Golfo de Tailandia

Idílicas, extremadamente bellas y perfectas para ficharlas como posible refugio de por vida, las tres islas principales del archipiélago de Samui comparten muchos atributos, aunque cada una muestra además trazas de una personalidad distintiva. Koh Samui es la más grande y poblada; Koh Pha-Ngan, la preferida por los jóvenes y los buceadores más exigentes, y Koh Tao, la más alejada de la civilización y, por tanto, la que mejor ha conservado su esencia original.

Alicia Arranz
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Foto: Gonzalo Azumendi

Suele ser sólo una cuestión de tiempo que los sitios paradisíacos dejen de ser reductos ignotos para pasar a figurar en esa lista de lugares soñados a los que nadie en sus cabales dudaría en escaparse en este mismo momento, aunque sea con lo puesto. Y eso es exactamente lo que le ha pasado a esa isla bañada en aguas de color turquesa y jalonada con playas de arena blanca repletas de cocoteros que es Koh Samui. Por eso, quien tenga la suerte de haberla conocido hace más de veinte años se sorprenderá al volver ahora para comprobar lo mucho que, al parecer, ha cambiado durante este tiempo.

Los primeros mochileros que la disfrutaron llegaron hasta aquí cuando todavía su nombre no era un punto destacado en las guías de viaje. Y no es que no queden todavía rincones a los que sólo arriban unos pocos buscando un pedazo de tierra en el que jugar a los Robinsones sino que lo que ha sucedido es que el número de visitantes se ha multiplicado ostensiblemente y sus perfiles se han ampliado al compás de la incesante apertura de nuevos hoteles. Grandes, medianos y pequeños establecimientos, la mayoría regentados por extranjeros, han ido poco a poco haciéndose sus propios huecos alentados por el éxito de una fórmula infalible: belleza natural, costa apabullante, clima tropical y una población local particularmente encantadora.

Si hablamos de grandes hoteles es necesario matizar porque, si bien algunas de las cadenas internacionales más potentes han echado raíces, lo cierto es que la mayoría de los resorts se concentran en las mismas áreas y prácticamente todos pueden presumir de haber levantado unas construcciones bastante respetuosas con el entorno, destilando elegancia y buen gusto.

Las impresiones son del todo distintas para quienes la visitan ahora por primera vez. Sin recuerdos ni sentimentalismos, resulta más difícil encontrarle alguna pega a una isla que recibe a todo el mundo con los brazos abiertos y que parece haber sido concebida para colmar de felicidad al que se decida a dejarse cobijar bajo su calidez y su ralentizado ritmo de vida al menos durante algunos días.

Se pueden hacer muchas cosas en Samui. Empezando por recorrer una por una sus extensas playas para constatar las diferencias que caracterizan a cada una de ellas. A las más fotogénicas y conocidas las llaman Las Seis Grandes. De todas, Chaweng es la que concentra la mayor animación de día y, sobre todo, de noche, con su sucesión de bares, tiendas y restaurantes. A la de Bo Phut se llega cruzando primero el Fisherman''s Village, un antiguo pueblo de pescadores en el que los niños descalzos todavía corretean alrededor del turista como si fuese la primera vez que ven un extranjero. Por su parte, Lamai, Maenam, Big Bhuda y Choeng Mon son también espectaculares, pero hay quien no llega a pisarlas porque ya ha acumulado suficientes dosis de deleite con las dos anteriores.

Otra de las actividades clásicas cuando se viaja a Koh Samui es salir de excursión en barca hasta los dominios del Parque Nacional de Ang Thon. En total está compuesto por 40 islotes casi deshabitados y prácticamente vírgenes: sólo en algunos de ellos se puede encontrar un barecito en el que tomar una cerveza y picar algo. Afortunadamente, el acceso a esta zona está limitado a un cupo determinado de personas al día, pero todo el mundo hace una parada en la isla de Koh Thale Nai para trepar por las escaleras de madera que conducen hasta la Blue Lagoon, una increíble laguna de agua salada que bien podría haber sido uno de los escenarios de las famosas y taquilleras películas El lago azul o La playa, sin ir más lejos.

Koh Samui se reserva otros tantos planes seductores más, como alquilar una moto para emborracharse con la sensación de libertar de perderse por los tupidos bosques del interior, haciendo de vez en cuando una parada en las aldeas más remotas antes de aproximarse a las impactantes cascadas de Hin Lat, con más de 40 metros de altura. O empaparse de la cultura local visitando los enclaves más venerados, como el Templo del Gran Buda (Phra Buda Kodom), localizado al norte de la isla, donde se invita al visitante a hacer una donación a cambio de escribir un mensaje con su deseo o una plegaria en un ladrillo simbólico que formará parte del muro que están construyendo a su alrededor para protegerlo.

Para acercarse a algo espiritual, también se puede ir al Hin Ta Hin Yai, algo así como la Roca abuelo y la Roca abuela, dos pedazos gigantes de piedra que, por su forma, recuerdan a los atributos sexuales femeninos y masculinos respectivamente. Una leyenda romántica cuenta que surgieron cuando dos jóvenes amantes decidieron arrojarse allí al mar por la oposición de sus progenitores a su relación, y ahora hay quien dice que este es un buen lugar para recargarse de energía positiva, pero en verdad cualquier otro rincón de la isla puede tener idéntico efecto. Por las noches, lo suyo es salir a dejarse engatusar por los vendedores de los mercadillos nocturnos y después sentarse a cenar en alguno de los restaurantes que enardecen la gastronomía thai. Una propuesta irrechazable, especialmente si la velada culmina tomando una copa en un chill out mirando la luna sobre el mar con los pies enterrados en la arena.

Pese a todo, a veces no resulta tan fácil aunar fuerzas para asomar la nariz fuera del propio bungaló a pie de playa. A fin de cuentas, este es uno de esos pocos lugares en los que, por escaso que sea el presupuesto, todo el mundo puede conseguir un alojamiento con encanto en un enclave privilegiado. Samui es también un destino para guardar el reloj en la maleta nada más llegar, que es la mejor manera de alargar los días para que proporcionen muchos ratos en los que disfrutar sencillamente de no hacer nada, más allá de caminar un poco hasta el chiringuito de bambú más cercano y preocuparse sólo de las cosas importantes, o sea, de analizar cómo evoluciona la luz del atardecer o de cuáles son las estrellas que refulgen con más intensidad en el cielo.

En realidad, para matarse a ver cosas ya está la Tailandia continental, con todo su arsenal de ruinas, templos y, sobre todo, su capital, Bangkok, que es una de esas ciudades en las que tomarse un respiro genera un profundo sentimiento de culpa.

El mejor consejo que se puede dar para viajar a este archipiélago es que hay que estar rápido y elegir ventanilla cuando se facture para el vuelo a Samui, porque durante ese trayecto hay varios momentos en los que hasta el más viajado contiene la respiración. Ojalá esos 15 minutos previos al aterrizaje pudiesen estirarse para seguir reteniendo con más detalle semejante despliegue de verdes y azules. Por el contrario, para el vuelo de vuelta casi es mejor sentarse en el pasillo para ahorrarse el trago de tener que despedirse desde las alturas del paraíso terrenal.

Koh significa "isla" en tailandés. Y en las vecinas Pha-Ngan y Koh Tao el plan es seguir rindiendo homenaje a los pequeños grandes placeres de la vida al estilo asiático. Esto es, congraciándose con los paisajes, relajándose en las playas, regalándose algún masaje, deleitando el paladar con las deliciosas sopas, salsas y curris que, a menudo, tienen el coco como base; y viviendo, aunque sea un poco, el agradable ambiente nocturno, sobre todo en la primera, que viene a ser una especie de Ibiza asiática. Las dos islas continúan en la misma línea que Samui, brindando inolvidables panorámicas de bahías rocosas que se precipitan abruptas al mar desembocando en playas y calas arenosas en las que uno quisiera quedarse anclado por siempre jamás. La gran diferencia es que ninguna de las dos está tan preparada para el turismo, en parte debido a lo complicadas que son las carreteras y a que ninguna dispone de aeropuerto. Ambas, con una incomparable variedad de corales y peces multicolores, son además enclaves fenomenales para iniciarse en la práctica del buceo sin arruinarse.

Por su parte, Koh Tao, que por su curiosa forma ha sido rebautizada como la Isla Tortuga, es una mezcla de las dos anteriores, aunque menos explotada. Además, por ser la más pequeña en extensión, con sólo 21 kilómetros cuadrados, la sensación de aislamiento se incrementa nada más pisarla.

Si por algo es famosa la isla de Koh Pha-Ngan es por sus míticas Full Moon Parties, donde reina muy buen ambiente y todo el mundo es bienvenido. Se celebran cada mes en la kilométrica playa de Haad Rin, concentrando a centenares de personas, en su mayoría jóvenes llegados de medio mundo dispuestos a estirar la noche hasta más allá del amanecer, bailando en la arena y dando buena cuenta de los cubos de cerveza tailandesa que venden los locales en sus puestecitos. De hecho, de un tiempo a esta parte y dado su espectacular éxito, estas fiestas ya no duran sólo una noche sino varios días e incluso se organizan otras convocatorias (la excusa es lo de menos) como la de la media luna, la luna blanca, la luna amarilla...