La ruta del Rey Pequeño por Guadalajara

El destino es Atienza, la llamada Peña Fort en el "Cantar de Mío Cid", siguiendo la leyenda del Rey Niño (Alfonso VIII), a quien salvaron, hace ahora más de 850 años, sus arrieros. El escritor Antonio Pérez Henares propone esta ruta inspirada en su reciente novela "El Rey Pequeño" (Ediciones B, 2016).

Antonio Pérez Henares

Atienza, medieval y castellana, es la villa de los murallones estragados, de las abadías románicas y el castillo desafiante como un buque de piedra anclado en roca viva, retando a la llanura y enfrentando las sierras por cuyos portillos llegaban los fieros guerreros cristianos. Atienza es el destino de esta ruta, pero el camino por Hita, Jadraque, Hiendelaencina, Imón y Sigüenza es imprescindible para comprender y disfrutar de una tierra, una historia, un vivir y un sentir de estos lugares que fueron la más dura de las fronteras y siguen atesorando hoy las claves, los recuerdos, la esencia pétrea de un tiempo que se nos reaparece a cada asomada y en cada silueta erguida de un castillo recortado sobre el horizonte, que un día fue obra humana y hoy es ya paisaje. Y le da nombre: Castilla.

Para llegar a donde comenzó a entrar en la historia el Rey Pequeño, pues de tal manera llamaron los musulmanes a Alfonso VIII, quien habría de ser a la postre la némesis del Islam en España en Las Navas de Tolosa, tras arrostrar no pocas intrigas en su huérfana niñez y tener que reponerse de terribles derrotas, como Alarcos, hemos de partir desde Madrid y salir de la N-II o de la R2, si lo preferimos, nada más pasar Guadalajara y ponernos rumbo a Hita y a Jadraque. Cruzamos un pueblo que tiene un bonito nombre, Tórtola de Henares, y llegamos en un verbo a Hita, una de las cunas de la lengua castellana y eco legendario de la algara de Álvar Fáñez, el brazo derecho del Cid, a quien este llamaba hermano (mi-anai: Minaya, en vascón) y primos hermanos fueron. Su hija se casó con el cabeza de la dinastía de los Castro, largo tiempo señores de la villa, enemigos encarnizados de los Lara, quienes quedaron como ayos y, por tanto, regentes del pequeño Alfonso tras arrebatárselo a ellos mismos. Pero Hita le debe mucho más a su Arciprestre y a su disputa entre don Carnal y doña Cuaresma y a otro gran escritor, amén de político y guerrero, el marqués de Santillana, que tuvo aquí sus casas y desde ella encumbró su linaje, el de los Mendoza, lo que no le estorbó para escribir, y según parece gozar, de sus Serranillas cuando, como el arcipreste, cruzaba el río y las sierras hasta sus tierras de Buitrago. El primer fin de semana de julio la villa celebra el más consolidado festival medieval de España, que un día hace más de 50 años comenzó a pergeñar Manuel Criado del Val. En su palenque medieval se justa, vuelan halcones por sus cielos y se comen figados de cabrón con ruibarbo.

"Fita es un castiello fuert y apoderado, in fito et agudo, en fondo bien poblado", en palabras de Gonzalo de Berceo. Hita es un hermoso pecho de una mujer cuyo cuerpo, llanos, lomas y curvas reposa tendido sobre la tierra. Hita es el más hermoso pecho femenino de la Alcarria, y su castillo, que ya no existe, sería su pezón erecto y excitado. Se insinúa y se echa en falta. No hay cerro más exacto que el suyo, aunque se le asemejaban que se divisan a siniestra cuando subimos a la Alcarria, "llano en alto" en árabe, y se nos abre el espacio, al remontar y hacia el poniente, con la Cordillera Central enmarcando el territorio. Por el valle desciende el Henares y a su encuentro, delatado como él por una serpiente de chopos, viene el Bornova. Para descender, nosotros entramos en las curvas y tras una se nos aparece el castillo de Jadraque, de quien Ortega y Gasset dijo señoreaba "el más perfecto cerro de España". Le llaman del Cid, pero quien lo tomó fue Álvar Fáñez, y el nombre le viene porque Pedro González de Mendoza a su hijo, el "bello pecado del Cardenal", que decía la reina Católica, le puso de nombre Rodrigo Díaz de Vivar, así de corrido, porque se creían descendientes del Cid y consiguió para el título de tal condado. Rodrigo hizo honor al nombre con una vida intensa de guerras, amoríos, hasta lo quisieron casar con Lucrecia Borgia, y un amor verdadero, una joven Fonseca, a quien no dudó hasta raptar y con quien se casó, le reconstruyó este castillo y el fabuloso y primer palacio renacentista de La Calahorra en Granada.

Leyendas del Cid

Para ir hasta Atienza hay una carretera directa, pero nosotros iremos por otra peor, más estrecha y peliaguda, pero es una vuelta de nada y merece la pena darla. Así llegamos a Hiendelaencina, donde estuvieron las minas de plata más famosas y productivas. Aguantaron hasta el siglo XX. Hoy lo mejor que puede hacerse es acercarse a contemplar el impresionante desfiladero entre pizarra del río Bornova y aspirar el olor de la jara. Vueltos a Las Minas, que es como los serranos llaman al pueblo, y reemprendido camino, vamos a ir a pasar por Robledo de Corpes, que nos evoca de inmediato el romance del Cid y la afrenta a sus hijas. Hijas tuvo Rodrigo, pero no se llamaron ni Sol ni Elvira sino María y Cristina, y una fue esposa del conde Barcelona y la otra madre del rey de Navarra. Tampoco llevaba por aquí la supuesta ruta, pero aquí está el pueblo y robledal tiene.

La vista de Atienza estremece. Sus barbacanas, sus murallas, sus iglesias, y al entrar en lo más antiguo de su casco, a la Plaza del Trigo, y subir por la iglesia de La Trinidad hacia la fortaleza, el siglo XII, el medievo, nos envuelve y, si hace viento, sabemos por qué a la puerta de entrada de la muralla, al arco de San Juan, se le ha llamado desde siempre de Arrebatacapas. En Atienza hay que echar todo el tiempo que haga falta. Subir a su torre del homenaje y comprender por qué la mesnada cidiana se ocultaba de su vista y cruzaba temerosa, por qué los cristianos pugnaban por conquistarla y Almanzor la distinguió con su inquina y se la retomó tres veces, por qué fue refugio de reyes niños, por qué la reina Leonor Plantagenet, su esposa, hermana de Ricardo Corazón de León, quiso dejar en ella el rastro de su benevolencia y afecto, y por qué desde Álvaro de Luna al general francés Hugo -padre, sí, de Víctor Hugo- penaron tanto por tomarla. En la Edad Media, la muy poderosa Atienza era la cabeza de un Común de Villa y Tierra que abarcaba más de 230 pueblos, cuya mesnada concejil combatió al lado del Rey Pequeño tanto en la derrota de Alarcos como en la victoria de Las Navas. Cuando hayamos de irnos tomaremos rumbo a Sigüenza. Pasaremos por Imón y sus salinas, que ahí siguen, aunque desde hace un par de años están en paro. Esa sal era mayor riqueza que el oro. Con sus dineros se costeó la catedral de Sigüenza, cuya silueta, que empezó románica y acabó gótica, nos recibe acompañada en lo más alto por la del castillo, ahora Parador.

El abuelo del Rey Pequeño, Alfonso VII el Emperador, es quien ordenó construir el uno y la otra. Solo había dos poblachos, pero allí había estado la romana Segontia con sede episcopal encima. Así que para frenar a su padrastro el rey de Aragón, el Batallador Alfonso, puso a un obispo manos a la obra y como era francés trajo de su tierra nuevo estilo y arte en construcción. Sigüenza es hoy es una de las ciudades más hermosas y cuidadas. Es de obligado cumplimiento ver la estatua en alabastro de El Doncel, aquel joven caballero muerto por los moros de Granada, con el libro en la mano y bien armado, símbolo de aquel ideal de "pluma y espada" que encarnaría poco después Garcilaso.

Acaba el periplo, pero al ir retornando queda al lado, y sería delito no acercarse, el cañón del río Dulce, con sus pueblos de Pelegrina -con castillo-, La Cabrera y Aragosa. Contemplarse puede hacerse desde arriba y el mirador de Félix Rodríguez de la Fuente está para ello, pero si se quiere ir por la orilla del río y entre sus sotos, hay que ir andando. En sus aguas claras hay nutrias y hasta desmanes de los Pirineos, lo sobrevuelan los buitres y en sus cantiles anidan los halcones peregrinos. Con estas imágenes de El hombre y la tierra estamos acabando la ruta. Puede ya subirse hacia la Nacional II, pero, si se desea,se vuelve por Mandayona y antes de llegar a Jadraque, por donde vinimos, nos topamos con un pequeño pueblo y una hermosa iglesia con portada de Covarrubias. Se llama Bujalaro y resulta que su plaza lleva el mismo nombre que quien firma esta pieza y es el autor de la novela El Rey Pequeño, el rey Alfonso VIII que dio buenos fueros a las gentes de estas tierras, porque sus paisanos y primos, casi todos, así quisieron nombrarla. Gracias.

La caballada de Atienza

Cada domingo de Pentecostés, y desde hace ocho siglos, la Cofradía de Arrieros y Comerciantes de Atienza enjaeza sus mulas y caballos, se viste con chaquetilla, se cubre con capa y baja en procesión al son de la dulzaina y el tamboril por las calles empedradas, cruza el Arco de Arrebatacapas y desciende hasta la ermita de la Virgen de la Estrella para cantarle, bailarle y comer a su vera. Luego suben de nuevo y compiten en carreras a la vista de su castillo, en medio de los verdes campos de las mieses en primavera. Respetan a rajatabla las viejas ordenanzas medievales que les aprobó el propio rey al que salvaron. Un niño entonces de 7 años, Alfonso VIII, que, según la leyenda, en algún tanto por cierto verdadera, había huido allí a refugiarse de su tío el rey leonés Fernando, que quería apoderarse de su persona y con ella de su reino. Los recueros atencinos lo disfrazaron como si de uno de sus críos fuera y lo sacaron escondido, consiguiendo, tras distraer a una mesnada, que salió tras ellos, con justas y cantos en la ermita, ponerlo a salvo en la ciudad de Segovia. Es La Caballada de Atienza y este año se celebró el día 15 de mayo, que además es San Isidro.