Hanoi y el norte de Vietnam

Todo Vietnam esconde infinidad de sorpresas para el viajero, pero el norte, regado por el río Rojo, adornado por espléndidos paisajes como la bahía de Halong –elegida recientemente como una de las siete maravillas naturales del mundo– o las montañas de los alrededores de Sapa, y poblado por una diversidad étnica y cultural única, es, para muchos, la región más sorprendente y atractiva del país.

María Eugenia Casquet
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Foto: Cristina Candel

Ha cumplido 1.001 años, pero su aspecto y vitalidad son envidiables. De hecho, su primer milenio de vida se celebró a bombo y platillo, y no es para menos. Y es que Hanoi, elegida en el año 1010 como sede para su corte por el monarca Ly Thai To, cuya estatua dorada mira hoy al céntrico y coqueto lago Hoan Kiem, está pasando una buena racha. Buena y merecida, pues la capital de Vietnam, situada a orillas del norteño río Rojo, no siempre ha sido tan afortunada. Basta recordar la triste guerra que enfrentó al norte del país, liderado por el gobierno comunista de Hanoi, contra el sur, apoyado por Estados Unidos, y los miles de víctimas e incontables destrozos causados en la ciudad por los bombardeos de la aviación estadounidense. Pero aquello pasó y, como buenos vietnamitas, los habitantes de Hanoi se han propuesto recuperar el tiempo perdido. Eso sí, tardaron en reaccionar, pues esta urbe, capital del Vietnam reunificado desde el fin de la contienda en 1975, fue bastante lenta a la hora de apuntarse a los cambios traídos en 1987 por la doi moi, especie de perestroika vietnamita con la que el gobierno comunista abría el puño en lo económico pero lo dejaba bien cerrado en lo político. Sobre todo si se compara con su eterna rival, la meridional Saigón, que había sido capital de Vietnam del Sur entre 1954 y 1975, es decir, durante la división del país, y que, menos atada por los lazos del gobierno, sito en Hanoi, fue mucho más precoz en la apertura, entrando por ella los primeros televisores, los primeros coches, los refrescos de cola más famosos del mundo... y los primeros turistas. De hecho, hubo que esperar hasta bien avanzada la década de los 90 para que, celosa de los progresos de su vecina sureña, Hanoi arrancase. Pero lo hizo, y de qué manera. Quien la viera entonces y la vea ahora tardará en asimilar su enorme transformación. Así, entre los antiguos edificios de dos o tres pisos han surgido modernos rascacielos ocupados por elegantes hoteles o empresas internacionales, y los semáforos, casi desconocidos hace poco más de una década, regulan ahora un tráfico intenso donde las motos y los cada día más numerosos coches, que a duras penas consiguen abrirse paso entre aquéllas, han desterrado al anterior monopolio de las bicicletas.

Pero, a pesar de ello, Hanoi no ha perdido ni un ápice de su encanto. Para empezar, sus habitantes, alrededor de 3,5 millones, siguen sin andar, es raro verlos pasear, se mueven siempre sobre dos, tres o cuatro ruedas, y las aceras, lejos de estar pensadas para peatones, están ocupadas por diminutos taburetes donde sentarse a tomar una bia hoi o cerveza artesanal, llenas de puestos ambulantes de pho, la omnipresente sopa de tallarines, o sirven de taller improvisado para el recauchutado de ruedas.

En ciclo por el barrio antiguo. Además, la capital sigue escondiendo multitud de rincones cautivadores por los que parece no haber pasado tanto el tiempo, como el ajetreado barrio antiguo, en el que algunas de las estrechas callejas aún respetan su origen gremial. Es una delicia recorrerlo en ciclo -transporte tradicional y hoy prohibido en muchas áreas de la ciudad- para saborear el olor de las plantas y ungüentos medicinales de la calle Lan Ong, en honor al padre de la medicina local; admirarse con las lápidas en las que se siguen grabando sobre el frío mármol los retratos de los difuntos o pararse a comprar, según la época, una cesta redonda y reconvertida en careta para celebrar la festividad del Tet o Año Nuevo lunar si es a final de enero, o un farolillo chino para festejar, en su caso, el plenilunio de otoño... Aunque, eso sí, al volver la esquina, casi seguro surgirán diminutos comercios repletos de CDs piratas a poco más de un euro; ciber cafés rebosantes de chavales y no tan chavales, o incluso boutiques con la moda que probablemente se llevará en Europa la siguiente temporada.

Tampoco difieren mucho de antaño los mercados, con infinidad de frutas, verduras, pescados, animales vivos, huevos negros o rosas... desconcertantes para un ojo europeo poco habituado; o el Templo de la Literatura, fundado en el siglo XI como primera universidad del país y que hoy, protegido por su muralla, es todo un remanso de paz en mitad del ajetreo urbano. Relajantes también son los numerosos y arbolados estanques que salpican la ciudad, adornados por pagodas como la de Tran Quoc, cuya esbelta torre se refleja en las aguas del gran lago del Oeste; o animados por decenas de lugareños que acuden allí cada amanecer y anochecer para caminar, practicar tai chi, jugar al bádminton...

Pero Hanoi es, además, el punto de partida para recorrer el impresionante norte. Pongamos, por ejemplo, rumbo al noroeste y nos toparemos, en medio de un paisaje embriagador, dominado por plataneras, espléndidos bambúes, palmeras diversas -como las de copa redondeada con las que se fabrican los tradicionales sombreros cónicos vietnamitas- y arrozales perfectamente dispuestos en terrazas sobre las laderas de los montes, con uno de los rincones de mayor diversidad étnica y cultural del planeta. No en vano, de las 54 etnias que pueblan Vietnam, divididas a su vez en multitud de subgrupos, la gran mayoría vive en la región septentrional del país, fronteriza con China y Laos.

Los dao, los giay y los hmong. Habitan en aldeas aún levantadas con madera, bambú y hojas de palma, construyendo unos sus casas sobre pilares y otros directamente sobre el suelo; eligiendo algunas etnias los valles y otras encaramándose a lo más remoto e incomprensible de las laderas... Muchos hablan su propia lengua, visten sus ropajes tradicionales y siguen practicando, en gran medida, sus cultos ancestrales. Son los dao rojos y sus enormes turbantes; los dao tien o dao dinero, de cuyos trajes cuelgan monedas; los giay, con pañoletas de vistosos colores cubriendo su cabeza; los hmong, negros, rojos, blancos, y floreados con sus vestimentas bordadas a mano... Y así un sinfín de pueblos que se juntan semanalmente en mercados llenos de bullicio y colorido, como el de la pequeña población de Bac Hac, o el de Sapa, una ciudad a los pies del Fan Si Pan -cima de Vietnam con sus 3.160 metros- creada por los franceses, que dominaron el país entre 1858 y 1954, como refugio frente a los húmedos calores de la costa. Pero incluso en este remoto territorio, donde la cultura ancestral de sus pobladores es más que evidente, se notan los cambios, algunos especialmente agradables para el viajero. Así, a mediados de los años 90 del pasado siglo en Sapa había apenas cuatro hoteles y bastante básicos y ahora se cuentan por decenas y de todas las categorías. Las carreteras de acceso han mejorado considerablemente, en el tren hay diferentes clases para viajar y prácticamente todas las agencias de viajes de Hanoi incluyen la visita a este rincón del país entre sus ofertas.

Vayamos ahora hacia el otro extremo, es decir, al nordeste, y nos encontraremos con otra joya, esta Patrimonio de la Humanidad por la Unesco: la bahía de Halong, un paraíso formado por cerca de tres mil islas e islotes que, negros y forrados de vegetación, emergen puntiagudos de las aguas color jade del Golfo de Tonkín. Es una delicia navegar por ella a bordo de un junco de velas ocres bajo un sol espléndido, cuando la enorme gama de verdes se muestran especialmente intensos. Pero también en días grises, plagados de nubes y, en principio, poco prometedores, cuando al navegar se descubre con sorpresa cómo la sucesión de peñascos en lontananza se aprecia con mucho más relieve. O con lluvia, cuando las gotas dibujan en la tranquila y líquida superficie preciosas ondas y tornan el escenario en algo casi fantasmagórico. Y por qué no tras el ocaso, bajo la luna llena si hay suerte y se coincide con ella, porque el plenilunio resalta sobremanera la silueta de las islas; o incluso en noches negras, sin luz, cuando al sumergirse en el agua multitud de puntos brillantes, diminutos microorganismos provocan un espectacular halo luminoso en torno al nadador.

El dragón protector. Sea como sea, Halong cautiva. Y más cuando se exploran las enormes e inesperadas grutas ocultas en las entrañas de islas como la de las Sorpresas, la del Palacio Celestial, la de los Tres Lagos..., adornadas por multitud de estalactitas y estalagmitas y producto, todo, de la erosión cárstica, según los geólogos. O la obra, según la leyenda, de un dragón que bajó del cielo para defender a los vietnamitas de uno de los muchos enemigos que han querido conquistarlos a lo largo de la Historia, una versión, sin duda, mucho más creíble cuando se navega por este singular escenario encantado que supone un cierre perfecto para cualquier viaje por el norte de Vietnam.

Las visitas imprescindibles
Para visitar el norte de Vietnam el mejor punto de entrada es Hanoi, donde multitud de agencias de viajes ofrecen toda clase de circuitos. La capital cuenta con un casco antiguo de estrechas callejas gremiales, así como lagos, templos, parques e interesantes museos. Entre estos no pueden faltar el dedicado a Ho Chi Minh, líder de la Independencia y fundador del Partido Comunista Indochino -del que también puede visitarse el mausoleo, copia de los de Mao en Beijing y Lenin en Moscú-; el de Historia y, sobre todo, el Etnográfico, excelente exhibición sobre los diversos grupos étnicos que pueblan el país. Ya fuera de la ciudad, entre los puntos de indispensable visita destacan Mai Chau, precioso valle con las aldeas de los thai y sus casas sobre pilares; Dien Bien Phu, escenario de la batalla que puso fin a un siglo de dominio francés; Sapa, montañosa ciudad frecuentada por los hmong negros y los dao rojos, entre otros, y que sirvió a los franceses como refugio frente al calor de la costa; Bac Ha, con su mercado dominical protagonizado por los hmong floreados y sus coloridas vestimentas; o los paisajes cársticos de Halong, en pleno mar, y Tam Coc, un paraje similar pero tierra adentro.

Budismo chino y pan francés
La historia de Vietnam ha sido una larga sucesión de guerras e invasiones. Baste recordar, por ejemplo, que los poderosos vecinos del norte, los chinos, dominaron el país durante más de un milenio, del siglo II a.C. al X d.C.; o que los franceses llegaron en el año 1858 y se quedaron casi cien años, hasta su expulsión definitiva tras la batalla de Dien Bien Phu en 1954. Pero de todo ello los vietnamitas han sabido sacar buen partido, incorporando a su cultura lo que les ha interesado de cada invasor. Así, de los chinos tomaron, entre otras cosas, el budismo mahayana -menos ortodoxo que el que predomina en otros rincones del sudeste asiático, como Birmania, Tailandia, Laos o Camboya-, el culto a los ancestros, los palillos para comer o un divertimento al que aún se ve jugar a menudo en plena calle, las damas chinas. Por su parte, de los franceses quedó el café, que se llama igual en vietnamita, aunque se dice "ca phe", pues el idioma local es monosilábico (Hanoi no es Hanoi sino Ha Noi); la religión católica -que está resurgiendo con fuerza desde la apertura del país- o las crujientes baguettes de pan, que se encuentran por doquier.

Hue y la corte imperial
Con poco más de 250.000 habitantes, Hue es, a pesar de su modesto tamaño si se la compara con la sureña Saigón, las norteñas Hanoi y Haiphong, o la céntrica Danang, la más monumental de las ciudades vietnamitas. Se lo debe al emperador Gia Long, que en 1802 se hizo con el control del territorio que hoy es Vietnam y la eligió como sede de su corte, arrebatándole la capitalidad a Hanoi e inaugurando una dinastía que se perpetuaría en el trono durante siglo y medio. Estos monarcas, cuyo apellido, aunque pueda sonar exótico y hasta imperial, es casi tan común en este rincón del sudeste asiático como Fernández o García, eran admiradores de sus colegas chinos y crearon su propia Ciudad Prohibida a imitación, a pequeña escala, de la de Pekín. Desde ella gobernó, entre otros, Tu Duc, que además de escribir poemas o tomar té elaborado con las gotas del rocío matutino firmó numerosas sentencias de muerte contra los misioneros católicos que andaban desde hacía tiempo predicando en el país. Una de ellas, la del obispo español Díaz Sanjurjo, en 1857, fue la chispa que buscaba Napoleón III de Francia para intervenir en Vietnam y, de paso, conseguir el apoyo de Isabel II de España en la conquista de este remoto rincón de Asia. A partir de entonces los Nguyen, que habían regido el país de forma autoritaria, pasaron a ser meros títeres del nuevo gobierno colonial francés -España sólo sacó una compensación económica por su ayuda-, aunque estos monarcas siguieron llevando, eso sí, una buena vida en su corte de Hue hasta que, tras la declaración de Independencia unilateral por parte del líder comunista Ho Chi Minh en 1945, el último de ellos se vio obligado a abdicar.

Hoy la ciudad, dividida en dos por el río Perfume, es una visita obligada en cualquier viaje a Vietnam, pues los vestigios de la era imperial, que incluyen la ciudadela, con la Ciudad Prohibida en su interior, y las tumbas de varios de los emperadores, situadas en los alrededores, le han valido su inclusión en la selecta lista de lugares Patrimonio de la Unesco. Eso sí, el deterioro provocado por la climatología tropical en algunos de los materiales utilizados en la construcción y los daños sufridos por la ciudadela durante la guerra -en 1968 la ciudad fue escenario de una de las mayores y más cruentas batallas entre el norte comunista y el sur apoyado por Estados Unidos- han obligado a someter a todos los monumentos a un largo y cuidado proceso de restauración. Pero Hue también esconde otras sorpresas, como la visita a la pagoda Thien Mu, fácilmente accesible en alguno de los barcos que, con dragones como mascarón de proa, surcan la caudalosa corriente del río Perfume. Además de contemplar su inconfundible torre de siete pisos y planta octogonal, o entretenerse con los tan grotescos como poco temibles guardianes que, esculpidos en las paredes, pretenden proteger el templo, se descubrirá que aquí tiene su origen una conocida y muchas veces utilizada frase: "Quemarse a lo bonzo". Y es que de esta pagoda salió, en un Austin azul que se exhibe en un pequeño cobertizo lateral, el monje budista, o bonzo, Thich Quang Duc, para autoinmolarse en Saigón como protesta por el favoritismo del entonces gobierno del sur hacia los católicos, en detrimento de los budistas. Fue en 1963 y la imagen de su cuerpo impasible en llamas dio la vuelta al mundo y fue el origen de la célebre frase.

Templos para la eternidad
Los Nguyen no escatimaron gastos en sus residencias para la eternidad. Hoy por hoy sus tumbas, que pueden visitarse en los boscosos alrededores de Hue, están entre los monumentos más atractivos de Vietnam. Protegidos por murallas, estos recintos funerarios albergan templos, la tumba, estanques llenos de lotos, obeliscos que significan poder, estelas de mármol que narran las hazañas del monarca y una cohorte de pétreos mandarines civiles y militares que protegen la entrada. Las tres mejor conservadas son las de Tu Duc, Minh Mang y Khai Dinh, y la forma más agradable de acceder a ellas es en barco, navegando por el río Perfume.