Islas Eolias. Dioses, playas y volcanes

Fuego, viento, tierra y agua. Todos los elementos confluyen con bravura en este diminuto archipiélago volcánico del sur de Italia en el que la suma de tantas y tan poderosas fuerzas se traduce, desconcertantemente, en sosiego y en un lirismo que emociona. Son siete islas con carácter, intactas y Patrimonio de la Humanidad. Un mundo aparte, salvaje y chic, a dos pasos de casa.

Islas Eolias. Dioses, playas y volcanes
Islas Eolias. Dioses, playas y volcanes

Solitarias y pétreas como el rescoldo de un cataclismo, estas hijas de Eolo, el señor de los vientos, han obrado el milagro de bajarse a tiempo del mundo y hacerse fuertes en un universo insular casi intacto. A la deriva sobre el Tirreno, las siete islas de este archipiélago cerca de Sicilia son dueñas y señoras de volcanes irascibles como el Strómboli o medio amodorrados como el de Vulcano; de paisajes de olivos, buganvillas, vides y chumberas que son la esencia misma del Mediterráneo más noble; de pueblos de pescadores y campesinos, con sus iglesias y sus casitas encaladas de techo plano para recoger en los aljibes el agua de la lluvia; de acantilados y playas negras de lava y brillo mineral, y de una paz inspiradora que contagia y se cuela hasta el alma. Pasados los meses de julio y agosto, cuando este diminuto mundo aparte pierde algo de su embrujo por culpa del trajín de admiradores que lo desborda, septiembre devuelve a las Eolias a su sosiego natural para, entrado noviembre, apagarse hasta la siguiente primavera; la mejor época junto con el otoño para paladear la sabia comunión entre lo chic y lo salvaje que ha hecho de este escondite un secreto a voces entre ricos y famosos y mortales con buen gusto.

Y es que es toda una revelación dar a dos pasos de casa con escenarios tan potentes y sin depredar, ni siquiera un poco, por la industria del ladrillo. Sólo de cuando en cuando alguno de los que se han arreglado una casita por estos pagos se deja caer por aquí en invierno, sin necesidad de preocuparse por localizar alguno de los raros hoteles que abren a lo largo de todo el año y que alojan a los todavía más raros buscadores de silencio que, a cambio de tenerlas enteras para sí, prescinden del buen tiempo asegurado y se arriesgan a padecer unas horas de mala mar en los transbordadores que conducen a las islas. Salvo las más grandes de Lípari y Salina, las demás Eolias reviven sólo en temporada, con una población escasa y apegada por completo a la tradición de sus abuelos.

Sin embargo, no siempre estuvieron tan solas, frecuentadas por los griegos que le dieron el nombre y ocupadas de mucho antes, tal y como atestiguan los yacimientos prehistóricos de Filicudi, Panarea y Lípari, este archipiélago fue siempre un vaivén de pueblos. Romanos, fenicios, árabes, normandos y hasta españoles camparon a sus anchas, trapicheando con la obsidiana que mana de sus volcanes o atentos a quién cruzaba por el estrecho de Mesina. Saqueos, hambrunas y hasta erupciones obligaron a sus vecinos a huir, pero ninguno de sus éxodos fue tan generalizado como el que a finales del siglo XIX provocó la filoxera, que arruinó los viñedos de malvasía que venían siendo el motor del archipiélago. Unas 10.000 almas, más o menos la mitad de las que entonces sumaba, pusieron para siempre rumbo a "tierra firme", que es como le dicen aquí a Sicilia, y hasta a Argentina, Estados Unidos o Australia, abandonando las terrazas que habían esculpido por los montes generaciones de labradores y cuyos muros de piedra todavía resisten en pie por las cimas de Filicudi, que en aquellos días pasó de 2.500 a sólo 200 vecinos. Únicamente en Salina la agricultura sigue siendo esencial, y a ello se debe el que esta isla elegante, la más verde y fértil de todas las del archipiélago, tenga vida propia al margen de las idas y venidas de los numerosos veraneantes. En las demás se cultiva ya poco; si acaso para la familia. Y a pesar de que sus aguas están llenas de atunes, pulpos y langostas, la pesca es también minoritaria. Resulta mucho menos sacrificado vivir de unos meses de turismo, la industria que le volvió a insuflar aliento a estas islitas tan dejadas de la mano de Dios que hasta la década de los 40 si acaso se conocían como el exilio al que se facturaba a los disidentes y en las que la electricidad fue, hasta apenas 2004, otra de las deudas pendientes en pueblos como Ginostra, la punta más inaccesible de Strómboli.

Pero en la primavera de 1949 estallaron varios volcanes simultáneos, reales y figurados, que alteraron la vida de sus aldeanos y le descubrieron al mundo este rincón de hostil belleza en la penúltima esquina de Italia. Por un lado, el que supuso el desembarco de Roberto Rossellini e Ingrid Bergman para rodar Strómboli, cuyo volcán se convirtió en un personaje tan crucial como la sueca en esta obra clave del neorrealismo y les regaló una de sus espectaculares erupciones, que el director incorporó al desenlace. Por el otro, la réplica de la no menos volcánica Anna Magnani, que reemplazada por la Bergman en la película y en la cama del señor Rossellini, movió sus hilos para servirse una venganza no precisamente fría y, como aseguraron las malas lenguas, se agenció un director que la hiciera protagonista, en la isla vecina y al mismo tiempo, del rodaje de Vulcano.

Quién sabe si en estos episodios que supusieron su salto a la fama pudo tener algo que ver la curiosa relación de las Eolias con los astros. A flote entre las brumas del Mediterráneo, las siete se disponen en forma de "Y", como las estrellas de la constelación de Orión. En la base, Vulcano, la más próxima a Sicilia, con sus playas negras y los fangos y fumarolas de azufre que se escapan de este volcán dormido. Casi rozándola, Lípari, la más grande y deliciosa cuando la abandonan los turistas del verano y sus calles, entre su ciudadela y el puerto de Marina Corta, vuelven a dejarse explorar sin estridencias ni intrusos. Y en el vértice, inconfundible por los cráteres romos de sus dos volcanes extinguidos, Salina, el paraíso de los caminantes y famosa por la casita junto a los acantilados de Pollara en la que se rodó El cartero y Pablo Neruda, a pesar de que el verdadero secreto del que se vale para encandilar al viajero es mejor buscarlo en la calidad de vida que se respira.

La coqueta y minúscula Panarea, a su diestra, está dominada por sus casitas blancas y por los yates que recalan por las transparencias de sus aguas, que son un fondeadero oficial de la gente guapa cuando quiere ser vista a diferencia de lo que sucede en su opuesta Filicudi, un secarral agreste orlado de acantilados y soledades a las que se escapan esos mismos cuando buscan privacidad. Más lejos en su rusticidad llega la recóndita Alicudi, donde el que quiere arreglarse una de esas viejas casas entre el mar y la montaña que se desperdigan por sus montes no tiene otra que llevar los materiales en helicóptero o en burro. Sin término medio. Y por último Strómboli, la isla-volcán. Un grumo de lava emergido del Mediterráneo y salpicado de playas negras y casitas cúbicas a merced del coloso que en sus noches inspiradas alumbra el cielo con los fuegos artificiales que brotan del cráter y que se escurren incandescentes hasta el mar por la ladera de la Sciara del Fuoco.

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