En kayak por Nueva Zelanda

Una travesía por la Isla Sur para hacer con la familia al completo como los míticos maoríes

Noelia Ferreiro
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Abrazado por dos bahías, Abel Tasman es un apéndice que sobresale como una uña en el norte de la Isla Sur de Nueva Zelanda. Un lugar prodigioso en el que se esconde todo un paraíso costero con playas de arena dorada que rellenan el espacio entre los árboles, un laberinto de formaciones de granito y mármol asentadas sobre los cabos y unas corrientes cristalinas que arrastran mantos de musgo hasta llegar al océano. Por todo ello, se trata del parque nacional más visitado del país pese a tratarse, curiosamente del más pequeño. 

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La razón es simple: Nueva Zelanda, que anda sobrada de bellezas naturales, alcanza en este rincón algunas de sus mejores panorámicas. Tanto, que incluso sus calas de aguas turquesas compiten por el título de las más bellas de las antípodas. 

A todo ello, hay que sumar otra razón: en Abel Tasman nadie quiere perderse la aventura de navegar en kayak mientras se avanza por bahías diminutas que parecen sacadas de un folleto de viaje. Y es que este lugar es ideal para darle al remo como los míticos maoríes y emprender una travesía en familia con el majestuoso bosque de fondo, sorteando aves y afloraciones rocosas. 

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Navegar durante tres días

Con 225 kilómetros cuadrados de espesa foresta y numerosos caminos por la costa o tierra adentro, este parque ha sido históricamente un dominio de los senderistas. La Abel Tasman Coast Track (51 kilómetros) es una de las nueve Great Walks (grandes caminatas) que existen en Nueva Zelanda. Hacerla a pie (entre 3 y 5 días) resulta bastante sencillo, puesto que el paisaje es salvaje, pero benigno. 

Pero en los últimos años este destino ha logrado conquistar a los amantes del mar, atraídos por su clima agradable y sus posibilidades acuáticas. Por eso hoy la experiencia estrella es la de avanzar en canoa entre recónditos parajes donde el hombre apenas ha dejado huella. El kayak se ha convertido en una alternativa a la ruta terrestre. 

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Para ello está la Coast Track, que puede recorrerse en tres días durmiendo en cabañas o huts, o acampando libremente en parcelas habilitadas. Es la opción de los más osados, que pueden alquilar las canoas y luego buscarse la vida, previa reserva de alojamiento especialmente en temporada alta. No es difícil emprender así esta aventura si se combina con cortas caminatas hasta el lugar de descanso. Los niños, para los que en ciertas rutas se impone una edad de mínima de ocho o de catorce años, disfrutarán de sentirse como auténticos robinsones.

No sólo remar

Imagine recorrer todo esto desde una canoa, deslizándose sobre las aguas mansas sin apenas esfuerzo, con tiempo para detenerse a los pies de un bosque o para darse un chapuzón con un simple buceo de superficie.

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Nada hay más relajante que surcar las aguas de este parque cuyo nombre rinde homenaje al explorador holandés que descubrió Nueva Zelanda. Desde la exuberancia del bush, el canto del tui y otras especies de aves rasgan el silencio del entorno, mientras se ven zambullirse cormoranes, alcatraces y pingüinos azules, en busca de un festín para su cena. Emulando a los remeros maoríes, se puede llegar hasta puntos que son inaccesibles por tierra o bordear la Isla de Tonga, una reserva marina donde la navegación está acompañada de focas.

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Y cuando los brazos ya no den más de sí, siempre se podrá recalar en hermosas playas solitarias para abordar un paseo a la orilla de los ríos que cruzan el bosque y que crean agradables cascadas en el interior. O acercarse a pequeños estuarios como el de Awaroa, una de las estampas más espectaculares, donde la naturaleza virgen alcanza su máxima expresión.