El Rin Romántico, los cantos de sirena

Un paisaje cargado de leyendas, un río que simboliza una nación y castillos medievales. El viajero romántico sólo necesitaba una cosa más para dejarse llevar por sus emociones: una botella de buen riesling y a disfrutar de la melancolía en los 65 kilómetros que recorre el Rin entre las ciudades de Coblenza y Bingen, declarados Patrimonio de la Humanidad.

Quién le iba a decir al Rey Sol que los castillos que tan concienzudamente destruyeron sus tropas en la Guerra de los 30 años se convertirían tiempo después en el símbolo del renacimiento de la nación alemana. Los primeros románticos alemanes (Goethe ya pululaba por la zona en 1774) descubrieron en las ruinas de los castillos devoradas por la vegetación que cubre las escarpadas orillas del curso medio del Rin (o Rhin, o Rhein para los alemanes) el lugar perfecto para entregarse a melancólicos pensamientos sobre la futilidad del esfuerzo humano frente a las todopoderosas fuerzas del tiempo y la naturaleza. Poetas y pintores presentaron al mundo las leyendas y los encantos del Rin Romántico y a principios del siglo XIX los primeros vapores cargados de viajeros ingleses se disputaban el paso en el estrecho paso vigilado por Lorelei. Leyendas como la de la bella sirena que atraía con sus cantos a los navegantes a un naufragio seguro contra la roca que lleva su nombre dieron a esta zona un aura de mítica morada de caballeros bizarros y hermosas damas. El mismísimo Sigfrido mataba dragones en las inmediaciones al compás de las sinfonías de Wagner. Las torres mochas de los castillos del Rin se convirtieron en símbolos para el renacido nacionalismo alemán, que en sus versiones más atávicas anhelaba la Edad Media por su heroica sencillez frente a los vertiginosos cambios sociales y tecnológicos que traía la modernidad. Este revival medieval llevó a la reconstrucción de algunos de los castillos bajo un criterio basado más en el idealismo que en el rigor histórico.

La historia de los castillos del Rin es menos romántica y abundan más los villanos que los héroes. Aunque desde la época romana el río ha servido de frontera, era también una de las principales vías de comunicación de la Europa medieval. A la vista del número de castillos, más de 40, y de su proximidad, navegar por el Rin debía ser como conducir por una autopista catalana. En Braubach se encuentra el Marksburg, uno de los pocos castillos que no necesitaron reconstrucción gracias a sus formidables defensas. Las fortalezas de Stolzelfels, que fue residencia del rey de Prusia, y Lahneck son buenos ejemplos de reconstrucciones románticas. Burg Maus y Burg Katz (los castillos del ratón y el gato) ilustran la feroz competencia que había entre los barones medievales del peaje fluvial. Otra rivalidad ilustra la leyenda de los castillos de Sterrenberg y Liebenstein, ocupados por sendos hermanos que luchaban por la misma doncella. Ella, harta de sus peleas, se metió a monja dejándoles con un palmo de narices.