Detrás del Sardinero: Santander sin ver el mar

Sostiene el viajero superficial que fuera de las playas de El Sardinero o de los paseos burgueses que asoman a la bahía, Santander es una urbe anodina. Deshacemos la falacia con una ruta por esas calles del centro que ofrecen una meritoria alternativa al mar.

Emilio Sánchez Mediavilla

No es que el hombre del tiempo tenga razón y en Santander siempre llueva. De hecho, los locales creen que existe una conjura mediática para arruinar a la hostelería local a base de predicciones meteorológicas apocalípticas. "Hasta que tú llegaste hacía un tiempo estupendo", es el saludo ritual con el que se recibe al viajero en Santander. En cualquier caso, si la lluvia le sorprende, la ciudad está preparada para darle refugio en bares, tabernas y otros rincones de paz espiritual.

Empezamos por la calle Peña Herbosa (1), donde aún encontrará tabernas de ambiente marinero, con fotos de traineras colgadas en las paredes, raciones generosísimas y ancianos de barra combinados con jóvenes iniciando la ruta nocturna. Es el caso de El Solórzano (Peña Herbosa, 17), y el Fuente Dé (Peña Herbosa, 5), cuya ración de queso picón de Tresviso exige la complicidad de una pala y el hambre de un peregrino. Si bien la ciudad farda de sus rabas como especialidad gastronómica, creo que el pincho de tortilla ofrece soluciones arquitectónicas fabulosas. Aunque con frecuencia se preparan versiones mixtas, muy brillante en El Diluvio (2), (General Mola, 14), me atrevería a sugerir la versión clásica de Cata Vinos (3), (Marcelino Sanz de Sautuola, s/n), poco hecha, con llanto de yema desparramándose por el plato.

Una de las arterias clásicas es el Río de la Pila (4), una calle en cuesta que ha pasado por todas las fases de muerte y resurrección posibles. Ahora, después de años de abandono, ha vuelto a recuperar el esplendor tabernario de antaño. El Riojano (Río de la Pila, 5) destaca por sus sardinas con tomate y morcilla, y sus barricas de vino pintadas por diferentes artistas. Un poco más arriba asoma el pub Drink, emblema de la movida santanderina comandada en los 60 por los hermanos Calderón. Ahora reúne público joven y guapo, curtidos en el esnobismo surfero de Surf 33 (5) (Cádiz, 19). Otros imprescindibles son las copas de La Tienduca (Río de la Pila, 17) y los pinchos de la taberna Cantabria (Río de la Pila, 10). Al final de la calle arranca el funicular que comunica el Río de la Pila con la calle General Dávila. Merece la pena subir y disfrutar de las vistas de la ciudad cayendo hasta la bahía. En una de las calles perpendiculares encontrará la exquisita y deliciosa librería-taller Mundanalrüido (6) (San Celedonio, 43).

En las ciudades pequeñas, cien metros de calle pueden ser bautizados como barrio: así ocurre con la calle del Carmen, que en verdad se llama la Calle de El Sol (7), y que es lo más parecido al Santander alternativo. Posee una concentración insólita de galerías y espacios culturales, como Demolden Vídeo Project (El Sol, 12), Juan Silió (El Sol, 45) y Del Sol St. (El Sol, 47). Todos ellos arropados por un puñado de bares de antología: El Rubicón (El Sol, 4) y su binomio perfecto de mojito y palomitas con pimienta, el Urban Classic (El Sol, 9) y el Metropole (El Sol, 10), con su corazón popero y chicas vestidas con modelos vintage de Pepita Pulgarcita (8) (Calle del Medio, 11).

En uno de los laterales de la Plaza de Pombo (9) tiene su entrada la librería Gil. En la planta de arriba hay una butaca junto a la ventana, ideal para ojear Los héroes de las mansardas de Mansard, de Álvaro Pombo, epopeya santanderina narrada por un niño bien de posguerra. Lo más parecido a esas infancias lejanas las encontrará en la juguetería San Carlos (10) (Jesús de Monasterio, 13).

Si se cansa de pinchos, cafés y compras, siempre le quedará la Filmoteca de la calle Bonifaz (11), reducto cinéfilo. A la salida, una cena japonesa-mediterránea en Piedras Blancas (Bonifaz, 13).