La Habana barrio por barrio

Aunque La Habana está dividida administrativamente en quince municipios, son cuatro los barrios más visitados –Habana Vieja, Centro Habana, Vedado y Miramar–, que se extienden a lo largo de su emblemático Malecón y más allá.

Isabel Ureña

Empezamos el recorrido por los barrios más emblemáticos de la capital de Cuba en La Habana Vieja. Hablamos de uno de los conjuntos coloniales más grandes de América Latina: casi 150 hectáreas que alojan más de trescientos edificios -religiosos, civiles, domésticos y militares- de alto valor histórico y arquitectónico. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1982, la Oficina del Historiador de La Habana -dirigida por Eusebio Leal desde 1967- realiza titánicos esfuerzos para, con ayuda de instituciones extranjeras o sin ella, restaurar edificios y espacios urbanos para darles después nuevos usos que aseguren su pervivencia. De la misma Oficina dependen los personajes disfrazados -mujeres con trajes de época, un sempiterno Che con su puro, echadoras de cartas...- con los que se retratan los turistas a cambio de un peso. Este área comprende también el cordón defensivo que protegió La Habana desde el siglo XVI. Junto a uno de sus elementos -la Fortaleza de San Salvador de la Punta- se tiene enfrente el emblemático Castillo de los Tres Reyes del Morro -del mismo siglo- y la Fortaleza de San Carlos y San Severino de la Cabaña -del siglo XVIII-, el perfil de sus farallones y el monumental faro. Más al Este se encuentra el Castillo de la Real Fuerza, coronado por La Giraldilla, uno de los símbolos de la ciudad.

Se impone recorrer la calle Obispo, siempre muy frecuentada por visitantes y habaneros, plagada de comercios. En ella se ubican algunas de las cafeterías tan tradicionales como el Floridita -al principio de la calle- y el Café París -hacia la mitad-. En su extremo norte se abre la Plaza de Armas, trazada en el siglo XVI pero cuyos edificios datan del XVIII. Alrededor del jardín central, presidido por el padre de la independencia Carlos Manuel de Céspedes, se instala el mercado del libro antiguo. La plaza está flanqueada por tres bellísimos palacios: el de los Capitanes Generales, el del Segundo Cabo, y el palacio de los Condes de Santovenia, convertido en Hotel Santa Isabel. Al lado, un templete columnado rodea una ceiba ceremonial y aloja tres murales que representan momentos históricos de la ciudad. Por la calle Mercaderes, perpendicular a Obispo, se accede a la Plaza Vieja, segunda en antigüedad de la Habana colonial, a pesar de su nombre. Tres de sus edificios son los más notables: la Casa de los Condes de Jaruco, la de las Hermanas Cárdenas y la de Esteban Portier. No obstante, el encanto de la plaza radica en su ambiente colonial español en interpretación caribeña: el pavimento empedrado, la fuente central y las coloridas fachadas con sus arcadas sobre soportales.

Otra calle -San Ignacio- perpendicular a Obispo, aunque en sentido contrario a Mercaderes, lleva a la tercera plaza de visita obligada, presidida por la Catedral. Construida en estilo barroco (1748) sobre un oratorio anterior, lo más interesante de este templo es su alabeada fachada y flanqueada por dos torres. En los otros tres paños de la plaza se levantan los hermosísimos palacios de los Marqueses de Aguas Claras, del Conde de Casa Bayona y del Marqués de Arcos, además de la Casa del Lombillo.

En las calles de este barrio se encuentran muchos otros edificios de interés, como la Casa de la Obra Pía, la iglesia de San Francisco, el convento de Santa Clara, la casa natal de José Martí...

Un recorrido anárquico descubrirá también al paseante un paisaje urbano de hermosos caserones, subdivididos en su interior hasta lo imposible, a los que no ha llegado la restauración, sino la amenaza de ruina. Los habitantes de la Habana Vieja, entre los que predominan todas las variaciones de color más cercanas al negro, se benefician de su cercanía al turismo en la misma medida en que son perjudicados por las deficiencias de unos servicios públicos -agua, electricidad, etcétera- en estado más que precario.

Centro Habana

El Paseo del Prado (oficialmente de José Martí) es el límite oeste de la Habana Vieja, desde el que se expandió la ciudad en la segunda mitad del siglo XIX. Este acogedor y sombreado paseo comienza en el Malecón y llega hasta uno de los centros neurálgicos de la ciudad: el Parque Central, en cuyas márgenes se levantan edificios notables. El más antiguo y hermoso es el Gran Teatro de La Habana (antiguo Teatro Tacón, de 1835), de recargado estilo neobarroco que, sin embargo, resulta muy atractivo con sus monumentales grupos escultóricos y dos filas de balcones bajo altos arcos. En la manzana contigua se encuentra el que fue primer gran hotel de La Habana: el Hotel Inglaterra (de 1875). Conserva el ambiente de la época y cuenta con una terraza frente al Parque Central de vista privilegiada y, por tanto, siempre llena. El Capitolio habanero, al otro costado del Gran Teatro, fue construido en 1929 por iniciativa del presidente de triste memoria Gerardo Machado, que ordenó que su altura superase -aunque en solo unos centímetros- a la del Capitolio de Washington, del que es copia. Lo precede una hermosa escalinata de 55 peldaños.

En el lado contrario del Parque Central se levantan dos edificios que albergan el patrimonio artístico del Museo Nacional de Bellas Artes: el Palacio de Bellas Artes (para la producción artística cubana) y el Centro Asturiano (dedicado al arte internacional). Además del alto interés de su contenido, ambos edificios llaman la atención por su armonía arquitectónica y su perfecto estado. Una zona que también merece un paseo es el llamado barrio chino, situado a las espaldas del Capitolio, donde se asentó esta gran emigración llegada a finales del siglo XIX. Está precedido por la Puerta de los Dragones, regalo del gobierno chino en 1999. El insólito mestizaje que se produjo entre los chinos y la población cubana se refleja en el mosaico étnico y cultural que todavía pervive en este área de la ciudad. En la pequeña calle Cuchillo, enteramente ocupada por restaurantes, se puede degustar, a precios muy moderados, la versión caribeña de lo que conocemos por cocina china.

En el barrio de Centro Habana, que disfruta al norte de su correspondiente tramo del Malecón y continúa hacia el oeste hasta la calle Infanta, se levantan bellas casas modernistas -en diverso grado de deterioro-, algún gran parque -como la Quinta de los Molinos-, y bulliciosas calles comerciales -por ejemplo, Galiano o Carlos III-. Centro Habana registra la mayor densidad poblacional de Cuba, por lo que el déficit de viviendas llega en esta zona a su colmo. En días muy calurosos, al atardecer los vecinos huyen de sus pisos recalentados y se instalan en el Malecón, a la brisa fresca del mar, hasta altas horas de la noche. Familias enteras, parejas cariñosas y jóvenes ruidosos ocupan el muro, que se ha llamado, con razón, "el sofá más grande del mundo".

El Vedado

Una segunda expansión de la ciudad se produjo en los primeros años del siglo XX sobre un área en la que ya existían algunas mansiones residenciales. El Vedado ostenta un trazado racional que es la admiración de los urbanistas. Sus calles arboladas se nombran al modo americano: con números (impares las paralelas al Malecón, que es la calle 1, aunque nadie la llame así) o con el abecedario (las que son perpendiculares) hasta que este se acaba y comienzan los números pares. Sus ocasionales plazas sombreadas por grandes ficus ofrecen al caminante un agradable refugio, muy necesario bajo el sol caribeño.

Las casas de este gran barrio son en su mayoría hotelitos de dos plantas -bastante maltratadas por el tiempo sin reparaciones ni pintura- que conforman un muestrario arquitectónico de lo más variado: el estilo colonial convive con el art-decó, el art-nouveau o las copias de las tradiciones europeas. Los porches columnados, casi omnipresentes, justifican que Carpentier llamase a La Habana "la ciudad de las columnas". En cuanto a la vecindad, el ojo menos perspicaz advertirá una cierta proporción de rostros más claros que en los barrios anteriores, probablemente una herencia de su pasado burgués.

La calle más frecuentada es la 23 (llamada La Rampa); en la misma Rampa o en sus inmediaciones se encuentran varios establecimientos que garantizan la marcha nocturna: la heladería Coppelia, el icono del jazz La Zorra y el Cuervo, el templo del bolero El Gato Tuerto, varios cines, discotecas... La cercanía de dos grandes hoteles -el emblemático Hotel Nacional y el Habana Libre (antiguo Hilton)-, con sus respectivos cabarets y restaurantes, incrementan la oferta.

Hasta el océano llegan también dos grandiosas avenidas ajardinadas: Paseo (calle 0, con la que comienzan los números pares) y de los Presidentes (calle G). El tramo del Malecón que corresponde al Vedado es el más largo y también el más cuidado. Sobre él se asoman algunos edificios emblemáticos, como el Hotel Nacional, el Hotel Riviera o el sorprendente Focsa.

La Universidad de La Habana -cuya espléndida escalinata está presidida por una Alma Mater- ocupa lo alto de una de las suaves colinas del Vedado. Más al sur, recorriendo desde este punto la avenida Carlos Manuel de Céspedes, se llega a la famosa Plaza de la Revolución, la enorme explanada rodeada de edificios gubernamentales donde tienen lugar las grandes manifestaciones políticas. No lejos se encuentra uno de los lugares más fascinantes de la ciudad: el Cementerio de Colón. Se trata de una gran necrópolis ajardinada, poblada de grupos escultóricos y de panteones que compiten entre sí en riqueza o solemnidad. Muchos personajes de la historia y la cultura cubanas reposan en este lugar, y no faltan leyendas populares como la de La Milagrosa, una tumba que aloja a una mujer joven muerta de parto y a su hijo. Se le suponen poderes de protección sobre niños y embarazos y nunca le faltan flores frescas.

Miramar

El Vedado se extiende hasta el río Almendares y su desembocadura. La calle Calzada (calle 7ª), paralela al Malecón, atraviesa bajo el río por un túnel. En este punto comienza una zona de la ciudad que puede parecer un cambio no de barrio sino de país: Miramar, del municipio habanero de Playa. Se trata de la zona residencial que creció en la primera mitad del siglo XX para alojar a las clases altas. Presenta un urbanismo ordenado en amplias manzanas rectangulares separadas por calles -nombradas con números todas ellas- y a veces interrumpidas por plazas ajardinadas con templetes centrales entre imponentes ficus.

El eje principal es la Quinta Avenida -con un ancho bulevar central-, pero también las paralelas Tercera y Séptima están adornadas con tantos árboles -exuberantes flamboyanes, carolinas, almendros rojizos, palmeras, ficus...- como con un inacabable jardín. Una buena parte de las suntuosas casas ajardinadas, construidas según diversos estilos entre los que predomina el colonial -con sus porches bajo columnas, cómo no-, fueron abandonadas con el triunfo de la revolución de 1959. Las de las avenidas principales alojan embajadas e instituciones públicas, lo que se adivina por su perfecto estado de revista. En el resto del barrio, en el que predomina ostensiblemente la población blanca, la unidad urbanística y arquitectónica se mantiene, pero las manos privadas no logran tal grado de conservación en sus viviendas.

La Avenida Primera -junto al mar- ya no es malecón, pues no tiene muro de defensa. El litoral aquí está suavizado por la mano humana y se encuentran algunos puntos de fácil acceso al agua que algunos aprovechan para tomar un baño. En esta zona se enclavan dotaciones hoteleras importantes -Meliá Habana, complejo Comodoro, etcétera-, el Centro de Negocios y algunas de las paladares (casas de comida) más exclusivas. Otros lugares de interés turístico son el Acuario Nacional (Avenida 1ª con la calle 60), la Maqueta de La Habana (calle 28 entre 1ª y 3ª) o el famoso cabaret Tropicana (bastante al sur, en la calle 72 A). Y, aunque no sea precisamente por razones estéticas, hay que echar un vistazo a la embajada de Rusia (en la Quinta Avenida con la calle 60), de la antigua Unión Soviética hasta 1990. Es preceptivo también un paseo para disfrutar del bellísimo barrio de Miramar, pero las dimensiones aconsejan contar con un coche porque resultan inabarcables.

Para coronar una experiencia en La Habana más exclusiva, hay que acercarse, continuando por la Quinta Avenida hasta la calle 248, más allá del río Jaimanitas, a la Marina Hemingway. Se trata de un complejo náutico para yates deportivos y de pesca que incluye también hotel, restaurantes, sala de fiestas y canales de agua marina para aparcar los barcos o simplemente darse un baño. Pocos visitantes conocen el lugar, donde también es posible alquilar -a precios bastante razonables- un paseo en yate hasta los cayos cercanos.

Camino sin retorno

El primer resultado de los cambios que ha deparado a la isla el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos ha sido un incremento inmediato de la afluencia de visitantes. Crece el número de europeos, pero además se incorporan ahora los estadounidenses, que, por fin, no serán sancionados al regreso de su viaje a la isla. Se espera que Cuba duplique a corto plazo el cupo turístico habitual, que ronda los dos millones en los años con suerte.

Tres años atrás, el gobierno cubano dio unos primeros pasos normativos que ampliaban el llamado "cuentapropismo" -el trabajo por cuenta propia-, que ya existía desde los difíciles años 90, aunque muy limitado. La iniciativa privada se lanzó a crear o ampliar las paladares (restaurantes particulares) y otros negocios que han brotado en los portales de las viviendas como setas tras la lluvia: venta de ropa, de copias ilegales de películas, de artesanía... Los cubanos quieren progresar.

Las paladares cubren hoy, con mucha más profesionalidad de la que se podría esperar en tan poco tiempo de implantación, la histórica carencia de La Habana en restaurantes y cafeterías. Como en Cuba no existe el comercio mayorista, tanto el abastecimiento como la rentabilidad de estos negocios son enigmas sin respuesta. Pero lo cierto es que, en la actualidad, en La Habana -como en otras provincias cubanas- se encuentra una propuesta gastronómica variada y excelente en su mayoría.

La oferta de alquiler en casas privadas ha crecido también exponencialmente. Varios miles de hogares en La Habana rivalizan con las instalaciones hoteleras y se anuncian en la red a precios sin competencia. No falta quien prefiere una estancia en contacto con la población -que tiene una justísima fama de hospitalidad y simpatía-, lo que además abarata sustancialmente el viaje.

Si comparamos las enormes potencialidades turísticas de Cuba con su dotación de las infraestructuras necesarias para el desarrollo del sector -hoteleras, viarias, informáticas...-, el desfase es aún manifiesto. Pero el camino se ha iniciado. Su punto de partida se puede fijar en el 17 de diciembre de 2014, cuando se revelaron las conversaciones entre Barack Obama y Raúl Castro. Fue un gran día, el día de San Lázaro, en el santoral cristiano, y de Babalú Ayé, en las religiones afrocubanas. El cambio comenzó entonces. Ahora, el retroceso ya no es posible.