La ruta de los Monasterios del Himalaya

Se ha dicho que el Tíbet no es un país, sino una religión. Los tibetanos llevan el budismo en la sangre y en el alma. A lo largo y a lo ancho de su territorio se pueden encontrar alrededor de mil monasterios. Los principales, tanto por jerarquía como por renombre, se concentran alrededor de la Friendship Highway, la Carretera de la Amistad, que une Lhasa con Katmandú. He aquí un espectacular peregrinaje por los recintos sagrados de la reserva espiritual de Oriente.

Javier Jayme
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Foto: Gonzalo Azumendi

El río humano inunda el cuadrilátero de calles que confina el templo, escenificando la kora (circuito de peregrinación) en el frío y transparente aire de la mañana. Es el suyo un flujo circular en el sentido de las manecillas del reloj, lento, reiterativo y silencioso; cientos y cientos de devotos budistas de todas las procedencias, transidos de misticismo, haciendo girar en sus manos los manikor (molinillos de oración) mientras murmuran mantras y plegarias con recogimiento. Frente a la fachada principal del recinto monástico, dos panzudos sangkang (incensarios) esparcen en el aire el olor del enebro incinerado. Aquí las chaktsal (postraciones) se suceden sin interrupción. Los peregrinos alzan las manos sobre la cabeza y, juntando las palmas, se tocan la frente, la garganta y el corazón antes de medir el suelo con sus cuerpos, boca abajo sobre esterillas, con los brazos extendidos hacia adelante. Un ejercicio que repiten una y otra vez, a menudo durante horas, demorando su inminente recompensa: el diálogo directo con el Iluminado, la contemplación del Jowo Rinpoche, estatua a tamaño natural de Siddhartha Gautama a la edad de 12 años, que está ubicada en una de las capillas de la planta baja del santuario.

Estas escenas tienen lugar en Lhasa, capital de la Región Autónoma del Tíbet. Concretamente en el Barkhor -el barrio antiguo, receptáculo de las esencias tibetanas, la zona que mejor resiste la invasión de lo moderno- y en los aledaños del templo de Jokhang, el más sagrado en toda la órbita budista. Fue el rey Songtsen Gampo, primer gobernante del Tíbet unificado, quien comenzó su construcción hacia el 640 d.C. El desgaste de las grandes losas de piedra que pavimentan el atrio testimonia un peregrinaje con más de mil trescientos años de historia. Internamente, consta de un sinfín de capillas con profusión de thangkas (tapices) y de estatuas. La de Jowo Rinpoche fue traída al Tíbet por la esposa de Songtsen Gampo, la princesa china Wencheng. Según la tradición, es la única cincelada en vida del Buda. Decorada con brillantes joyas, cubierta de sedas y cercada por columnas de plata, es la figura más universalmente reverenciada por los creyentes, quienes apoyan la frente sobre su pierna izquierda en señal de devoción. El respetuoso silencio ambiental solo es roto por los turistas que hablan por el móvil.

Si el templo de Jokhang representa la catedral del budismo, los monasterios de Drepung (8 kilómetros al oeste de Lhasa), Sera (5 kilómetros al norte) y Ganden (50 kilómetros al nordeste) conforman la densa chenmo sum, sus tres pilares maestros. Fueron edificados entre 1409 y 1419 por Tsongkhapa -el esclarecido fundador de la orden Gelugpa (Virtuosa), popularmente conocida como la de los gorros amarillos, a la que pertenece el actual Dalai Lama, Tenzin Gyatso- y sus discípulos. Son, en realidad, complejos religiosos amurallados, constituidos por una red de calles, plazas y jardines; templos en mayor o menor número, palacios, estupas y salas de reuniones de las diferentes escuelas que elevan sobre las dependencias de los monjes sus techos dorados, domos y terrazas coronadas con banderas de oración. Se trata, en suma, de genuinas ciudades monásticas.

El mayor santuario del Tíbet

El expedicionario inglés Freddie Spencer Chapman, viajero por estos pagos entre los años 1936 y 1937, consideró a Drepung el monasterio más grande del mundo tras censar en él 7.700 monjes residentes, que en ocasiones llegaban a los 10.000. Si bien hoy no exceden de 600, continúa siendo el mayor santuario del Tíbet, templo materno de los Dalai Lama y el más prestigioso de la orden Gelugpa. Su joya artística es la admirable estatua de Maitreya, el Buda del Futuro, diseñada por el propio Tsongkhapa. La ingente talla, con sus 15 metros de altura, atraviesa tres pisos. Contemplándola, los rostros de los fieles expresan una mística placidez, producto de su fe inconmovible. ¡Por fin han alcanzado su meta!

Sera, el segundo monasterio en tamaño, acumula 600 años de controversias sobre los sutras, las escrituras que recogen la doctrina de Sakyamuni, el Buda Histórico. Sera es al Tíbet lo que Oxford o Cambridge al Reino Unido y Harvard a Estados Unidos. En el año 2005 se reanudó aquí el examen para obtener el título de Rabjamba Geshe, máximo grado académico del budismo tibetano. Diariamente -salvo los lunes-, hacia las 15.30 horas y durante hora y media los monjes debaten en el patio del monasterio, a cielo abierto y a la vista del público, al que se le ruega silencio. Los que están de pie hacen preguntas que deben responder los que permanecen sentados. La batalla dialéctica incluye palabras, sonoras palmadas y variedad de movimientos, posturas y gestos; levantar la mano alude a la espada llameante del discernimiento, atributo de Manjushri, el Buda de la Sabiduría, que escinde la ignorancia; bajarla significa reprimir el orgullo y las ideas malignas. Se afirma que para conocer algo fidedigno sobre la vida en los templos tibetanos, Sera es un destino ineludible. Con todo, el inevitable corro de turistas disparando fotos a granel confiere al espectáculo un carácter circense y cierta aureola de mixtificación.

El techo del mundo

Ganden, encaramado en la cima del Monte Wangbur (4.300 metros), el monasterio más antiguo de la orden Gelugpa, se halla bajo la protección especial del gobierno chino, que lo considera una de las reliquias culturales del Tíbet. Es un recinto innegablemente carismático. ¿La razón? Albergar los restos mortales de Tsongkhapa, su fundador y prístino abad. Fallecido en 1419 a los 62 años, su cuerpo momificado fue depositado en un sarcófago incrustado de plata y oro. En el año 1966 los Guardias Rojos le prendieron fuego, pero su cráneo se salvó del incendio. Hoy, el mausoleo, tipo fortaleza, que guarda el chörten funerario con los fragmentos óseos rescatados es, sin duda, el edificio reconstruido más impresionante de Ganden. Saliendo de Lhasa, la visión omnipresente del viajero es la de la meseta tibetana, el techo del mundo. Se ha dicho que es el más pelado, frío e inhospitalario lugar del globo terráqueo. Y también el refugio de una sensibilidad espiritual sin parangón, de la que el monasterio de Samye se hace eco insoslayable. Situado 120 kilómetros al sureste de la capital, a 3.630 metros de altitud, rodeado de silentes dunas y áridas colinas, se presenta como un enclave desimpregnado de las preocupaciones terrenales. Suntuosos rojos y cálidos dorados; ruedas de oración y ofrendas de tsampa (harina de cebada tostada) y dinero en billetes pequeños; pasadizos medievales rebosantes de peregrinos rurales, de incienso, murmullos, penumbras, imágenes sagradas y de la luz titilante de las chömay (velas elaboradas con mantequilla de yak). Samye, erigido entre los años 765 y 780, en tiempos del rey Trisong Detsen, es la cuna del budismo tibetano, su monasterio más antiguo, la primera institución que tradujo sistemáticamente los sutras e instruyó a beatos locales en las tesis de Siddhartha Gautama. Actualmente habitan dentro de sus muros unos doscientos monjes.

Los Panchen Lamas

Shigatse es, después de Lhasa, la mayor ciudad tibetana. Un hito de primer orden en medio de la Carretera de la Amistad, a cuenta, fundamentalmente, de amparar en sus aledaños al monasterio en activo más grande del Tíbet: Tashilhunpo. Se trata de una urbe amurallada, asentamiento tradicional de los Panchen Lamas -segundos en la jerarquía Gelugpa, después de los Dalai Lamas-, cuyas tumbas, del cuarto al décimo, profusamente engalanadas con oro, plata y joyería, constituyen un motivo destacado de peregrinación. Sin embargo, el atractivo con mayúsculas lo incorpora la mayor estatua dorada del orbe: una figura de Maitreya, el Buda del Futuro, sentado sobre un trono munificente en la postura del loto, ejecutando el mudra (gesto manual) de la enseñanza. Sus 26,2 metros de altura, 279 kilos de oro y 150.000 kilos de cobre y latón invaden un edificio entero. Los fieles desfilan a su alrededor con un silencio que sobrecoge, imbuidos de una serenidad ultramundana.

Rongbuk (4.900 metros), asentado a los pies del monte Everest (8.848 metros), es la etapa final de la ruta de los grandes monasterios del Himalaya. Aunque por su mínima antigüedad y sus exiguas dimensiones no es equiparable a los anteriormente descritos, este monasterio puede enorgullecerse de ser la edificación religiosa situada a mayor altura del Tíbet y, por tanto, de todo el mundo. Más cerca del cielo y tal vez más lejos de la gente: esta podría ser una primera percepción de sus muros y de su majestuoso chörten, mundialmente célebre gracias a las expediciones alpinas, que lo fotografían en primer plano sobre el fondo grandioso del Qomolangma -Madre Divina de las Nieves, nombre vernáculo del Everest-, con encuadres tan típicos como tópicos. Rongbuk, fundado en 1902 por Zatul Rinpoché, un lama de la orden Nyingmapa, es el principal centro lamaísta de la zona. El lugar se describe, sin ambages, como uno de los más subyugantes del planeta. Idóneo, en cualquier caso, para empaparse con la declaración de principios de los peregrinos: "Un budista es aquel que tiene los pies en el suelo, el corazón en los demás y la mente puesta en lo absoluto".