De Trujillo al "Río de las Amazonas"

La casa de Orellana, en Trujillo, en una cuesta aledaña a la parroquia de Santa María, ha sido transformada en hotel de lujo. No está lejos el solar de los Pizarro, un ortigal hace unos años y ahora una casa-museo que ilustra el diálogo entre culturas y continentes.

Carlos Pascual
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Foto: Lucas Abreu

El Año Orellana, sancionado por las más altas instancias del país, pretende ser algo más que el recordatorio de una figura algo empolvada (¡hubo tantas!) de la epopeya americana. Pretende un enfoque universalista, global en el mejor de los sentidos. El río que descubrió Orellana, el Amazonas, y su extensísima cuenca -el pulmón verde más dilatado del planeta- están en peligro. Aún siguen existiendo tribus no contactadas, cierto, pero la mayor parte del territorio se ve amenazado por madereros, petroleros, misioneros, ingenieros de Caminos y pescadores de río revuelto. El Año Orellana, por tanto, debería hacer hueco entre fastos y banquetes para tres cosas: recordar al personaje, sí, pero también potenciar su ciudad como reclamo turístico y, sobre todo, concienciarnos a todos de que somos parte de la aventura y responsables del planeta. Francisco de Orellana sale de Trujillo con 16 abriles. Ocho años después se encuentra en Perú, y allí participa con los hermanos Pizarro (que eran cuatro, y primos suyos) en diversas conquistas y refriegas. En una de ellas queda tuerto. Una de las misiones que le encomiendan sus parientes es refundar Guayaquil, que había sido arrasada por los indios. En 1541 se incorpora a la expedición de Gonzalo Pizarro, gobernador de Quito, para internarse por tierras del Este en busca de un mítico país de la canela y el oro (El Dorado). Cruzan los Andes. Pasa un año, sin resultados. Construyen un velero y siguen el curso de varios ríos. La dureza de la selva hace que pierdan 140 de los 220 españoles, y 3.000 de los 4.000 indios. Llegados a un punto deciden que Orellana, con 57 hombres, se separe del grupo y continúe río abajo en busca de víveres. No encuentra víveres, pero sí muchas dificultades. La fuerza de la corriente hace imposible regresar. Continúan arrastrados, como náufragos, y son hostigados por tribus ribereñas: los omaguas, los jíbaros (legendarios reductores de cabezas), los sanguinarios aucas... y por recias y belicosas mujeres que les disparan flechas envenenadas desde sus canoas. Estas hembras, altas y fornidas, raptaban a muchachos de tribus enemigas y, tras aparearse con ellos, los mataban o mutilaban. Como en la leyenda griega. Por eso Francisco de Orellana decidió bautizar aquel curso como "Río de las Amazonas".

Tras año y medio de aventura llegan al Océano Atlántico. El Amazonas quedaba descubierto como vía para atravesar el continente. Orellana regresa a España, acude a la Corte (a la sazón en la ciudad de Valladolid), se casa, es nombrado por el emperador gobernador de las tierras descubiertas, reúne una nueva expedición y cruza otra vez el Atlántico, con la intención de remontar desde allí el Amazonas. Perece en el intento, en noviembre de 1546, cuando cuenta 35 años. Un paisano que le había acompañado en su descenso anterior del río, el dominico Fray Gaspar de Carvajal (tuerto también, por una flecha de las hembras guerreras), redactó una Relación del Nuevo Descubrimiento del famoso Río Grande de las Amazonas, que se puede considerar como un reportaje o blog pionero de viajes.

La casa de Orellana, en Trujillo, en una cuesta aledaña a la parroquia de Santa María, ha sido transformada en hotel de lujo. No está lejos el solar de los Pizarro, un ortigal hace unos años y ahora una casa-museo que ilustra el diálogo entre culturas y continentes. Con la epopeya americana, a Trujillo le tocó la lotería, o algo así; la humilde y medieval Truxiello se convirtió de golpe en un laberinto de piedra cincelada, un chaparrón agotador de escudos y blasones de nuevos ricos. Espejo del triunfo en el primer sueño americano. De Trujillo eran, además de Orellana y los Pizarro (Francisco y sus hermanos Juan, Gonzalo y Hernando), soldados como Alonso Briceño (uno de "los trece de la fama"), Diego García de Paredes, Alonso de Sotomayor y algunos religiosos, arquitectos y hombres de letras que les acompañaron, como el citado Carvajal, Francisco Becerra (quien trazó las catedrales de Lima, Cuzco y Puebla), los también arquitectos Jerónimo Hernández, Alonso Pablos o Martín Casillas; Fray Jerónimo de Loaysa o Diego de Trujillo. Linajes nacidos de la aventura que hicieron lo que hacen siempre los emigrantes que triunfan: volver a su pueblo y epatar a sus paisanos. Para hacerse cabal idea de ese escaparate de vanidades, hay dos puntos de vista privilegiados: desde las almenas del castillo (de raíz árabe, que Trujillo alarga su origen hasta celtas y romanos) se tiene a los pies toda la ciudad, como una maqueta. Otro punto de vista diferente, a ras de suelo, se obtiene en la Plaza Mayor, nuevo epicentro urbano al costado del viejo recinto amurallado; en torno a ese espacio irregular se alzaron los palacios más floridos, el del Marqués de la Conquista, el de los Duques de San Carlos, el de los Orellana-Toledo, el de los Orellana- Pizarro... y nuevas iglesias y conventos (los píos religiosos nunca andan lejos de las pías fortunas).

Para descubrir esa jungla de piedra la mejor fórmula es la que propone el Consistorio, a través de la oficina de turismo: sacar un bono de visita guiada a los principales monumentos y museos (aunque no cubre todas las visitas posibles). No solo tienen muy bien organizado lo de las visitas sino que en cierta manera Trujillo, modelo de desarrollo turístico. Conventos o casonas han sido transformados en hoteles o restaurantes, otros acogen museos, las tiendas de productos de la tierra han crecido como hongos, pero, sobre todo, se ha instalado un cierto estilo para dar altura y calidad a la oferta turística, desde el alojamiento con encanto (no siempre de lujo) a las terrazas o veladas románticas, o esas noches dramatizadas que se anuncian para el presente estío.

Trujillo fue generosa en el pasado, enviando a sus hijos a descubrir mundo. Y quiere ser también generosa ahora, alzando la vista por encima del ombligo; por supuesto que algo espera ganar con la efemérides (todos quieren pescar algo: el alcalde de Orellana, un pueblito del Perú, reclama su porción de tarta a cuenta del topónimo), pero es más importante lanzar la mirada como un dardo de las amazonas, tomar conciencia de los peligros que ahora nos acechan en la selva global: el cambio climático, la deforestación, la amenaza de las especies, la degradación del medio ambiente, la pobreza, la asfixia de las culturas indígenas... Ni los descubrimientos ni las conquistas han terminado todavía, en este planeta tan chico.