Kioto vs Tokio: del siglo I al siglo XXI

Japón emergió a mediados del siglo XIX del aislamiento impuesto por sus líderes durante más de 300 años. Pero pocos países han experimentado en el espacio de unas cuantas generaciones un desarrollo tan grande. Hoy, artes y oficios antiguos coexisten en armonía con los últimos avances tecnológicos. Cuando se deja atrás la vibrante Tokio y se conoce Kioto, se tiene la impresión de entrar en otra dimensión del tiempo.

Oriol Pugés
 | 
Foto: Lucas Vallecillos

Hay que planificar bien un viaje a Japón. Si nos interesa lo moderno, la nueva arquitectura, la moda extravagante y los tipos más curiosos, hay que dirigir nuestra mirada a Tokio. Es el mejor escaparate del siglo XXI. Si, por el contrario, estamos más interesados en el Japón milenario, en el de los antiguos templos y santuarios, habrá que dirigirse a las llanuras Kansai. Allí sobresale Kioto, la principal ciudad-templo del país y su mayor foco de cultura tradicional.

Kioto, pureza de oriente

Kioto es la ciudad japonesa que más fascinación ejerce entre los viajeros, capital imperial durante más de mil años antes de ceder este honor a Tokio, en 1868. Kioto sigue siendo hoy el corazón de la cultura, el arte y las tradiciones niponas. Como por arte de magia, muchos de sus edificios han sobrevivido a los desastres que han asolado la ciudad a lo largo de su agitada historia, incluida la sangrienta Segunda Guerra Mundial. En el siglo VIII, los geomantes nipones eligieron cuidadosamente el punto exacto en el que debía construirse el primer núcleo de la ciudad. Tal como aparecía escrito en las antiguas profecías, el lugar tenía que estar encerrado entre montañas y encontrarse cerca de un lago y de un río. Además, como no podía ser de otra manera, tenía que levantarse en un paisaje natural, sugestivo y bello.

En el curso de aquel milenio durante el cual Kioto fue la capital japonesa se concentró en ella la mayor parte de las riquezas del país. Las familias imperiales construyeron aquí sus palacios. Se levantaron los templos y santuarios budistas y sintoístas, adornando la ciudad y las colinas cercanas con fabulosos jardines dispuestos de tal manera que las montañas circundantes cubiertas de nubes se convirtieron en maravillosas escenografías naturales. En la ciudad se dieron cita los más importantes artesanos del país para satisfacer las exigencias de una casta aristocrática entregada sin reservas al culto de lo bello. Durante los siglos X y XI, Kioto fue ciertamente una de las ciudades más refinadas del mundo. Hoy todavía lo es, a pesar de que algunos de sus más grandiosos edificios fueron destruidos durante las luchas internas desatadas en el siglo XV entre las familias más poderosas, que se disputaban la dignidad de shogun, un importante título militar.

Hay mucho, mucho que ver en Kioto, pero quizá lo que más asombra al viajero es la facilidad con que ha sabido fusionar pasado y presente. A lo largo del río Kamo se extiende la ciudad moderna, cuyas obras a menudo contrastan con los viejos edificios. Sin embargo, guarda con mimo su gran legado histórico. Guarda, también, uno de los últimos reductos ancestrales del país: las geishas. Envueltas en una verdadera aureola de misterio, no es fácil convertirse en geisha. Muy al contrario. Deben dominar diversas artes, como la danza, el canto, la poesía... Antes de la Segunda Guerra Mundial se podían contar hasta cien mil geishas en Kioto. Actualmente apenas hay doscientas, entre geishas y maikos, las aprendices de geisha.

Hay, pues, que programar muy bien la visita. De lo contrario, se corre el riesgo de quedar saturado de templos. Pensemos que Kioto alberga más de 1.800 templos budistas, cientos de santuarios sintoístas, un montón de villas imperiales y más de doscientos jardines clasificados. Un recorrido largo y jugoso el de estos últimos, ya que estar en Kioto yno reparar en sus jardines sería imperdonable. La esencia de la ciudad y de la cultura japonesa reposa también en ellos. Y son un reflejo de la estética tradicional japonesa.

Tokio, urbe máxima

Tokio es otro mundo aparte. Una ciudad de contrastes en continua metamorfosis. Habitada por más de 12 millones personas, cada día recibe la visita de otro puñado de millones más procedente de las ciudades circundantes, también muy pobladas. Para conocerla hay que tomar el Yamanote (tren circular), el metro o un taxi. A pie se pueden recorrer los barrios, pero es fácil perderse en esta ciudad sin límites llena de puentes y aplastada bajo las autopistas que serpentean por encima de los tejados.

La marea humana nos llevará al centro, al barrio de Marunouchi. Aquí se levanta el Palacio Imperial, decepcionante porque no se permiten visitas. Este mismo barrio acoge la estación central de Tokio, que guarda en el subsuelo un megamoderno nudo de comunicaciones. Si se pretende indagar en el pasado, nada como callejear por Asakusa, donde se puede captar la atmósfera del viejo Tokio en las edificaciones que rodean el templo Senso-ji (año 628). Es el barrio más antiguo, el único donde es posible respirar el aire de otros tiempos, aunque bien es cierto que por aquí ya no queda casi nada antiguo. En el siglo XX, la ciudad fue destruida dos veces: primero por el gran terremoto de 1923, después por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Así pues, no hay que esperar un verdadero barrio antiguo sino algunos templos desperdigados que lograron sobrevivir, como el santuario Meiji del parque Yoyogi, los de Ueno y el mencionado Senso-ji. El contraste de Asakusa con el exclusivo barrio de Ginza es total. Ginza es el barrio de lujo de Tokio, algo así como los Campos Elíseos de la capital japonesa. Allí donde las tiendas más exclusivas se suceden, una tras otra, a diestro y siniestro, y donde se cruzan, sin apenas mirarse, fashion victims con elegantes mujeres vestidas con ricos kimonos.

Desde Ginza, en dirección oeste, hay que dirigirse a la zona de Aoyama. Aquí nace el barrio de Harayuku. Es uno de los más animados de la ciudad, donde se ven las modas más transgresoras, donde se exhiben con orgullo los cosplayers (contracción de costume play), ese fenómeno surgido en los años 70 en los mercadillos de cómic japoneses, donde la gente se vestía como sus personajes de manga favoritos. Entre la riada de jóvenes que llenan la calle Takeshita y siempre se dejan fotografiar pasean los trendhunters (cazadores de tendencias), que se acercan a este callejón del barrio para echar un vistazo a estas curiosas tribus urbanas, tan características de la capital nipona.

Para despedirse, nada como disfrutar de una visión de conjunto. Hay dos lugares infalibles. El primero es Odaiba, una isla artificial que los japoneses han ganado al mar y que permite vistas fabulosas sobre la bahía de Tokio y sobre un galáctico conglomerado de edificios de diseño. El segundo, desde la planta 52 de una de las atalayas de la ciudad, es el Skytree, una torre de radiodifusión, restaurante y mirador de 634 metros de altura. Desde allí, Tokio se deja seducir y se rinde a tus pies.

TOKIO 2020 se prepara para ser el escaparate mundial

Tokio se prepara para organizar los Juegos Olímpicos de 2020, una de las aventuras más apasionantes que puede emprender una ciudad. La capital nipona tiene por delante el reto de levantar varios estadios y una villa olímpica. Además, debe reforzar su red de transportes, especialmente en la zona de la bahía, donde busca crear un entorno futurista para el evento. De hecho, la capital se pondrá patas arriba para cumplir sus objetivos. Para empezar, levantar las 22 instalaciones olímpicas (el 59% del total) que aún no existen. Salvo el trazado para el ciclismo, que se levantará frente al Palacio Imperial y el Estadio Olímpico, que será completamente reformado, las sedes que quedan por construir corresponden básicamente a la zona de la bahía. Toca hacer un velódromo, un estadio de voleibol para 15.000 espectadores y un coliseo con pistas para disputar partidos de bádminton y baloncesto en la isla artificial de Ariake. En el otro extremo del estuario, en Yashio, debe construirse un parque con varias campos para los partidos de hockey sobre hierba.

Sin embargo, los mayores esfuerzos se encaminarán a la culminación de los dos proyectos más emblemáticos: la villa y el remodelado Estadio Olímpico. La isla de Harumi acogerá a los 17.000 atletas que participarán en los Juegos, y contará con edificios futuristas y amplias zonas verdes. El nuevo estadio de Kasumigaoka será proyectado por la premiada arquitecta Zaha Hadid, que tiene previsto crear, sobre la base del estadio olímpico de 1964, una estructura dinámica en blanco nuclear con cubierta retráctil y capacidad para 80.000 personas.

Por último, un reto mayúsculo: Fukushima. En Japón dan por seguro que la radiación no afectará a Tokio. Esa ha sido su gran promesa en todas las presentaciones.