Karnataka, memoria de la India

Cualquier referencia se vuelve un susurro en la memoria cuando nos zambullimos en el cauce del Kaveri, uno de los siete ríos sagrados de la India. Y es que el exotismo intrínseco que despierta un viaje al subcontinente indio se acentúa más al decir, como si de un mantra se tratase, Karnataka. Desde Bangalore –la capital– hasta los monumentales templos de Hampi, recorremos, de Este a Oeste, el Sur de este vasto Estado, que también es sinónimo de equilibrio entre naturaleza y desarrollo, para descubrir la versión más espiritual del coloso indio.

Alicia Arranz
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Foto: Juan Serrano Corbella

Conocida como la Silicon Valley de la India, Bangalore es una ciudad de reciente creación. Algo destartalada y bulliciosa, el caos en el que está inmersa esta urbe de ocho millones y medio de almas es uno de los síntomas de la buena salud económica de la que goza el gigante indio. El incesante ir y venir de vehículos de todo tipo delata su pujante poderío, basado principalmente en el desarrollo informático. El poso histórico de esta metrópolis es escaso. Su topónimo, como la mayoría del legado cultural indio, nace de la tradición oral y el ornamento propio de las leyendas: Vira Ballala, uno de los reyes de la dinastía Hoysala (presente entre los siglos XII y XV), se perdió durante una cacería y una señora lo rescató, cobijándole en su cabaña y alimentándolo con un plato de habas hervidas. A raíz de este hecho, se llamó a esta región Bende Kala Ur, "el pueblo de las habas hervidas". Más allá de este guiño fundacional, Bangalore no goza de un vasto patrimonio histórico, ya que su origen no se remonta tan atrás en el tiempo, sino que fue en el año 1537 cuando el feudal Kempe Gowda levantó un fuerte para delimitar la ciudad. A partir de ahí, su prosperidad resultó galopante. Como muestra, basta echar un vistazo al esplendor del jardín botánico de Lalbagh. No en vano Bangalore es conocida como la ciudad jardín, pese a que genera a diario más de tres mil toneladas de residuos sólidos.

Los 135 kilómetros que nos separan de la colorida Mysore sirven de catalizador hacia una India salvaje, llena de templos y exuberante vegetación. A medida que se avanza hacia las entrañas de la selva, el tráfico merma considerablemente. Transitadas por camioneros que apuran hasta el último milímetro cuadrado de sus robustos Tata para encajar sus voluminosas cargas, las maltrechas carreteras de Karnataka son el mal menor para salvar distancias que se antojan infinitas, pese a la aparente cercanía en el mapa. Lejos quedan ya aquellas míticas travesías en moto de aventureros occidentales a lomos de sus motos Royal Enfield. No obstante, todavía quedan valientes que se aventuran a adentrarse por su cuenta hacia el fértil cauce del río Kaveri, donde se erige el templo de Srirangapatnam. Aquí, en los albores del siglo XVIII, británicos y franceses protagonizaron una sangrienta batalla para hacerse con el control de Karnataka.

El tigre de Mysore

Llegados a este punto es cuando irrumpe en el relato el poderoso Tigre de Mysore, apelativo con el que se conocía al sultán Tipu, a la sazón el que pasó a la historia como uno de los reyes más poderosos de la India. Fruto de sus relaciones con el ejército francés, instaló una embajada en París un par de años antes de que estallase la Revolución Francesa. El hilo directo con la nueva Europa, su carisma de líder y su dotes de mando le ayudaron a mantener cierta paz durante el sultanato, pese a vivir una época convulsa de enfrentamientos entre ingleses y franceses. Más allá de un interesante pasado político, el legado arquitectónico del Tigre de Mysore destaca por su belleza y funcionalidad militar. La antigua prisión militar o el imponente mausoleo de Gumbaz, donde el sultán está enterrado junto a sus padres, son dos de los principales reclamos turísticos.

Tras Bangalore, Mysore (750.000 habitantes) es la segunda ciudad en importancia de Karnataka. Su economía se basa en la producción de madera de sándalo e incienso. Es por su carácter rural de mediana urbe por lo que llama tanto la atención encontrar aquí una de las joyas del patrimonio indio: el Palacio Real de Mysore.

La ciudad, que se desparrama alrededor del palacio, atesora una sencilla naturalidad que contagia al extranjero, máxime si se adentra en el mercado de las flores. Su asequible tamaño permite caminar por sus callejuelas, abigarradas de puestos de frutas, verduras, hortalizas y flores de todo tipo. Durante los meses en que el calor se hace insoportable, estos rincones cobran un colorido especial, ya que para protegerse de las altas temperaturas los comerciantes tienden lonetas a modo de toldo inundando de sutiles matices todo cuanto les rodea.

Palacios y cafetales

Más sencillo y recatado que el Palacio Real, a las afueras de la ciudad, encaramado en una colina de preciosas vistas, se encuentra el palacio de Lalitha Mahal. Otrora residencia de invitados de la familia real, en la actualidad es el mejor hotel de la ciudad. Hasta aquí llegan para cenar los privilegiados viajeros del Golden Chariot, el más exclusivo de los trenes turísticos que recorren el sur de la India y una de las experiencias más enriquecedoras y confortables para descubrir los lugares más significativos de Karnataka.

Ya sea sobre raíles o por carretera, cualquier itinerario que pretenda acaparar lo más destacable del Estado de Karnataka ha de reservar siempre algún tiempo para adentrarse en el Parque Nacional de Nagarhole. Esta selva, que es atravesada por el río Kabini, es un referente internacional para la ornitología y acoge un sinfín de fauna donde destaca, cómo no, el tigre de Bengala.

Con el bullicio de Bangalore en el recuerdo y una vez sacudido el polvo arcilloso de las planicies de Mysore, nuestro viaje discurre después entre el espeso follaje que precede a la región de Coorg, también conocida como la Escocia india. En este lugar, que está plagado de extensos cafetales pertenecientes a las más prestigiosas y exclusivas firmas cafeteras del mundo, se respira el aroma de un próspero negocio, a la vez que la imaginación vuela por las tamizadas montañas de formas suaves que se extienden hasta donde alcanza la vista.

Templos milenarios

Llegados a este punto, el más al suroeste del itinerario fijado, toca emprender camino, concretamente 450 kilómetros hacia el norte, hasta llegar a Hampi. Antes, a dos horas de trayecto, es indispensable visitar Sravanabelagola, en el distrito de Hassan, uno de los templos jainistas por excelencia. Es fácilmente reconocible gracias a una colosal efigie del santo Bahubali, de 18 metros de alturay que data del 993 d.C., a la que bañan con leche y azafrán en un sorprendente ritual que se repite cada doce años (el próximo será en 2018). En la antesala de Hampi, colofón de nuestro viaje, salen al paso Belur y Halebid, dos poblaciones con sus respectivos templos hinduistas pertenecientes al periodo Hoysala, el más común de la zona, que bien merecen una visita guiada si se quiere profundizar en el legado de la dinastía Chola y la fusión de estilos arquitectónicos del Norte y Sur del país.

Una vez empapados de la cultura hindi, sus influencias artísticas y el contexto histórico de cada periodo, es cuando toca deleitase con la sublime belleza de Hampi. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1986, este conjunto artístico alberga un imponente yacimiento arqueológico conocido como Vijayanagar (Ciudad de la Victoria), que es transitable a lo largo de trece kilómetros repartidos entre las colinas donde, según cuenta la leyenda, el rey mono Rama da muerte a Vali.

Lejos quedan ya aquellos tiempos de riqueza en los que más de 500.000 personas vivían en lo que hoy no es más que un bazar orientado al turista. Eso sí, perfecto para hacer acopio de saris, pashminas de seda y todo tipo de bisutería que, más allá de ser un grato recuerdo, se convertirá en nuestro particular tesoro de una recóndita India que quedará grabada para siempre en la retina.

Wodeyar, Un palacio incandescente

Mandado construir a principios del siglo XX por la dinastía Wodeyar, su fachada principal es todo un festival, sobre todo si se visita de noche y es domingo o festivo, ya que al caer el sol la iluminan con 50.000 bombillas, dando como resultado una de las imágenes más icónicas de la ciudad. Es obra del inglés Henry Irwin, que tuvo ante sí un proyecto titánico de presupuesto desorbitado y grandes pretensiones artísticas. Levantado sobre las cenizas del antiguo palacio que ardió por completo en el año 1897, el actual edificio es el resultado de una sutil mezcla de estilos tan dispares como el romano, el indo-saracénico y el oriental. Sus rasgos más característicos están en lo más alto: un conjunto de cúpulas rojas en forma de bulbo que custodian a otra central más alta y dorada. La visita guiada dura una hora y recorre el majestuoso vestíbulo, buena parte de los fastuosos salones de culto y finaliza con la gran joya de la dinastía Wodeyar: un trono de 750 kilos hecho completamente de oro y engalanado con decenas de piedras preciosas.