El Gran Blanco, frente a frente

Ni siquiera algo tan exótico como alcanzar el confín meridional del continente africano y la confluencia de los océanos Índico y Atlántico, en las proximidades de Ciudad del Cabo, o el dinamismo de la ciudad que presume de ser la más bonita de Sudáfrica puede distraernos de disfrutar de un encuentro inolvidable con la naturaleza. El depredador marino más colosal, el gran tiburón blanco, espera con su fama de asesino a unos viajeros embargados por la intensa emoción de poder observarlo cara a cara en las aguas de la bahía de Seal Island, una pequeña isla donde se concentra una gran colonia de focas y cormoranes.

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Foto: Juan Carlos Muñoz

Tiene un halo aterrador y no es para menos, pues se trata del mayor depredador marino que se conoce. Sin embargo, el tiburón volador, como también se le denomina porque es capaz de saltar fuera del agua propulsando su cuerpo de dos toneladas de peso hasta una altura de tres metros, también despierta un interés que lo convierte en un icono de la fauna salvaje, situándolo en un primerísimo plano para los aficionados del turismo natural. Desde Ciudad del Cabo (Sudáfrica) es posible embarcarse para admirarlo cuando acude a comer focas en una isla de la bahía alrededor de la que se despliega la urbe.

Una gran parte de la belleza deCiudad del Cabo se la otorga el océano que recorta de azul la península en que se asienta la ciudad y que le proporcionan un sinfín de atractivos marítimos. Basta con darse un simple paseo por su viejo puerto, el Waterfront, para sentir ese vibrante trajín marítimo que respira la ciudad sudafricana. La otra protagonista de su personalidad es laMontaña de la Mesa, que más bien parece una barrera pues es una meseta rocosa que recorta la ciudad tierra adentro. La Table Mountain fue un símbolo náutico para los navegantes que se aventuraban en aguas tan remotas. No obstante, su visión, hoy como entonces, sigue resultando reconfortante para los marinos, pues significa que ya se han atravesado las turbulentas aguas del Cabo de Buena Esperanza, cuyas fuertes corrientes y vientos convierten a esta zona en uno de los lugares del mundo más complejos para la navegación.

Por ello resulta aún más llamativa la tranquilidad de las calas y playas de la costa este de la península del Cabo, abrigadas por encontrarse dentro de la bahía False, mostrando una fachada marítima espléndida. Además es un reclamo turístico incuestionable, donde el sol y los cielos azules que subrayan su ambiente costero son la mejor postal de un litoral en el que se intercalan las playas de arena fina con las urbanizaciones residenciales y los cantiles. Dada la benignidad climática que impera gran parte del año no es raro que este tramo costero se haya convertido en una meca surfera y un destino vacacional de lo más apreciado por los sudafricanos.

Seal Island

Pero no es el surf ni los cielos azules lo que nos ha llevado a embarcarnos en el puerto de Ciudad del Cabo, sino una de las criaturas más sorprendentes y aterradoras que pueblan nuestro planeta. El nerviosismo obvio previo al embarque, ante el cercano encuentro con este tiburón poco estudiado que surca las aguas cálidas de la mayoría de los océanos, se mezcla con incertidumbre y emoción ante el posible encuentro, frente a frente, con este animal de orígenes prehistóricos. Poca duda queda de que el encuentro está casi garantizado cuando el capitán, calzado con sus zuecos de goma tan de moda, prepara los equipos de inmersión y reparte las instrucciones mientras describe nuestro destino, Seal Island. Se trata de una pequeña isla, a poco más de media hora de navegación, si el océano está calmado, que se divisa incluso desde la costa. Su magnetismo natural radica en cómo en tan pequeño pedazo de tierra se concentran tan extraordinarias colonias de focas y cormoranes del Cabo.

Miles de focas nacen cada año en la isla entre noviembre y diciembre. También los cormoranes, de tres especies diferentes, aprovechan la tranquilidad insular para criar sus pollos recién nacidos. Aunque las aguas de la bahía representan un lugar ideal para divisar delfines y embelesarse con sus despliegues juguetones alrededor de los barcos, la atención del pasaje se mantiene expectante ante la posible aparición del tiburón blanco. Éste acude a la costa de esta isla para alimentarse de las focas. Sobre todo de las jóvenes, que, inexpertas, se adentran en las aguas sin tener la suficiente precaución. El tiburón surge fugaz, con movimientos ágiles desde el profundo azul para sorprenderlas.Acaba con ellas en apenas unos segundos. Suele rematar con éxito su ataque en la mitad de las ocasiones que lo intenta.

Su caza suele ir acompañada habitualmente de un salto vigoroso mientras abre sus inmensas fauces repletas de hileras de dientes para atrapar a su víctima. Casi igual de boquiabierto queda cualquier observador ante la escena, tanto más si se atreve a aproximarse al máximo al gran blanco desde el agua en unas cajas especialmente diseñadas para este acercamiento,enrejadas de aluminio y con espacio disponible para tres personas. La garantía de que las cajas, incluso estando apenas a unos centímetros del tiburón, impedirán el ataque no logra tranquilizar y es fácil olvidarse hasta de respirar (el aire llega desde la embarcación mediante un tubo para aquellos que no deseen sumergirse con tuba).

Pingüinos africanos

La aparición repentina del tiburón blanco desde las profundidades, con movimientos sinuosos y atentos a todo lo que ocurre a su alrededor, resulta escalofriante mientras contornea la jaula con sus cinco metros de longitud o acerca su morro cónico que se podría tocar con apenas extender la mano. Las grandes aletas hacen su talla más imponente aún. Si hay suerte de encontrarse con un ejemplar maduro, hará honor a su denominación de blanco, ya que toda la parte ventral del animal muestra este color; si no, serán visibles los tonos grises negruzcos de los más jóvenes, que van aclarándose a medida que envejecen.

De regreso en la orilla de la ciudad deSimon''s Town y para hacer que los niveles de adrenalina vuelvan a la normalidad, nada mejor que recorrer a pie la playa de Boulders, un paraíso para los pingüinos africanos que, en una cifra cercana a los 2.500 ejemplares, se reúnen para criar desde febrero hasta agosto. Deambulando entre las rocas de singular erosión redondeada, los pingüinos exhiben su ajetreo entre el agua y sus nidos poniendo un broche cómico y simpático a la emoción inolvidable de haber mirado de frente a los ojos de un gran blanco.

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