Isla de Vis, el secreto del Adriático

La isla más alejada de la costa dálmata ha estado aislada del turismo durante décadas. Se llama Vis y se ha preservado prácticamente intacta y auténtica hasta hoy. Uno de los últimos paraísos secretos del Jadransko More, como denominan aquí al Mar Adriático.

Geles Ribelles
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Foto: Geles Ribelles

Lo primero que se aprende nada más desembarcar en el puerto de la isla croata de Vis es a no tener prisa. Los lugareños que habitan esta isla de noventa kilómetros cuadrados viven en una especie de nirvana gracias a las bondades de su clima, a la buena mesa, la rica pesca, el buen vino y al tentador y apetecible mar que ha afilado su caliza costa con delirantes acantilados, bahías, cuevas escondidas, calas de arena y playitas de cantos rodados como Stiniva, Zaglav y Srebma, algunas solo accesibles por mar. Impregnada de lavanda, romero, salvia y algarrobos que pueblan su montañoso interior y donde la bicicleta o los barquitos son el transporte preferido, sus tres mil almas no quieren grandes hoteles, ni resorts, ni piscifactorías o un turismo de masas. Los habitantes de este lugar casi secreto del Adriático desean una evolución armónica y respetuosa con sus tradiciones, su biodiversidad y su rico patrimonio arqueológico y arquitectónico, que muestra su faz noble y elegante en los capitalinos barrios de Luka y Kut al noreste, y su desenfadada cara sureña en el puerto de Komiza. Las casas de piedra con buganvillas, patios de palmeras y limoneros tienen su particular jardín acuático, ese mar al que la isla está tan unida que algunos balcones invitan a lanzarse, como si fueran un trampolín, a las aguas cristalinas del puerto, donde se puede tanto bañarse como probar suerte con la pesca.

Paso estratégico

Aislada y cerrada al turismo hasta el año 1989 después de pasar duros tiempos en los que fue base militar yugoslava, la isla de Vis ahora transmite un carácter hospitalario con los viajeros que la visitan en busca de lugares remotos y auténticos, donde encontrar villas, apartamentos y algún que otro hotel bien escogido, como el de San Giorgio, para bolsillos llenos, o el familiar Bisevo, en Komiza. Ya desde tiempos de la Prehistoria la isla estuvo poblada por humanos. Y aquí se construyó la primera ciudad antigua de esta zona del Mediterráneo, se llamó Isa y fue objeto de deseo de romanos, venecianos, otomanos, húngaros, austríacos, franceses e ingleses desde que Dionisio de Siracusa la eligió para fundar una de las más prósperas colonias griegas en el siglo IV a.C. por ser un paso estratégico en el tráfico marítimo del Adriático. De todo ello quedan vestigios en Martvilo, única necrópolis griega en Croacia; en las termas y ruinas del teatro romano sobre el que se asienta el Monasterio de San Jerónimo en Prirovo; en la torre Perast, la fortaleza austriaca con el imprescindible museo Arqueológico, uno de los mejores de Croacia; en el campo de cricket y en la espectacular fortaleza del rey Jorge III, reconvertida en lugar de ocio para cenar, tomar copas y disfrutar de exposiciones y actuaciones musicales en directo.

El escondite del Mariscal

El mariscal Tito, jefe de Estado de la antigua Yugoslavia, tuvo aquí su escondite durante la Segunda Guerra Mundial, en una cueva, visitable junto a otros bunkers, en las estribaciones del Monte Hum, donde urdió el plan de recuperar Croacia como parte de Yugoslavia. Pero aparte de su elección como refugio de militares, desde el siglo XVI la isla de Vis ha sido el destino estival preferido por los poetas de Hvar, Petar Hectorovic y Hanibal Lucic, y por el célebre escritor croata Ranko Marinkovic y el gran escultor Mestrovic, que la convirtieron en su Olimpo inspirador. Asimismo, las familias nobles pertenecientes a la aristocracia dálmata mantienen su presencia en los bellísimos palacios renacentistas y barrocos de Kut y Luka. Por allí han transitado desde la actriz Greta Garbo hasta la princesa Carolina de Mónaco, tentada por la preciosa Villa Czech en la península de Grandovac.

Una sola carretera conduce desde la capital del mismo nombre que la isla hasta el puerto de pescadores de Komiza y atraviesa el interior de la isla, sembrado de pueblecitos y aldeas hasta llegar al faro de Stoncica. El camino discurre entre viñedos y bodegas que cosechan el afamado Vugava blanco o el tinto Plavac y casas de comida tradicionales donde hacer una parada y degustar delicias gastronómicas y el típico pasta fazol na brujet, guiso de rape, pulpo, gambas, pasta y alubias negras.

Leyendas y piratas

Tan solo once kilómetros separan a la capital del entrañable puerto de pescadores de Komiza. Orientado al suroeste, al abrigo de los vientos, su puertecito, al igual que sus casas, parece sacado de un cuento, siempre vigilado por el Kastel, la señorial fortaleza veneciana que alberga el museo naval. Su arbolado paseo marítimo alberga una sucesión de buenos restaurantes, cafecitos y tiendas que dan al muelle moteado de botes y barcas junto a las típicas falkusas y grandes veleros. Una experiencia recomendable es madrugar para ver a los pescadores retornando de la lonja mientras en Keke, una peculiar taberna portuaria, hombres con aspecto de lobo de mar evocan historias o cuentan la antigua leyenda de la Iglesia de Nuestra Señora de los Piratas, que fue erigida de nuevo tras sufrir un incendio provocado por piratas que robaron la imagen sagrada. Los lugareños cuentan que la imagen regresó, milagrosamente, hasta la orilla de la isla a la que pertenecía, a su iglesia ubicada frente a la playa de Gusarica. Mágica, misteriosa y acogedora, la isla de Vis siempre invita a volver.

Cuevas y buceo entre posidonias

Otro de los rincones imperdibles a media hora en barca desde Komiza es la isla de Bisevo, donde moran trece habitantes y cuyo principal reclamo es la Cueva Azul o Modra Spilja y las ensenadas de Salbunara y Porot, perfectas para fondear y degustar pescado fresco, pulpo a la brasa y el marisco que ofrecen los chiringuitos de la playa a la sombra de tamarindos o el restaurante de Lucio y Dana en el interior. Desde Bisevo se alcanzan las hermanas del archipiélago de Vis, Svetac, y las volcánicas y minúsculas Brusnik y Jabuka con forma de manzana, más lejanas, con especies de pájaros y flora endémica, ambas deshabitadas, escarpadas y de difícil acceso que, junto a Palagruza, son patrimonio arqueológico submarino de Croacia. Son uno de los mejores lugares submarinos del Mediterráneo, con praderas de posidonia, pecios antiguos y ánforas, para bucear entre corales, esponjas, tortugas bobas y delfines.

La regata de las "falkusas"

El archipiélago de Palagruza es un lugar onírico donde, según la leyenda, está enterrado el héroe Diomedes, mítico rey de los argonautas y uno de los grandes guerreros de la Ilíada. Cuarenta millas náuticas en dirección sur lo separan de Vis, siendo el punto más meridional de Croacia y el más próximo a la costa italiana, custodiado por un faro convertido en alojamiento y una pequeña playa en un entorno idílico y misterioso. Es allí donde tiene lugar a finales de junio, con la primera luna nueva, la tradicional regata histórica Rota Palagruzona. En siglos pasados, fue única en el Mediterráneo y en Europa, con las falkusas, el barco de vela latina, de un solo mástil, construido con madera de pino de la isla de Svetac, utilizado por los expertos pescadores y navegantes de Komiza que partían hacia Palagruza atraídos por unos de los fondos más fértiles del Adriático, con bancos de sardinas, anchoas, caballas y langostas que, junto al vino, han sido su principal fuente de ingresos. Las falkusas han estado a punto desaparecer porque cada año, el 6 de diciembre, los pescadores de Komiza se dirigían al Monasterio de San Nicolás o Munster para quemar una falkusa en agradecimiento a su patrón por su protección y la buena pesca obtenida, en una fiesta que, al igual que en la veraniega Noche de las Sardinas, participa todo el pueblo. El festejo del patrón no dejó ni un barco hasta que con motivo de la Exposición Universal de 1998 de Lisboa se reconstruyó la falkusa Comeza-Lisboa y se reanudó la regata de Palagruza, que este año promete mayor atractivo por la participación en la misma del Vaaghals, histórica réplica de un barco vikingo del siglo XV.