Duero, las dos riberas desde Castilla hasta Oporto

Justo tras la raya el Duero se convierte en el Douro. Antes de cruzarla su cauce serpentea entre la monumentalidad castellana y las bodegas, algunas de diseño rabioso, de la DO que bebe de su ribera. Salpicados de quintas vitivinícolas, del lado portugués presiden los bancales de viñedos que cincelaron generaciones de campesinos. Ambas riberas son escenarios excepcionales para la vendimia.

Elena del Amo
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Foto: Luis Davilla

A lo largo de sus casi mil kilómetros, el Duero, o el Douro, concentra un patrimonio apabullante. Desde su nacimiento en los Picos de Urbión hasta su desembocadura junto a Oporto asoman enclaves literarios como la Soria de Machado y Bécquer, gastronómicos de la talla de Aranda, tan cuajados de historia como San Esteban de Gormaz, Tordesillas, Toro o el casco medieval de Zamora, y, más allá de los parques naturales de los Arribes y el Douro Internacional, ese Alto Douro Vinhateiro donde la uva crece en terrazas por las laderas. Hasta para un abstemio recalcitrante su cauce no tiene desperdicio por la monumentalidad de las villas que se miran en él y los paisajes, a veces líricamente mansos y otras de lo más abrupto, que lo acompañan. Para los amantes del buen vino suma sin embargo, a ambos lados de la frontera, el aliciente añadido de sus caldos. Sobre todo en estos tiempos de vendimia, o justo a su fin, cuando la viña se tiñe de oro y grana y sus bodegas recuperan la calma para atender sin prisa a sus visitantes y desvelarles las alquimias del oporto, los blancos y tintos del Douro o los de la Ribera del Duero.

En la meseta norte, a caballo entre Burgos, Valladolid, Soria y un resquicio de Segovia, el Duero se abre paso entre vegas y altozanos donde las extensiones de cereal se trenzan con los viñedos. El amor al vino podría servir de hilo conductor para acceder al monumental patrimonio que se arrima a su curso, con monasterios de la talla de Santa María de Valbuena y La Vid o las iglesias románicas de Rejas de San Esteban y Vadocondes; los pueblos fortificados de Langa de Duero, Gumiel de Izán, San Esteban de Gormaz o la espectacular atalaya amurallada de Haza; castillos que recuerdan las luchas de la Reconquista por Peñafiel, Peñaranda y Curiel, o villas tan sembradas a su vez de historia y tradición gastronómica como Aranda. Con todo derecho, el vino es también muy capaz por estos pagos de ejercer como leitmotiv viajero en sí mismo, si bien una combinación de cultura y buenos caldos suele resultar imbatible por la Ruta de la Ribera del Duero que, entre las inmediaciones de San Esteban y Quintanilla de Onésimo, se vertebra a cada lado de la muy vitivinícola carretera N-122.Tres centenares de bodegas ofician hoy por ella, en su mayoría bastante jóvenes dado que, aunque vino aquí se ha hecho de siempre, la DO nació a principios de los 80 con entonces apenas nueve. A pesar de que no todas abren al público, se impondrá elegir en cuál, o cuáles, participar en una cata tras pasearse de la mano de un experto entre las salas donde se recibe la uva durante la vendimia, los tanques de fermentación o las cavas en las que envejece el néctar que contienen sus barricas.

Las vanguardistas instalaciones de la bodega Protos, diseñadas por el arquitecto Richard Rogers, Premio Pritzker de Arquitectura 2007, con el castillo de Peñafiel al fondo.  | Luis Davilla

Bodegas con firma
Unas pocas llevan la firma de arquitectos estrella del renombre de Richard Rogers, artífice de la visitadísima bodega que, a los pies del castillo y hoy también Museo del Vino de Peñafiel, le encargó la veterana Protos; o Portia, de diseño tan galáctico que se diría una nave espacial, construida por la friolera de 30 millones de euros para el Grupo Faustino por un Norman Foster armado hasta los dientes de roble, vidrio y acero. No podría faltar alguna de las del pionero Alejandro Fernández, cuya visión llevó su tinto Pesquera, y el de toda la Ribera del Duero, fuera de los confines de España, o las de otros vinos cargados de premios, como el glorioso crianza que elabora Carmelo Rodero por uno de los paisajes más bonitos de la región, o los que la familia López Cristóbal urde en un caserón de aire colonial cuyos secretos suele desvelar en persona algún miembro del clan. Interesantísimas también las bodegas subterráneas de Aranda o las que salpican el barrio de Atauta, junto a San Esteban de Gormaz, declaradas hace nada Bien de Interés Cultural por su valor etnográfico. Incluso si se viaja con niños uno podría decantarse por la de Arzuaga, tras cuyo recorrido admirar los ciervos y jabalís que moran por su finca La Planta, o la de Villacreces, donde ponen a disposición de los visitantes unas bicis eléctricas para pedalear entre su pinar bicentenario, y hasta les proporcionan una cesta de picnic si quieren disfrutarlo entre sus viñas, pegadas –ahí es nada– a las de su majestad Vega Sicilia. O la ecológica Comenge, donde tras probar sus vinos con unas tapas de la zona subirse a un coche de caballos para trotar por esta propiedad con a un extremo el castillo de Peñafiel y al otro el de Curiel.

Actividades de vendimia
Hay muchas más bodegas abiertas al público y a menudo con actividades especiales en vendimia. Como Prado Rey, dueña y señora además de una coqueta posada dentro de la finca que le perteneciera a la mismísima Isabel la Católica, o las vanguardistas Aalto y Legaris. También de diseño, Cepa 21, de la familia Moro, donde aliñar la ruta enológica con el toque de innovación que orquesta el chef Alberto Soto en su restaurante con vista a las viñas, o Emina, del Grupo Matarromera, con desde catas a ciegas hasta la posibilidad de participar en la vendimia en la quizá única bodega sensata de visitar cuando se va al volante, ya que ha logrado ese oxímoron que es el vino sin alcohol. Decidirse por una u otra no será tarea fácil. Y es que, salvo que se sea un auténtico forofo, una bodega al día, o a lo sumo dos, bastará para entender estos caldos en pleno auge. Así podrá consagrarse el resto de la escapada a maridarlos por sus restaurantes con un lechazo, unas chuletillas al sarmiento o unos buenos embutidos, a contagiarse del sabor castellano de sus mejores villas y a conducir por carreteras comarcales tan escénicas como las que, entre un mar de viñedos, enfilan entre Roa y Pedrosa de Duero o las que rodean La Horra y Sotillo de la Ribera, donde tuvieron el buen ojo de conservar la viña vieja cuando otros la arrancaban para cultivar remolacha, que entonces rendía mucho más.

Vendimia en la ribera del Duero. | Luis Davilla

"El más bello y doloroso monumento al trabajo del pueblo portugués". Así definía el Douro Vinhateiro el escritor luso Jaime Cortesão. Fruto del esfuerzo titánico de generaciones de viticultores, sus terrazas forradas de viña, esculpidas de arriba abajo una colina tras otra, deparan un auténtico espectáculo. A pesar de estar catalogado como Patrimonio de la Humanidad y de ser un destino de primera a dos pasos de casa –perfecto incluso para un fin de semana o un puente–, este prodigio sigue siendo, sorprendente e injustamente, bastante poco conocido de este otro lado de la frontera. Entre sus paisajes de impresión crecen las parras de las que nacen los vinos de mesa del Douro y también las del fortificado más internacional del país vecino. Porque, como repiten por estos pagos, "el oporto se hace fuera y se cría dentro"; es decir, que mientras las cavas en las que se añeja quedan a tiro de piedra de la carismática ciudad que le da nombre, su zona de viñedos se le arrima a la frontera con España.

Quintas centenarias
Siempre a la vera del río, puñados de quintas a menudo centenarias proporcionan un alojamiento de nivel, amén de catas y recorridos para iniciarse en los caldos de esta región en la que lleva elaborándose vino por lo menos dos mil años. Hasta no hace mucho, los pequeños barcos conocidos como rabelos resultaban cruciales para su transporte por estas geografías escarpadas. Hoy, aunque también puede optarse por cruceros fluviales e incluso por un tren de época, un reguero de carreteritas panorámicas se cuela entre las laderas donde la uva ha de recogerse casi irremediablemente a mano. Es por estas fechas cuando hordas de campesinos se trepan por ellas con sus canastos de mimbre a la espalda para vendimiarse esta zona vitivinícola que presume de contar con una de las demarcaciones más antiguas del mundo. Prueba de ello, y a la vista aquí y allá por sus campos, son las estelas de granito que la acotaron en el XVIII y que se denominan marcos pombalinos en honor del célebre marqués que, convertido en el hombre fuerte de Portugal tras la reconstrucción de Lisboa que siguió al terremoto de 1755, clasificó los terruños como nadie antes lo había hecho. Historia pues no le falta al Douro Vinhateiro y, con ella, caseríos deliciosos como Provesende o Trevões y mansiones de los antiguos potentados en las que instalarse unas noches y curiosear por sus bodegas. Algunas incluso enseñan a elaborar vino o permiten jugar a ser vendimiador por un día.

Lagar de la casa rural Morgadio da Calçada, caserón portugués del XVII en la Região Vinhateira do Alto Douro.  | Luis Davilla

Museos y "trekking"
El Museu do Douro, en Peso da Régua, puede ser un buen punto de partida en el que empaparse de su universo antes de salir a explorarlo: desde el cultivo de la vid en tiempos de los romanos hasta el descubrimiento del oporto por los ingleses o la ruina que trajo la filoxera a estas tierras duras –de ahí, dicen, el nombre del río– que solo lograron cultivarse gracias al sacrificio de sus gentes. Desde allí rumbo a Pinhão, a lo largo de la Nacional 222, discurre una excepcional veintena de kilómetros donde reencontrarse con el placer de conducir. Cual tejido de patchwork, las hileras de viñas miran en cualquier dirección buscando la orientación o la pendiente más favorable, mientras el Duero avanza encajonado bajo unos cerros a la vertical horadados de bancales. Tampoco desmerece el tramo, cuajado de miradores, entre Pinhão y Sabrosa, o, si no se lleva prisa, el que desde esta primera villa avanza hasta Ferrão pasando por Covas do Douro, entre aldeas olvidadas del mundo y escenarios redondos para calzarse unas botas de trekking y echarse a caminar.

Monasterio cisterciense de Santa María de Valbuena. | Luis Davilla

La envidia de los monjes
En plena milla de oro de la Ribera del Duero, el monasterio cisterciense de Santa María de Valbuena alberga, además de la sede de la Fundación Las Edades del Hombre, el primer hotel-balneario de cinco estrellas de Castilla y León. Este edificio del siglo XII, situado en el municipio de Valbuena de Duero, en la provincia de Valladolid, contiene hoy 79 habitaciones, bodega propia entre casi cinco hectáreas de viñedo y un par de restaurantes que se nutren en gran medida de su huerto ecológico, amén de un hedonista espacio termal que supera los dos mil metros cuadrados, donde concederse alguno de sus programas antiestrés, de adelgazamiento o belleza –a realizar durante una semana, en ocasiones también en pareja–, o rituales de un día con, entre otros caprichos, exfoliación de la piel con sal y uva o envolturas de vino.

Otras experiencias en la ruta
Cabalgar entre los viñedos o sobrevolarlos en globo, caminarse algunos tramos de GR-14 por la Senda del Duero o navegárselo en kayak, pedalear a orillas del canal que se construyó en el XIX para abastecer de agua a Valladolid o avistar desde buitres leonados hasta alcotanes por la mejor naturaleza a su vera. Varios portales –topriberadelduero.es, ribiertete.com, wanatur.com, winetravelboutique.es, turismodevino.com, Terranostrum.es, adesum.es– maridan experiencias enológicas con los otros alicientes de la DO Ribera del Duero y hasta por denominaciones hermanas como Rueda, Toro, Cigales o Arribes. Río arriba, su cauce encajonado entre cañones también puede surcarse en piragua o catamarán por el Parque Natural de los Arribes del Duero, que linda con el del Douro Internacional. Y, ya en pleno Douro Vinhateiro, podrá elegirse entre recorridos en barco de unas horas o los cruceros de hasta una semana que, recalando por aldeas y bodegas históricas, proponen empresas como Douro Azul.