Dioses del sur de Vietnam

Taoísmo, budismo y muchas otras creencias confluyen en el sur de Vietnam. Hay dioses y templos de todo tipo. Unos procuran fortuna; otros ejemplifican la rectitud, el valor y el honor, las mujeres adoran a su diosa particular y hasta el ex presidente comunista Ho Chi Minh tiene su culto.

Luis Pancorbo

Viajando entre palmeras por la isla Phu Quoc me llamó la atención la estatuilla de una diosa azulada que llevaba el conductor en el salpicadero. "Es el dios Guanyin", me dijo. "Pero Guanyin es la diosa de la misericordia", le repuse, y él me contestó: "Sí, pero para nosotros puede ser un hombre o una mujer, un dios o una diosa, eso no importa". El conductor se refería a que Guanyin es un bodhisattva, es decir, una de esas figuras colosales del budismo mayahana que, pudiendo ser budas, dilatan su entrada en ese estado perfecto para quedarse en este mundo y ayudar a los que sufren. Lo cierto es que la imagen de Guanyin no entraña la única contradicción en el sur de Vietnam. Las religiones populares, el taoísmo y el budismo chino, lejos de presentar esquemas racionales y diferencias netas, tienen cierta propensión al retorcimiento. Las mezclas son constantes en los rituales y los fieles no siempre sabrían definirse como seguidores de una sola opción: taoísmo, budismo, incluso caodaísmo.

Can Tho da nombre a la ciudad comercial más importante del delta del Mekong. Con cerca de un millón de habitantes, se extiende sobre el Can Tho y el Hao Giang, dos ramales del gran río del sureste de Asia. En el mercado se venden peces gatos vivos y sandías minúsculas para hacer sopa. Uno busca la pagoda Ong, un ejemplo de amalgama religiosa, construida por chinos de Guangzhou en 1894. En el interior del templo ponen consultorio los astrólogos que predicen lo que el fiel quiera saber. Y en un altar lateral, presidido por una estatua de un tigre, un mago quema la imagen en papel de una persona. Enciende también una varita de incienso y la pasa por las fauces abiertas del tigre y por la cabeza de la joven que le ha consultado sobre una posible curación. Son prácticas de origen chamánico y querer atribuirles una correspondencia taoísta o budista no llevaría a lado alguno. Sin embargo, la pagoda se considera básicamente budista china, como lo es su deidad central, Kuang Kung (Quan Cong en vietnamita). Es el dios de la guerra, el paradigma del valor y el honor, de la justicia y la inteligencia, de la razón y la lealtad. Tal epítome de rectitud es apreciado por el budismo, el taoísmo y también por el confucianismo. Curioso es que Kuang Kung necesite ser flanqueado por estatuas de otros dioses. A su derecha tiene a Thien Hau, diosa del mar, y a su izquierda, a Tham Tai, deidad que procura dinero y fortuna. Un solo dios, o diosa sería demasiado poco para la exuberante imaginación vietnamita.

Pero los vietnamitas del sur ni siquiera necesitan visitar los templos de sus pueblos y ciudades. En sus casas, y a veces en sus negocios, ponen en lugar destacado pequeñas capillas de dioses lares, a veces en hornacinas y otras veces en cajas rojas, donde guardan a sus espíritus tutelares desde generaciones, incluso sus ancestros deificados. Siendo el vietnamita netamente práctico, acostumbrado a una subsistencia bastante penosa, parece claro que aún necesita pedir el socorro de los dioses. Y para eso no tiene empacho en ser todo al mismo tiempo. Hay taoístas que, además de rezar a Lao Tsé y de invocar el Tao o Camino, lo hacen al divino general budista Kuang Kung. Otra cosa es que a lo mejor le piden una moto.

La pagoda del Emperador Celestial

Ultratumba y realidad, ritos de humo, todo ello no impide al personal acatar la República Socialista de Vietnam, creada tras la reunificación del norte y sur del país en 1975. Por otro lado, no se cuestiona a Ho Chi Minh, el tío Ho, una figura sin caracteres divinos, aunque su imagen impera. La mejor calle de Can Tho está presidida por una estatua de Ho Chi Minh de cinco metros de altura. Siendo un niño, Nguyén Sinh Cung (Ho Chi Minh) oyó truenos y cuando le dijeron que eso venía del cielo, preguntó: "¿Y qué es el cielo?, ¿qué más hay en el cielo?, ¿hay hombres?". Otra vez en Hué, la capital imperial, al ver pasar al rey Thành Thái en un palanquín incrustado de marfil, preguntó a su madre: "¿Por qué lo transportan muchas gentes?, ¿tiene dolor en las piernas el rey?". El tío Ho, como aún es conocido, nunca encontró esa respuesta sino la del materialismo dialéctico para su revolución, la que al final triunfó sobre franceses, norteamericanos y los propios survietnamitas.

Tras la victoria, Saigón fue rebautizada como Ho Chi Minhville. Hoy es una ciudad aspirante a Hong Kong. Sin embargo, una infinidad de pagodas y viejos cultos han resistido los avatares bélicos y posbélicos. Crucial es la pagoda del Emperador de Jade. En vietnamita, también se la conoce como Phuóc Hai Tu, templo del Mar de la Suerte. Fue construido en 1909 en honor del dios que para los taoístas es el Rey de los Cielos, por otro nombre el Emperador de Jade. No tiene la cara de color verde, ni parece estar hecho con una piedra preciosa. El humo perjudica una visión nítida de la deidad cuyo nombre de mortal fue Ngoc Huàng. Si en el budismo popular chino el Emperador de Jade ocupa el puesto de primer dios, para los taoístas es uno de los Tres Puros. Su filiación se pierde en el mito. Pudo haber sido un príncipe que vivía en el reino de la Pura Felicidad. Hizo todo el bien que pudo, pero el llegar a ser un dios, y con la cualidad sublime de la inmortalidad dorada, le costó 1.750 kalpas, eras que habría que multiplicar por 129.600 años cada una. Junto a su altar se alzan sus guardianes, los Cuatro Grandes Diamantes o Tu Dai Kim Cuong. En ese templo no todo son historias blandas y amables. En lugar destacado figura un ser del inframundo como Thanh Hoang, el jefe del infierno, con su caballo rojo. El que quiera saber lo que le puede pasar siendo malo ahí tiene unos paneles con las delicias que encierran los Diez Infiernos taoístas, por ejemplo, las Mil Tormentas. En una capilla lateral y estrecha hay un gentío de fieles y un vaivén de manos con papeles de dinero y pebetes de incienso. Son para el Dios de la Ciudad, uno que lleva un gorro alto, como de cocinero, con letras en chino que dicen: "De pronto se da el dinero". Los fieles le ofrecen varitas de incienso, las queman y con ese humo hacen pasadas ante el dios y por su cabeza, y luego estrujan un papel rojo para que les traiga suerte. Nadie olvida echar un óbolo en la hucha de la capilla. Quién sabe si luego tocará la lotería.

Por su parte, las mujeres que buscan buenos partos, y en general salud, dinero y amor, tienen a su diosa particular, Kim Hoa Thanh Mau. Y existen aún más opciones de adoración en la pagoda. Tho Dia Than es uno de los tres grandes dioses de una trinidad muy venerada, la de los guardianes del hogar. Sus tres personas se resumen en una deidad llamada Tao-Quân, el espíritu jefe del hogar, que incluye a su vez tres seres divinos. Tho Dia, el adorado en la pagoda del Emperador de Jade de Saigón, es el patrón de la casa principal. Es decir, la casa donde se ubican los dormitorios. Queda separada de la cocina, la cual está presidida por Thô-Công. Mientras Thô-K`y es el dios que protege a las mujeres cuando van al mercado o cuando cuidan a sus hijos.

Siempre en Saigón, los buscadores de alguna costumbre ancestral no se pierden una visita a Phuoc An Hoy Huan (también conocida como chua o pagoda Minh Hong). Es otro templo taoísta, de 1902, y se consagra a Quan Cong, un dios guerrero y caballeroso. Lo que más busca la gente es tocar el cascabel a su caballo rojo, una talla de madera ricamente enjaezada. Se cree que quien toca ese cascabel vuelve a Saigón, siempre tras echar algo en la hucha correspondiente.

Otros templos taoístas de Saigón

En el barrio de Cholon se concentra la mayoría de los templos, templetes, tiendas de pebetes y de artículos religiosos. Khanh Van Nam Vien, un templo puramente taoísta, pasa por ser el más puro de la ciudad, aunque fuera construido en los años 30 del pasado siglo. Ahí acogen a personas mayores desasistidas, incluso tienen una clínica. En un pequeño museo muestran una piedra grabada con las debidas pautas de la respiración y del bien vivir taoísta. Es como un mapa con los órganos del cuerpo humano en correspondencia con escenas de la vida cotidiana. El estómago es un campesino arando; el hígado, un soto de árboles; una alta pagoda es la garganta, y la boca, medio arco iris. Esa piedra de aire misterioso, que invita a inhalar y exhalar correctamente, se sitúa junto al altar presidido por Lao Tsé, con un halo verdoso, a diferencia de los halos de oro de los santos católicos y ortodoxos.

Para ver en su ambiente una religión distinta hay que salir de Saigón. La religión Hòa-Hao, fundada en 1939 en el delta del Mekong, predica la sencillez y la ausencia de sacerdotes. Por lo contrario, por su gran boato y ritualidad, atrae lareligión Cao-Dai, que tiene su asiento en Tay Ninh, un pueblo a un par de horas de Saigón, cerca de la frontera con Camboya. La meta allí es la gran catedral de los caodaístas, los fieles de una religión revelada en 1921 a Ngo Van Chieu y que aglutina elementos budistas, islámicos y cristianos, entre otros. Como punto focal y central, en su altar mayor, y en sus banderas y gorros de sumos sacerdotes, figura el Gran Ojo Cósmico dentro de un triángulo y bajo una gran ceja negra.

El sagrado Víctor Hugo

Una mañana veo a los fieles caodaístas vestidos de blanco, dispuestos a su gran rito matutino. Los hombres se sitúan a la derecha y las mujeres a la izquierda. Ellas visten los elegantes daoai vietnamitas, túnicas entalladas sobre pantalones blancos de seda. El coro y la orquesta, con sus instrumentos tradicionales, suben al piso de arriba de la seo, donde los cristianos suelen poner los órganos. De repente, entre gongs y violines chinos avanza por la nave central del templo la procesión de los sumos sacerdotes caodaístas de Tay Ninh. Los colores de sus túnicas son rojos, amarillos, azules. Todos van con sus altos gorros que parecen tiaras y en los que no falta el ojo omnisciente. Y empieza una sucesión de rezos y cantos que tiene el aire de un concierto o una representación teatral. Aquí no hay incienso ni humo. Todo es nítido, aireado, luminoso, y abigarrado hasta el delirio, con las bóvedas que parecen mapas celestes y las columnas como dragones que se enroscan sobre sí. Un aperitivo, acaso, de la Tercera Redención Universal que están esperando. La religión Cao-Dai lleva lo sincrético a cierto paroxismo. En el atrio del templo una gran pintura honra a tres figuras sagradas suyas, y tan discordantes como Víctor Hugo, autor de Los miserables; Sun Yat-Sen, el líder de la independencia china, y el gran vate clásico de la literatura vietnamita, Nguyen Binh Khiem. Víctor Hugo aparece en la pintura escribiendo Dieu et humanité (Dios y humanidad). El Cao-Dai también cuenta con unos 50.000 adeptos en las provincias de Quang Nam y Danang. En el templo de esa última ciudad preside un cartel escrito en vietnamita, "Van giao nhat ly" ("Todas las religiones tienen la misma razón"). Y por si no quedase claro, cerca hay una pintura con los cinco polos de esa religión: Mahoma, Lao Tsé, Jesús, Buda y Confucio. Todos y a un tiempo bajo el Ojo Cósmico.