El gran año de Ámsterdam

La capital de las bicis y los tulipanes lo es también de templos de la cultura de la talla del Rijksmuseum o el Museo Van Gogh, que acaban de remozarse con un lifting en toda regla, amén de ser igualmente dueña y señora de un delicioso tapiz de canales que cumple este año su 400 aniversario. Los nuevos proyectos de vanguardia, unidos a sus bazas de toda la vida, hacen de ella una ciudad a la que ir y no querer dejar de volver. Ámsterdam, con la barbaridad de eventos que concentra en 2013, vive una segunda Edad de Oro.

Elena del Amo

Si en el siglo XVII esta entonces ciudad diminuta dominaba los océanos y con los provechos del comercio ultramarino florecieron en ella los negocios, la ciencia y las artes, la pujante etapa que vive actualmente no hace exagerado apuntar hacia una segunda Edad de Oro. De la primera quedaron los cuadros de Rembrandt, Vermeer y otros tantos grandes maestros, el uniforme entramado de casas burguesas que hace de Ámsterdam una de las capitales más coquetas y armónicas de la vieja Europa y, por supuesto, ese ordenado enjambre de canales que hace un par de años la Unesco acabó reconociendo como Patrimonio de la Humanidad y que, justo ahora, celebra el 400 aniversario de su construcción.

Esta efeméride, con los puñados de exposiciones y eventos especiales que la conmemoran, es solo una entre la cantidad apabullante de citas de nivel que se han concentrado en este 2013. Entre las más sonadas hay que destacar la reapertura el pasado abril del Rijksmuseum, devuelto a todo su esplendor tras una década de obras de la mano de los arquitectos sevillanos Cruz y Ortiz; la reinauguración al mes siguiente del vecino Museo Van Gogh; el centenario de la pinacoteca consagrada a la obra de Frans Hals, otra de las más ilustres figuras del Siglo de Oro, o el 125 aniversario del Concertgebouw y la prestigiosa orquesta de este templo de la música clásica por el que recalan cada año unos 700.000 amantes de la lírica.

Se diría que la abdicación de la reina Beatriz en favor de su hijo Guillermo esta pasada primavera no podría haber llegado en un momento más oportuno. La ciudad no solo lucía a punto con muchos de sus iconos recién remozados sino que todavía estaba fresca la reinauguración del vanguardista Stedelijk Museum o la apertura de apuestas culturales tan rompedoras como la Biblioteca Pública Central, desde cuya terraza, ubicada en la azotea, se obtiene una respetable panorámica; o el nuevo EYE Film Museum, con ciclos de cine de la mañana a la noche en sus cuatro salas de proyección y un café-restaurante, frente al río Ij, que atesora unas vistas inesperadas que rompen con los tópicos de la ciudad de las bicicletas y los canales. Estos, sin embargo, no quedan lejos y serán siempre la baza imperecedera de esta capital transgresora y cosmopolita que, pese a todo, no ha perdido aún sus aires de pueblo venido a más.

Quizá el primer encuentro con la tan a menudo calificada como Venecia del Norte deba hacerse a través de sus canales. Los extranjeros, qué remedio, se ven en su mayoría abocados a hacerlo en cruceros de toda condición. Más estilosos con jazz o cena a bordo, o de visita guiada pura y dura con auriculares incluidos. Los locales, por muy vistos que los tengan, tampoco se resisten al plan. Cada fin de semana, sobre todo con la llegada del buen tiempo, se embarcan por ellos con la familia al completo o con grupos de amigos bien pertrechados de cerveza y abarrotando las lanchas que muchos guardan atracadas en el puerto. Si no se es muy amigo de experiencias tan turísticas como los cruceros al uso, es mejor alquilarse una bici y confundirse con sus vecinos, que pedalean tanto para ir al trabajo como a la ópera, aunque llueva, nieve o luzca el sol.

El monumental edificio de la Estación Central, concebido al igual que el Rijksmuseum por el arquitecto holandés Pierre Cuypers, podría ser un buen punto de partida para explorar el casco viejo de la ciudad, acotado por los semicírculos concéntricos de los canales más despampanantes del Singel, Herengracht, Keizersgracht y Prinsengracht.

Un recorrido por el centro histórico

Cruzándolos una y mil veces, sin un plan premeditado, acabarán aflorando por su laberinto de canales menores ángulos tan fotogénicos como los siete puentes del Reguliengracht o el esquinazo perfecto del Leidsegracht, con sus puentes iluminados al caer la noche y los ventanales sin cortinas de sus casitas puntiagudas que exhiben sin pudor la intimidad de sus ocupantes. Al final de la avenida de Damrak, sobre la que se alza la antigua bolsa de valores del palacio Beurs Van Berlage, en un abrir y cerrar de ojos desde la estación se abre la Plaza del Dam, el corazón del cogollo histórico, flanqueada por el Palacio Real y la Nieuwe Kerk o Iglesia Nueva, amén de por una nutrida colección de fachadas centenarias. Si guiándose por la verticalidad del campanario de la Wester Kerk una cola de impresión desvela dónde se encuentra la casa-museo de Anna Frank, al optar por la peatonal e increíblemente comercial calle de Kalverstraat se desemboca en esa primorosa postal que representa la plaza de Spui, sin resistirse a curiosear antes por el patio interior del Begijnhof, un oasis en mitad del bullicio envuelto de casitas de cuento y un silencio monacal.

Desde la Koningsplein, donde arrancan los puestos de tulipanes, jacintos y el universo vegetal del Mercado de las Flores, prosigue el peregrinaje por las otras plazas esenciales de Leidseplein, Rembrandtplein o Waterlooplein, cuajadas de terrazas en las que los holandeses parecen hacer la fotosíntesis tras los inviernos de lluvia que se gasta la ciudad.

Museos de altura

Ya sobre la explanada inmensa de la algo más alejada plaza de Museumplein se arremolinan tres de sus grandes museos: el Rijksmuseum, el Van Gogh y el Stedelijk. Y tras la de Nieuwmarkt, antes de cerrar el semicírculo regresando a la Estación Central, entre otro bucólico armazón de canales, se destapa el Ámsterdam más canalla delBarrio Rojo, con las prostitutas incitando al consumo de la carne desde los escaparates ante un vaivén constante de respetables turistas y despedidas de solteros que lo parecen bastante menos.

Los coffee shop, donde se puede fumar casi de todo menos tabaco, no son exclusivos del barrio. Los hay por toda la ciudad -el aroma a marihuana los delata- y resultan la prueba más palpable del vive y deja vivir del que hacen gala sus vecinos y toda una ciudad que no podría entenderse sin aplicarle todo su sentido a la palabra tolerancia.

Apuesta en firme por los museos

Si a finales del año pasado le tocó el turno al Stedelijk Museum -de arte contemporáneo-, a lo largo de 2013 se han reinaugurado las otras dos grandes pinacotecas de la Plaza de los Museos o Museum-plein. Tras diez años con el cartel de "cerrado por reformas", el Rijksmuseum volvía en abril a exhibir su barbaridad de Rembrandt, Vermeer, Hals y demás maestros del Siglo de Oro holandés en este palacio decimonónico ideado por Cuypers y ahora remozado por los arquitectos sevillanos Antonio Cruz y Antonio Ortiz. En mayo volvió a abrir sus puertas el vecino Museo Van Gogh, cuya colección ha podido verse parcialmente hasta el fin de las obras en la sucursal que el Hermitage de San Petersburgo tiene en Ámsterdam. Hace ya dos años se reinauguraba otro museo interesantísimo para ahondar en lo crucial que resultó para la ciudad el comercio ultramarino: el Scheepvaart Museum o Museo Marítimo. Y, con un año casi recién cumplido, la futurista apuesta por el cine de calidad del EYE Film Instituut, en un edificio de vanguardia en la otra orilla del río Ij.