Del Pisuerga al Sil, por tierras de águilas y osos

Esta ruta descubre lugares y rincones poco o nada conocidos de una zona de España que delimitan los ríos Pisuerga y Sil, la que va de Aguilar de Campoo, en Palencia, a Ponferrada, en León. Un recorrido singular y pintoresco, por áreas de naturaleza salvaje, que evita circular por carreteras nacionales, autovías y autopistas, utilizando exclusivamente las carreteras de segundo orden: secundarias, locales, comarcales o provinciales.

Texto: Rafael Pola. Fotografía: Rafael Pola y Miguel Moreno

Esta ruta lleva de la Palencia románica y galletera a la Ponferrada botillera y del carbón. Todo comienza en Casa Cortés, un pequeño hotel-restaurante en el centro histórico de Aguilar de Campoo. Dejamos los bártulos en la habitación y salimos a dar un paseo por el casco viejo de la histórica villa. A la vera del río y en el local mas clásico del paseo fluvial, bar El Río (no podría llamarse de otra manera), tomamos un exótico y estrafalario Campari con naranja que desconcierta a la camarera de un bar castellano-leonés donde nunca nadie antes le había pedido algo así. En la noche, la gran plaza trapezoidal de Aguilar impresiona. Porticada en su mayor parte y cerrada en su lado norte por la vieja colegiata gótica de San Miguel, sus numerosas galerías acristaladas le dan un curioso aire galaico-flamenco-almagrense. Este amplio espacio público tiene un indudable encanto y belleza urbanística. Luego, cena temprana en Casa Cortés. En la mesa, matanza de la de antes, con costillas y lomos adobados y su buena morcilla; tampoco faltan la perdiz escabechada y las chuletitas de lechazo. Un carnoso pero bien redondeado vino de Toro completa una cena poco recomendable para irse a dormir rápido. Para evitar malas digestiones se impone una ronda nocturna por la pequeña y vieja ciudad, mientras las luces se van apagando y todo queda en una tranquila y apacible penumbra.

El significado remoto del nombre de Aguilar es Valle de Águilas, o lugar donde habitan muchas águilas. Situada en la comarca palentina de La Montaña, junto a la N-611 y equidistante de Frómista, Reinosa y Cervera de Pisuerga, fue poblada sucesivamente por cántabros, romanos y visigodos. Alfonso X El Sabio la declaró Villa Realenga en 1255. La noble Aguilar tiene un viejo castillo con origen en la Reconquista, que domina el lugar desde lo alto de un cerro próximo. También conserva murallas y puertas medievales, así como la iglesia de Santa Cecilia y el monasterio de Santa María la Real, hoy centro de estudios del románico palentino. Pueblo galletero como ninguno, en la década de los 60 nueve de cada diez galletas que se consumían en España salían de Aguilar de Campoo. Aunque esta ruta arrancará en dirección a Ponferrada, no hay que olvidar que en el entorno de esta ciudad milenaria se encuentra la mayor concentración de templos románicos de Europa, algo que, si se tiene tiempo, merece la pena conocerse.

Después de tomar un chocolate en la Plaza de España, enfilamos la CL-626 en dirección a Cervera del Pisuerga. Cervera es, juntamente con Aguilar y Guardo, una de las tres cabeceras de la comarca de La Montaña palentina, además de su capital natural. Merece la pena hacer un alto en el camino y ver en Cervera la iglesia gótica de Santa María del Castillo, que conserva dos interesantes retablos, uno de ellos conteniendo la célebre pintura de La Adoración de los Reyes de Juan de Flandes. Después de visitar Cervera, continuamos por la P-210, una carretera de interés paisajístico ya que recorre parte del Parque Natural de Fuentes Carrionas. Cogiendo un ramal que sale poco después de la pedanía de Ventanilla, se llega en diez minutos a San Martín de los Herreros y Rebanal de las Llantas, dos minúsculas aldeas encajadas entre laderas boscosas de gran belleza natural. Rebanal de las Llantas conserva en la iglesia del Salvador una magnífica pila bautismal románica. Los montes cercanos están poblados de robles y hayas.

Alejándonos ya de Rebanal, lo que no son montes frondosos son pastos, y las partes altas, eriales pelados y rocosos. Si se llega a Triollo a la hora de comer y se puede aguantar diez minutos más, conviene desviarse 3 kilómetros de la ruta y seguir en dirección norte la P-216 hasta llegar al vecino pueblo de Vidrieros. En el mesón El Molino se come muy bien. La P-210 continúa su trazado zigzagueante por un bonito paisaje que, en las alturas, deja ver calvas y rocosas cumbres que exhiben las cicatrices del frío abrazo de los neveros que las cubren gran parte del año. A la altura del embalse de Camporredondo y de Alba de los Cardaños es recomendable parar para disfrutar de una magnífica panorámica del embalse y de los bosques que lo rodean. La ruta se hunde después en una bella espesura de robles y hayas hasta divisar el embalse de Velilla. Mientras se bordea el pantano de Compuerto, se van dejando atrás pequeños núcleos de población: Camporedondo de Alba, Otero de Guardo, Velilla del Río Carrión... Estamos llegando a Guardo, el último pueblo de Palencia. Según Julio Caro Baroja, su nombre puede derivar de la palabra celta Ward, que quiere decir "tierra de tormentas".

Salimos del parque de Fuentes Carrionas y entramos en León por el parque regional de Picos de Europa, a la altura de la sierra de Brezo. En Guardo tomamos la CL-626 y vamos atravesando pueblos y contemplando las ruinas de lo que, en su día, fueron prósperas explotaciones mineras: la Espina, Valmartino, Cistierna, Olleros de Sabero, Grandoso... En el cercano pueblo de Sabero se inauguró en 2008 el Museo de la Siderurgia y la Minería de Castilla y León. Siguiendo la ruta de la CL-626, una de las poblaciones en la que nos detenemos es Boñar, que, además de conocido por sus dulces de hojaldre Nicanores, tiene un interesante puente medieval del siglo XIII, la iglesia de San Pantaleón, la de San Pedro y, sobre todo, el Museo de la Fauna Salvaje. Este museo surge del impulso y donaciones del doctor Romero Nieto. Además de un pequeño parque zoológico con especies locales, ofrece, a través de 16 salas, una espectacular e inesperada recreación de la vida salvaje del planeta, con salas que perfectamente podrían formar parte de alguno de los grandes museos naturales del mundo.

Dejamos la localidad de Boñar y algunos kilómetros después hacemos parada en la Vecilla, pequeño y delicioso conjunto histórico artístico con torreón del siglo XIV y el museo del Gallo Leonés. Dormimos en una aldea próxima a Vecilla, Candana de Curueño. El dueño de Casa Candana, la modesta casa rural en la que hemos pasado la noche, nos informa de una de las grandes curiosidades de la zona: la cría de los gallos leoneses para señuelo de pesca. Tomás Gil es una de las máximas figuras de la pesca nacional y casi un mito mundial en el mundo de los cebos de pesca gracias a la excepcional singularidad de los gallos leoneses, cuyas plumas tienen, al parecer, tonalidades, calidades, luminosidad y brillos que las hacen únicas en el mundo para confeccionar los cebos conocidos como mosca ahogada y mosca viva. Además de ser el único guía instructor de pesca reconocido en España, Tomás es, asimismo, el único maestro artesano español de cebos de pluma y el mayor criador de gallos para la confección de estos señuelos de río.

Seguimos por la CL-626 en dirección a la Robla; pero antes, a la altura de Robles de Valcueva, tomamos la LE-315 para visitar la famosa cueva de Valporquero. Siguiendo las grandes gargantas formadas por el río Torio y atravesando las preciosas hoces de Vegacervera se alcanza el pueblecito de Valporquero. A los pies de la población y en el extremo inferior de la Gran Dolina se abre la boca de la cueva de Valporquero. Cubriendo la mayor parte de la gran depresión del terreno de roca caliza explota en todas direcciones uno de los hayedos más importantes de la cordillera Cantábrico-leonesa. Estamos en la Reserva de la Biosfera de los Argüellos, con singulares formaciones geológicas como la cueva de Valporquero, la más grande y bella de todas, con una extensión de 3.120 metros, de los cuales son visitables 1.300.

Deshacemos el camino recorrido por la LE-315 y volvemos a la CL-626. Estamos llegando a La Robla. Entre los lugares de interés que merecen la pena está el yacimiento romano de Fenar y el castillo de Alba, que fue fundamental para contener el avance de Almanzor. Abandonamos la Robla y continuamos en dirección a la Magdalena y el Valle de la Luna, pero antes, en Otero de las Dueñas, tomamos una desviación que, cinco kilómetros más allá, lleva a Piedrasecha, un encantador pueblecito donde mi amigo Miguel conoce un pequeño e interesante restaurante, El Manadero: sopa de trucha, bacalao, morcilla, picadillo, chuletillas... Algo más arriba del pueblo está el desfiladero de los Calderones, uno de los principales enclaves de escalada internacional.

Volvemos a la CL-626 y nos adentramos en el Valle de La Luna, una carretera de alto interés paisajístico, y entramos en Babia, en la comarca de las tierras bajas de León. Atravesamos el valle de Laciana, con lugares tan emblemáticos como Villablino, que durante los años 80 y 90 tuvo la mayor empresa minera del carbón de Europa. La comarca y valle de La Laciana fue declarada por la Unesco en 2003 como Reserva de la Biosfera. En los bosques y brañas de la comarca, en los que abundan los tejos milenarios, se dejan ver especies tan emblemáticas de la fauna ibérica como el oso pardo, el lobo y el urogallo. Por lo que respecta al patrimonio histórico-cultural de la región, son innumerables los castros prerromanos, las casas solariegas y las iglesias medievales (Robles de Laciana, Rioscuro, Las Rozas...).

Abandonamos la CL-626 para enlazar con la CL-631 y la LE-463 hacia Santa María del Sil y llegar, por fin, a Ponferrada, la capital del Bierzo. Ponferrada, cruzada por un Sil tranquilo, atesora innumerables atractivos; desde su imponente castillo templario, su basílica renacentista de La Encina, su iglesia de San Andrés, pasando por la Torre y la calle del Reloj o el palacio consistorial de estilo gótico hasta, ya fuera de la ciudad, el casco histórico de Peñalba de Santiago y la iglesia mozárabe del mismo nombre en pleno valle de Oza. Para cerrar el viaje, un pequeño homenaje gastronómico con un magnífico botillo.