El Andévalo: Huelva en blanco y verde

El Andévalo es una comarca generosa, llena de matices, cuajada de recursos naturales. Es una tierra a caballo entre la tradición y la devoción. Ubicada entre la Sierra de Aracena y la Tierra Llana de Huelva, es territorio de dehesas, de minas y yacimientos arqueológicos, de molinos, de ermitas y de costumbres ancestrales. Es una gran desconocida que fusiona antiguas tradiciones y una formidable naturaleza, ideal para el turismo activo y de aventura.

Irene González
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Foto: Irene González

A menos de una hora de Huelva, en el epicentro de la rica Faja Pirítica, se encuentra la comarca de El Andévalo, de pueblos blancos, verdes campiñas y cielo limpio. El horizonte de El Andévalo está cubierto por un manto de dehesas cuajadas de encinas y alcornocales, por cerros y bosques, por embalses y ríos. Es una zona de exquisitos pastos que nutren a ricos rebaños y piaras de la mejor calidad. Este paraje de tierra privilegiada y de habitantes nobles ofrece un sinfín de recursos donde vivir la naturaleza sin límites. Un recorrido por El Andévalo comienza por Calañas, que, rodeada de embalses, riveras, arroyos y los afluentes del río Odiel, ofrece una importante extensión de espacios forestales. En la antigüedad acogió a fenicios, griegos, cartagineses, romanos y musulmanes, atraídos por la opulencia de su tierra, rica en cobre y manganeso. En el XIX vivió un gran desarrollo gracias a la reactivación de las minas de cobre y azufre, hasta que en los años 60 se cerraron progresivamente. Ahora su espléndida orografía ofrece múltiples alternativas de ocio de naturaleza, con interesantes sendas como la Ruta Hornos de Cal, y la de Los Molinos, o la posibilidad de escalar la vía ferrata El Morante. A unos ocho kilómetros del centro se encuentra el Santuario de Nuestra Señora de la Coronada, edificado junto a una necrópolis romana. Una ermitaña atiende con desvelo a la Patrona de Calañas, cuida las flores que inundan la ermita y se encarga con fervor de los vestidos de la virgen. Justo enfrente está el Santuario de Nuestra Señora de España, donde, según cuenta la tradición, vivió, murió y fue sepultado Don Rodrigo, el último rey visigodo.

De Calañas se sube hacia El Cerro de Andévalo, con una rica tradición cultural, y una impresionante devoción a San Benito Abad. El primer domingo de mayo se celebra su ancestral Romería, con un gran simbolismo en las vestimentas, en el protocolo, en la gastronomía y en la música, que la hace única en el mundo. Pasear por sus estrechas calles, entre sus blancas y luminosas casas de rojos tejados, es una delicia. Para conocer la historia de la localidad y sus gentes, nada mejor que una visita a su museo Etnográfico. En el centro de El Cerro de Andévalo están dos de los referentes de su patrimonio monumental, la iglesia Santa María de Gracia, de estilo renacentista, y enfrente, la ermita de la Trinidad, que hoy se utiliza para ciclos musicales. Aunque, sin duda, su joya es la ermita de San Benito, su patrón. Ubicada a unos 20 kilómetros en un paraje desde el que se divisa casi toda la comarca, parece ser que fue construida en el siglo XII como priorato de alguna orden medieval. Cerca de la ermita de San Benito está el yacimiento El Cerquillo, del siglo IV a.C. El Cerro de Andévalo posee un magnífico entorno. Sus antiguos trazados ferroviarios, sus puentes centenarios, sus cauces o sus extensas dehesas son ideales para practicar senderismo, nordic walking, equitación o ciclismo.

Naturaleza y aventura

Hacia el noroeste se llega a Santa Bárbara de Casa, que con algo más de mil habitantes fue paso de estraperlistas y de aventureros, a caballo entre España y Portugal. En Santa Bárbara de Casa se encuentra el yacimiento arqueológico del El Dolmen de la Zarcita, que tiene cuatro necrópolis, y donde se cree que existió un poblado fortificado. Sus cerros están salpicados de molinos de viento que recuerdan la importancia de la harina como alimento esencial de la población. Se han remodelado algunos para convertirlos en otero de avistamiento de aves, sobre todo buitre negro, leonado y rapaces. Es llamativa aquí la Finca El Baldío, con 18 hectáreas dedicadas al deporte y la aventura. En ella, de la mano de Andévalo Aventura, se puede practicar piragüismo, rappel volado, tirolina, escalada, equitación o tiro con arco. Santa Bárbara de Casa no tiene contaminación lumínica, por lo que sus noches son extraordinarias para ver las estrellas. Desde Santa Bárbara de Casa hay que dirigirse hacia Puebla de Guzmán, apasionada por el mundo del caballo, y donde, al parecer, uno de cada tres vecinos tiene un equino. Desde su Cerro del Águila se divisa casi toda la comarca, y su ermita del siglo XV, dedicada a la Virgen de la Peña, refleja el fervor por su virgen, a la que cada seis años bajan al pueblo en romería. Desde Puebla de Guzmán, hacia el sur, llegamos a El Almendro, singular por su añeja tradición minera, ya que fue un lugar de intenso tráfico de minerales desde el siglo II hasta mediados del XX. Cerca está el poblado minero La Isabel, un sereno y aislado paraje que nació al cobijo de la abandonada Mina La Isabel, una explotación que casi fue líder en producir manganeso. De aquí parte la Vía Verde del Guadiana, una agradable travesía de 17 kilómetros que llega hasta el Puerto de la Laja, en El Granado.

Desde El Almendro se sigue hacia el oeste para llegar a El Granado, que con apenas 700 habitantes llama la atención por sus naranjos, sus casas encaladas y por la bella iglesia de Santa Catalina. A menos de 7 kilómetros está el sorprendente Puerto de la Laja, un antiguo embarcadero de mineral de 1885, desde donde se transportaba por el Guadiana el manganeso y la pirita de las minas Santa Catalina, Cabeza de Pasto y Las Herrerías. Desde el Puerto de la Laja navegaban barcos de gran tonelaje hasta la desembocadura del Atlántico. En sus alrededores se construyeron kilómetros de vías por donde circulaban más de cuatro trenes diarios. El Puerto ofrece una de las más bellas vistas del Guadiana y de las nostálgicas ruinas de los depósitos de mineral y del malecón de carga. Aquí finaliza la Vía Verde del Guadiana.

Magia frente al Guadiana

Al sur de El Granado está Sanlúcar de Guadiana, asomada al río, y a Portugal. Sanlúcar de Guadiana es pequeña, con unos 400 vecinos, pero influyente por su estratégica ubicación. Aquí se asentaron los árabes bajo el reino de Taifa de Niebla, hasta que en el siglo XIII la conquistó Sancho II de Portugal, y empezaron los conflictos bélicos entre portugueses y españoles por la posesión de esta frontera natural entre ambos países. Ahora es un atractivo punto de encuentro de navegantes. Desde el castillo de San Marcos se puede disfrutar de la Villa en su conjunto, de sus pulcras casas que bajan hasta el río, donde se reflejan en sus aguas. Cerca del castillo está la plataforma de la primera tirolina transfronteriza del mundo, que con 720 metros de longitud cruza a Portugal y es la más larga de España, y la única que une dos países.

De Sanlúcar de Guadiana se vuelve al centro de la comarca, al corazón de la tierra, para viajar en el tiempo en la mina de Tharsis. Los filones a cielo abierto de Tharsis son bermellones, es una tierra tan escarlata que parece un paisaje lunar donde se combinan los colores azufrados, cobres, verdes y rojos. Esta mina de pirita es una de las más importantes del mundo y junto a ella se creó Pueblo Nuevo. Es llamativo El Cementerio de los Ingleses, donde descansan familiares de directivos de la The Tharsis Sulphur Copper Company Limited. Gran parte de la historia de la explotación se encuentra en el Museo Minero de Tharsis, el antiguo hospital de la compañía británica. Posee un archivo de incalculable valor histórico porque en los Libros de Administración se anotaban al detalle todos los gastos, costes e ingresos del negocio; son la historia escrita de aquella época. También hay una locomotora del XIX, y vagones de pasajeros diferenciados por su clase social. En los alrededores de Tharsis está la impresionante Galería de la Sabina, con sus sorprendentes paredes teñidas de azul por el sulfato de cobre, y, sobre todo, por la galería paralela que hace siglos horadaron los romanos en busca del preciado mineral.

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