Jordania de piedra y seda

Una sensación de aventura invade a todo aquel que se adentra en el corazón de Jordania para formar parte del paisaje de Petra, la antigua ciudad nabatea por la que parece que nunca haya pasado el tiempo. Un viaje único que puede prolongarse sobre la arena de Wadi Rum, el desierto más hermoso del planeta, en el que un día Lawrence de Arabia se convirtió en leyenda.

Silvia Roba
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Foto: Álvaro Arriba

De pocos lugares en el mundo es posible decir con tanto fundamento que sería una auténtica lección de historia que las paredes hablasen. Las paredes aquí son de arenisca y algunas tan altas que parece quisieran rasgar el cielo. Esconden y dejan a la vista una y otra vez templos, recintos ceremoniales, tumbas, quizás escondites que en su tiempo ocultaron valiosas joyas. Cuando el sol se desliza suavemente por ellas y comienza a iluminarlas de mañana son claramente doradas, pero también pueden ser rojas y rosas, con vetas azules y verdes, naranja encendido, amarillo limón... Hasta 78 colores distintos se pueden contar entre sus grietas y cuevas, las mismas que sirvieron para avivar la imaginación de Agatha Christie cuando ya empezaba a perfilar en el cuaderno de notas los personajes que desfilarían después por las páginas de su Cita con la muerte. Pero no es éste un escenario ficticio. Es real, existe y posiblemente perdurará por los siglos de los siglos protegida, como si de una misión divina se tratase, por beduinos como los que hoy ofrecen té en sus rincones, venden pañuelos y anillos, ejercen de guías o simplemente contemplan la ciudad a lo lejos, desde lo alto de alguna roca, en la distancia. Estamos en Petra, la bella Petra jordana, la bella Petra pétrea que cada vez que pisamos nos hace sentir pequeños, un poco más pequeños.

Petra fue elegida en el año 2007 por votación popular una de las nuevas Siete Maravillas del Mundo. No fue una sorpresa. Quienes han tenido la suerte de visitar este lugar, saben bien que es único. Fue el suizo Johann Ludwig Burckardt el primer occidental que, disfrazado de mercader árabe, logró adentrarse en este apartado paraje, situado al este del valle de la Aravá, el de la Sal, que se extiende entre el Mar Muerto y el Mar Rojo, lugar de paso de los hebreos en su éxodo de Egipto. Burckardt descubrió Petra allá por 1812 y la identificó con acierto como aquella ciudad fundada por los nabateos en el siglo VI a.C. Un próspero enclave que, gracias a su estratégica situación, se convirtió en algo así como el almacén donde se guardaban las mercancías que circulaban entre Egipto, Siria, Arabia y el sur del Mediterráneo, a través de caravanas que llevaban incienso y mirra, pero también transportaban sedas, marfil y especias.

Hasta el siglo I fue la capital de los nabateos, el pueblo que se adueñó del territorio que se extendía desde Damasco hasta el Mar Rojo. Conquistada por los romanos en el año 106, entró a formar parte de la provincia de Arabia Petraea. Y mantuvo su estatus hasta que las frecuentes lluvias y tormentas del desierto la fueron haciendo cada vez un poco más inexpugnable. Petra se encuentra situada al sur de Jordania, en Wadi Musa (Valle de Moisés), a poco más de 250 kilómetros de la capital, Ammán, o, lo que es lo mismo, a unas tres horas por carretera siguiendo la autopista del desierto. Aunque apetezca muchísimo, no es posible adentrarse en ella hasta más o menos las siete de la mañana, justo después del amanecer. Aun así, conviene madrugar para evitar coincidir con las masas y lograr pequeños intervalos, al menos, de soledad, en los que lo único que hay que hacer es contemplar y pensar. No hace falta contener la emoción, también se puede gritar. "¡Ábrete Petra!". Esas son las dos palabras que yo quiero exclamar al poner un pie en el siq, el estrechísimo desfiladero -en algunos tramos, solo dos metros de ancho- que serpentea durante más de un kilómetro como preludio perfecto a la ciudad que pronto se revelará ante nuestros ojos.

En su mayor época de esplendor llegaron a vivir aquí unas 30.000 personas, que subsistían sin problemas gracias a sus 70 fuentes naturales y a un perfecto sistema de conducción hidráulica, con canales excavados en la roca para recoger el agua que resbalaba por las paredes y hacerla llegar al interior de la ciudad. A pesar de haber permanecido escondida durante siglos, Petra no dejó de estar habitada hasta 1984, cuando los 1.500 beduinos de la tribu Bdoul que quedaban en ella abandonaron definitivamente las tumbas que hacían las veces de casas. Un año después fue declarada, junto al parque arqueológico que la envuelve (900 km2,) Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Estas son las nociones básicas que hay que llevar bien aprendidas antes de adentrarse en el mundo de Petra, sorprendentemente intacto. En la entrada toca sortear burros y camellos y, cómo no, a sus insistentes propietarios, que quieren aligerar nuestro trayecto a cambio de unos cuantos dinares. Pero preferimos caminar. Justo antes de alcanzar esa garganta natural en la roca que es el siq, hay que pasar primero por la calle de las fachadas, repleta de tumbas nabateas entre las que llama la atención, incrustada en el farallón rocoso, la de los Obeliscos y, bajo ella, el Bab-Siq Triclinium, sala dedicada en sus tiempos a celebrar banquetes funerarios. Hornacinas con representaciones del dios Dushara guían nuestros pasos a lo largo del desfiladero, cuyas paredes verticales se elevan en algunos tramos hasta 170 metros de altura, ocultando en una semioscuridad dichosa todo un regalo al final del camino. Al-Khazneh, el primer gran edificio que alcanza nuestra vista nada más cruzar el siq, es conocido como El Tesoro. Pensaban los romanos que allí estaban enterradas las alhajas de algún faraón egipcio. Pero dentro, ni entonces ni ahora, apenas hay nada por mucho que Steven Spielberg llevara hasta sus puertas al mismísimo Indiana Jones en su penúltima cruzada en busca del Santo Grial.

De una clara influencia helenística, Al-Khazneh fue construido, como el resto de edificios de Petra, de arriba hacia abajo en la misma roca. Si pudiéramos pasar un día entero sentados en alguno de los bancos habilitados frente a su fachada, podríamos observar que la luz que incide en ella la permite transitar por todos los matices cromáticos imaginables, desde el crema tostado hasta el morado más vivo. Aunque en esas escasísimas horas en que el sol la cubre por entero descubriríamos que es simplemente rosa. La estatua central que se observa allá en las alturas representa a Isityché, una divinidad al estilo de Isis, la gran diosa madre griega. Debajo, el escudo de Petra, con su serpiente, símbolo de la reencarnación; y su escorpión, símbolo de la muerte.

Sí, es la muerte la que preside toda la ciudad jordana. Para muchos, El Tesoro no es otra cosa que la tumba de un rey nabateo. Para otros, un gran templo. Pero, en cualquier caso, la consigna a la hora de labrarlo, primero en la imaginación, fue clara: "impresionar al que llega de fuera". Esto es lo que me explica Omar, mi guía y ya amigo, que me propone a cada rato salirnos del camino oficial para mostrarme cuevas y miradores que muy pocos conocen y, de paso, buscar por el suelo piedras de rayas y colores imposibles para ofrecérmelas como regalo fugaz, ya que, tras acariciarlas, tocarlas y admirarlas por bonitas y raras, me pide devolverlas a la tierra para que nunca salgan de ella.

"Hazme igual a la maravilla celosamente guardada por el sol del Este. Una rosa roja tan antigua como el tiempo". Omar también regala mis oídos con estas palabras del poeta y viajero victoriano Dean Burgon. Son todo un acierto. En realidad, así es Petra, por mucho que los vendedores de botellas rellenas de arena pintada de colores puedan restarle algo de encanto. Los hay junto al Teatro Romano -construido en el siglo I a.C. y con capacidad en su momento para unas 4.000 personas- y también junto la Tumba de la Urna, que dispone de una gran terraza abierta y columnatas en torno a ella. En el primer tramo de escaleras hay que saludar a Alí: "Salam, Alí". Es un beduino que presume de haber vivido en el interior de Petra antes del desalojo de 1984. Vende lámparas, monedas, jarrones... "Todo de importación", nos dice. Él no engaña a nadie: si lo que vas a comprar es bueno, te lo dice; y si es una baratija, también.

Alí es uno de esos personajes de la ciudad de hoy, como lo es también Lidia, o casi mejor Laila, que es con el nombre con el que los jordanos conocen a esta española que lo dejó absolutamente todo por amor cuando conoció a Haroun, guía oficial de Petra, en la que ella vende collares de plata justo a los pies del Deir, el Monasterio. Para llegar hasta aquí hace falta tener paciencia: hay por delante 850 empinados escalones -los hemos contado- que requieren algo de esfuerzo. Pero tres cuartos de hora después de comenzar el ascenso, llegará la recompensa. El Monasterio es colosal. Esculpido en el flanco de una montaña, alcanza los 42 metros de altura. Puede que sirviera de tumba al rey Rabbel II, último monarca independiente de Petra (71-106), o que fuera un mausoleo del siglo II consagrado al culto de Obodas I. O quizás un templo... pero, ¡qué más da! Admirar el edificio y la panorámica que desde él se obtiene proporciona una calma infinita. También tomar un café bien impregnado de cardamomo en la terraza de enfrente.

La calle de las Columnas -el Cardo Máximo-, la Tumba de la Seda, el Castillo de la Niña... son algunos de esos otros monumentos que no hay que perderse en Petra, que alcanza su punto más alto en el lugar exacto en el que se sitúa el Altar de Sacrificios, con unas impresionantes vistas de la ciudad y del desierto. Desierto. Eso, desde luego, son palabras mayores. Palabras que cualquier viajero de paso en un país como Jordania sueña con hacer realidad. Es hora pues de poner rumbo hacia Wadi Rum (Valle de la Luna), al este de la autopista del desierto. Y la mejor forma de hacerlo es a bordo de un taxi, ya que tan solo se tarda una hora en llegar. También hay autobuses que salen de Wadi Musa en dirección a Aqaba que hacen parada aquí, pero solo funcionan hasta la hora del atardecer.

Si Petra es la ciudad de Burckardt, Wadi Rum es el desierto de un inglés llamado Thomas Edward Lawrence, que pasaría a formar parte de la historia como Lawrence de Arabia. Mi fiel Omar vuelve a sacar un libro para leer. "Existen dos clases de hombres: aquellos que duermen y sueñan de noche y aquellos que sueñan despiertos y de día... Esos son peligrosos, porque no cederán hasta ver sus sueños convertidos en realidad". Esta frase de Lawrence sirve para definir el espíritu indomable de este peculiar militar, arqueólogo y escritor, pequeño de estatura y de complexión delgada, que se convirtió en toda una leyenda. Fue aquí mismo, en Wadi Rum, donde el príncipe Faisal Bin Hussein, ayudado por Lawrence, estableció su cuartel general durante la rebelión árabe contra los turcos otomanos en el transcurso de la Primera Guerra Mundial. El aliado inglés era todo un estratega y conocía a la perfección el terreno, el idioma y las costumbres locales. El ejército que ambos formaron logró conquistar en el año 1917 la ciudad de Aqaba, situada a orillas del Mar Rojo, lo que le convirtió en un auténtico héroe entre los beduinos.

Podríamos escribir mil y una historias sobre el que fuera oficial de inteligencia británico, y animar a visionar una y otra vez la película de David Lean sobre su vida, rodada aquí mismo. Pero queremos llegar más lejos. Seguiremos sus huellas, algo que, de pronto, se antoja fácil al contemplar desde la terraza del restaurante del Centro de Visitantes ese jebel (formación rocosa) conocido en el mundo entero como Los Siete Pilares de la Sabiduría, nombre utilizado por Lawrence como título del libro en el que contó sus aventuras en tierras tan lejanas. El "atardecer carmesí" del que tanto hablaba está más cerca de deslumbrarnos. Porque es verdad: estamos en ese "lugar inmenso y solitario, como tocado por la mano de Dios", que un día tanto le conmovió.

Aunque el hecho de que exista un centro de recepción puede quitarle algo de romanticismo a eso de pasar un día, dos o tres en el desierto, lo cierto es que es aquí donde es posible contratar a un buen precio vehículos 4x4 -camellos, los más lanzados-, guiados por conductores profesionales que siguen rutas previamente establecidas. De mapa en mapa, resulta difícil acertar con la elección. Ahí van unos cuantos consejos: Al-Ghuroub es el mejor lugar para asistir a la puesta de sol, y Al-Diseh una buena zona para entrar en contacto con los beduinos, nómadas que venden collares en sus tiendas y ofrecen té o café a los viajeros. Para alcanzar el puente de roca de Umm Fruth y el impresionante puente de piedra de Burdah se necesita una jornada entera. El pozo de Lawrence es un manantial localizado a dos kilómetros al sureste, a unos 800 metros de la parte posterior del santuario de Al-Lat, un templo nabateo al pie del jebel Rum, con inscripciones tamudeas (una cultura anterior al Islam). De esa época son también los petroglifos que se descubren a cada paso en el cañón Al-Ghazali.

Pero no nos volvamos locos. El verdadero reclamo de este desierto es el desierto mismo, un lugar en el que el agua y el viento han ido modelando a través del tiempo rascacielos naturales de extrañas y caprichosas formas. Tiendas de pelo de cabra, alguna casa de cemento... aquí no hay hoteles donde pasar la noche. Ahlan wa sahlan: sean bienvenidos. Es éste el lema de todos y cada uno de los campamentos que se despliegan por Wadi Rum, bien equipados con más o menos comodidades. Aunque la mejor opción se reduce siempre a extender un saco de dormir sobre la arena y dejar que el sueño llegue contemplando las estrellas. Antes, eso sí, habrá que ser inmensamente feliz contando historias delante de una hoguera en un lugar fuera de ruta. En el que pasa por ser el desierto más hermoso del planeta dicen que "el fuego es la mejor música de fondo". Así me lo cuenta Omar y yo le creo. Junto a él pasamos las horas casi en la oscuridad más absoluta, escuchando el chisporroteo de la madera que se consume, rodeados de dunas que a lo mejor mañana, cuando despertemos, habrán cambiado de sitio.

Petra en miniatura
Solo son 15 kilómetros -unos 20 minutos por carretera- los que separan Petra de Wadi Al-Barid, más conocida como "Mini Petra", por ser una réplica casi exacta de la ciudad rosada -más antigua incluso que ella- aunque a menor escala. Aquí no hay tumbas. Lo que abundan son salas que los nabateos utilizaban para su descanso, una especie de "caravanserai", lugar de hospedaje para las caravanas de camellos. Hay que tener mucho cuidado porque las cavidades que se suceden a un lado y otro del valle resultan profundas y un simple despiste puede provocar más de un susto. El estado de conservación de esta pequeña urbe no es bueno, pero con calma se pueden encontrar en el interior de las estancias más altas de algunos edificios restos de pinturas murales, con representaciones de pájaros y figuras humanas.

Tiendas beduinas
Existe una costumbre beduina que invita a acoger con los brazos abiertos al que llega de fuera, sin preguntarle de dónde es ni cómo se llama, de forma desinteresada durante tres días, tiempo límite para averiguar si está siendo buscado por algún enemigo. Quizás haya quien consiga alojarse en alguna de las tiendas elaboradas con pelo de cabra que pueblan algunas zonas de Wadi Rum. Pertenecen a algunas tribus de beduinos nómadas, con un arraigado sentido de la hospitalidad. En ellas los viajeros siempre encontrarán sonrisas, una infusión o un café recién hecho perfumado de cardamomo. Son las mujeres de la familia las encargadas de realizar en los telares de madera estas tiendas oscuras que salpican el paisaje desértico y que utilizan como soportes maderas a diferentes alturas.

Sabores del desierto
La cocina jordana es muy similar a la del resto de países árabes. El mansaf (especialidad beduina de cordero cocido sobre yogur y acompañado de arroz) es el plato típico nacional, que se sirve después de haber degustado un buen número de entremeses (menze), entre los que destacan el hummus (crema de garbanzos), las kiev magliva (empanadas de carne picada) o el baba ghanous, algo así como caviar de berenjena. Otra especialidad recomendable es el msakhan, que no es otra cosa que pollo asado con cebolla, piñones y aceite de oliva. Entre los dulces, una sugerencia para los más golosos: el konafa, un pastel elaborado con queso y almíbar. El té con menta siempre pone el punto final a cualquier comida o cena. Los restaurantes de los hoteles de cadenas internacionales son una buena referencia a la hora de escoger un local donde dejarse seducir por la gastronomía del lugar. En Wadi Rum es más que posible que los beduinos inviten a los viajeros a tomar café con cardamomo. La costumbre dice que hay que tomar solo tres tazas: una por el alma, otra por la espada y otra por el invitado. Pedir una cuarta no es de buena educación. No en todas partes se sirve alcohol, aunque, en principio, no resulta demasiado difícil encontrar lugares donde se puede beber cerveza.