La Senda de los Dos Ríos por el Cañón del Duratón

En cada rincón de Sepúlveda (Segovia) se entremezclan la historia y la magia. Esta villa, a 130 kilómetros de Madrid, está situada sobre una gigantesca peña que, a modo de balcón natural, se asoma al río Duratón, una inmensa reserva natural de flora y fauna. Recorrer Sepúlveda es volver al medievo, adentrarse en la naturaleza más bella del Parque Natural de las Hoces del Duratón y disfrutar de la calidez de sus gentes.

Irene González
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Foto: Irene González

El Parque Natural de las Hoces del Duratón merece varias jornadas para deleitarse con su impresionante flora, su rica fauna y las majestuosas aguas de sus ríos Duratón y Castilla, que discurren a lo largo de sus más de 5.000 hectáreas de extensión. Este oasis en plenas tierras castellanas fue declarado, por Ley de las Cortes de Castilla y León, Parque Natural en el año 1989 para preservar todos sus tesoros. Una magnífica forma de tomar contacto con el parque es recorrer la Senda de los Dos Ríos, una ruta circular de casi seis kilómetros de longitud que discurre por unos impresionantes parajes. Pero antes hay que perderse por Sepúlveda, una magnífica villa de tierras castellanas cuajada de historia y de gente cercana y acogedora. Merecidamente, Sepúlveda fue declarada Conjunto Histórico Artístico a mediados del siglo pasado.

Sepúlveda medieval

Un inmejorable punto de partida para recorrer la localidad segoviana de Sepúlveda es la Plaza de España, que constituye el lugar de encuentro de sepulvedanos y forasteros. En esta emblemática plaza, de corte rectangular y parcialmente porticada, se celebraban, desde el año 1600 hasta casi finales del siglo pasado, ferias, corridas de toros, bailes y mercados. En sus orígenes se encontraba fuera de los muros, y en el siglo XVII, adosada a los muros del castillo, se construyó una magnífica casona coronada por un gran reloj que marca el ritmo de la villa.

En la plaza, desde donde se contemplan los torreones del castillo, se puede disfrutar deltradicional tapeo, de una reconocida gastronomía a base de cordero lechal asado y sopa castellana o comprar unos dulces en las antiguas pastelerías cuajadas de exquisiteces. Muy cerca de la plaza está la iglesia de San Bartolomé, románica del siglo XI; y a partir de aquí el camino natural es adentrarse en la villa por la puerta románica con arco de medio punto, conocida como el Ecce-Homo o Arco del Azogue.

Nada más cruzar los muros a través del arco, las calles de Sepúlveda nos transportan a la Edad Media. Cada rincón llama la atención: la travesía de los Caballeros Pardos, el Palacio de Sepúlveda, la Casa del Moro con su imponente fachada plateresca, correderas y travesías decoradas con sabor castellano, casonas que delatan la antigua riqueza de la villa. En el camino nos topamos con la iglesia de los Santos Justo y Pastor, convertida en el Museo de los Fueros, con una cripta muy interesante e importantes esculturas. No muy lejos, en el barrio de San Millán, está el Postiguillo, una parte de la muralla estupendamente conservada, de construcción árabe y visigótica.

Otra iglesia románica que conviene inspeccionar en Sepúlveda es la del Salvador, que cuenta con una magnífica galería porticada. Subiendo por la calle de los Santos Justo y Pastor, y casi sin darnos cuenta, se llega a Nuestra Señora de la Peña, del siglo XII, una joya del románico que esconde un maravilloso retablo barroco, del siglo XVIII, y una talla de la Virgen de la Peña.

Tras la iglesia está el mirador, ubicado sobre una de las hoces más impresionantes del Duratón. Del observatorio sale una pequeña senda, con una bajada muy pronunciada, que conduce hasta el sensacional cabo, desde el que se divisa una postal bellísima de Sepúlveda. Pero lo más impresionante del macizo es, si no se tiene vértigo, los secretos que guarda en su fondo. El río que forma un profundo meandro encajado en la roca, la arboleda, caballos, cortados, nidos de polluelos en las paredes y los buitres leonados sobrevolando majestuosos, se muestran en todo su esplendor.

Los puentes de los dos ríos

Desde elMirador de la Virgen de la Peña bajamos hasta la punta del cabo. La panorámica que ofrece es inigualable. Desde este macizo se ve en todo su esplendor la villa, sus casonas, sus ruinas, sus murallas, sus iglesias con sus torres románicas, la vegetación, y un cielo tan limpio que llama la atención. Si miramos hacia abajo, a las profundidades del cañón, llaman la atención las paredes cuajadas de recovecos donde las aves hacen sus nidos. Más abajo, la potencia del río y toda la vida que se despliega en su cauce. El contraste de color, rojo y ocre en las paredes, amarillo y verde en los árboles y musgo, azulados en el agua, es magnífico.

El impresionante cabo de la Virgen de la Peña es el punto de partida para recorrer la Senda de los Dos Ríos. A partir de aquí caminaremos por parameras, bosques de ribera y cortados, siempre acompañados por las siluetas de los buitres leonados, que nos acompañarán desde el cielo a lo largo de toda la ruta. Deshacemos el camino y subimos los riscos hasta llegar de nuevo hasta el mirador, cruzarlo, y dejando a nuestra izquierda la Casa Cuartel, tomar el camino hacia la Puerta de la Fuerza. En el camino se puede contemplar una antigua cruz de piedra del viacrucis de Sepúlveda, que, siguiendo por el camino que sale a la izquierda, lleva hasta el cementerio.

Continuando el recorrido, el Cañón del Duratón aparece en todo su esplendor, con sus impresionantes rocas que se formaron en el cretácico superior hace 60 millones de años, aderezados por el aroma a espliego, tomillo y mejorana que rezuma en esta parte alta del páramo. A la derecha llegamos a lasimbólica Puerta de la Fuerza, una de las entradas de la muralla medieval, construida en el siglo XI para cerrar la ciudad. La cruzamos para bajar al río por la calzada romana, con una intensa pendiente en forma de zigzag, para lo que hacen falta unas piernas fuertes. En la última parte de la bajada se ven muchas buitreras encajadas en los huecos de las paredes del cañón.

Un bosque encantado

Según descendemos se va notando la humedad y la melodía del río, y empezamos a ver sauces, fresnos, chopos y alisos por los que revolotean alegres y ruidosos pinzones, ruiseñores y petirrojos. A la izquierda encontramos nuestro primer puente, el Picazos, construido sobre pilas romanas, y por el que cruzamos el Duratón. Seguimos a la izquierda para avanzar por la senda paralela al río, repleta de alisos, sauces y lúpulos. Sin duda esta zona del torrente invita a detenerse para escuchar el sonido del agua y los pájaros, como en un verdadero bosque encantado.

Un poco más adelante entramos en una inmensa chopera, donde a la izquierda está la antigua casa de la Huerta del Obispo. El camino llega hasta una gran subida por la que llegamos a la pasarela del Icona. El camino es tan estrecho que hay que avanzar pegados a la roca, y así podemos disfrutar de las especies que sobreviven en ella. Zapatitos de la virgen, ombligo de Venus, hiedra y té de roca subsisten entre los huecos de la piedra. Poco a poco descendemos hacia la orilla del Duratón, donde unos metros más adelante confluye con el río Castilla. A partir de aquí, el Duratón se hace más ancho y es contenido por la presa de la Fábrica de la Luz, donde, en silencio y con paciencia, resulta relativamente fácil observar el visón americano, el mirlo acuático, el martín pescador y el ánade real.

La silla del caballo

Desde aquí podemos ver el antiguo edificio que generaba luz a principios del siglo pasado, y al fondo divisamos la Silla del Caballo, un impresionante pliegue geológico. Por la senda de la izquierda llegamos hasta el puente de Talcano, que debió ser esplendoroso en su época, y del que quedan las pilas y un sensacional arco. Dejando el puente de Talcano a nuestra izquierda, ascendemos hasta llegar a una explanada donde, a la derecha, se observan los restos de una antigua gravera de la que se extraían las arenas que quedan debajo de las rocas calcáreas.

Aquí nos desviamos a la izquierda, por unas escaleras de piedra, para empezar a descender por la ladera. Es un lugar perfecto para detenernos a admirar la Silla del Caballo en su plenitud, así como unas magníficas vistas del río Castilla, que a partir de ahora nos acompañará hasta el final de la ruta. Bajando la ladera llegamos al puente de Palmarejos, que nos adentra en un bosque de ciruelos, chopos, sauces y aligustres. La senda nos lleva por estrechos caminos con fuerte pendiente de subida en zigzag hasta la Puerta del Castro, de la que solo queda un paredón en pie. Avanzamos por el camino sobre el cortado hasta llegar a la puerta medieval de Duruelo, una de las más importantes de la villa. Giramos a la izquierda y llegamos al antiguo pilón o abrevadero de agua, y más adelante encontramos las empinadas escaleras que nos adentran de nuevo en Sepúlveda.

FICHA TÉCNICA

Inicio: La ruta comienza en la Plaza de España, que es el centro neurálgico de la localidad de Sepúlveda.

Dificultad: Media-baja. El recorrido es bastante cómodo, con algún que otro repecho importante como el tramo en zigzag que va desde la Puerta del Castro a la de Duruelo.

Desnivel: 1.020 metros.

Distancia: La ruta es circular y tiene unos seis kilómetros de longitud.

Duración: Dependiendo del ritmo y del estado físico, entre dos y tres horas.

Épocas: La senda se puede realizar durante todo el año, salvo en las etapas de crecida del río Duratón.

Más información: Centro de Interpretación del Parque Natural de las Hoces del Duratón, en Sepúlveda. Tlf. 921 54 05 86. Oficina de Turismo de Sepúlveda. Tlf. 921 54 02 37. www.sepulveda.es

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