La ruta de la Unesco por la República Checa

La República Checa, que cuenta con 12 monumentos declarados Patrimonio de la Humanidad, celebra en 2012 los 20 años de las primeras distinciones. La ruta para conocer estos tesoros arranca en Ceský Krumlov y termina en Praga –sus cascos históricos se incluyeron en la lista de la Unesco en 1992–, recorriendo la mayor parte de los antiguos reinos de Bohemia y Moravia, una gran reserva cultural del Viejo Continente.

Javier Díaz-Cano
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Foto: Eduardo Grund

La República Checa puede vanagloriarse con toda propiedad de ser un país de la Unesco, pues teniendo en cuenta su limitada extensión (78.866 kilómetros cuadrados, algo menor que Andalucía) posee una de las mayores proporciones de monumentos declarados Patrimonio de la Humanidad en relación a ella. Por eso cuidan con esmero este patrimonio testigo de la historia, conservándolo con mimo y restaurando los monumentos que lo precisen, como recientemente ha sucedido con la Villa Tugendhat en Brno, reabierta esta pasada primavera tras dos años de experimentar una profunda restauración. Algo digno de reseñar teniendo en cuenta que fue la penúltima declaración de la Unesco en la República Checa. En concreto, en 2001, hace once años.

La Ruta de la Unesco representa la mejor forma de conocer las obras maestras, mundanas o sagradas, que han sobrevivido durante siglos en los antiguos reinos de Bohemia y Moravia, las dos regiones históricas que conforman la República Checa (la otra es Silesia, compartida con Polonia). Y nada mejor que empezar esta atractiva ruta precisamente por Ceský Krumlov, cuyo centro histórico obtuvo la primera declaración checa de Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 1992. La bella localidad de Bohemia meridional se halla a unos 180 kilómetros al sur de Praga (por cierto, también a orillas del río Moldava), aunque hay que calcular dos horas y 40 minutos en coche, pues no existe autovía.

La Perla de Bohemia.

Esta pintoresca ciudad medieval es conocida como La perla de Bohemia por su mezcla de arquitectura gótica, renacentista y barroca fielmente conservada, lo que propició que se la incluyera en la Lista del Patrimonio Cultural de la Humanidad. Amén de excelsas joyas como la iglesia gótica de San Vito -levantada en el siglo XIV-, el edificio renacentista del Ayuntamiento o el jardín palaciego de estilo barroco, el encanto supremo de Ceský Krumlov reside en que parece un auténtico escenario de cuento de hadas, inalterado e inalterable, donde parece que se ha detenido el tiempo, aunque ya sea una preciada presa turística.

Situada en un sinuoso meandro del río Moldava, su máximo auge y esplendor lo tuvo durante la época de los señores de Rozmberk (1302-1611). El principal monumento de la ciudad es su colosal castillo, considerado el segundo más grande de la República Checa, solo superado por el de Praga. A este respecto se asegura que sus propietarios eran tan ricos que pudieron haber levantado uno de mayor tamaño, pero no quisieron molestar al rey y por eso se conformaron solo con construir el más ornamentado. Una buena prueba de ello es la torre multicolor del palacio, que ya se cuenta entre los iconos turísticos más famosos del país.

La fortaleza medieval fue posteriormente remodelada en un estilo renacentista por la familia Eggenberg, que construyó su maravilloso Teatro Barroco, uno de los cuatro únicos en el mundo que han conservado intactos su escenario y decorados originales (otros dos se hallan en Suecia y el cuarto al este de Bohemia, en el palacio de Litomysl). Otra visita ineludible es su célebre Sala de las Máscaras, decorada profusamente con pinturas en trampantojo de los personajes de la Comedia del Arte italiana.

Deambular por las calles peatonales del barrio de Latrán, situado a los pies del castillo, hasta la Puerta de Budejovice, el último vestigio de la muralla que antiguamente protegía la villa, es como retroceder en una máquina del tiempo. Cada mes de junio se celebra la Fiesta de la Rosa de Cinco Pétalos, en la que durante tres días la ciudad entera recrea la atmósfera típica de la época medieval, con juglares, músicos, teatro y mercaderes apoderándose de sus calles y plazas. Un auténtico retorno al pasado en pleno siglo XXI.

Obra cumbre de Mies Van Der Rohe.

Desde Ceský Krumlov hay que dirigirse a Brno (unos 200 kilómetros por carretera), la segunda ciudad más importante del país con sus 400.000 habitantes. La pléyade de estrellas de la Unesco en la República Checa incluye también una construcción de arquitectura moderna, llevada a cabo para una casa unifamiliar: la Villa Tugendhat. Reabierta el pasado mes de marzo tras dos años de restauración, se trata de una obra cumbre de la arquitectura funcionalista mundial y de la construcción europea más importante del alemán Ludwig Mies van der Rohe. Edificada entre 1929 y 1930 por encargo del matrimonio judío Tugendhat, todavía hoy, más de 80 años después, sigue resultando moderna. Fritz Tugendhat era un rico empresario textil que no reparó en gastos para construir una casa que constituye todo un dechado de anticipación tecnológica.

Una de las razones por las que se considera a la Villa Tugendhat un ejemplo de arquitectura adelantada a su tiempo es porque, por primera vez en la historia, se utilizó una estructura de soporte de pilares de acero de sección cruciforme para la construcción de una casa familiar. Para los interiores se emplearon materiales preciosos: mármol travertino de Tívoli (de la región italiana del Lazio) para el suelo y ónice de las montañas del Atlas de Marruecos para las paredes, un elemento que tiene la propiedad de intensificar su color bermejo según la luminosidad de la estancia a lo largo del día. Asimismo, las maderas preciosas como el ébano Makassar, el palisandro de la India y el zebrano de África atrapan la mirada del visitante ante tanta belleza atesorada en una misma residencia.

Mies van der Rohe diseñó y supervisó hasta el último detalle, como el picaporte de Groupius (escuela Bauhaus) de las impresionantes puertas interiores de la casa, todas de casi tres metros de altura. El arquitecto también amuebló las estancias de la villa, donde llaman la atención las sillas de diseño, como la famosa silla Brno de color rojo, cuyo modelo ha aparecido después en series de televisión como Colombo o la más reciente del doctor House.

Entre sus mayores logros técnicos se cuentan también el sistema de aire acondicionado y los ventanales del salón de estar, que se pueden bajar automáticamente hasta el suelo, proyectados así para convertirlo en una extensión de la terraza con el buen tiempo. Desde la terraza superior se admira una bonita vista de Brno, con un panorama dominado por la catedral de San Pedro y San Pablo y el castillo de Spilberk. En el comedor, delimitado por una pared semicircular, se firmó la división de Checoslovaquia en los actuales dos Estados, República Checa y Eslovaquia, en agosto de 1992.

Recibimiento a toque de trompeta.

A menos de 70 kilómetros de la Villa Tugendhat, al este de la ciudad de Brno se halla otro lugar incluido en el año 1998 en la lista de Patrimonio Cultural y de Naturaleza de la Unesco: los jardines y el palacio de Kromeriz. Dicen que esta pequeña ciudad morava debe su inscripción a sus jardines, y en verdad son únicos. Pero el palacio barroco construido como residencia de verano para los obispos de Olomouc no se queda atrás. Es impresionante. Hasta el punto de que al visitante le asalta la pregunta de dónde provenía la riqueza de los obispos, aun a sabiendas de sus vastos territorios, pues no en vano el palacio era la sede principal de su organización feudal. La respuesta que lo explica es que ostentaban el derecho de acuñar monedas de oro y de plata, lo que les procuró pingües beneficios hasta que la emperatriz María Teresa de Austria lo derogó...

Los obispos de Olomouc recibían aquí a las más altas personalidades, como lo atestigua el Salón del Zar (con chimenea y altar), pero también al pueblo llano en el Salón del Trono... De esa época de boato ha quedado la tradición de recibir a los visitantes a toque de trompeta. Dos trompetistas empiezan a tocar una melodía que suena como la música para los fuegos artificiales del mismísimo Haendel justo cuando los turistas entran al Salón del Trono, una agradable sorpresa que bien merece una propina, máxime en un entorno donde se admiran los bellos frescos del techo.

Pero si algo impacta en la visita es la monumental sala rococó del palacio, la segunda más grande de toda la República Checa con sus 400 metros cuadrados, solo superada por la Sala Española del Castillo de Praga. Con sus 22 impresionantes lámparas, fue uno de los escenarios de Amadeus, del director checo Milos Forman, quien rodó aquí muchas de las secuencias palaciegas de la película. La riqueza de los obispos de Olomouc también se pone de manifiesto en la pinacoteca del propio palacio, especializada en pintura gótica y renacentista del siglo XV sobre temas bíblicos y mitológicos, con cuadros como Apolo y Marte, de Tiziano, y obras de otros grandes maestros como Cranach, Brueghel y Van Dyck.

El mayor grupo escultórico barroco de Europa.

A tan solo 56 kilómetros de Kromeriz, Olomouc es el siguiente destino Patrimonio de la Humanidad de nuestra ruta, un descubrimiento en toda regla para el que no esté advertido de antemano de que la antigua capital de Moravia es la segunda reserva artística monumental del país, solo superada por Praga. Posiblemente, su casco histórico estaría también en la lista de la Unesco si no fuera porque su colosal Columna de la Santísima Trinidad es única en el mundo por ser el mayor grupo escultórico barroco de toda Europa. En este sentido, a Olomouc le sucede como a Brno con la Villa Tugendhat en cuanto a contar con un monumento que no tiene parangón. Levantada tras una terrible epidemia de peste, su altura alcanza los 32 metros, cuando lo normal en otras columnas marianas o de agradecimiento católico por el final de la peste, como las de Viena o Budapest, es que sea de 15 metros. No contento con doblar la altura de las columnas de las dos grandes capitales del imperio austro-húngaro, el arquitecto y tallista Václav Render se propuso aportar la máxima concentración de arte barroco -en este caso 50 estatuas de santos- en un solo conjunto de toda Europa central. Y a fe que lo consiguió, financiando la construcción e incluso legando toda su herencia para la finalización de la misma, pues cuando la columna fue consagrada en 1754, en presencia de la emperatriz María Teresa, hacía veinte años que había muerto. La columna incluye hasta una pequeña capilla en su interior como solución arquitectónica. El tiempo ha hecho justicia a tamaño atrevimiento y fue inscrita por la Unesco en el año 2000.

La columna se erige en la Plaza Alta junto al Ayuntamiento renacentista, en el que no hay que perderse su reloj astronómico, inaugurado en 1953 con motivos proletarios propiciados por el régimen comunista para compensar las 50 estatuas de santos católicos de la columna, tras haber sido destruido el original durante la Segunda Guerra Mundial. En la misma plaza se halla la moderna Fuente de Arión (2002), convertida en el nuevo símbolo de la ciudad.

El palacio de las maravillas.

La Ruta de la Unesco nos lleva de Olomouc a Litomysl, separadas tan solo 79 kilómetros por carretera, en el límite de Bohemia Oriental. De hecho, su privilegiado emplazamiento en la vía de comunicación entre Bohemia y Moravia la convirtió en un lugar de paso obligado en las rutas comerciales procedentes de Viena. La joya de este magnífico paradigma de ciudad checa de tamaño medio es su palacio renacentista, terminado a finales del siglo XVI por arquitectos italianos tras catorce años de obras. Integrado por un modélico patio con arcos, una de sus atracciones es que la superficie de su maravillosa fachada y de las artísticas chimeneas está recubierta de esgrafiados, dibujos raspados en los que ningún motivo figurativo se repite dos veces. Este gran ejemplo de residencia aristocrática fue declarado Patrimonio Mundial por la Unesco en al año 1999.

Entre las aportaciones que se hicieron al palacio en el siglo XVIII se encuentra su Teatro Barroco, que se ha conservado de forma intacta con los bastidores originales de Platzer, levantados entre 1796 y 1797. En este coqueto teatro debutó al piano siendo un niño el que, con el tiempo, se convertiría en uno de los compositores checos por excelencia, Bedrich Smetana, que nació justo aquí en 1824, pues su padre era el cervecero de palacio.

La Plaza Smetana, que lleva el nombre del ilustre músico, constituye un ejemplo supremo de plaza porticada, una de las más grandes del país con sus 495 metros de longitud, presidida en su parte central por la antigua torre del municipio (1418) y en un extremo por la estatua del compositor de la célebre obra El Moldava, del ciclo Mi Patria. En su honor se celebra cada verano el Festival Litomysl de Smetana, que ofrece conciertos en el patio del palacio.

Toda la belleza del mundo.

A 172 kilómetros de Litomysl nos aguarda Praga, la meta final de nuestra ruta, cuyo centro histórico fue declarado Patrimonio de la Unesco en 1992, hace ahora veinte años. Sus admirativas definiciones, como La madre de todas las ciudades o la ya tópica de La ciudad de las cien torres, se quedan cortas ante uno de los cascos antiguos mejor conservados del continente y, por tanto, una de las capitales donde aún se respira el aire de la Vieja Europa. Esto lo aprovechó bien el director Milos Forman para el rodaje de Amadeus en sus callejuelas empedradas. Praga es un manual de arquitectura europea a través de los siglos, del gótico al barroco, que al atardecer se transforma aún más en un escenario de cuento de hadas. Quizás la definición más poética y certera de Praga se resuma en el título de un libro del gran poeta checo Jaroslav Seifert: Toda la belleza del mundo. En él, este Premio Nobel de Literatura llega hasta el fondo de su alma eterna.

La Plaza de la Ciudad Vieja atrapa para siempre al viajero, con su famoso reloj astronómico en la Torre del Ayuntamiento. La leyenda cuenta que el rey Wenceslao IV quedó tan prendado con el resultado que ordenó a los ediles dejar ciego al maestro relojero para que no pudiera construirse una copia del mismo. Y es que Praga se mira en el espejo de una ciudad detenida en el tiempo, en la que el célebre Puente de Carlos, con sus 16 arcos donde se suceden 30 grupos escultóricos que jalonan los pilares, oficia de pasarela mundana donde se dan cita los artistas bohemios, ya sean pintores, dibujantes, mimos o excelentes músicos de jazz.

Refugio de alquimistas.

En esa ciudad dentro de la ciudad que es el Castillo de Praga, en la colina Hradcany, se alza la catedral gótica de San Vito, que exteriormente sobresale por sus colosales contrafuertes y su campanario renacentista que alcanza los 96,50 metros de altura. También en la zona del castillo se encuentra el Callejón de Oro, que nos sume en un halo de misterio imaginando que en sus pintorescas casas, reabiertas el año pasado tras una exigente remodelación, laboraban sin descanso los alquimistas de Rodolfo II en pos del secreto que les permitiera convertir el plomo en oro. Eso sí, la fórmula mágica para enamorarse perdidamente de Praga es contemplar, con la puesta de sol, las mejores vistas panorámicas de la ciudad y sus puentes sobre el Moldava desde los miradores del barrio del Castillo. Realmente sublimes. Un Patrimonio de la Humanidad en sí mismas.

Kromeriz: el "Versalles checo"

Durante siglos el palacio de Kromeriz sirvió de residencia veraniega a los arzobispos de Olomouc. Amén de su magnífica biblioteca y de su impresionante pinacoteca, los cultivados arzobispos también procuraban seguir el precepto de mens sana in corpore sano, habida cuenta de los extensos y paradisiacos jardines que se hicieron construir para pasear y caminar. Así podían elegir entre el jardín del propio palacio, con una superficie de 60 hectáreas y concebido como parque paisajístico de estilo inglés, o el denominado Jardín de las Flores, de estilo barroco, que originariamente se extendía más allá de las murallas de la villa. El Jardín de las Flores se encuentra entre las obras maestras de jardinería más importantes de todo el mundo. Por un lado, todavía se asemeja a los jardines del Renacimiento tardío italiano, pero por otro las tendencias hacia el estilo barroco-clasicista francés de la época en la que fue diseñado (entre 1665-1675) lo convierten, junto al palacio arzobispal, en el Versalles checo. Es especialmente recomendable el paseo panorámico por la azotea de su espléndida columnata de 244 metros de largo para apreciar con mejor perspectiva la virguería de las figuras geométricas realizadas con flores, plantas y arbustos. Los laberintos, sus fuentes o la rotonda central, con el coqueto pabellón octogonal de estilo italiano, lo convierten, por añadidura, en un maravilloso conjunto protegido como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. www.zamek-kromeriz.cz

Cerveza y música, el otro Patrimonio cultural

En Bohemia se dice que "si entra un gobierno que encarezca la cerveza, lo echamos". No en vano, la ciudad de Plzen es la cuna de la cerveza rubia (denominada Pilsen por ello), un tesoro nacional. Y no será porque el pan líquido de los checos sea caro. Al revés. Se da la circunstancia de que en Brno, la capital de Moravia, una jarra de medio litro de cerveza (33 coronas checas, poco más de un euro) como las que siempre se toman por estos pagos casi es más barata que una botella de agua mineral (28 coronas) o un refresco (32 coronas). Así puede comprobarse en la cervecería Pegas, que fabrica sus propias cervezas de trigo, negra y dorada. Otro axioma extendido es aquel que dice: "¿Es checo? Entonces será músico". Y no anda descaminado el dicho, pues los checos aman la música. El peso de compositores como Dvorak, Smetana, Janacek o Mahler (nacido en un pueblo de Moravia) ha dejado un gran poso. En Litomysl se celebra cada verano desde 1949 el Festival Internacional de Smetana, con conciertos al aire libre en el patio de su palacio renacentista, de excelente acústica. Y Olomouc es conocida como la Salzburgo morava, además de por sus arzobispos, por su rica tradición musical. No en vano, en 1767 un joven Mozart compuso aquí con solo 11 años su Sinfonía en fa mayor, llamada después Olomouc. Asimismo, Beethoven compuso su Missa solemnis (1883) para la catedral de San Wenceslao.