Joyas de Murcia cerca del nuevo barrio árabe

Fundada en el siglo IX por Abderramán II, Murcia presume de su último hallazgo arqueológico, el Arrabal de la Arrixaca, y de un enigmático pasado medieval. En la superficie, sus museos, la catedral o el casino pueden visitarse en una jornada que se disfruta sin apenas esfuerzo.

Alberto Gozalo
?Las guías turísticas de Murcia se han quedado obsoletas. La ciudad cuenta con un nuevo hallazgo arqueológico del que todo el mundo habla y casi nadie conoce. A falta de un estudio exhaustivo que acote su periodo histórico y delimite su relevancia artística, el Arrabal de la Arrixaca es, desde febrero, Bien de Interés Cultural. Las máquinas excavadoras, que en noviembre de 2009 empezaron las obras de un aparcamiento en el subsuelo del Jardín de San Esteban, han desaparecido. Ahora, en carne viva y a la espera de un proyecto expositivo de garantías, se pueden observar los cimientos de este barrio árabe de 10.000 metros cuadrados, edificado entre los siglos XI y XIII extramuros de la pretérita medina. El Palacio de San Esteban (1), ubicado a un extremo del yacimiento, es un claro exponente de la transición del Renacimiento al Barroco. Concebido como el primer colegio jesuita de España, actualmente cumple una doble función. Por un lado, alberga el gobierno de la Región de Murcia; por otro, es la sala de exposiciones más relevante de la ciudad. Junto al palacio se encuentra la iglesia de San Miguel, que, al igual que los templos de Santa Eulalia, San Pedro, San Nicolás, San Lorenzo, San Bartolomé y Santa Catalina, está construida sobre una antigua mezquita. Llegados a este punto, tenemos dos opciones. La primera, más conservadora, nos obliga a continuar por la calle de Acisclo Díaz hasta desembocar en la Gran Vía del Escultor Francisco Salzillo, construida durante los años 50, "con nocturnidad y alevosía", sobre gran parte de la Murcia medieval y unos importantes baños árabes. Atravesando la Gran Vía se accede a la calle de Santa Clara, donde se encuentran el Teatro Romea (2) y Las Claras (3), un convento que conserva su primitivo claustro de estilo gótico-mudéjar que hace esquina con el "tontódromo", como se conoce al Paseo Alfonso X El Sabio. Y a un paso de Santa Clara, la Plaza de Santo Domingo. La otra opción, menos convencional, nos zambulle en el barrio de San Nicolás. Aislado del centro histórico y atravesado por la calle que le da nombre, nos presenta una Murcia más anónima y auténtica. Paralelas a San Nicolás están las calles Riquelme y Ruipérez, ambas pobladas de buenos bares y restaurantes, como Las Mulas (4) y Casa Perela (5). Aunque llegados a este punto, la Plaza de las Flores se convierte en única protagonista. Cerrada completamente al tráfico, cuenta con varios puestos de venta de flores, por lo que es fácil encontrar un agradable y colorista rincón para sentarse a disfrutar de la gastronomía de la huerta. También aquí se encuentra la pastelería Bonache, donde antaño hacían los mejores pasteles de carne murcianos. En las terrazas, la mejor opción es tapear: tigres, marineras, caballitos, ensaladilla, pulpo en tacos, zarangollo, ensalada murciana, patatas fritas con limón y pimienta... De postre, paparajote, y después, un Belmonte, que no es más que un café bombón con un poquico de brandy. Ante la duda, el restaurante Madre de Dios es el que mejor compagina la cocina tradicional con las nuevas tendencias culinarias. Aunque tiene una pega: aquí no se sirve Estrella Levante, la cerveza por antonomasia de Murcia. Nuestra ruta culmina detrás del Mercado de las Verónicas , donde hay un buen ejemplo del perímetro amurallado de la medina murciana, ya que conserva dos torres e importantes elementos defensivos propios de una próspera taifa que, lejos de ser violentamente conquistada, formó parte del protectorado de Alfonso X El Sabio, que, enamorado de esta fértil vega, hizo enterrar aquí su corazón.