Etiopía, tierra de reyes

Etiopía es un país singular, quizás el más extraño de África y uno de los con más acentuada personalidad del mundo. Con una larga Historia plagada de leyendas bíblicas, como la de Salomón y la reina de Saba, los atractivos de Etiopía nunca dejan al viajero indiferente: la ciudad de Harar, las iglesias talladas en la roca de Lalibela y los paisajes del Nilo Azul la distinguen de otros territorios subsaharianos.

Javier Reverte
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Foto: Enrique López-Tapia

Varias cosas distinguen a Etiopía de la mayoría de los otros territorios subsaharianos. La primera de ellas, que desde muchos siglos atrás hasta 1974 fue gobernada por emperadores, todos los cuales -según ellos mismos, claro- eran descendientes en línea directa del rey hebreo Salomón. La segunda, que es el único país del África subsahariana que cuenta con una lengua escrita y, en consecuencia, con una historia escrita, aunque esta sea, en buena parte, un conglomerado de mitos. La tercera, que se trata de un país cristiano en su mayor parte, rodeado de territorios musulmanes y adscrito a la iglesia copto-ortodoxa del lejano Egipto. Y la cuarta, que se trata de una nación que jamás ha sido colonizada por una potencia europea, aunque durante cerca de seis años (1935-41) fuera ocupada por las tropas italianas de Mussolini, a las que expulsó el último emperador, Haile Selassie. Además de todo ello, en sí mismo es un país variopinto en donde se encuentran pequeños islotes de judaísmo, islamismo y animismo, con una climatología extrema que desata en ocasiones desoladoras sequías, al tiempo que está bañado por uno de los ríos más caudalosos de África: el Nilo Azul. En ningún caso Etiopía deja al viajero indiferente.

Etiopía presume con orgullo de tener una historia que se remonta al menos hasta el siglo VIII antes de Cristo, cuando la reina de Saba, soberana de Etiopía, decidió emprender un largo viaje a Israel para conocer a su famoso rey Salomón, tenido por el más sabio de los hombres. El monarca la recibió con toda suerte de honores y ella quedó impresionada con su inteligencia, hasta el punto de decidir convertirse al judaísmo. Por su parte, el rey hebreo se encandiló con la bella etíope y, mediante un truco digno de Casanova, la sedujo la noche antes de que emprendiera viaje de regreso a su patria. Unos meses después, ya en Etiopía, la emperatriz de Saba engendró un hijo al que llamó Menelik, que significa "hijo de un hombre sabio".

El príncipe era un muchacho audaz y, al crecer, decidió ir a conocer a su padre. Y acompañado por un grupo de jóvenes nobles, emprendió camino a Israel. Salomón se mostró encantado de recibirle y le agradó tanto el chico, que le propuso ser heredero de su corona. Pero Menelik rechazó la oferta. El día en que comenzaba su viaje de vuelta, los jóvenes etíopes robaron del templo de Jerusalén el Arca de la Alianza, en donde se contenían las Tablas de la Ley entregadas por Dios a Moisés y en las que estaban cincelados los Diez Mandamientos. Desde entonces, el Arca permanece guardada en Etiopía, en el templo principal de la ciudad sagrada de Axum, y solo le está permitido verla a su guardián, quien nombra a su sucesor cuando presiente que va a morir. De aquel lejano Menelik I -sucesor de la reina de Saba- han descendido directamente todos los emperadores etíopes, una línea sucesoria a la que nunca tuvieron derecho las mujeres, por decisión del propio Menelik, quien, como se ve, no fue precisamente un tipo muy agradecido a su madre, que le nombró heredero cuando llegó con el Arca a cuestas.

La gesta de Páez

Toda esta historia y otras varias se cuentan en el Kebra Neguest (Gloria de Reyes), el libro sagrado de los etíopes, escrito en el siglo XIV y traducido en su mayor parte al portugués por el misionero jesuita español Pedro Páez, el primer europeo que alcanzó a ver las fuentes del Nilo Azul, en las montañas que dominan el lago Tana. El libro se encuentra hoy expuesto en el Bristish Museum de Londres, pues un mariscal inglés, Lord Robert Napier, se lo llevó consigo después de una punitiva expedición militar contra el emperador Tewodros II en el año 1868. Muy inglés.

Por supuesto que todas estas historias son pura leyenda. Si las Tablas existieron, lo más probable es que se quemaran en el gran incendio del templo de Jerusalén alrededor del siglo VI a.C. (si es que no la ha escondido Indiana Jones en algún rincón secreto de un estudio de Hollywood). Y en cuanto a la dinastía salomónida, no hay tal, pues la historia más reciente del país, suficientemente contrastada con la realidad, habla de numerosos golpes de Estado -o, al menos, de golpes cortesanos- y de no pocos usurpadores del trono etíope.

Lo que nadie, no obstante, puede negarle a Etiopía es el orgullo de contar con una lengua escrita, la única originaria en todos los territorios subsaharianos. Es el amárico, expresado con signos de vocabulario propios, más parecidos a los del hebreo que a los del alfabeto latino, y que tiene un origen semítico. Su origen está en el ge''ez, una lengua muerta que solo se encuentra ya en los tradicionales cantos religiosos, la música zema, y en los textos sagrados como el Kebra Neguest. Lo mismo que nuestro latín.

Otro asunto lo constituye el Arca. Como nadie la ve, poco sabemos de ella. Hay imitaciones en cada templo del país, los llamados tabots, que tan solo son sacados en procesión en la fiesta de la Epifanía, una suerte de confirmación colectiva del bautismo. Y por lo que a la religión se refiere, ha evolucionado hasta convertirse en un rito de corte ortodoxo obediente a la iglesia copto-egipcia, cuyo obispo principal se nombraba hasta hace pocos años en Alejandría. En el rito etíope perviven influencias judías y musulmanas y hay dos días de ayuno, los miércoles y los viernes. La festividad semanal, como para los hebreos, es el sábado, pero también se celebran ceremonias religiosas los domingos. Y está prohibido a los fieles entrar calzados en los templos. Toda esta amalgama de influencias, y sobre todo las de origen judío, hacen pensar en que los etíopes son los descendientes de antiquísimas migraciones llegadas desde Israel, quién sabe si la famosa "duodécima tribu perdida" de que habla la Biblia.

Pero ya he dicho que Etiopía es un país variopinto y de ninguna manera uniforme. Hay todavía un núcleo pequeño de pobladores de religión judía, conocidos como los falachas o, según se denominan ellos mismos, "Bite Israel", que habitan una pobre aldea cercana a la ciudad de Gondar, Wolleka, al norte del lago Tana. Y en el Oriente del país, próxima ya a los territorios de Somalia, se alza una maravillosa ciudad, islámica hasta la médula: Harar. Cuando el emperador Menelik II la sometió al poder de Addis Abeba, a finales del siglo XIX, permitió a sus habitantes continuar con la práctica de su religión, aunque prendió fuego a la mezquita principal después de orinar desde su minarete. Y allí sigue la musulmana Harar, amurallada, rodeada de desiertos y de fieras, anclada en los siglos y dando la espalda orgullosamente a la Historia del mundo.

El extraordinario poeta Arthur Rimbaud vivió en la ciudad, cuando decidió dejar para siempre la poesía -con poco más de 20 años- y dedicarse al tráfico de esclavos y de armas. No le fueron bien negocios tan poco líricos y murió épicamente pobre después de regresar enfermo a Marsella, en donde le amputaron una pierna atacada por la gangrena antes de fallecer, con 37 años recién cumplidos. Harar, ya he dicho, es una ciudad amurallada, pues en tanto que cruce de caminos ha sufrido en su historia frecuentes asedios y asaltos. A su alrededor, un ralo desierto se tiende hacia las pellejosas llanuras etíopes por el Este y, por el norte, hasta la ciudad de Dire Dawa, que se une a la capital etíope de Addis Abeba a través de una línea de ferrocarril hoy en reparación. Harar tiene noventa y nueve mezquitas para treinta mil habitantes. Y cuenta con trescientas catorce calles y cinco puertas, la principal de ellas la de Shoa, que se cierran cada atardecer.

Hienas en la ciudad

Y aquí viene el curioso asunto de las hienas con la ciudad. Durante siglos, estos carroñeros -y ocasionalmente también leones- solían colarse por las noches en la ciudad, a pesar de las murallas, y devoraban a la gente, por lo general niños o personas mayores. Y los hararis idearon un sistema para prevenir los ataques: colocaron en cada una de las puertas a una especie de alimentador de hienas, un hombre que daba de comer despojos de carne de vaca a estos temibles carroñeros. De modo que la mayoría de los ataques cesaron. Hoy, cuando ya no quedan leones en el área, pero sí abundantes hienas, dos de estos alimentadores siguen practicando su función, aunque ahora lo hacen más como atractivo turístico que por necesidad. Constituye sin duda un espectáculo soberbio ver aparecer, en noche cerrada, decenas de ojos en la oscuridad y escuchar cómo se acercan sigilosamente a tomar la comida que el alimentador les ofrece. Incluso el viajero, si es animoso, puede acercarse a darles de comer. Yo lo he hecho, y la verdad es que toman los huesos de las vacas de tu mano con mucha más delicadeza y cortesía que un perro doméstico.

Y un paréntesis hablando de comida: los etíopes preparan, con un cereal llamado tef, una suerte de torta de pasta que conocen como injera, a la que añaden algo de carne y vegetales y abundancia de especias picantes. Están muy orgullosos de su injera. Pero hay que tener cuidado con ella: sabe a rayos y suele provocar imponentes diarreas al extranjero que osa probarla.

Al sur, Etiopía ofrece tierras salvajes en donde viven tribus animistas y está presente la mayor parte de la espectacular fauna africana. En el río Omo, en particular, nadan los cocodrilos más grandes de África. Por otro lado, si se quieren ver prodigiosas obras de arte, no hay más que acercarse a Lalibela a contemplar los monasterios excavados en la piedra, o a la ciudad de Gondar, en donde hay varios castillos -los únicos de África- con aire medieval europeo. Además, en Etiopía discurre el Nilo Azul, río hermoso y legendario. Merece la pena navegar en el lago Tana, de donde salen sus aguas rumbo al sur. Un poco más allá de la animada ciudad de Bahr Dar, en la orilla meridional del Nilo, el río se derrumba en las imponentes cataratas de Tis Isat, que significa algo así como "la humareda sin fuego", por la gran cantidad de vapor de agua que produce su caída.

Los etíopes son calmosos, amigos de charlar y orgullosos de tener una larga historia en el tiempo. No es un país peligroso para caminarlo con mochila al hombro. Pero, ¡ojo!: en las transacciones comerciales son capaces de engañar al más pintado. De mero listos.