Costa Rica, el rincón natural de Centroamérica

"¡Pura vida!" suelen responder los costarricenses cuando comienzan o terminan una conversación entre amigos. Son dos palabras que encajan perfectamente con la belleza de este país centroamericano, de un tamaño similar al de Aragón. Un paraíso natural, se mire como se mire: de norte a sur, de este a oeste y siempre entre dos mares, el Caribe y el Pacífico, con parques nacionales cubiertos de selva, bosques lluviosos y volcanes humeantes.

Javier Carrión
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Foto: Eduardo Grund

La capital, San José, es la puerta de entrada a Costa Rica. Levantada en el Valle Central, el más poblado de todo el país, sorprende por el dinamismo de todo su centro neurálgico, presidido por el Teatro Nacional. Este emblemático edificio, construido en el año 1898 por la burguesía de la ciudad, representa con el resto de la Plaza de la Cultura el lugar de encuentro de los josefinos -así se les llama a sus habitantes-, parejas de enamorados, músicos o aspirantes a artistas que deambulan por este palpitante corazón urbano, donde también sobresale el primer hotel de San José: el Gran Hotel de Costa Rica, que fue inaugurado en 1930. De esta transitada plaza parten numerosas calles, como la Avenida Central, de casi tres kilómetros de longitud, que muestra ese ir y venir incesante de sus habitantes comprando y curioseando, mientras en los bajos de la plaza se exhiben los tesoros del Museo de Oro, una de las colecciones precolombinas más importantes del continente, con 1.600 piezas de oro moldeadas por las tribus indígenas que habitaron estas tierras a partir del año 300 d.C. Este edificio también cuenta con salas de exposiciones temporales de arte local.

El Caribe

Atravesar el Parque Nacional de Braulio Carrillo significa el primer contacto con esa naturaleza primitiva y virgen que representan los bosques lluviosos impregnados de una niebla misteriosa y sobrecogedora para el visitante. Nos acompañan en esta ruta que se dirige al Caribe costarricense cientos de transportistas que llevan sus mercancías a Nicaragua y Panamá, unos viajeros muy diferentes a los que capitaneó Cristóbal Colón en 1502 cuando desembarcó en Isla Uvita, a tres kilómetros de Puerto Limón, y quedó prendado por los colgantes de oro y otros tesoros que lucían aquellos nativos que el almirante llamó "indios". Dicen que esa impresión le llevó al navegante y a otros conquistadores españoles posteriores a dar el nombre de Costa Rica a este país, que, sin embargo, no disponía de las riquezas de México o Colombia.

En el camino hacia esas tierras bajas el paisaje cambia. Surgen numerosos ríos que descienden con fuerza de los volcanes, entre los que destaca el Irazú, de 3.432 metros, el más activo del país. Los caudales del Herediano, el Toro Río Amarillo, el Costa Rica o el Pacuare son un buen exponente de todos los que riegan estas tierras plagadas de plantaciones de frutas. Antaño fueron explotadas por las compañías fruteras estadounidenses, decisivas en la llegada del ferrocarril, hoy ya desaparecido, que transportaba piñas y plátanos desde finales del siglo XIX. En la construcción de esa vía férrea colaboraron decisivamente 11.000 jamaicanos de habla inglesa; hoy sus descendientes dan un toque diferente a este rincón genuino que se percibe en sus costumbres afrocaribeñas, en su propio dialecto criollo (mekatelyu) y en su gastronomía, con el coco como primer ingrediente. Y si uno se atreve, puede embarcarse desde estas tierras lluviosas en una excursión a la Cordillera de Talamanca para comprobar que algunas tribus indígenas continúan viviendo como hace 500 años. La ruta no es sencilla. Se necesitan cuatro horas entre coche, botes, balsas y caminata a pie para llegar a la Reserva Britsi, pero esa incursión en el tiempo resulta apasionante.

No le va a la zaga, en lo que a pasión se refiere, el Parque Nacional de Tortuguero. Este entramado de canales, lagunas, caños y ríos, que forman una auténtica obra de ingeniería entre Puerto Limón y los pueblos costeros, demuestra que todo está en su sitio para el deleite de los turistas. Desde la extraordinaria vida animal, representada por cocodrilos, iguanas, monos, caimanes y tortugas -y están todos a la vista con unos buenos prismáticos-, a la vegetal, con su principal estandarte, la pachira acuática -la denominada flor de Costa Rica-, cuyos pétalos solo brotan un día en su periplo vital. Todo sorprende en este Tortuguero, cuyo pueblo vivió sin electricidad hasta 1982 y que hoy cuenta con 1.800 habitantes que viven de la pesca y el turismo: 120 de ellos son guías locales del parque.

El Pacífico Central

Doscientas millas, unos 322 kilómetros, separan el Mar Caribe del Océano Pacífico, pero hay que atravesar la espina dorsal del país para alcanzar su costa más extensa, con 1.200 kilómetros de litoral, y eso lleva tiempo. Una buena alternativa es acercarse a San Gerardo de Dota en el camino hacia el Pacífico Central. El lugar se encuentra a unos 2.200 metros de altitud en el valle del Savegre, el río con las aguas más limpias de Centroamérica, que está considerado el paraíso del quetzal. En el valle, repleto de huertos, viven unos 300 ejemplares de estas aves únicas en el mundo gracias al bosque lluvioso cubierto de aguacatillos silvestres, que constituye su refugio para alimentarse y criar. A primera hora de la mañana resulta sencillo divisar tanto a machos como a hembras, luciendo su admirado plumaje verde y rojo, aunque conviene abrigarse adecuadamente. La temperatura en esta zona desciende unos 20 grados, e incluso en algún hotel, como el Trogon Lodge, te facilitan una bolsa de agua caliente para introducirla en la cama antes de conciliar el sueño por la noche. Tras las fuertes emociones del día, el gesto se agradece.

Espera en la ruta el Parque Nacional Manuel Antonio, ya en aguas del Pacífico Central. Siendo el parque más pequeño del país, se le considera su escenario estrella porque despliega una gran diversidad de vida silvestre. Sin apenas esfuerzo se puede observar al basilisco, el lagarto que desconcierta a sus depredadores corriendo sobre el agua, o a los monos capuchinos, llamados popularmente de cara blanca, que saltan por los árboles buscando al turista despistado para robarle algo de comida. Todo ello con un conjunto de playas paradisíacas -la número 3 se lleva la palma al fondo de una ensenada- que guarda otros habitantes singulares, como el mapache o las iguanas, siempre inquietantes aunque inofensivas (pero mejor abstenerse de jugar demasiado con ellas).

Guanacaste, la tierra de los "sabaneros"

La belleza de este lugar impacta porque quizás se siente la fuerza y la armonía de la naturaleza como en ningún otro lugar, con una selva que avanza hasta la misma arena de las playas. Mucho más que en Guanacaste alcanzando el Pacífico Norte, no tan exuberante pero también muy salvaje. Esta es la tierra de los sabaneros ("jinetes de la llanura") y conserva un acusado sentido de la tradición, muy visible en sus fiestas: los carnavales, la monta de toros y los bailes y trajes folclóricos. Curiosamente estas costas son visitadas por centenares de surferos llegados de otros países, que buscan algunas de las playas más bellas del país. Sus arenas blancas y negras reciben a las olas con una excitante furia, imitando de alguna manera el vuelo de los juguetones pelícanos, presentes en este precioso litoral.

Monteverde y Arenal

De vuelta al corazón geográfico de Costa Rica, hay que detenerse en Monteverde y Santa Elena para pisar uno de los bosques lluviosos mejor conservados del mundo. Su acceso no resulta cómodo, pero la excursión vale la pena. Solo se puede llegar a esta zona por caminos de tierra, ya que no se ha permitido hasta la fecha asfaltar las carreteras con el fin de proteger el ecoturismo. Jardines de mariposas, orquídeas y colibríes, ranarios, serpentarios, junglas de murciélagos e insectarios hacen las delicias de los visitantes, y los más atrevidos pueden practicar el canopy (tirolinas) o atravesar los célebres puentes colgantes que sobrepasan en algunos casos el centenar de metros. Caminando por el cielo en las pasarelas se disfruta del dosel de esta magnífica reserva biológica, con las mariposas del tamaño de una mano, las hojas enormes que los ticos locales llaman "sombrillas de pobre" o, ya en la superficie, sorprenden los anfibios y reptiles, de todos los colores, y los felinos más salvajes, como el puma y el ocelote.

El recorrido por esta Costa Rica esencial tiene su broche final en el Volcán Arenal. Después de 500 años inactivo, entró en erupción en 1968 y ahora mantiene una actividad controlada. Sus aguas termales, que nacen a 40 grados en la falda del volcán, descienden por los ríos terrestres y subterráneos, creando un auténtico vergel que ofrece incluso beneficios para la salud. El balneario de Tabacón es, sin duda, el más recomendable. De día y de noche, siempre con la silueta presente del volcán y en clara sintonía con la selva, la inmersión en las aguas calientes se convierte en una experiencia mágica para el visitante. La misma magia que atesoran los diferentes paisajes de Costa Rica. Pura vida.

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