Isla Caña de la provincia meridional de Los Santos, en el Pacífico. Mientras la primera, protegida por arrecifes de coral, nos permite avistar ballenas entre junio y noviembre, la segunda nos sorprenderá desde finales de agosto hasta noviembre con las miles de tortugas marinas que acuden a desovar a sus playas. O la atractiva Isla Boca Brava -de la provincia de Chiriquí-, también visitada por las tortugas, con 3.000 hectáreas de selvas pobladas por monos y cientos de pájaros, y que es la única con alojamiento y restaurante del Parque Nacional Marino Golfo de Chiriquí. Y la más grande de todas, Isla Coiba -también llamada Isla del Diablo-, cuyos casi 500 kilómetros cuadrados forman parte del Parque Nacional Marino Coiba, reconocido por la Unesco como Patrimonio Mundial de la Humanidad. Situada en el extremo suroeste de la costa del Pacífico y perteneciente a la provincia de Veraguas, fue colonia penal entre 1919 y 2004, lo que le valió llegar hasta nuestros días como uno de los destinos de naturaleza mejor preservada.