Karnataka. Palacios, templos y secretos del sur de la India

El sur del subcontinente indio conserva muchas de las esencias de este gran país. En esta zona se encuentra el estado de Karnataka, que ofrece un universo variado, sugestivo y colorista, guarda en su territorio algunos de los grandes tesoros culturales y artísticos de la India y deslumbra por la belleza de sus palacios y templos.

Ángel Martínez Bermejo
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Foto: Ángel López Soto

En la India, si uno quiere asomarse al esplendor de los maharajás de otro tiempo y buscar la esencia del sándalo, tiene que ir a Mysore, la segunda ciudad más grande del estado de Karnataka. Hay un curioso sentimiento de vivir la extravagancia que siempre ha rodeado a los reyes indios al adentrarse en las salas del palacio de Mysore, después de pasar junto a los bigotudos guardias de aspecto serio y enorme turbante que guardan la verja de la entrada. Aunque este palacio fue la residencia de la dinastía Wodeyar, que gobernó esta región durante cinco siglos y medio, apenas tiene cien años, pero sus vidrieras, sus espejos, sus lámparas y sus muebles son un recuerdo de un tiempo pasado, una fantasía que pretende soñar con los fastos de Las mil y una noches.

Y si los aromas del sándalo, el incienso y el jazmín ya no son lo primero que percibe el viajero al pasear por sus calles, la ciudad no los ha olvidado del todo. El mercado Devaraja es una fiesta para los sentidos: allí se venden guirnaldas de flores, frutas maduras y kunkum, los polvos de colores para marcar la frente con un punto. Es la India de los sentidos, esa India que asombra al viajero con su colorido pero, también, por la ingenuidad en el trato que proporciona el que está orgulloso -aunque puede que ni siquiera lo sepa- de su cultura. A unos pocos kilómetros, en lo alto del monte Chamundi, el templo de Sri Chamundeswari asombra con su gopuram de 40 metros de altura. El gopuram es el pórtico -que, en realidad, es una torre- típico de los templos dravídicos del sur de la India. Una pieza más del rompecabezas de esta región: entre todos te dan la imagen final, pero antes te han hecho temblar el entendimiento, las ideas y la imaginación.

En la India, si uno quiere buscar una de las cumbres del arte religioso del último milenio, tiene que ir a Belur y Halebid. Estas aldeas son como cualquier otra, pero sus templos conservan la gloria de su pasado esplendor, cuando fueron las capitales de la dinastía Hoysala, que dominó el suroeste de Karnataka entre los siglos XI y XIII. Esta dinastía -sobre todo a partir del siglo XII- inició la construcción de los templos que ahora permite recordarlos. Todas las estructuras son bajas y no imponen al contemplarlas desde lejos. Sin embargo, los detalles maravillan. A medida que se avanza se descubren elefantes, danzantes, dioses, adornos... Aquí aparece la historia del Mahabharata y del Ramayana, allá están Vishnu con Hanuman y Garuda, acullá Shiva sentado con Nandi. Luego se descubre la historia de Bali, el rey de los demonios, que ofrece numerosos regalos a Vamana. Un mundo de dioses y héroes que puebla la mente y la historia de los hindúes y que, aunque nos resulte extraño y desconocido, atrae con la fuerza de los mitos, de las grandes creaciones del ser humano. Pero, sobre todo, están los detalles que nos hablan de la condición humana, de sus anhelos, lo que hemos compartido desde siempre. No hay que ser hindú para apreciar la perfección de la imagen de una mujer que admira su belleza en un espejo, ni de aquella otra que escribe a su amante, o de la que se prepara para danzar, o de la que, con la ayuda de sus sirvientas, se arregla el pelo después del baño.

El recorrido por la belleza de los templos Hoysala continúa en la cercana Halebid. Aquí también existen músicos y danzarinas voluptuosas, pero sobre todo imperan las grandes escenas del Mahabharata, el Ramayana y el Bhagavad Gita. Hay batallas, raptos, muertes, animales míticos, marchas de elefantes, caballos lanzados a la carga, ejércitos de monos... Un tumulto épico plasmado en piedra en el que Arjuna lucha con Karna, el niño Krishna juega tranquilamente y el demonio Ravana levanta una montaña.

En la India, si uno quiere sentirse peregrino, tiene que ir a Shravanabelagola. Iniciar la ascensión con la primera luz del alba, para que la salida del sol lo encuentre en la cima de la colina. Porque la subida hasta la colina de Vindhyagiri convierte a cualquiera, ya sea un devoto jainista o un descreído viajero, en un peregrino.

En el camino se pasa junto a numerosas figuras grabadas en la piedra, a veces un dios, otras un hombre, quizás un animal, o una inscripción antigua en un alfabeto que resulta tan extraño como hermoso. Y allí arriba está el coloso, un gigante de piedra de 18 metros: la imagen de un hombre desnudo que mira hacia el norte. Tal vez sea la estatua monolítica exenta más grande de la India. Según algunos, de todo el mundo. Una estatua serena, grandiosa, poderosa. Es la imagen gigantesca de Sri Gomateswara, que lleva más de mil años asombrando a los peregrinos y viajeros que transitan por las tierras del sur de Karnataka.

En la India, si uno quiere ir a la búsqueda de ciudades perdidas que recuerden el esplendor de imperios olvidados, tiene que ir a Vijayanagar, la Ciudad de la Victoria. Puede hacerlo atraído por la descripción de Abdur Razzak, un embajador persa que recorrió esta región a mediados del siglo XV: "En Vijayanagar los bazares son inmensos y se venden rosas por doquier. Esta gente no puede vivir sin rosas, y las consideran tan necesarias como la comida".

Durante los siglos XIV y XVI esta ciudad fue la capital del reino más poderoso del Deccan, cuando controlaba el comercio de los caballos árabes y las especias indias que pasaban por sus puertos. Después del esplendor llegó la decadencia. Caminar ahora entre los restos de los monumentos reales es un ejercicio de asombro y de penas. Los Baños de la Reina, los establos de elefantes, los lienzos de murallas que en otro tiempo protegieron esta capital, nos hablan de un universo suntuoso y definitivamente perdido. Hay que imaginar que desde lo alto de Mahanavamia-Dibba el rey contemplaba los desfiles y los festivales, los espectáculos de artes marciales y las peleas de elefantes.

El templo de Vitthala es la cumbre artística de Vijayanagar y está poblado de figuras míticas. Cada columna es un león, un caballo encabritado, un monstruo terrible. Si se golpeaban las columnas más finas con el borde de la mano, la vibración del fuste sacaba unas tenues notas musicales que flotaban en el aire cálido. Al lado se encuentra la gran carroza dorada de piedra.

En la India, si uno busca playas y la herencia colonial portuguesa, tiene que ir a Goa. Al fin y al cabo, es la Roma de Oriente, la verdadera capital de un imperio que se extendía desde las costas de África hasta las de China; una ciudad que en el siglo XVI estaba más poblada que París o Londres. Velha Goa es, en cualquier caso, un impresionante museo de arquitectura y de historia de la política, la cultura y la religión de una sociedad inmersa en un mundo extraño: el de la India exótica e impenetrable. Allí están la iglesia de San Cayetano, que pretende ser una copia de la de San Pedro de Roma, y el convento de Santa Mónica, que en su época fue considerado el más grande del continente asiático y donde los maridos encerraban a sus mujeres cuando eran enviados en una misión oficial a otros rincones del imperio. Pero, sobre todo, imponen la catedral de Santa Catalina, más grande que cualquiera de Portugal, y la basílica de Bom Jesus, que atrae un flujo constante de peregrinos que vienen a honrar el cuerpo incorruptible de San Francisco Javier.

Cuando Velha Goa fue abandonada al inutilizarse su puerto, los goanos se trasladaron a Panjim, la ciudad en la que ahora resulta posible vivir la mezcla de culturas portuguesa e india. Aquí se pueden admirar iglesias encaladas, tiendas con nombres portugueses y mansiones coloniales rematadas con cubiertas de tejas rojas que mantienen la atmósfera de otros tiempos. Una India de sutil y extraño aroma europeo, en la que una burguesía nacida en el trópico conserva unas costumbres traídas hace siglos de un continente lejano. Aquí los hippies encontraron el refugio perfecto para pasar el invierno, aunque ya hace décadas que han sido sustituidos por los industriales e informáticos de las ciudades que marcan las nuevas tendencias en la India.

Las playas de Goa fueron, en otro tiempo, etapas casi legendarias de la ruta de Katmandú: Colva Beach, con sus 20 kilómetros de arena, o Calangute, la más famosa. Y Anjuna, Fort Aguada, Candolim o Arambol. En algunas han surgido algunos de los hoteles más caros de la India, en otras permanecen las aldeas de pescadores. Sigue habiendo vacas sueltas por las playas, en las que ahora abundan las mujeres que, vestidas con saris multicolores, apenas se atreven a mojarse los tobillos en las aguas del mar. Lo que nos hace saber que estamos en las playas de Goa son, sin duda, las iglesias barrocas que surgen al fondo de los palmerales.

En la India, si uno quiere atisbar el futuro, tiene que ir a Bangalore. O a Bengaluru, como se llama ahora. Aquí no está esa India vistosa de palacios y templos milenarios. O tal vez sí haya algo de ello, pero empalidece ante el empuje de las empresas de servicios informáticos y electrónicos. Muchas de ellas ofrecen su cara al público en los edificios que flanquean MG Road, donde también se concentran los restaurantes y los bares de moda.

En esta ciudad, la primera en tener alumbrado público en la India, estudió el inventor de Hotmail. En las afueras de la ciudad, la Ciudad de la Electrónica es un inmenso parque industrial en el que están representadas las grandes empresas mundiales de las tecnologías de la información. Infosys, el gigante indio, también tiene su base en Bangalore. Pero los domingos, los periódicos siguen publicando los cuadernillos de anuncios por palabras en los que los padres buscan cónyuge para sus hijos. No es raro encontrar anuncios en los que se busca esposa para ingeniero de telecomunicaciones o programador informático de alto nivel en los que, eso sí, se exige enviar no sólo la fotografía de la aspirante sino también su horóscopo.

En la India, si uno quiere hallar la India de siempre, puede ir a cualquier lugar de este inmenso país.