La estrella de las selvas de Centroamérica

El verde del bosque nuboso abruma, dominando el paisaje de la montaña costarricense. Su biodiversidad hace que el "pura vida" de Costa Rica sea algo más que un saludo nacional y se convierta en un reto para descubrir entre la espesura a su más elegante morador, el quetzal. Ocurrirá a orillas del río Savegre, el mejor lugar del mundo para descubrirlo.

Mar Ramírez
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Foto: Juan Carlos Muñoz

Se me antoja que este es un viaje singular. Lo pienso cuando abandonamos la autopista Interamericana que recorre el tramo de la espina dorsal de América que supone la vertiente pacífica de la cordillera de Talamanca, en Costa Rica. Tal vez sea porque la desviación se produce junto a unas montañas con sonora denominación, Cerro de la Muerte. Macizo en cuya vertiente occidental inicia su andadura el río Savegre. Quizás porque entre los numerosos cursos fluviales que recorren la excepcional naturaleza costarricense a este se le conoce popularmente como el río más limpio; y no lo es solo del país sino que presume de destacar su calidad sobre los de Centroamérica.

A medida que la carretera se estrecha y sus curvas van recortando la abrupta ladera del valle -en 40 kilómetros se desciende de los 3.400 metros del Cerro de la Muerte hasta el nivel del mar-, mientras el día comienza a oscurecerse, se adivina que en esa espesura de quebradas, arroyos y cañones, protegida desde el año 2005 mediante la delimitación del Parque Nacional de los Quetzales, se desenvuelve una de las aves más llamativas del mundo.Es el símbolo nacional y se le conoce como el quetzal. Aunque es un ave de tamaño mediano -no supera los 35 centímetros de longitud-, tiene una belleza realmente extraordinaria, en la que destaca el verde eléctrico de tonalidades esmeralda que predomina en su plumaje en contraste con el rojo escarlata de su pecho y vientre. Una cresta de pequeñas plumas y un vivaz ojo de grandes proporciones le añaden a su rostro un aire de curiosidad. La cola de los machos, rematada por largas plumas iridiscentes que alcanzan hasta los 65 centímetros con un ligero serpenteo en su extremo final, es la parte más elegante del ave.

El bosque nublado

Distinguir el quetzal entre la exuberancia de especies que domina el bosque nublado, con una vegetación tropical, característica de la cuenca alta del río Savegre, dominada por enormes árboles que alzan sus copas hasta 40 metros en busca de luz mientras las lianas, musgos y líquenes tapizan su superficie, no parece tarea sencilla. Tanto más considerando que es una especie en riesgo por la deforestación que su territorio original ha experimentado y la fragilidad que poseen estas junglas de montaña conocidas como el bosque nublado. Sin embargo, la cuenca del río Savegre todavía conserva una de las mejores selvas tropicales de montaña del mundo, así es que no solo el quetzal sino una gran diversidad de animales -429 especies de fauna residentes y 79 que se suman en época migratoria- pueden surgir en cualquier momento ante nuestra mirada.

Pensando en las nutrias que se benefician de la frialdad y calidad de las aguas del Savegre, en los mapaches, osos hormigueros, coyotes o los emblemáticos jaguares y pumas que habitan entre el follaje de esa omnipresencia vegetal, la carretera ya se ha aproximado a la orilla fluvial. Es entonces cuando una pareja surge a pie de ruta. Momento de hacer un alto para recabar el consejo de los que parecen ornitólogos experimentados a juzgar por los excelentes prismáticos que cuelgan de su cuello.

Efectivamente su afición a las aves les ha traído desde Holanda hasta tan lejano valle costarricense. No son los primeros, pues un notable turismo de observación de aves atrae a aficionados de todo el mundo hasta el valle, siendo esta actividad ecoturística la que fundamenta buena parte del sustento de los escasos habitantes asentados alrededor de la orilla fluvial y en las proximidades de su principal localidad, San Gerardo de Dota. La pregunta ante el posible hallazgo de la estrella alada del valle es positiva. El día anterior observaron en este paraje a un joven quetzal cuyo plumaje de cola no había alcanzado aún su longitud final.Las diferentes especies de árboles de la familia de los laureles, que producen unos frutos conocidos como aguacatillos -alimento principal de los quetzales- están ahora cargados de apetecibles frutos.

Así, apostar por localizar alguno de los árboles con sus frutos maduros y situarse en sus proximidades con paciencia y a primeras o últimas horas de la jornada puede reportar el ansiado encuentro ya que son aves que, tras engullir el fruto, permanecen quietas en un árbol cercano digiriéndolo y aprovechando que las sombras y el colorido de troncos y follaje camuflan fácilmente su llamativo colorido. Cuando expulsan el grueso hueso frutal emprenden de nuevo el vuelo batiendo sus alas de manera intermitente y trazando un recorrido ondulante a cuyo paso atrapa el siguiente fruto sin posarse siquiera en el árbol.

Estamos a punto de separarnos de los amigables holandeses cuando el vuelo ondulante del mismo joven con unas larguísimas plumas flotando detrás de sí surge fugaz entre las altas copas de los árboles. La emoción de la primera observación es algo ante lo que sonríen los habitantes locales, habituados a ver a tan colorista vecino cuando un árbol se llena de frutos maduros en su propiedad. En los próximos días los comentarios cómplices de los mejores árboles a los que con suerte se acercará algún quetzal corren de boca en boca. Así como las conversaciones con los propietarios de las fincas, muchos de los cuales ofrecen alojamiento al recién llegado.