La vuelta a Senegal en 3.000 kilómetros

Esta es la historia de un viaje por un país africano que lo tiene prácticamente todo para ser un paraíso, y que en muchos sentidos lo es, como descubriremos poco a poco en un recorrido apasionante de 3.000 kilómetros alrededor de Senegal. Una experiencia que abarca desde adentrarse en la naturaleza hasta abandonarse a la carretera, desde conocer a su gente hasta descubrir tanto el confort de su infraestructura turística como su realidad interior más dura y a la vez más pura.

Alán Cantos
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Foto: Ángel López Soto

El viaje alrededor de Senegal comienza en Dakar, su capital. Senegal es uno de los países más privilegiados del África Occidental francófona. Su posición frente al Océano Atlántico, sus grandes ríos (Saloum, Gambia, Senegal y Casamance), su clima tropical y su variedad de paisajes, lagos, frondosas riberas, sabana, desierto y bosques tropicales en el Sur (Casamance) lo hacen especial. Dakar es una gran ciudad, viva y ágil. Lo primero que sorprende es la elegancia y el bien vestir de hombres y mujeres. Tras algunas visitas turísticas convencionales y una buena dosis de música en los bares de Dakar, estábamos listos para iniciar nuestro viaje.

Salimos de Dakar hacia el Norte siguiendo la carretera paralela a la costa atlántica, aunque todavía tardaríamos en contemplar las playas desiertas y salvajes de Saint Louis. El tráfico y la frenética actividad de los alrededores de Dakar distraen nuestra atención hasta nuestra primera parada para conocer a toda la familia del conductor en la ciudad de Thies, que, sin ser memorable como ciudad, alberga un fuerte francés con un pequeño museo donde se puede contemplar la historia del ferrocarril en Senegal y una prestigiosa y mundialmente conocida fábrica de tapices. Tapices hechos en telares manuales y que cuelgan en mansiones y galerías de todo el mundo, desde el aeropuerto de Atlanta hasta el Palacio de Buckingham. En Thies la carretera se bifurca al Norte y al Este. Tomamos el ramal del Norte hasta una pequeña ciudad de tránsito llamada Rufisque, donde vemos una de las primeras muestras de arquitectura colonial en diversos estados de conservación y nos aprovisionarnos de mangos en un puesto de la carretera. Pasado Rufisque, la sabana, el pre-desierto y algunas modestas dunas se abren ante nosotros. Al Oeste se abre el desierto de Lompoul, que llega hasta la costa y que alberga un popular campamento de jaimas y es además la sede del Festival de Música del Sahel que se celebra casi cada año a principios de diciembre. Entre Kébémer y Louga la monotonía del paisaje se interrumpe cuando aparece ante nosotros lo que solo se puede describir como una imponente catedral vegetal. Son los baobabs de Djaté (Andansonia Digitata). Estos baobabs de dimensiones descomunales y formas de cuento tienen sus porteros, su tienda de souvenirs y niños dispuestos a hacerte una visita guiada por su exterior y, lo que es más increíble, por su interior. En los baobabs centenarios de más de 500 años, el tiempo y la podredumbre de su esponjosa madera crea con los años una oquedad en el centro del tronco que se abre al exterior por una grieta o una abertura redonda en su retorcida corteza. Dentro caben varias personas holgadamente. Hasta 400 especies de pájaros habitan en un baobab, incluidas rapaces, lechuzas y, sobre todo, los pinzones o tejedores-búfalo de pico rojo, que en Senegal son sus más asiduos moradores. También lo habitan por dentro y por fuera todo tipo de roedores como el galago (bushbaby), culebras, monos, escorpiones e insectos. El baobab es un gran hotel para esos miles de seres vivos que lo habitan, lo alimentan y lo engullen. También es una inmensa farmacia: el refresco agridulce (Buí) hecho con sus frutos (que llaman pan de mono) contiene seis veces más vitamina C que la naranja y sirve como remedio contra la fiebre, la diarrea y la malaria. Sus semillas prensadas sirven para hacer jabón y una especie de mantequilla llamada ngalaax. Sus hojas ricas en calcio se comen crudas o se añaden al cous cous de mijo. La madera fibrosa y esponjosa se utiliza para hacer cuerdas y redes de pesca. El interior de los baobabs se ha usado a lo largo de los tiempos como tumba, depósito de agua, refugio, hogar y almacén. Ahora instalan bares y pubs como el que existe en un baobab de 47 metros de circunferencia en Limpopo (Sudáfrica), donde caben 50 personas.

En Senegal, la etnia de los serer enterraba a sus griots en estas oquedades. Los griots eran los intelectuales, poetas, y músicos que servían de portavoces a los reyes y expresaban, cantaban y contaban lo que ellos no podían. En honor a esos servicios culturales de tan alto rango yacían para siempre tan cerca de la tierra como de las estrellas.
En pocas horas más de carretera llegamos a la isla St. Louis. En la ciudad del mismo nombre se concentran maravillas como el Parque Natural de la Langue de Barbarie y el santuario de pájaros de Djoudj, y reliquias de la arquitectura colonial y esclavista que vamos buscando y encontrando en nuestro camino. Impresiona cruzar el puente flotante de Faidherbe de medio kilómetro, con siete arcos de hierro gris oxidado, que te prepara para la experiencia de todo lo que la isla de St. Louis ofrece. Atribuyen su diseño más moderno (1897) a Gustave Eiffel, el de la torre de París. A su lado ya crece, tramo a tramo, una réplica exacta que lo sustituirá. La ciudad se define por sus calles simétricas, la arquitectura colonial francesa, los balcones de hierro forjado, y naves y edificios en permanente estado de ruina y reconstrucción.

El más sobresaliente y reconocido es el edificio de la Asamblea Territorial del Río, la primera institución colonial democrática en África Occidental. Fue inaugurado para controlar y vigilar el comercio y la navegación en 1880. Ahora ha resurgido de las ruinas del pasado y vive su segunda vida gracias a la impecable reconstrucción del arquitecto belga Guy Thilmans hace unos años. También vale la pena visitar el Hotel de la Residence y la Maison Rose, casas señoriales convertidas en espléndidos albergues, y el Hotel de la Poste, que fue el cuartel general del primer correo colonial francés (Aéropostale) con los vuelos de su legendario piloto y héroe, Jean Mermoz. El ambiente y la mezcla cultural y étnica de St. Louis es irresistible, musical y alegre. Sin embargo, a veces es imposible evitar un punto de vergüenza histórica cuando se pasea por el dique Roume o los antiguos almacenes (Maurel y Prom) y otros antiguos edificios ahora restaurados (KeurFall) junto al río, donde siglos atrás se apilaban con igual naturalidad las mercancías inertes (marfil, goma arábiga, oro, especias, sal) y los seres humanos encadenados y listos para ser enviados a las plantaciones del Nuevo Mundo. En el presente todo son bares con música, y una pujanza del arte, la música en vivo, la danza y el teatro, como la famosa Bienal de Arte de Saint Louis.

Sentimos el valor y el coraje de la mujer senegalesa cuando pasamos varios días observando y conviviendo con ellas en el barrio de pescadores de St. Louis, llamado Guet N''Dar, situado en la llamada Langue de Barbarie, una estrecha península que separa la desembocadura del portentoso río Senegal y el Océano Atlántico que bate las playas. A un lado de esta gigantesca barra de arena, las pequeñas y medianas pirogues (cayucos) de los pescadores se hacen a la mar superando las rompientes y vuelven al cabo de varios días con el pescado. Grupos de mujeres y jóvenes esperan la vuelta para comprar directamente en la playa y llevar el surplus a las zonas de secado. El espectáculo vale la pena, pero conviene negociar localmente para poder entrar en algunas zonas. Toda la zona y el trabajo de las transformadoras lo dirige una mujer menuda, pero de un temperamento férreo. Gracias a la cooperación japonesa se ha habilitado una escuela-guardería que permite a estas mujeres dejar a sus pequeños durante su trabajo. Desde su terraza se divisan ambos lados de la estrecha Langue de Barbarie y toda la actividad de este fascinante lugar. Y gracias a la cooperación española, la retirada de basura se hace en carritos y con la participación de todo el pueblo en un programa educativo para los jóvenes. Del lado tranquilo del río salen cayucos más grandes con potentes motores y cargas más pesadas o destinos de pesca más lejanos. Aquí se fraguó el drama de los cayucos de inmigrantes a las Islas Canarias. Los pescadores de largo recorrido consiguieron llegar a ellas con sus grandes cayucos de hasta quince metros. Todos llevan banderas y diseños de preciosos colores pintadas en la proa del casco y enarboladas en popa. Algunas de países como España y otras de los marabous (líderes islámicos muy queridos) más admirados por los propietarios.

Dejamos la costa atlántica y St. Louis y seguimos hacia el Noreste siguiendo el arco que describe el río Senegal, que fluye hasta su punto más al Norte, en Podor. La carretera discurre paralela al río que hace de frontera con Mauritania en su parte Este hasta poco antes de Kidira, donde se adentra en el vecino país. La primera parada de interés, a unos cien kilómetros de St. Louis, es Richard Toll, donde vale la pena visitar las plantaciones de caña de azúcar y la gigante fábrica de azúcar y derivados, así como la antigua residencia del primer gobernador civil de Senegal, el Barón Roger. El palacete, en cuyos jardines se experimentaba con cultivos de flores de todo tipo, se encuentra ahora invadido por la jungla. Está en un estado semi-ruinoso, pero su estructura, paredes y algunos detalles de su lujo y gloria permanecen reconocibles. Logramos visitarlo cuando su vigilante vuelve de comer. Nos lo enseña con el mismo perezoso entusiasmo que el resto del magnífico edificio y sus imponentes terrazas sobre la espesura y los jardines salvajes del palacete. Un niño que parece haber crecido en la semi-ruina nos acompaña afectuosamente posando en su fascinante desolación.

Siguiendo el río Senegal en el arco que describe al Norte del país seguimos su trayectoria y comenzamos a descender hacia el sur por la frontera Este, donde el río hace de frontera con Mauritania. Después de parar en Ourossogui para el inevitable y delicioso plato de thiebou dieun (arroz de río con tomate, picante, pescado y verduras) acompañado de un vaso fresquito de bisap (infusión dulce de flor de hibiscus), continuamos hacia Bakel. Se hace indispensable una parada de un par de días en Bakel. Las vistas sobre el río desde las montañas y murallas del fuerte son tan espectaculares como sosegantes. No solo es la majestuosidad del río, sus islas y meandros sino el placentero quehacer de la gente y sus rutinas ribereñas. Pequeñas piraguas y cayucos se desplazan por la costa para vender verdura, arrimar pescado o charlar con las mujeres de vestidos multicolores que lavan en sus orillas. Seguimos río arriba con una cálida sensación, como si el país se nos hubiera metido más profundo en el cuerpo tras la contemplación del Senegal y el ambiente de sus riberas multinacionales. Al norte de Kidira, el río Senegal se despide de nosotros y se excusa de su misión fronteriza con Mauritania. Pierde su nombre y toma el de sus afluentes, el Bafing, el Bakoye y el Faleme, alejándose hacia sus fuentes en Guinea (Montañas de Fouta Djallon) y Mali.

Kidira es una pequeña ciudad ferroviaria cuya estación es digna de un spaghetti western africano. Cuando la visitamos faltaban varios días para que pasase el próximo tren. Los raíles que la cruzan unen Senegal con la vecina Mali. En la estación, un joven duerme la siesta y al lado una cabra se pasea entre despojos de hierro y montoncillos de basura. Enfrente, los raíles que unen Senegal con Mauritania y Bamako, en Mali. Se distinguen del resto de las vías oxidadas por su superficie plateada por el uso. Aquí y allá, entre los habituales montones de basura se amontonan piezas ferroviarias de diferentes tamaños, vagones destrozados y oxidados. Otros enteros pero en desuso, de madera o hierro, parecen prisioneros estáticos en sus vías muertas. Nos embarga la nostalgia de los trenes de largo recorrido por lugares inhóspitos. Pero después de una semana de coche nuestro periplo entra en su fase final al tomar la dirección Oeste hacia Tambacounda y Kaolack y, finalmente, Dakar. En Kaolack nos hospedamos a la orilla de otro de los tres ríos más importantes de Senegal, el Saloum. Por la mañana sorteamos el tráfico de esta ciudad encrucijada de carreteras, camino de las salinas. Largas colas de camiones de todos los tamaños esperan su turno para cargar sal de las montañas blancas que se acumulan entre los túneles de lavado y las gigantescas cintas transportadoras. Si no fuera por ellas y el calor sofocante, se podrían confundir con las colinas nevadas de una estación de esquí.

Pocos días después volvíamos por el Sur a nuestro punto de partida en Dakar. Después de nuestra circunvalación por el corazón rural, interior, desértico y ribereño del país volvemos al potente latido urbano de la capital. Como colofón, asistimos a un concierto de uno de los hitos y mitos de la música y cultura de Senegal: Youssou N''Dour. Con el ritmo irresistible de su música mbalax en los pies y su alegría en el corazón despedimos este viaje por Senegal y este relato con las ganas de volver y ampliarlo.