Irán, la sonrisa y el fervor

En contra de los tópicos, viajar a Irán es todo menos un descenso a los infiernos. Es un destino con mucha riqueza arquitectónica, cultural y paisajística, pero su gran tesoro es la gente, que combate su aislamiento con la mejor arma de disuasión masiva: el afecto.

Thierry Maliniak
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Foto: Ahmad Halabisaz

Hay que desconfiar de los tópicos del Eje del Mal. Hoy, un viaje a Irán no es ningún descenso a los infiernos. Cierto, las reglamentaciones puntillosas de un régimen de índole teocrática parecen a veces opresivas, sobre todo para las mujeres. Pero lo compensa la riqueza arquitectónica de un país que goza de una excepcional densidad de monumentos islámicos, muchos suntuosos. Y, sobre todo, su gente. ¿Será porque los iraníes sufren de un síndrome de aislamiento, conscientes como son de la mala imagen que sufre su país en algunos círculos en el exterior? Lo cierto es que lo combaten con una eficaz arma de disuasión masiva: el afecto. Las muestras (a veces sorprendentes) de efusión hacia los (todavía contados) visitantes occidentales son constantes. Pueden proceder de esta viejecita que acaricia en plena calle el rostro a una viajera. O de este hombre maduro que aprieta largamente la mano del visitante y le sonríe sin decir nada. O de este grupo de escolares que rodea ruidosamente al extranjero para sacarse una foto con él. Y las mujeres, especialmente las jóvenes, no son las últimas en tomar la iniciativa del acercamiento. Iraníes, ¡embrujo persa!

El viaje suele empezar por un sitio que no es precisamente el más atractivo: la capital. Con sus 8,5 millones de habitantes, Teherán es hoy una de las principales ciudades del mundo islámico. Pero paga un duro tributo a su crecimiento anárquico: distancias inabarcables, tráfico caótico, contaminación tremenda que refuerza la presencia de industrias en la misma urbe. Aunque tiene sus oasis de paz, como sus múltiples parques impecablemente conservados. En un edificio -curiosamente por estos lares- de estilo art decó (fue diseñado en los años 20 por el arquitecto francés André Godard), el Museo Nacional ofrece una buena introducción genérica al arte persa. Nos permite ver unas esculturas de Persépolis, las primeras del viaje, que conservan aquí los colores originales que han perdido las que permanecen en las ruinas al sol.

El conjunto de edificios que compone el Palacio del Golestán nos retrotrae a los fastos del régimen del Sha. Aquí fue coronado Reza Pahlevi para reinar como Su Majestad Imperial a partir de 1941, aquí vivía y recibía a los visitantes extranjeros. Trono de alabastro, paredes hechas con millares de piezas de cristal: todo tiene olor a lujo aristocrático. En las antípodas del famoso Bazar, el mercado de Teherán que, por afán de contraste, vale la pena visitar justo después del Golestán: los dos extremos de la realidad iraní, cuyo enfrentamiento se saldó con la revolución islámica de 1979. Hay que perderse, sin itinerario, en el infinito dédalo sombreado del mercado de Teherán (reivindica el título de mayor bazar del mundo), siempre abarrotado, aunque curiosamente silencioso con sus centenares de puestos agrupados por sectores: joyas, alfombras, zapatos, quincalla, chadores invariablemente negros, trajes, libros... ¡Ya estamos de lleno en Oriente!

Después, rumbo al sur. Hacia Qom, la ciudad convertida en santa por el mausoleo de Fatimah, la hermana del imam Reza, el octavo de los imames del chiísmo (la rama del Islam que es la religión oficial de Irán) y el más venerado. La tumba se alberga en un amplio conjunto de patios y edificios religiosos que corona una espectacular cúpula cubierta de oro. Es un centro de estudios conocido en todo el mundo islámico (en una de sus madrazas estuvo el líder de la Revolución, el imam Jomeini), y el ambiente es especialmente conservador: hombres con largas túnicas y turbantes negros o blancos se cruzan, sin mirarlas, con mujeres estrictamente cubiertas por el inevitable chador negro. Eso sí, tributo a la modernidad, el ambiente de recogimiento no impide unas animadas conversaciones por el móvil, en Irán tan presente (o más) que en Europa.

La monumental Isfahán

Dejemos atrás este ambiente religioso para seguir camino hasta lo que es tal vez la más laica de las ciudades iraníes (es la más contaminada por los visitantes extranjeros, aquí más numerosos): la antigua capital persa Isfahán. La acumulación y suntuosidad de sus monumentos llevaron a denominarla Mitad del Mundo en la época de su esplendor, la de la Ruta de la Seda. La ciudad tiene como eje la Plaza Naqsh-e Jahan, también conocida como del Imam tras haber sido la del Sha. Antiguo terreno de polo, es hoy, con sus 84.000 metros cuadrados, según sus habitantes, la mayor plaza del mundo tras la de Tiananmén en Beijing. Es el punto de partida ideal para recorrer los múltiples monumentos de Isfahán, obra en su mayor parte del Sha Abbás I El Grande, el más famoso emperador de la dinastía Safávida, que en el siglo XVII llevó a su apogeo el Imperio Persa tras vencer sucesivamente a uzbekos, rusos y otomanos. Todavía se puede recorrer su palacio, llamado Ali Qapu, desde cuya terraza miraba el sha los partidos de polo (un deporte que, por cierto, nació en Persia como método de entrenamiento de la caballería real). La colección de monumentos religiosos de la ciudad parece no tener fin. Las mezquitas (Masjed-e Jameh o del Viernes, la más suntuosa; la del Imam; la del Sheikh Lotfollah, entre otras) presentan características comunes: en sus elegantes cúpulas y sus enormes murales de azulejos dominan el turquesa, el verde y el amarillo, colores tradicionales aquí. También son recurrentes las decoraciones con forma de espectaculares estalactitas en sus puertas de entrada. Visitarlas acaba embriagando. Y al viajero le invade de repente una sensación casi mística al sentarse en un patio rodeado de cúpulas y arcos, con las sombras negras de las mujeres que se deslizan silenciosamente y la voz de algún muecín que suena a lo lejos. En otro patio está sentado un grupo de colegialas piadosamente cubiertas con el inevitable pañuelo negro. Pero basta que se acerque el visitante deseoso de charlar para que todas quieran hacerse la foto con él, y todo termina en un concierto de risas y conversaciones animadas.

Momentos mágicos

El estilo no figurativo que caracteriza los lugares de culto musulmanes contrasta con los grandes murales pintados con escenas de batalla del palacio Kath-e Chehel Sotun: describen las gestas de la guerrera dinastía de los Safávidas, así como sus banquetes. Mientras, al otro lado del río Zayandeh que serpentea casi seco por la ciudad, el barrio armenio permite un cambio tanto de estilo como de religión, con las imágenes de la vida de Cristo y del Juicio Final pintadas en las paredes de sus iglesias. La de Vank reivindica poseer en su museo miniaturista la hoja de libro más pequeña del mundo, con el Padrenuestro en siete idiomas. Y para terminar, los puentes sobre el Zayandeh: hay once, de los cuales cinco de carácter histórico, enteramente porticados y a dos niveles. En uno de ellos, llamado Khaju, al anochecer se acercan los habitantes para escuchar a los que se ponen aquí a cantar de manera espontánea, bajo los arcos, a capela. Y basta que un visitante llegado de fuera añada su voz a las suyas para que los espectadores se agolpen y batan palmas, mientras empiezan a reírse a carcajadas iraníes y forasteros, muchos abrazados. ¡Momentos mágicos de un viaje a Persia!

Siguiendo la ruta hacia el sur llega uno a Shiraz. Capital tras Isfahán y antes de Teherán, es la ciudad de los cultivos y del vino (hasta la revolución islámica, por lo menos), de la cultura y, sobre todo, de los poetas. Dos de los más importantes de la literatura persa tienen aquí su mausoleo. Saadi (siglo XIII), que todos los jóvenes iraníes estudian en la escuela, es famoso por sus aforismos y proverbios. Mientras el otro, Hafez (un siglo posterior), es más místico: estudió el sufismo y conocía, según sus admiradores, la totalidad del Corán de memoria. En su mausoleo se puede observar una curiosa costumbre: para quien esté presa de un difícil dilema, basta con abrir encima de la tumba de Hafez uno de sus libros y la página elegida al azar aportará la solución a todas las dudas.

Shiraz tiene también su colección de espectaculares mezquitas. La mayoría son posteriores a las de Isfahán, y se aprecia en ellas, consecuencia del auge de las comunicaciones, influencias más cosmopolitas. Aparecen otros colores, como el rosa, el artesonado cubre algunos techos y se representan pintados en las paredes paisajes de tipo casi alpino. Pero para volver a la Persia más tradicional basta con llegar a la hora del rezo al mausoleo Shah-e Cheragh, que alberga las tumbas de dos hermanos del imam Reza. Por las noches se llena el enorme patio delante de las tumbas: la muchedumbre reza, se pasea, lee los textos sagrados, se sienta sobre las alfombras. Dentro del mausoleo la hora es de fervor: todos quieren tocar o besar las rejas que protegen las tumbas. Mientras desde lo alto de uno de los minaretes se oye de repente una voz que entona cantos religiosos, acompañada por unos tambores.

La antigua Persia

A unos 70 kilómetros de Shiraz, las ruinas de Persépolis reflejan el poder de la antigua Persia. Construida durante dos siglos a partir del 520 a.C. por el rey Darío I El Grande y sus sucesores de la dinastía aqueménida, Persépolis refleja, como lo subrayan con orgullo los iraníes, cómo un grupo de nómadas llegó a forjar un imperio que dominó a 28 naciones, y donde coexistían libremente varias religiones. Hasta que la arrasó Alejandro Magno. Persépolis no era un sitio donde se vivía todo el año sino un lugar para las celebraciones de los reyes, lo que explica que se trate más bien de un complejo de palacios. En lo que sobrevive del conjunto inicial, hecho de piedras de basalto y con unas grapas de hierro y plomo como único elemento de ensamblaje, llaman primero la atención las esculturas mitológicas híbridas, cargadas de símbolos. Como las de un ser con cuerpo de toro (símbolo de la fuerza), cabeza humana (el pensamiento), barba (la experiencia), alas (la libertad)... y el gorro de los nómadas. O esta escultura repetitiva de un león atacando una vaca (la primavera poniendo fin al invierno). Pero la obra maestra de las ruinas es un enorme bajorrelieve que muestra a los representantes de los 28 componentes del imperio llevando al rey persa unos regalos que simbolizan a su nación: camellos los árabes, armas los macedonios, especias los indios.

Tras esta vuelta a los fastos del pasado ya es hora de poner rumbo al Este, hacia la parte más salvaje del país. Se llega así a Yaszd, centro mundial del zoroastrismo. Cada año convergen aquí los adeptos iraníes, pero también de otros orígenes (indios, paquistaníes), de la religión que fundó en Persia, unos diez siglos antes de Cristo -la fecha es sujeta a debate-, el profeta Zarathustra. Con unos 200.000 discípulos, el zoroastrismo es una de las religiones vivas más antiguas del mundo y muchos iraníes ven en ella la verdadera esencia de la idiosincrasia persa. Más que en un Islam que constituye una imposición de los árabes, añaden los más nacionalistas. De los cuatro elementos naturales que veneran los seguidores de Zarathustra, el Fuego, la Tierra, el Agua y el Aire, el primero es el más importante, el elemento purificador por excelencia. En un edificio de la ciudad se puede ver todavía un fuego que arde de manera continua desde hace unos 1.500 años y que unos sacerdotes vestidos de blanco vienen a alimentar cada día. Pero la imagen más impactante de Yaszd es sin duda la de las Torres del Silencio, pequeñas construcciones circulares de adobe sobre un cerro. Para no contaminar la Tierra, los zoroastristas depositaban allí los cuerpos de sus muertos -los dejaban en cuclillas- para que los despedazaran los buitres. Una costumbre que se mantuvo hasta hace unos 50 años, cuando la prohibieron finalmente las autoridades. Detrás de la mezquita del Viernes, el casco viejo de Yaszd tiene un encanto especial, con sus pasadizos que se abren camino bajo unos arcos entre casas de adobe, y sus viejas puertas de madera y hierro. Las siluetas negras de unas viejitas se perfilan sobre el fondo ocre de los muros. El clima seco y tórrido explica la presencia de numerosas torres de viento, que permiten captar el aire para distribuirlo por toda la casa tras enfriarlo gracias a una bolsa de agua. Una técnica de estas tierras que se extendió a todo el Golfo Pérsico. El tamaño de estas torres reflejaba el nivel social de los hogares.

El gran desierto

Yaszd es la puerta del Dasht-e Kavir, el mayor desierto iraní con 78.000 kilómetros cuadrados. Un paisaje infinito de guijarros y matas amarillentas que solo rompen de vez en cuando las ondulaciones de las dunas, el respiro verde de los oasis o el blanco deslumbrador de los salares. La ruta es larga para cruzar el centro del país y llegar, a menos de 200 kilómetros de la frontera afgana, a la más santa de las ciudades iraníes: Mashed. Segunda urbe del país tras la capital, es a primera vista, con su denso tráfico e incluso sus primeros rascacielos, una urbe moderna, aunque los estrictos chadores negros son aquí más generalizados que en Teherán. Y es que la ciudad alberga el sanctasanctórum de los chiíes: el mausoleo del venerado imam Reza, que atrae cada año, como si fuera una segunda Meca, a entre 20 y 25 millones de peregrinos. Alí ibn Musa, o Alí Reza, era el octavo de la línea de imames descendientes de Alí, el yerno de Mahoma. Murió envenenado, aparentemente tras caer en una trampa urdida por un califa suní local (los suníes no reconocen a los imames) que le había prometido nombrarle su sucesor. Ocurrió en el año 818 en un pequeño pueblo llamado Sanabad, que pasó entonces a llamarse Mashed, "el lugar del martirio" en farsi.

Desde entonces, su mausoleo no ha dejado de crecer. Hasta hoy. Un laberinto de patios y mezquitas (la más suntuosa, Goharshad, está cubierta por una enorme cúpula turquesa) forma un enorme conjunto que se ha convertido, con sus 600.000 metros cuadrados, en el mayor lugar de culto musulmán del mundo. Su centro neurálgico es la tumba del imam Reza. Aunque el lugar está tradicionalmente cerrado a los no musulmanes, no es sin embargo imposible, hoy, combinando discreción y respeto, penetrar en el suntuoso edificio que domina una cúpula cubierta de oro. El espectáculo es uno de los más impactantes que puede ofrecer el mundo musulmán: en torno a la tumba que protege un templete enrejado, un flujo continuo de peregrinos (hombres y mujeres separados) se atropellan, se zarandean para tocar las rejas, besarlas. De vez en cuando, alguien grita un eslogan religioso al que todos contestan con un rugido sordo. Del lado de las mujeres se oyen gritos que se asemejan a la histeria. Hay inválidos, algunos en silla de ruedas, que confían en la fama de taumaturgo del imam. El marco también es asombroso: la luz de unas lámparas de araña se refleja en los millares de trozos de cristal que recubren las paredes. El ambiente es sobrecogedor, y arrastra al visitante extranjero que, discretamente apoyado en una pared, no se cansa de contemplar este flujo ferviente, y se deja invadir por este torrente de fuerza que parece emanar del alma del pueblo iraní.

La mujer iraní

La imagen de la mujer sumisa y con los ojos mirando al suelo que emana de algunos países musulmanes poco tiene que ver con la realidad de las iraníes, especialmente en las grandes ciudades. Es cierto que la obligación de llevar la cabeza cubierta en público sigue siendo férrea. Lo que no impide que, en Teherán o en Isfahán, el pañuelo cubra una parte cada vez más limitada del cabello y sea compatible con un maquillaje audaz. Más allá del atuendo, es cierto que las mujeres siguen padeciendo múltiples discriminaciones que rozan a veces lo ridículo: desde la prohibición de ser juez a la de cantar en público (salvo... ante un público de mujeres). Para la Justicia, el testimonio de un hombre vale el de dos mujeres; en las herencias, las hijas reciben la mitad que los hijos, y en caso de fallecimiento por accidente de tráfico, la indemnización es menor para una mujer. Una situación que parece, sin embargo, difícil de mantener mucho tiempo en un país con una de las tasas de acceso a la enseñanza superior más altas de la región, y donde el 53% de los estudiantes universitarios hoy son mujeres. Y frente a los estragos de la hiperinflación, cada vez son más numerosas las mujeres que trabajan fuera del hogar en las grandes urbes.