Historias de montaña en el interior de Costa Daurada

Apenas unos metros, más allá de la playa, una valva de roca y fantasía se abre como un molusco legendario. Los pueblos y las masías montaraces que arropan al tramo sur de la Costa Daurada brindan historias y escenarios que parecen sacados de otro mundo.

Carlos Pascual
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Foto: Lucas Abreu

Un mundo de misterios y sensaciones. De vampiros, príncipes encantados, guerreros primitivos, payeses laboriosos que exprimen un aceite único y hornean hogazas que perfuman el mas o el barrio entero. Y, sobre todo, un paisaje alucinante, como bruñido por dedos exquisitos, con rocas de plata vieja emergiendo entre pinares salvajes, infinitos. Como otro universo que estuviera quieto, silente, apresado en una redoma de cristal.

Todo, a unos metros de L''Hospitalet de l''Infant y sus playas doradas. El circuito mágico puede empezar ahí, como referencia más notable, para seguir por Vandellós, Pratdip y Tivissa, y el rebaño de edecanes insospechados que la sierra oculta. L''Hospitalet debe nombre y existencia a un hospital medieval, fortificado, que se mantiene en el centro del pueblo. Como resulta chico para ambiciones culturales, han levantado a pocos pasos un espléndido Centre Cultural Infant Pere. Hospitalet es un pueblo limpio, tranquilo, familiar, y se le nota rico. Lo es. Como su vecino Vandellós, con el que comparte Ayuntamiento. La razón (o parte) de esa prosperidad: la central nuclear. Inevitable pensar en ello al pronunciar Vandellós: pero es lo cierto que allí nadie piensa en eso; están bien, han vivido y viven de eso. Allí están en otra guerra: la de vivificar su tierra. Una tierra rica de por sí; tuvo mucho vino, pero la filoxera hizo que cambiaran el cultivo de viñas por avellanas y olivos. Toda la Vall de Llors (Valle de los Laureles) se ha convertido ahora en un jardín de aceite con nombre propio.

Hace meses que ha abierto El Molí de Vandellós, centro de interpretación y lugar de cata y venta. Ocupa la vieja almazara -la nueva está al lado, y sigue funcionando, con 114 socios en la cooperativa-. El Molí sumerge en una atmósfera gremial no tan lejana: guían las voces y retratos de molineros que aún viven. Vandellós es un pueblo precioso, rodeado de sierras que parecen cinceladas por orfebres. Para comprobarlo, se puede subir a la torre medieval, recién restaurada. Al lado, en Ca la Torre (que perteneció a urólogos ilustres, los Gil Vernet) se quiere crear un museo de Urología, precisamente. Las calles huelen a leña y pan. Hay dos hornos y dos tiendas.

Hay que dar no pocas vueltas para llegar a Pratdip, "un pueblecito situado en una zona de grandes montañas salvajes, cubiertas de extensos pinares perfumados y con rapidísimas corrientes de agua helada". Así inicia el bosquejo del pueblo Joan Perucho, en su novela Las historias naturales (1960). Un núcleo sumergido en un entorno deslumbrante, y con perfiles propios, como el castillo roquero, torres medievales embutidas entre casas de piedra descarnada, la iglesia de origen románico... El libro de Perucho pasó tan inadvertido como el propio escritor, un bon vivant sapientísimo que algunos han emparentado con Lovecraft o Poe, aunque su fina erudición recuerda más bien a Borges. Perucho nos dejó en el año 2003 y solo al final de su vida le otorgaron algunos premios.

La novela está ambientada en la primera guerra carlista: un naturalista se ve impelido a investigar extrañas muertes en el pueblo, cadáveres que aparecen desangrados con marcas de mordiscos. Descubre así a los dips (Pratdip significa "prado de los dips"), diabólicos perros vampiro. Al final resulta que el dip vampiro es un embajador que Jaime I envió a los Cárpatos, y fue mordido allí por una condesa vampira, convertido él mismo en muerto viviente a través de los siglos; esta vez se manifiesta en forma de guerrillero carlista, apodado El Mochuelo, siempre en busca de una muerte definitiva. Dicho así, puede parecer una bobada, pero la prosa embriagadora de Perucho hace del libro una delicia. Por el pueblo han apostado siluetas de dips, agazapados en rincones pintorescos para que los visitantes puedan descubrirlos en una yincana.

Estos canes aparecen en el retablo renacentista que (por seguridad) se trajo a Pratdip desde la ermita de Santa Marina, también mencionada por Perucho. Esta se encuentra a una legua, en una alameda entre riscos, junto a un umbrío manantial. Un lugar muy de bodas ("a Santa Marina, si fadrina (moza) hi vas, casada tornarás!"), así que (dicen) los sapos que puedan aparecer lo más seguro es que sean príncipes encantados. Hay un restaurante de caza y carnes a la brasa, La Cuina d''en Carlos; éste abre la ermita a quien se lo pida de buenas maneras. El retablo nuevo y naif (sustituto del que se llevó a Pratdip) produce el mismo horror que los dips.

Camino de Tivissa, un ramal a la derecha conduce a Llaberia, pueblo que da nombre a toda la sierra. Perdido en un cul-de-sac, quedó deshabitado, pero no abandonado. Sus casas sirven ahora de segunda residencia, en torno a una iglesia románica; incluso han abierto un museo sobre el oficio de bast (porteador de montaña). Lo peculiar de Llaberia es que solo se alimenta de energía solar.

A Tivissa le delata el nombre: está claro que es medio ibera y medio romana. Su casco viejo, sin embargo, parece una kasbah mora: te pierdes, como no seas residente, en callejones sin salida. Aunque está en la comarca Terres d''Ebre, su afección a la montaña se ve clara cuando se viene del Ebro: el pueblo asoma recostado en un faldón de la sierra, como con miedo a saltar a la llanura. Conserva un par de puertas medievales y un par de iglesias, una dentro de la otra: al ampliar el templo primitivo, cubrieron o envolvieron lo viejo con lo nuevo. A solo un paso quedan pinturas rupestres y la ermita de San Blas; aunque este obispo nebuloso tiene más que ver con las gargantas que con las piernas, allí precisamente, el 2 de marzo del año 1975, se pintó la primera marca en España de sendero GR-7.

A unos seis kilómetros en dirección al Ebro está el acceso (mal señalizado) al Castellet de Banyoles. Se trata de un poblado ibérico del siglo IV, más o menos, que empezó a excavarse al ir aflorando, en ocasiones diversas, piezas de plata, collares, unos bueyes votivos... Fue un oppidum de la tribu ibérica de los ilercavones, importante por su estratégica situación en un peñasco dominando el valle del Ebro (río que dio nombre a los iberos y a su tierra, Iberia).

El río les permitía el intercambio comercial con el progreso (o sea, griegos y romanos). Dos torres en forma de cuña, que debieron ser imponentes, conforman la puerta de entrada. Pero, todo hay que decirlo, pese a la importancia arqueológica, lo que se ve es para aspirantes a nota (a falta de que se inaugure un centro de interpretación, ya acabado, a la entrada del recinto). Eso sí, la panorámica, en cinemascope y technicolor, sobre kilómetros y kilómetros de valle fluvial, justo a los pies, vale por todo un capítulo de historia y geografía.

El belén de las estrellas
A la salida de Masboquera (cerca de Vandellós), parte, sin ninguna señal, una pista asfaltada que lleva a Castelló, un pueblo que quedó abandonado en los años 60. Hace 15 años, algunos voluntarios fundaron una asociación (www.masiacastello.cat/aula_oberta.html) para evitar su desaparición. Arreglaron un par de casas, consolidaron ruinas y siempre andan por allí el presidente, Santi Nomen, o el vicepresidente, Santi Guirro, y su mujer, Teresa, dando de comer a patos, pavos y gallinas. Animales que figuran cada año en un pesebre viviente o "belén de las estrellas" que atrae a miles de visitantes. Lo peculiar de este belén es que se montan escenas con oficios de la tierra, como pastores, carboneros o vendimiadores. También se organizan aulas para críos o fiestas. Todo para evitar el peligro que acecha, que no son los vampiros, ni la amenaza nuclear, sino el olvido.