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Entramos en el pueblo donde se comen "los mejores caracoles de España": poco más de 1.000 vecinos, un poblado ibérico y un río que divide el casco urbano

El olor a caracoles en salsa se cuela por las calles de San Pedro antes incluso de llegar a la plaza. Este pueblo albaceteño de poco más de mil habitantes ha convertido el molusco en bandera, y quien se acerca hasta aquí lo hace, casi siempre, con esa excusa.

El templo de los caracoles es un pequeño pueblo de Albacete que ya deberías conocer.

El templo de los caracoles es un pequeño pueblo de Albacete que ya deberías conocer. / Wikicommons

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Se llega a San Pedro por una carretera que serpentea entre campos de cereal y viñas, con la Sierra de Alcaraz asomando al fondo. El pueblo aparece de golpe, partido en dos por el río Quéjola, que baja crecido en primavera y casi manso en verano. A un lado y otro de su vega se reparten las casas, unidas hoy por el Puente de La Madre; antes, cuando no había puente, la gente cruzaba por un vado, con el agua a veces por las rodillas.

San Pedro es un pequeño pueblo de Albacete.

San Pedro es un pequeño pueblo de Albacete. / Wikicommons

Lo primero que se percibe al pasear es esa condición de pueblo pequeño y compacto, sin pretensiones, donde todo el mundo sabe quién cocina mejor los caracoles esa semana. Y es que San Pedro no necesita reivindicarse: los caracoles llevan generaciones siendo su seña de identidad, hasta el punto de que muchos vecinos hablan de su municipio, medio en broma medio en serio, como la capital del caracol.

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Sara Fernández García

De abrevadero de ganado a municipio propio

Antes de ser conocido por su gastronomía, San Pedro fue, sencillamente, un lugar de paso. El agua del Quéjola convirtió este enclave en abrevadero natural para el ganado, y arrieros y pastores que cruzaban la comarca hacían aquí su parada. Con el tiempo, ese punto de descanso fue creciendo hasta convertirse en núcleo habitado, dependiente entonces del municipio de Pozuelo.

La independencia llegó en 1846, año en el que San Pedro se constituyó como municipio propio. La memoria de esa fecha quedó grabada, de alguna manera, en la torre de la iglesia de San Pedro Apóstol, que se terminó de levantar por esas mismas fechas. Sea cual sea la fecha exacta, la torre sigue asomando por encima de los tejados como el edificio más reconocible del pueblo, con una nave central sobria y unas puertas que, según recoge Turismo de Castilla-La Mancha, proceden de la Catedral de Albacete.

Iglesia de San Pedro, Albacete.

Iglesia de San Pedro, Albacete. / Turismo de Castilla-La Mancha

El resto del callejero conserva ese aire de pueblo agrícola que nunca quiso hacerse ciudad: casas bajas, el Ayuntamiento renovado hace más de una década y rincones como el Paraje de La Fuente, junto a un manantial que sigue manando dentro del propio núcleo urbano.

El poblado ibérico de La Quéjola y el mirador que lo vigila

A pocos kilómetros del casco urbano, en la aldea de La Quéjola, dentro del término municipal de San Pedro, se esconde uno de los yacimientos ibéricos más singulares de la provincia de Albacete. Allí, sobre un pequeño espolón del Cerro del Peñón que se eleva unos veinte metros sobre la vega, se excavó un poblado amurallado dedicado, según los estudios arqueológicos, al almacenaje y la redistribución comercial de vino.

El hallazgo que dio fama al lugar llegó en 1986: un timaterio de bronce, un quemaperfumes ritual de algo más de veinticinco centímetros que representaría a una figura femenina y que estuvo en uso durante, probablemente, un siglo entero. La pieza, datada en el último tercio del siglo VI antes de Cristo, se conserva hoy en el Museo Arqueológico de Albacete, no en San Pedro, así que quien quiera verla de cerca tendrá que completar la excursión con una parada en la capital.

Vista del pueblo de San Pedro, Albacete.

Vista del pueblo de San Pedro, Albacete. / Turismo de Castilla-La Mancha

Desde el pueblo, el mejor modo de acercarse a ese pasado ibérico sin moverse del núcleo urbano es subir hasta el Mirador de la Peñica, un peñasco donde hoy se ubican los depósitos de abastecimiento de agua y desde el que se domina toda la vega, con el Cerro del Peñón recortado al fondo. Es un paseo corto, de esos que se hacen en media hora larga, ideal para completar la visita antes de sentarse a comer.

Cómo llegar, qué ver en media jornada y dónde probar el caracol

San Pedro está a unos 36 kilómetros de Albacete capital, un trayecto de menos de media hora por carretera que convierte el pueblo en una escapada perfecta para quien busca algo diferente sin alejarse demasiado. Con una mañana basta para recorrerlo entero: la iglesia de San Pedro Apóstol y su torre, el Paraje de La Fuente, la subida al Mirador de la Peñica y, si el tiempo lo permite, una vuelta hasta La Quéjola para pisar el terreno del antiguo poblado ibérico.

Campos alrededor de San Pedro

Campos alrededor de San Pedro / Turismo de Castilla-La Mancha

Pero la verdadera razón para venir sigue siendo la mesa. El caracol se cocina aquí en salsa, con un punto picante que varía de una casa a otra y que cada familia defiende como el auténtico. Su consumo se dispara durante las fiestas patronales de San Pedro, los días 29 y 30 de junio, cuando tras la procesión los vecinos se reparten entre bares y terrazas para comer caracoles hasta bien entrada la noche. El Restaurante Montecristo, situado junto a los Jardines de Montecristo, en pleno pueblo, es una de las direcciones donde encontrar cocina manchega tradicional con el caracol como protagonista. Junto a él, el gazpacho serrano —nada que ver con el gazpacho andaluz, aquí es un guiso de caza con torta cenceña— completa el recetario local. Y si se busca un producto para llevar de vuelta, la comarca produce azafrán de La Mancha con Denominación de Origen Protegida.

Un vecino de San Pedro, sentado a la puerta de su casa, resume mejor que cualquier folleto lo que significa este pueblo: aquí el caracol no es un reclamo turístico, es la comida de siempre, la que se guisa un domingo cualquiera porque el río sigue bajando y las fiestas, tarde o temprano, vuelven a llegar.