Dormir en un Ryokán

Desprenderse de los zapatos, calzarse un quimono y vivir una noche oriental como un auténtico japonés. Es lo que ofrecen estos hoteles tradicionales desperdigados por el país, en los que aún late lo más ancestral de la cultura nipona: los ‘onsen’ o baños termales, los jardines, la decoración y toda una ristra de costumbres barnizadas de rito y ceremonia.

Noelia Ferreiro
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Foto: http://www.sadachiyo.co.jp

El Japón del aroma casero y el ritual milenario tiene en el ryokán la esencia de su hospitalidad, la llave que abre las puertas a una cultura consagrada que se resiste a la vanguardia tecnológica. En un país donde tradición y modernidad caminan de la mano con completa naturalidad, también hay ocasión de asistir a sus costumbres ancestrales. Por eso, igual que las geishas pasean en quimono al lado de ejecutivos trajeados, el ryokán es la alternativa a los grandes y sofisticados hoteles que se elevan entre junglas de neones.

Todo el que visite este país debería dormir, al menos una noche, en estos alojamientos tradicionales donde pervive ese otro Japón. Una manera divertida de empaparse de su estilo de vida, en una casa clásica donde todo -la sobriedad de la decoración, la rutina del baño, el ritual del desayuno…- se muestra tal y como se ha ido transmitiendo a lo largo de las dinastías desde hace miles de años.

El ryokán como lugar de descanso debe su origen a los monjes budistas que, preocupados por  los comerciantes y peregrinos que no hallaban refugio en la noche, adecuaron espacios en los templos con los que ofrecerles posada. Pero no es hasta 1750, durante el periodo Edo, cuando irrumpen de manera oficial, una vez que se dispara el tránsito de viajeros y se requiere un alojamiento genuino. La idea entonces fue muy sencilla: conservar la arquitectura típica de una vivienda japonesa y añadirle los servicios de un hotel.

Desperdigados por todo el país, hoy se cuentan más de 70.000 ryokanes que conectan al turista con el mundo oriental desde el minuto uno de su estancia. Tokio y Kioto, con sus dos caras de una misma moneda –en la una, el caos hiperurbano; en la otra, la quietud de los templos- son dos buenas opciones para emprender esta aventura y sentirse como un japonés. Pero la experiencia será más intensa si se elige una zona rural, apartada, que permita el contacto con la naturaleza y añada una dosis de soledad a esta mística velada. Acercarse, por ejemplo, a Hakone, a los pies del Monte Fuji, o cruzar el interior hasta Takayama, famosa por sus viejas tabernas y sus destilerías de sake.

Hay varias pautas que deben cumplirse cuando uno se aloja en un ryokán: los zapatos se dejarán en el rellano de la puerta, los huéspedes vestirán un yukata o quimono de algodón que les será facilitado en la entrada y, nada más atravesar el umbral, regirán unas normas no escritas de silencio y de recogimiento. Nada de móviles, ni de gritos, ni de movimientos bruscos. En la medida de lo posible, habrá que dejarse contagiar por la parsimonia nipona.

Después, cuando la nakai-san o doncella dirija el paso hacia la habitación a través de puertas correderas, aparecerán los rasgos que indican que no estamos en un hotel convencional: una sala desnuda sin tabiques y sin cama, el suelo de tatami y las paredes de madera con espaciosos ventanales que vierten sus vistas al jardín. Porque dicta la sabiduría de oriente que el sueño debe conciliarse arropado con los sonidos del campo: el canto de los pájaros, el chasquido del viento entre las ramas, el zumbido de los insectos… Y aunque el jardín japonés es una forma de refinamiento perfectamente estructurada, nada tiene que ver con el verde y frondoso concepto del paisajismo europeo. Más bien se trata de una zona seca, cubierta de grava y piedras, con algún hilillo de agua y, si acaso, un mínimo elemento vegetal. Todo, claro, muy zen.    

Según el ritual del ryokán, la noche empieza en el onsen, donde los propios japoneses se vienen remojando desde el origen de los tiempos. Unos baños termales compartidos que utilizan el agua burbujeante que emana de la tierra y que son la base de una cultura que se esmera por perfeccionar el arte de la relajación.

Sumergido en agua caliente, el cuerpo quedará listo para la cena kaiseki que se incluye en el alojamiento. Tiene lugar en la propia habitación y consta de un festín de veinte platos de cocina cortesana (haute cuisisne nipona), en los que la presentación juega a excitar la vista para estimular el paladar. Por eso la doncella se encarga de servirlos con sumo primor, dedicando reverencias y movimientos elegantes. Cuesta imaginar cómo de un simple gesto cotidiano puede emanar tanto arte. Los huéspedes, sentados sobre cojines en el suelo alrededor de una mesa baja, asisten a una auténtica ceremonia.

Con la misma gracia y después de tomar el té, el improvisado restaurante se convertirá en dormitorio, una vez desenrollados los futones que se apoyan sobre el tatami. La noche a ras del suelo, entre tanta espiritualidad, tiene algo de película de Kurosawa. Sólo queda aguardar al ritual del desayuno con las primeras luces del alba y atreverse con un menú que incluye arroz, sopa de miso, pescado a la parrilla y tsukudani, que es un pez cocido con salsa de soja y azúcar. Un banquete que, a estas horas, cae en el estómago occidental como una bomba de relojería… Pero esto sin ánimo de desalentar: cada vez más ryokanes permiten que se sustituya por el café, el zumo de naranja y las tostadas de toda la vida.

No dejes de...

Asistir a un torneo de sumo. Es otro de los elementos del Japón más tradicional. Un deporte milenario en el que la masa corporal es un factor decisivo -la dieta que llevan sus practicantes está diseñada para ganar peso- que, más allá de la lucha, esconde un elaborado ritual y conserva gran parte de la tradición sintoísta. Tremendamente exótico para el mundo occidental, es fácil acudir a sus campeonatos por todo el país. Existen torneos en determinadas épocas del año en las ciudades de Tokio, Osaka, Nagoya y Fukuoka.