El Loira tranquilo

Todo es suave en el Loira: el clima y el relieve, la gente y la manera de vivir, el vino y la comida. Suavidad que invita a la buena vida y al disfrute estético y sensual de un paisaje natural y humano que es, obviamente, Patrimonio de la Humanidad. En el histórico Anjou, entre Angers y Saumur, se extiende uno de los tramos más bellos del río, donde los castillos son solo alguno de los muchos encantos.

Juan Manuel Bermejo
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Foto: Lucas Abreu

El Loira recorre en el histórico territorio de Anjou, el actual departamento de Maine et Loire, uno de los paisajes más agradables de Francia. Colinas suaves forman un amplio valle en el que abundan las viñas y huertos primorosos. Y es que estamos en el jardín de Francia, patio de recreo de la realeza gala durante siglos y fuente de inspiración y placeres para los amantes de la buena vida, como Rabelais. La ciudad de Angers, a orillas de un afluente del Loira, el Maine, es la capital de esta región. Desde aquí la dinastía Plantagenêt controló en los siglos XII y XIII una gran parte de Europa occidental, desde los Pirineos hasta Escocia.

Relativamente pequeña, pero muy pujante en los campos más innovadores de la agrotecnología o la informática, Angers fue elegida por el semanario L''Express como la ciudad francesa con una mejor calidad de vida en 2010. Las razones del "Triomphe d''Angers", como titulaba la prestigiosa revista, son su forma de vida, la seguridad y la cohesión social. Y es que, además de un ambiente relajado y tranquilo, con una gran oferta cultural y una importante población universitaria que ocupa los barrios en torno a la catedral, la ciudad apuesta por la integración social, con acciones como la conversión de algunos de sus edificios históricos de entramado de madera en viviendas de alquiler protegido.

Bastión del poder de la dinastía de los Plantagenêt, el castillo de Angers es una fortaleza medieval cuyo dominio sobre la ciudad y el río Maine no deja dudas sobre sus funciones militares. Más de ocho siglos en el cumplimiento de esta labor han dejado su huella, pese a lo cual se conservan en el interior del recinto amurallado una preciosa capilla gótica y lo que fuera la residencia del gobernador, en cuya chimenea se siguen haciendo las fouaces (un delicioso pan local que se rellena con diversos ingredientes) del restaurante del castillo.

Pero la auténtica joya de la fortaleza y de la ciudad de Angers es elTapiz del Apocalipsis, una fascinante obra medieval de más de 100 metros de longitud, de los cuales se conservan 70. El tapiz, completado en el año 1382, mezcla la compleja y fantástica simbología del texto apocalíptico con claras referencias a la Guerra de los Cien Años. Soldados ingleses e incluso el propio monarca aparecen a lo largo del tapiz, siempre, claro está, formando parte de las huestes de la Bestia. Esta obra inspiró al artista de las vanguardias Jean Lurçat a componer su propio tapiz, Le chant du monde, que reinterpreta el original con claves del siglo XX y se exhibe en el Museo de Tapicería Contemporánea. Otro de los museos imprescindibles de la ciudad es la Galería David d''Angers, situada también en un antiguo edificio religioso, en la que se exponen las estatuas de grandes personajes de la Europa del siglo XIX que esculpió este destacado artista local.

De camino a la ciudad de Saumur y buscando las aguas del Loira, se extiende una encantadora vega que constituye una de las grandes aportaciones humanas a este paisaje Patrimonio de la Humanidad. El cuidado con el que los lugareños mantienen esta mezcla de viñas, campos de flores y hasta el más humilde huerto hace sospechar que la esperanza no se encuentra solo en el fruto sino también en la belleza en sí misma.

Basta cruzar el Loira, un río poderoso, que impone, para descubrir en su orilla sur la faceta salvaje del paisaje. Aquí los bosques son tan frondosos, que fuera de los caminos y carreteras parece imposible avanzar entre los álamos sin la ayuda de un machete. Pese a circular por la orilla, los árboles no dejan ver el río, y los claros solo se abren lo suficiente para albergar preciosos pueblecitos ribereños como Le Thoureil, que todavía acogen en sus pequeños puertos fluviales alguna fûtreau (barca tradicional), testimonio de cuando la pesca en el Loira aún era una próspera, aunque dura actividad.

En alguna parte del camino entre Angers y Saumur el terreno ha cambiado la pizarra por la caliza, una dualidad geológica que marca tanto la arquitectura como la agricultura. En los suelos calizos de Saumur reina la viña y el año gira en torno al vino. Algún angevino con mala idea atribuye a esta afición el hecho de que la vecina villa río arriba se haya quedado algo estancada frente a la industriosa Angers. Puede que fuera por el vino o por la ubicación inmejorable a horcajadas sobre el Loira, lo cierto es que en Saumur se respira más placidez, y quien puede permitírselo vive la buena vida de una manera abiertamente excéntrica. Curiosamente en la ciudad del Anjou que con más pasión acogió el protestantismo, aunque hace siglos que tuvo que dejarlo, no caló excesivamente la ética protestante del trabajo.

El centro, dominado por el castillo, destila provincianismo en el mejor sentido de la palabra: el francés. Algo que, sin embargo, nunca conquistó a Coco Chanel. Pese a haber nacido en la ciudad y pasar sus primeros momentos en el número 27 de la comercial rue de Saint Jean, trató siempre de ocultar su lugar de nacimiento en su afán por huir de sus orígenes humildes. Aún queda cierto resentimiento en la ciudad, aunque los más benévolos consideran que Saumur estuvo siempre presente en el inconsciente de la modista a través de las temáticas militares y ecuestres en sus vestidos. Y es que Saumur es la sede del Cadre Noir, la respuesta francesa a la Escuela Española de Equitación de Viena, cuyos entrenamientos y exhibiciones pueden visitarse a las afueras de la ciudad.

Al pie de la carretera de acceso a Saumur se encuentran alineadas las bodegas que llevaron el nombre de la ciudad a las mesas más selectas del mundo. Algunas, como la Bouvet-Ladubay, conservan esa arquitectura industrial del siglo XIX que no entendía funcionalidad sin belleza. Pero lo más impresionante de la propiedad se encuentra en el subsuelo, con kilómetros de túneles y salas excavadas en la colina caliza. Su fundador, monsieur Bouvet, rompió todos los tópicos cuando, tras pasar de humilde agricultor a propietario vinícola, se convirtió también en filántropo y mecenas de las artes. Preocupado por la cultura de sus empleados, construyó un lujoso teatro para ellos frente a las bodegas en el que se representaban clásicos del teatro y la ópera y se proyectaron las primeras películas que llegaron por estas tierras. Desde entonces Bouvet sigue muy ligada al cine mediante el apoyo a jóvenes directores, la implicación en el Festival de Cannes o la colaboración directa con personajes como Gerard Depardieu, notorio aficionado al vino que, además de ser el propietario de unos viñedos en la región, desarrolla su propio espumoso para Bouvet, el Taille Princesse.

En los alrededores de Saumur abundan las construcciones troglodíticas, antiguas bodegas y granjas de champiñones, muchas de las cuales han sido reconvertidas en restaurantes tradicionales o en mercados de artesanía. Más interesantes son algunos de los castillos de los alrededores, cuya arquitectura recuerda su función defensiva frente al sibaritismo de los famosos châteaux renacentistas situados río arriba en la vecina Touraine. Uno de los más bellos es el de Montreuil-Bellay, convertido en visita turística, pero aún quedan castillos habitados por sus propietarios desde hace siglos, como el de Brezé.

Este château, rodeado de las viñas que conforman el domaine al que da nombre, destaca por la autenticidad de sus interiores, algo destartalados, en los que aún pueden observarse los grafitis que dejaron los soldados alemanes durante la ocupación. Desde el profundo foso que rodea el castillo se accede a una auténtica ciudad subterránea, que se extiende bajo los campos circundantes y que aún no se ha explorado en su totalidad. El château produce unos vinos excelentes que pueden catarse allí mismo, en ocasiones con la compañía del mismísimo Conde de Colbert, un agradable monsieur, amante del vino y los coches, que representa el epítome de la aristocracia francesa y que trae de cabeza a su séquito internacional de asistentes con su voluntad cambiante.

Una detallada visita al sobresaliente patrimonio de Anjou tampoco puede olvidar la mayor abadía medieval de Europa, la de Fontevraud, situada río arriba desde Saumur. Durante nueve siglos acogió una gran congregación mixta, dirigida siempre por una abadesa procedente de las mejores familias de Francia. Conscientes de su poder en un mundo de hombres, las abadesas no se cortaron un pelo a la hora de dejar la impronta de su mandato en forma de retratos en la sala capitular o de emblemas tallados en las claves de las bóvedas.

La iglesia abacial alberga los sarcófagos de lo más granado de la dinastía Plantagenêt, encabezada por Leonor de Aquitania, con un libro sobre el pecho, y Enrique II, junto a su hijo Ricardo Corazón de León y la esposa del infame Juan sin Tierra (Juan I de Inglaterra), Isabel de Angulema, que murió aquí tras intentar envenenar al rey de Francia. Tras la Revolución sirvió como una gran cárcel en la que se inspiró el enfant terrible Jean Genet para su novela El milagro de la rosa.

Cuesta imaginarse la vigencia de la arcadia agraria de Anjou en siglos pasados de penurias y hambrunas. Sin embargo, fue un poeta del siglo XVI, Joachim du Bellay, quien escribió probablemente el mejor elogio que hayan recibido estas tierras. Describe el integrante de la Pléyade en su soneto Feliz quien, como Ulises, ha hecho un largo viaje, el placer de retornar a su tierra: "Amo más la morada que erigieron mis abuelos/ que de los palacios romanos las soberbias fachadas;/ más que el mármol duro amo la arcilla fina,/ más mi Loira galo que el latino Tíber,/ más mi pequeño Lire que el alto Palatino,/ y más que el aire del mar la dulzura angevina".