Filipinas: el paraíso de las 7.000 islas

Filipinas es un estado de ánimo, una alegría, una disposición del cuerpo y del alma para descubrir el país más desconocido del sudeste asiático. Hay que empezar a disfrutarlo desde el momento en que lo eliges entre los otros gigantes que están a su alrededor, como Tailandia o Vietnam.

Mayka Navarro

Los filipinos son los latinos de Asia. Extrovertidos, juerguistas, enamoradizos, comilones, bebedores y jugadores que todos los domingos, después de misa, apuestan en una pelea de gallos bañada en cerveza o ron. Es un país tan terriblemente cercano a nosotros, a nuestro particular concepto de gozar y buen vivir, que cuando estás allí alcanzas a entender el peso de los cuatro siglos que Filipinas fue y habló español. Hay que empezar por el principio y deshacer la madeja de la historia de los descendientes de los colonos españoles que cada vez más se acercan al país siguiendo el rastro de sus antecesores. Mactán, la pequeña isla que acoge el aeropuerto de Lapulapu, el segundo más importante del país después del de Manila, es un buen punto de arranque. El 27 de abril de 1521, Lapulapu, el cacique de la isla de Mactán, capitaneó a 1.500 guerreros locales que se enfrentaron y vencieron al medio centenar de exploradores europeos que pretendían dar una lección a los rebeldes de aquella isla. La batalla fue tan desigual que terminó con la primera lluvia de flechas y lanzas de los nativos. En la reyerta, Lapulapu mató a uno de los mayores descubridores de todos los tiempos, Fernando de Magallanes. El explorador portugués había partido meses antes de Sanlúcar de Barrameda al frente de cinco navíos y con el sueño de dar la vuelta al mundo. Magallanes descubrió el estrecho al que dio nombre, atravesó el Pacífico y meses después la expedición, mermada por el hambre y el escorbuto, tomó tierra en lo que ahora conocemos como Filipinas. Su aventura en aquel paraíso duró hasta que pretendió bajarle los humos al rebelde Lapulapu, midiendo erróneamente las fuerzas de su enemigo y evidenciando sus nefastas dotes bélicas. Casi cinco siglos después de aquella batalla, una formidable escultura de bronce del luchador de veinte metros de altura advierte sobre la resistencia filipina al sometimiento. La imagen es imponente. Recuerda a Conan el Bárbaro. Un merecido homenaje al primer héroe de la historia del país. Muy cerca, y a la sombra en un sencillo jardín, una placa y un mural conmemoran la llegada de los exploradores a estas tierras tan desconocidas, bellas y lejanas.

Lo que vino después fueron sucesivas invasiones, guerras y la declaración de independencia. Durante un tiempo en Filipinas hubo un gran sentimiento de rechazo a los españoles. Un resentimiento con el que se intentó borrar sin demasiado éxito la huella cultural de cuatro intensos siglos de hispanidad. Pero las cosas han cambiado en los últimos tiempos, en los que Filipinas ha iniciado una enorme campaña para abrirse y recibir al turismo español. Motivos y lazos no faltan. Y mucho menos palabras.

Sonidos, olores y sabores... Casi todos los filipinos tienen apellidos y nombre español, aunque la mayoría no lo habla. A excepción del periodo de ocupación japonesa, los estadounidenses mantuvieron la soberanía sobre las islas hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, unos años en los que el español fue barrido y el inglés se quedó como el segundo idioma que todos los filipinos hablan. El tagalo, la lengua oficial, está llena de palabras españolas. "Derecho, derecho...", se escucha de repente en el taxi. Tenedor, cuchara, cuchillo, uno, dos, tres, y seis y media también se conservan. O uno de los mejores vocablos porque se quedaron con la palabra, su forma, su contenido y la practican con pasión: "siesta". Escuchar a un filipino hablar veloz en ese tagalo enredado en erres y eses y que de repente suelte un "siesta" perfectamente pronunciado arranca la primera gran carcajada sonora. Los sonidos familiares mecen al visitante, que siente como si no estuviera demasiado lejos de casa. En el fondo qué son 12.000 kilómetros de distancia cuando se está a punto de redescubrir el paraíso.

El último bastión del cristianismo en Asia

En la isla de Cebú, en el Buko bar del hotel Shangri-La, mientras el aroma a lechón asado con leña embriaga la estancia al aire libre y junto al mar, sobre el escenario un grupo folclórico baila con danzas locales, sonidos que se asemejan a un pasodoble. Sin embargo, sus caras están maquilladas con una clara influencia china. En Filipinas viven más de cuatro millones de chinos, y los que ya pertenecen a una tercera o cuarta generación se les conoce como los chino-filipinos. Viven aislados en comunidades muy cerradas, sin interés ni intención de relacionarse más que lo imprescindible con el resto de habitantes del país. El chino es uno de los colectivos más ricos de Filipinas, pero no son nada ostentosos. Celebran sus cumpleaños vestidos de rojo, porque es el color que simboliza el poder y atrapa la buena suerte. No soplan velas, estrenan la nueva edad comiendo noodles, y cuanto más largos son los fideos de arroz, más prolongado será el trayecto que les queda de vida.

Con mucha inteligencia, los filipinoshan sabido dejarse impregnar por las poderosas culturas que han pasado y se han quedado en su archipiélago. De los chinos aprendieron a copiar, imitar, y la maestría del trabajo manual. Dotados de una inmensa paciencia y placidez, son propietarios de unas manos especialmente mañosas para la artesanía. Las mismas manos con las que el filipino no deja nunca de gesticular. No importa que uno no entienda el inglés, tagalo o chabacano, basta ponerse frente a un filipino y fijarse en sus movimientos. Hablan con el cuerpo. Dos cejas levantadas son un rotundo sí. Y las palmas de las dos manos unidas a la altura de la boca es el gesto de respeto con el que los filipinos acceden a sus iglesias, casi todas católicas. Filipinas es el último gran bastión del cristianismo en Asia, y el tercer país en número de practicantes tras Brasil y México. Así se entienden las interminables colas de feligreses que visitan la principal imagen religiosa del país, un Santo Niño de madera que protegen en una urna de cristal antibalas desgastada por las manos temblorosas que se posan mientras rezan al que consideran el mismísimo Cristo. En uno de los laterales de la basílica del Santo Niño hay unas estancias que se asemejan a las oficinas de correos y en las que los devotos envían sobres con donativos y la dirección del purgatorio, y en los que también anotan la lista de pequeños pecados que todavía no han sido perdonados. No pueden ser más de doce las faltas confesadas.Pesa tanto la rigidez de la fe y las costumbres que todos los mediodías el país se paraliza para el rezo del Angelus. El resultado es una infinita imagen congelada. La gente suspende lo que está haciendo, se detiene, deja a medias las conversaciones abiertas y reza entre susurros un Ave María. Los coches se paran, la gente deja de caminar, se interrumpen las clases, las compras... Finalizada la oración, se santiguan y, tras el beso al pulgar que pone fin a la señal de la cruz, regresa el ajetreo. Y se reinicia la diversión. Momento de saltar a Bohol, la décima isla más grande y que concentra buena parte de la principal oferta turística del archipiélago.

Las lágrimas del gigante

Cuenta una de tantas leyendas que las 1.270 colinas que conforman las Chocolate Hills son las lágrimas de un gigante que lloró la muerte de su amada. Las formaciones tienen una redondez perfecta. Es un curioso fenómeno geológico que no se ve en ningún otro rincón del mundo y que se disfruta en todo su esplendor desde el mirador del Parque Natural. En la estación seca, la vegetación baja adquiere un color marrón chocolateado al que solo falta una guinda en la cima para comerse el bombón a bocados. Desde ese balcón natural con vistas a las antiguas lágrimas de aquel entristecido gigante, una empresa de aventura ha unido con cables de acero las cimas de varias montañas, un artilugio muy seguro que permite a los osados sin vértigo pasear en bicicleta entre las nubes.

El pedaleo deja sin palabras, sin aliento y con los ojos abiertos como platos. Entre las vistas, ocultos entre la frondosa vegetación se ven los tejados de un bello pueblo con nombre muy español, Carmen. Y sin salir del Parque Natural otro punto de interés, la reserva de los tarseros. Este segundo primate más pequeño del mundo y uno de los más antiguos, con 45 millones de años, nos ayuda a entender las contradicciones que conviven en Filipinas. En el país más divertido de Asia, su animal emblemático es asustadizo, tímido y, si le estresan o molestan, es capaz de golpearse el cráneo contra un árbol o sumergirse en una charca hasta morir. Vaya, que este familiar lejano del mono no aguanta la presión y ha crecido sabiendo las técnicas de cómo suicidarse. Los tarseros son una especie protegida que se ha salvado de la extinción a pesar de que los indígenas los mataban pensando que su enorme mirada fija e inquietante traía la mala suerte. Hay que visitarlos en silencio, paseando sin prisas por los senderos de una selva exuberante en la que intentan pasar desapercibidos. No se les puede molestar y está prohibido tocarles. Son exclusivamente carnívoros y es todo un espectáculo nocturno verles cazar insectos. El tarsero es capaz de girar la cabeza casi 360 grados, una proeza que le convierte en un pariente no tan lejano de la niña deEl Exorcista.

Un buen baño servirá para borrar tan terrorífica imagen. A orillas del río Loboc, el belga Frederic Soupart es propietario de SUP Tours Philipines, un sencillo y acogedor refugio en el que con dos clases teóricas y cuatro o cinco culazos en el agua se aprende a practicar elpaddle surf. Remar sobre la tabla, contracorriente, manteniendo el equilibrio y sin escuchar más sonidos que los del agua y la fauna que habita en la selva que atraviesa el cauce fluvial te devuelve al punto de partida de todos los tiempos. Cuando el hombre y la naturaleza convivían en igualdad de condiciones.

Ya que estamos en remojo, toca sumergirse en uno de los más ricos fondos marinos del universo. El mar de Filipinas es un tesoro para los buceadores. Las aguas que bañan Indonesia, Malasia, Papúa, Nueva Guinea, Islas Salomón, Timor Oriental y Filipinas conforman el Triángulo de Coral, el área con más biodiversidad marina del mundo. Conocido también como la cuna de todos los mares por ser el criadero de multitud de especies, no hace falta descender demasiados metros para disfrutar de los murales de vivos colores que pintan los corales en unos arrecifes a rebosar de vida submarina. Hay que acercarse hasta el Reef Seekers, el dive center abierto por el navarro Iñigo Lacunza en la isla de Panglao y dejarse llevar de su mano hasta el fondo del mar. No hace mucho que este hombre llegó a estas tierras, como otros, huyendo del ruido, y buscando la paz y una vida mucho más sencilla y ligera, en chancletas y bañador. Parece que lo ha conseguido.

Los fondos soñados por los buceadores

La excursión marina ya es una fiesta desde el madrugón de primera hora en el que se carga la embarcación con todo el material, las botellas, los neoprenos y las máscaras para los submarinistas. Iñigo y su equipo eligen a diario, midiendo corrientes y mareas, el mejor punto de los alrededores para descender a ese otro mundo, un fondo submarino que nunca es igual, se transforma en cada inmersión. Ese paseo entre peces que te observan pero no se dejan acariciar pasa al cajón de la memoria en el que se guardan las escenas inolvidables. Cuando el bicho del buceo te pica, uno no se rasca, lo que quiere es volver a bajar, sin prisas, descendiendo poco a poco, sin olvidar nunca que lo importante es la seguridad y la felicidad de poder estar allí abajo, nadando tranquilo como uno más. Es tan rico ese mar, que en la isla de Palawan no hacen falta las gafas para ver los peces. Las aguas que bañan el pequeño pueblo de El Nido, al norte de la isla, son tan cristalinas que a los pescados les saludas desde la borda de la bangka, la embarcación que utilizan los vecinos de estos mares. La estructura es muy sencilla, una canoa de grandes dimensiones que para mejorar su equilibrio lleva adosados unos patines gigantes.

El Nido y su entorno son un punto y aparte en Filipinas. Hay que respirar profundo. En qué locura estarían pensando los que diseñaron semejante escenario de película. Desde la orilla de la acogedora población pesquera, mirando al horizonte, incontables rocas calizas se alzan verticalmente hasta casi tocar el cielo combinando con equilibrio los grises y verdes. Y al final de todo, cuando parece que ya no puede haber nada más bonito para contemplar, se vislumbran los primeros islotes del archipiélago de Bacuit, una de las mejores maravillas naturales del mundo. Al ser un espacio natural protegido, las visitas están reguladas y así es fácil sentirse en el lugar en el que seguro que empezó a crearse el mundo. Es un archipiélago perdido en el tiempo, en el que inmensas rocas calizas hacen equilibrios para no desprenderse y caer en el mar más azul de todos los tiempos. Es como si las colinas emergieran cada mañana del fondo del mar con sus mejores galas para el inicio del espectáculo. La zona se trasiega en canoa para acceder a las angostas grutas tras las que aparecen lagos verdosos de agua dulce. En algunos lagos existen cuevas submarinas en las que se entra nadando unos metros bajo las rocas. Vale la pena atreverse. Aquello es tan bonito que duele. Uno más de las decenas de lugares en Filipinas en los quesus habitantes aseguran que Francis Ford Coppola rodó en 1979 su obra maestra Apocalypse Now.

Manila es también un buen escenario de película. La capital filipina, una urbe de doce millones de habitantes, es un caos, y en esa locura radica parte de su encanto. El centro de la ciudad respira pasado colonial. El distrito de Intramuros era el epicentro de la vida de los españoles. Hoy, restaurado y conservado, se puede pasear por sus parques, visitar los antiguos calabozos e imaginar cómo era la vida de los colonos españoles entre carruajes, callejuelas adoquinadas e iglesias en las que solo se sentía el olor de las velas. Tras el viaje por el tiempo hay que patear la ciudad para descubrir los sorprendentes contrastes. Este país de bajitos en el que el deporte nacional es el baloncesto y se pueden compran hostias consagradas en los supermercados no se acaba de descubrir si no se visita uno de sus slums. Son las favelas filipinas, laberintos de barracas de una sola estancia, pegadas una junta a la otra para que puedan sobrevivir el mayor número de personas. Los interiores son tan minúsculos que la vida se vive en los pasillos y patios compartidos. Los slums más imponentes se levantan sobre los márgenes del río Pasig, que atraviesa Manila. Pero se van levantando nuevos enjambres humanos en los rincones. Junto al convento de la Iglesia de San Agustín, en Intramuros, se ha ido tejiendo una madeja de chabolas que se puede visitar con tranquilidad. Sus habitantes atienden con amabilidad a los curiosos. Una cuna mece a un niño en mitad de la calle, porque ni desmontada entraría en la chabola de los padres. Muy cerca una madre enjabona a su hijo lloroso que se rebela a gritos contra los manguerazos y casi compartiendo escena otra mujer, esta encogida y sonriente, fríe ancas de rana llenando de dignidad todas las escenas. Esto y mucho más es Filipinas. Un país divertido y diferente con millones de sonrisas por compartir.

Los últimos de Filipinas

Baler no dejaría de ser una ciudad más de la isla de Luzón si no fuera porque conserva una pequeña iglesia, reconstruida, donde cincuenta soldados españoles resistieron once meses el sitio de los revolucionarios filipinos. La ciudad es el escenario de uno de los capítulos más fascinantes y desconocidos de la historia reciente. Solo por eso vale la pena una visita. El 30 de junio de 1898, medio centenar de soldados españoles del destacamento de Baler fueron atacados por insurgentes filipinos, que contaban con el apoyo de los Estados Unidos. Los españoles retrocedieron y se refugiaron en aquella iglesia. Varias semanas después, España perdía la guerra ante EE UU. Con la derrota, las autoridades españolas enviaron varias cartas a los soldados, que seguían encerrados y resistiendo en la iglesia. Les venían a decir que carecía de todo sentido seguir resistiendo con la guerra terminada. Pero no lograron convencerles. Tampoco los dos franciscanos que acudieron en agosto a visitarles. Ni siquiera en febrero del año siguiente, cuando la guerra comenzó a virar y los contendientes fueron entonces Filipinas y EE UU. Ni así, con España como mero espectador en la nueva contienda, los soldados abandonaron su escondrijo. Varios emisarios más fracasaron en su intento de convencer a los 50 soldados de que la guerra había terminado hacía meses. No confiaban en nadie. Pensaban que les estaban mintiendo. Ni siquiera cuando se les dio la orden directa de rendirse lo hicieron. Creían que se trataba de una treta para forzarles a salir de aquella iglesia. Solo el 2 de junio de 1899, tras ojear unos periódicos locales que hablaban de la guerra entre EE UU y Filipinas, entendieron todo lo que estaba ocurriendo afuera. Y por fin abandonaron aquella iglesia. Como muestra de respeto, las tropas filipinas formaron un pasillo a su salida y les dejaron pasar. Después los repatriaron. Esta es la historia, resumida, de los conocidos como Los últimos de Filipinas. Un increíble relato que la ciudad de Baler ofrece al visitante. Una de esas miles de historias sobre la conexión con España que aún esconde Filipinas.

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