Joyas naturales y secretos de Gran Canaria

No es la mayor del archipiélago, pero sí la más poblada. Y la más variopinta. Y, posiblemente, la más desconocida: la capital y el tópico binomio de Playa del Inglés y dunas de Maspalomas han relegado a un segundo plano los múltiples matices y secretos de esta isla, de sus maravillas naturales, de los atractivos de su arquitectura colonial y de su legado histórico y literario.

Carlos Pascual
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Foto: Lucas Abreu

Aquí vendría muy a cuento eso de que los árboles impiden ver el bosque. La imagen fascinante, insólita, de las dunas de Maspalomas, el bullicio de Playa del Inglés y el legado histórico y la vitalidad cultural de Las Palmas (no olvidemos que la capital ha sido finalista para optar a Capital Europea de la Cultura en el año 2016) han tapado algunas evidencias. Entre otras, que Gran Canaria es un paraíso natural, y muy diverso. La mitad de la población se concentra en el área capitalina, y casi todo el resto, en la orilla suroriental. Por eso, entre los muchos enfoques posibles, las autoridades isleñas están apostando fuerte por la marca Gran Canaria Natural. El problema es que el espectáculo natural no se condensa en iconos muy potentes (si exceptuamos Maspalomas) sino que se halla, por así decir,atomizado: la isla cuenta con más de treinta parajes protegidos, entre ellos una Reserva de la Biosfera, parques y reservas naturales, monumentos naturales y paisajes protegidos.

Territorio casi virgen. Todo el interior de esa hija de volcanes con forma de concha es un territorio mágico y, por increíble que parezca, casi virgen. El centro es como un gran ombligo, originado por un hundimiento telúrico colosal. En él despunta el pico más altivo, el de las Nieves (1.942 metros), y otros roques (como allí los llaman); el Roque Nublo tal vez sea el más fotogénico, pero el Roque Bentayga es el verdadero ónfalos de ese universo: la montaña sagrada de los antiguos canarios.
Hay muchos miradores para abarcar ese panorama grandioso, pero tal vez los mejores sean el del Pico de las Nieves (donde perdura un pozo o nevero antiguo) y, sobre todo, los de Tejeda y el del Parador de Turismo. Algunos volcanes elevan su cono, otros muestran su cráter hundido (como la preciosa Caldera de los Marteles), muchos barrancos y quebradas, con una hondura de vértigo y disciplina radial, buscan la salida al mar, en lenta agonía de bancales y huertos feraces. Casi todo el monte se encuentra cubierto por bosques autóctonos, de pino canario (que no se quema, aprendió a defenderse genéticamente del fuego de los volcanes) y de laurisilva, que no es un solo árbol sino un ecosistema con cerca de veinte especies diferentes (entre ellas, el laurel) que se extiende después a Madeira y las Azores.

Y no es que falten reclamos históricos o artísticos. Nadie debería abandonar la isla sin echar un vistazo a la Cueva Pintada, en Gáldar. No solo el montaje es apabullante, es que se puede visualizar la biografía isleña en una feliz conjunción de arqueología y técnicas de vanguardia. Los antiguos canarios (no solo guanches, pues había otros grupos) guardaban sus cosechas en graneros cavados en la roca en forma de colmenillas, en paredes inaccesibles; los conquistadores los llamaron "cenobios", como si se tratara de eremitorios. El mejor preparado para las visitas, imprescindible, es el llamado Cenobio de Valerón. Hay muchos otros, como el de Guayadeque, frente a un centro de interpretación, o el de Agaete, sobre el camino de la Bajada de la rama, la romería insular más célebre. Otra muestra del afán de los isleños por rescatar su ADN es el Centro de Maipés, una necrópolis aborigen en un malpaís o colada cerca de Agaete.

Y, por supuesto, está la arquitectura colonial, incluso otra moderna y contemporánea. Lo cual nos remite a las poblaciones insulares. Ante todo, la capital. La ciudad colonial se concentra en torno al barrio de Vegueta, que está separado por un barranco (ahora avenida) del barrio de Triana, más moderno y mesocrático.

Todo en la casa de Colón. El corazón de Vegueta es la Plaza de Santa Ana, con la catedral, el palacio episcopal, el viejo Ayuntamiento... Algunos edificios antiguos, como el enorme hospital de San Martín, han sido transformados en museos, para aliviar, entre otras cosas, los fondos del CAAM (Centro Atlántico de Arte Moderno), que se ha quedado pequeño. El brillo y la paz que se respiran por el barrio son muy de notarios, médicos o abogados, que lo ocupan casi todo. Pero el punto que resulta inexcusable para el foráneo es la Casa de Colón: allí está todo, lo de la penúltima etapa antes de lanzarse a la aventura del Descubrimiento, pero también maquetas, mapas e información de la isla y la ciudad. Este edificio (que engloba ahora la casa natal del famoso tenor Alfredo Kraus) tiene correlato trianero en la Casa de Galdós, otra cita obligada. Benito Pérez Galdós es el mayor escritor español del siglo XIX. Se carteaba con Zola y otros grandes, y en esta su casa familiar afloran rasgos suyos menos conocidos: por ejemplo, que era un magnífico dibujante, que podía bordar a Beethoven al piano o diseñar sus propios muebles con una notable audacia; aparte de lo cual dejó ventiladas 31 novelas, 46 Episodios Nacionales, 24 piezas teatrales, otros tantos cuentos y algunas cosillas más.

Varias poblaciones son igualmente imprescindibles. Por ejemplo, Teror: allí tenían su guarida veraniega los ricachones, entre ellos el obispo, con un palacio digno de un virrey (ahora galería de arte). La calle mayor, con balconadas y blasones, es una de las estampas isleñas. Otro pueblo muy puestecito, casi demasiado, es Agüimes. Fue sede episcopal, porque su Eminencia Reverendísima escapó aquí tras el saqueo de Las Palmas por un filibustero holandés, en el año 1599. La iglesia muestra un porte catedralicio, pero tiene dos altares laterales que parecen comprados en los chinos.

Escenario de Agatha Christie. Por el interior, Artenara y Tejeda ofrecen unas vistas deslumbrantes del ombligo sagrado de la isla; el mirador de Unamuno, en Artenara, recuerda el paso twiteado (es un decir) del escritor. Había por esa zona (y otras de la isla) casas-cueva, algunas han sido remozadas para paisanos y también para turistas. Otro pueblo encantador es Agaete, que, aparte de ser gay friendly y cultivar el único café de Europa, fue visitado en 1927 por Agatha Christie, quien lo convirtió en escenario de una de sus novelas de crímenes. Casi pegado a la capital, Arucas luce un soberbio templo gótico... con menos de cien años. Al lado está la célebre fábrica de ron Arehucas, y más abajo, en medio de un inmenso platanal, la Hacienda del Buen Suceso, que parece un palacio, pero es un hotel rural.

Con ser lo más conocido, Playa del Inglés y Maspalomas poseen también su pequeña dosis de secreto. La primera, porque no ha llegado a ser, pese a su merecida fama, el torbellino alocado de otros babeles playeros de la Península. Maspalomas, junto a las dunas que hipnotizan (hay un centro de interpretación para ellas) esconde la llamada "charca", junto al "oasis", un rincón idílico con un observatorio de aves que da bien, a escala, la medida de la isla: ni el empuje del turismo ni la vitalidad de los residentes han dañado mucho a la poliédrica y salvaje naturaleza de esta isla-continente, que ofrece tantas joyas por descubrir.