Laponia noruega, la atracción del norte

El invierno, largo pero no tanto como amenaza esta broma noruega, es la temporada que mejor le sienta a este salvaje confín de Europa, donde explorar la grandeza de la tundra en motonieve o trineo de perros, adentrarse por los territorios en los que los samis pastorean sus renos o salir a la caza de una impresionante aurora boreal.

Elena del Amo

La lengua sami se las ingenió para engendrar nada menos que cuatrocientas palabras para referirse a los renos y alrededor de trescientas para la nieve y el hielo. Cierto que hoy pocos conocen tan en profundidad este idioma de misterioso origen ugrofinés, pero la necesidad de tantos conceptos para designar a los grandes protagonistas de sus dominios se basta y se sobra para plasmar la adaptación de este pueblo tradicionalmente nómada a la naturaleza extrema en la que no le quedó otra que aprender a sobrevivir. Nadie se atreve a asegurar si llegaron desde Asia o de Centroeuropa ni hace cuántos miles de años se quedaron por lo más remoto de Escandinavia subsistiendo de la caza y la pesca. Hoy la nación Sami se desperdiga por las zonas árticas de las actuales Noruega, Suecia, Finlandia y la península rusa de Kola. Las fronteras, que poco a poco les obligaron a irse sedentarizando y adoptar costumbres ajenas, nunca habían existido para estos indígenas a los que primero denominaban finns, después lapps o lapones -un término que ellos sienten como despectivo- y que hoy se reconocen como samis. De los 75.000 que se cree pueden quedar por estas geografías, más de la mitad vive por los poquísimo poblados 48.637 kilómetros cuadrados de la provincia noruega de Finnmark. Aunque ni siquiera en este país, tan fiable en todos los sentidos, las cifras al respecto parecen muy de fiar. En el Parlamento lapón, fundado en 1989 y hoy una de las visitas más interesantes que pueden realizarse en la capital sami de Karasjok, están adscritos cerca de 15.000 votantes. Sus dirigentes afirman, sin embargo, que por toda Noruega podría haber hasta cien mil personas con sangre indígena en sus venas. sin embargo, que por toda Noruega podría haber hasta cien mil personas con sangre indígena en sus venas.

La asimilación de la cultura autóctona en favor de la noruega, programada a conciencia por los gobiernos hasta pasada la II Guerra Mundial, ha desdibujado la mayoría de las diferencias entre unos y otros. Al menos a simple vista. Viven en casas iguales, visten las mismas ropas, físicamente no a todos se los distingue y, faltaría más, pagan sus impuestos como todo hijo de vecino. Eso sí, en la tradición de muchas familias han sobrevivido amuletos y remedios increíbles contra enfermedades y malos espíritus, una retahíla de supersticiones y otra no menor de cultos a la naturaleza que siguen a pies juntillas el ritmo de las estaciones.

Con la llegada de los misioneros a partir del XVII, la religión animista de sus ancestros quedó prohibida y de ella apenas se atisban huellas en los museos. En aquellos díastodo rastro indígena se vivía con vergüenza. Se quemaron los tambores sagrados con los que sus chamanes invocaban a los dioses, se les negó el derecho a la tierra y se tachó de brujería a las espirituales melodías o joiks con las que, a menudo sin necesidad de palabras, se describe el alma de un paisaje o de alguien querido. Incluso las lenguas samis, de las que en Noruega hay tres mayoritarias difícilmente inteligibles entre sí, estuvieron vetadas hasta bien entrado el siglo pasado. Tal era la marginación, que muchos tiraron la toalla y comenzaron a educar a sus hijos como habría hecho un noruego. La cosa, afortunadamente, ha cambiado, y mucho. El rey Harald, en un discurso histórico en el Sámediggi o Parlamento sami, les pidió disculpas por la norueguización forzada a la que habían sido sometidos. Hoy sus azulones vestidos tradicionales vuelven a verse por las calles, sobre todo en los días de fiesta, sus derechos están reconocidos al menos sobre el papel, y en los epicentros lapones de Karasjok y Kautokeino, y en menor medida también en la ciudad más grande de Alta, los niños pueden optar por estudiar tanto en sami como en noruego. Puede que sus padres no siempre hablen la lengua, pero las últimas generaciones sí lo hacen. Quizá con menor fortuna los samis que trabajan en una tienda, una escuela o una oficina, pero con la mayor de las solturas los que, como antaño, viven de la cría de renos.

Y tú, ¿cuántos renos tienes? Preguntarle a un sami cuántos renos posee sería tan indiscreto como preguntarle a un paisano cuánto dinero guarda en el banco. Lógico que muchos respondan con evasivas, aunque se da por hecho que con un rebaño de unas 500 cabezas una familia puede vivir holgadamente incluso con los precios desorbitados que hasta para lo más cotidiano se gasta la pujante Noruega. Esta especie de ciervos del Ártico explica que el hombre pudiera asentarse en un territorio de clima tan hostil. De ellos obtenían las pieles con las que fabricar la ropa de abrigo y las tiendas cónicas o lavvus, tan parecidas a los tipis indios, en las que pueblos enteros vivieron hasta la década de los 50. También con sus pieles comerciaban hasta más al sur de la ciudad hanseática de Bergen, trayéndose de sus mercados lo que ellos no podían o sabían producir. Con sus huesos y cornamentas hacían cuchillos, herramientas y otros utensilios, y enganchando los animales a los trineos podían abrirse paso más rápido que sobre esquís por las montañas y las estepas nevadas. La carne de reno era la base de su alimentación, junto con la de los alces y osos que lograran cazar, y la pesca en los ríos, fiordos y lagos, abriendo en éstos un agujero en mitad del hielo. Solo las bayas, arándanos y demás frutos silvestres añadían una nota de dulzor a su dieta. Quizá de ahí que los postres, junto a los solomillos de reno y algún guiso de salmón, sean todavía ahora lo más destacable de la más bien espartana gastronomía local. Y es que hoy se diría una broma pesada de la historia, pero no hay que olvidar que antes de que en los años 60 se descubriera en el Mar del Norte la descomunal bolsa de petróleo que volvió inmensamente rico al país, la mayoría de los noruegos eran pobres de solemnidad, y eso se deja sentir en su cocina. La naturaleza, desde luego, nunca lo puso fácil por estos territorios lapones bien por encima de la línea imaginaria del Círculo Polar. Aunque gracias a la Corriente del Golfo las temperaturas resulten menos heladoras de las que cabría esperar por estas latitudes, tan al norte como Siberia o Alaska, en los meses más fríos el termómetro puede caer bastante más allá de los 30ºC bajo cero. Salvo algún día afortunado, el Sol tiende a brillar por su ausencia durante los largos inviernos del Ártico y la agricultura se ciñe a lo poco que pueda cultivarse entre mayo y octubre.

Los mejores guías de la tundra

Los samis sabían lidiar con semejantes condiciones mucho mejor que los primeros granjeros noruegos, que comenzaron a llegar desde el sur cuando en el XIX el gobierno les ofreció tierras gratis para colonizar esta región rica en minas y recursos naturales. Aunque las reivindicaciones de los samis siguen teniendo menos eco del esperado en la Administración central, que es quien tiene la última palabra en asuntos tan cruciales como la tierra y las valiosísimas materias que esconde, el nivel de vida de los lapones de hoy es perfectamente comparable al de los demás noruegos. Algunos, además, llevan tiempo incrementando sus ingresos adentrando a los visitantes por esos territorios que conocen como nadie: la tundra, seguramente la palabra sami más internacional.

Adentrarse con esquís por las montañas para vigilar las manadas de renos fue siempre una misión ingrata. Así, bajara el termómetro lo que bajara, es como se hacía antaño. En comparación con aquellos tiempos, la tarea de los pastores samis de ahora se diría cosa de pan comido. No lo es. Con temperaturas capaces de helar el alma, nunca podría ser un trabajo fácil, pero claramente las motonieves y los móviles se lo han hecho mucho más llevadero. La mayoría de los que recalan en invierno por Laponia no se resisten a una excursión en motonieve o en trineos tirados por perros (ver recuadro Experiencias únicas sobre la tundra). Sin embargo, son pocos los que viven el raro privilegio de alcanzar en compañía de un sami la altiplanicie de Finnmarksvidda. Por esta meseta cercada de cumbres vagarán libres los renos durante los meses más fríos, desenterrando con sus pezuñas los líquenes bajo la nieve, hasta que su migración anual, en primavera, los lleve siguiendo su instinto hacia los nutritivos pastos de la costa.

Tras enfundarse en capas y más capas de todos los tejidos térmicos imaginables, el viaje arranca como paquete en la motonieve del pastor, un artilugio con ruedas de tanque precedido por un par de esquís que se elevan del suelo y ayudan a deslizarse por el terreno. Llegan a los 180 por hora, o al menos eso marca el cuentakilómetros, aunque ni el conductor más insensato se atrevería a tentar tanto a la suerte. Cualquier despiste o agujero en el hielo podría resultar fatal. Dejando atrás lagos helados y una estepa infinita, los bosques de abetos y abedules, ahora desnudos, van escaseando a medida que se alcanza este territorio, diáfano y lunar, por el que se concentran los renos. Cientos de ellos, a veces miles, en una soledad y un silencio que sobrecoge. La blancura del cielo se confunde con la de la nieve, y los animales, envolviendo a los visitantes que admiran pasmados la estampa, parecen suspendidos de un limbo onírico fuera de las leyes del hombre. Los renos eligen su camino. Siempre han deambulado libres, aunque todos tengan dueño y sus propietarios los reconozcan a la legua. Su trabajo, con la ayuda impagable de sus perros, consiste en subir a diario a la altiplanicie para controlar que la manada no se disperse o se mezcle con la de otro pastor. Y, de paso, asegurarse de que no hay rondando algún glotón o carcayú, casi su único predador, ya que los osos, que también abundan por la Laponia noruega, hibernan en estos meses. Habrá que hacer de regreso un alto en el lavvu que suelen tener alzado y con provisiones por las montañas para cuando les pilla una tormenta y no pueden volver a casa a dormir. Nada como un caldo bien caliente de reno frente al fuego del interior de la tienda para templar el cuerpo antes de volver a la civilización.

Geografías de cataclismo

La naturaleza es lo mejor de estos territorios. Los nazis, en el otoño del 44, incendiaron en su huida todas las poblaciones que encontraron a su paso para ponérselo difícil a los rusos que les pisaban los talones. De ahí que por la Laponia noruega, salvo alguna iglesita, no quede casi ninguna construcción antigua. Las casas prefabricadas, cálidas y sorprendentemente resistentes, con sus maderas de colores y sus grandes ventanales para atrapar toda la luz, forman coquetos entramados urbanos, aunque sin nada verdaderamente de particular. Sí son sin embargo excepcionales los paisajes que salen al paso en cuanto se sale de ellos. Se tome el camino que se tome, aparecerán hilvanes de estepas y cumbres de hasta 2.000 metros de altitud y casi sin tregua, por los que hartarse de blanco mientras se conduce en solitario durante horas a través de unas geografías de cataclismo: cascadas congeladas como si un maleficio las hubiera paralizado sobre las rocas al borde del camino; la bruma que desprende el asfalto cuando arrecia una ventisca; las señales de tráfico que alertan de la presencia de alces... esos gigantes torpones que provocan más accidentes en las carreteras que las tormentas de nieve. Toda esta irreductible pureza hace de Finnmark una de las áreas más salvajes del continente.

Esa atmósfera de fin del mundo contagia también a pueblitos genuinamente samis como Maze o las pequeñas ciudades de Karasjok y Kautokeino, por cuyos aledaños hay miles más de renos que de personas y hasta el carril-bici está concebido para que sus vecinos puedan ir con las motonieves incluso a hacer la compra al supermercado. En Tromso, una ciudad ya considerable que, aunque no pertenece a Laponia, oficia como un óptimo punto de partida para explorar la región, casi todo presume de ser lo más septentrional del mundo: desde su fábrica de cerveza hasta la universidad. Debe ser una costumbre local, porque más arriba aún queda Hammerfest, que se apropia del título de la ciudad más septentrional del mundo, y todavía más allá, ese último confín del continente, mítico para tantos viajeros: el Cabo Norte.

Bares de hielo y otras singularidades

Otras localidades principales por la comarca albergan singularidades curiosas, como el bar de hielo junto al puerto de Hönnisvag, el hotel también de hielo que abre sus puertas en la fronteriza con Rusia villa de Kirkenes o el que, igualmente levantado con bloques de nieve compactada, permite hacer noche a cuatro grados bajo cero en las proximidades de Alta. En esta última, la aglomeración más grande de todo Finnmark a pesar de sus escasos 20.000 habitantes, aguardan bajo el hielo los miles de petroglifos del Neolítico que protege su museo, Patrimonio de la Humanidad, así como la Catedral de las Auroras Boreales. Porque esta ciudad a caballo entre las montañas y el fiordo es la capital mundial de este prodigio de los cielos del Ártico.

La danza de las auroras

Al parecer hay pocos escenarios con más probabilidad que en Alta para admirar esta emocionante obra maestra de la naturaleza que con su danza hipnótica incendia los cielos del Ártico en las noches inspiradas. Habrá que saberla esperar, porque su majestad es caprichosa. Una aurora boreal puede asomar por sorpresa en un claro entre la tormenta, cuando el cielo encapotado hacía presagiar que esa noche no saldría, o hacerse de rogar durante noches con el firmamento despejado. Incluso aguardándola en el lugar y las fechas idóneas, nunca podrá tenerse la certeza de admirar alguna de estas también llamadas luces del norte hasta que se la tenga gravitando por encima de la cabeza, con su sobrenatural cortina de brillo asomando primero tenuemente por el Este hasta, con suerte, venirse arriba y acabar pavoneándose por las alturas con sus llamaradas verdosas, púrpuras, rojas o de un blanco fantasmal. Porque nunca habrá dos auroras iguales. Una vez más, la naturaleza decide.

Podrá permanecer casi fija o cambiar de forma a cada instante. Y podrá durar horas, apenas segundos o no aparecer en absoluto, jugando al escondite con los admiradores entregados que, capaces de resistir una respetable cantidad de grados bajo cero, la esperan en la soledad nocturna de un paisaje helado. No habrá que llamarlas. Para los antiguos samis, las auroras eran las almas de los muertos que saludaban a sus seres queridos, y dicen que si se las llama se atrae la mala suerte y hasta pueden atraparlo a uno en su resplandor. Dicen también, aunque la ciencia lo niegue, que algunas llegan a acariciar la tierra.

La estación de las auroras se extiende desde el equinoccio de otoño hasta el de la primavera, con más garantías de verse por estas latitudes, aseguran los expertos, en los meses de octubre, febrero y marzo. La actividad del Sol -porque son las partículas de los vientos solares las que, atraídas por el campo magnético de los polos, provocan sus destellos- se repite en ciclos más o menos regulares. Y se prevé que esta próxima vuelva, como las anteriores, a ser una gran temporada para admirarlas. A las auroras, cuando avance el calendario, les irá tomando el relevo por los cielos la luz ambarina del Sol de Medianoche, que no llegará a desaparecer del todo durante más de dos meses de verano. El perpetuo manto blanco habrá entonces dado paso a otro bien distinto bordado de flores, y el verdor renacido de los bosques de abedules tapizará un año más cada ladera y cada valle. El cambio es tan radical que se diría otro país. Sus moradores celebran el fin de los fríos con festivales en los que los samis vuelven a lucir su vistoso traje regional y en cada casa, sin excepción, se preparará una tarta con forma de sol el primer día que lo vean asomar por el horizonte.

Experiencias en la Tundra

Las más frecuentes, las expediciones de unas horas conduciendo una motonieve o dejándose llevar por un trineo de perros, pueden realizarse en infinidad de lugares con empresas, a menudo familiares, como Birk Husky (birkhusky.no), en Kirkenes, o Holmen Husky (holmenhusky.no) y Northen Lights Husky (holmenhusky.no), en Alta. El precio incluye los guías y el equipamiento térmico para soportar las temperaturas que se gasta el invierno lapón. También populares son el safari en el que ver pescar cangrejos reales de hasta 15 kilos o la experiencia de probar a pescar abriendo un agujero en el hielo. Muchas de estas excursiones son fáciles de contratar desde muchos alojamientos, como el Thon Hotel de Kautokeino (thonhotels.no), que incluso gestiona clases de cocina y artesanía con pobladores sami, amén de en los dos hoteles de hielo que se levantan por la región: el Sorrisniva (sorrisniva.no), a unos 15 kilómetros de Alta, y el Kirkenes Snow Hotel (kirkenessnowhotel.com), a las afueras de la ciudad del mismo nombre. Hacer noche en ellos es una experiencia de una vez en la vida, pero probablemente solo una vez, ya que no es muy confortable. Los que no se sientan capaces de hacer noche en los hasta -7 ºC de las habitaciones -que son comunes y no, claro que no tienen calefacción-, podrán conformarse con tomar algo en su bar. Otros alojamientos poco convencionales son las cabañas de pescadores o rorbuer que se alquilan por la costa y los albergues de montaña o fjellstuer.

En las inmediaciones de la capital sami de Karasjok, Engholm Husky (engholm.no) propone una experiencia excepcional: ponerse a los mandos de un trineo de perros durante al menos cuatro horas por la tundra. Quienes se atrevan con algo todavía más fuerte, podrán sumarse a sus expediciones de hasta más de una semana, con los animales o sobre esquís, durmiendo en cabañas o en un lavvu a la intemperie. Excepcionales también son las expediciones que muchos ofrecen para salir de noche a buscar auroras en motonieve o trineo, en raquetas o sobre esquís, pero también en coche. Esta es la especialidad de Paeskatun (altaskifer.no), en Alta, con varios puntos con poca contaminación lumínica localizados por los escenarios más bonitos y un lavvu sobre una colina desde el que aguardar la aparición de las también llamadas luces del norte.