Costa del Egeo: maravillas turcas frente al mar

Desde Canakkale a Bodrum, pasando por Troya, Izmir, Pérgamo o Éfeso, la costa del Egeo forma un perfil complejo y caprichoso que constituye una de las caras más bellas de Turquía. El menú que presenta al viajero es irresistible y variado: vestigios de los orígenes de la civilización occidental, ciudades cosmopolitas, encantadores pueblecitos y, por supuesto, algunas de las mejores playas del Mediterráneo.

Juan Manuel Bermejo
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Foto: Álvaro Arriba

Un vistazo al mapa sirve para ver que el Egeo es algo más que una subdivisión del Mediterráneo. Este mar dentro de un mar, de costas irregulares, y plagado de islas, sería el tablero ideal para situar una novela tolkieniana o cualquier otro tipo de fantasía protohistórica. De hecho, en su orilla asiática se forjaron los orígenes de nuestra cultura en una constante alternancia de guerras, comercio e intercambios culturales entre Oriente y Occidente. Con un pasado lejano dominado por las influencias griegas y romanas y un presente modelado por el turismo y el comercio, la del Egeo es considerada aún hoy la región más occidentalizada, y laica, del país. Es también uno de los grandes destinos del Mediterráneo, pero, a diferencia de la mayoría de sus competidores en el sol y playa, combina la belleza de sus costas con un patrimonio artístico de categoría mundial. Todo esto hace que constituya una excelente aproximación a Turquía, con la suficiente carga de exotismo oriental, pero con un aire familiar. Y es que tras los nombres de Truva, Bergama, Izmir, Selcuk o Bodrum se esconden Troya, Pérgamo, Esmirna, Éfeso o Halicarnaso, lugares que parecen grabados en nuestra memoria ancestral.

Troya y Galípoli

Las guías turísticas suelen ser un poco crueles con Troya. Ciertamente, no es muy espectacular (probablemente su mejor foto sea la del caballo de madera, tamaño timeo Danaos et dona ferentes que hay a la entrada). Pero, ¿qué mejor lugar para evocar nombres como Aquiles, Helena, Héctor o Ulises, que están en el origen de la literatura y la historia occidental? La obsesión por encontrar la Ilión de Homero llevó al alemán Schliemann a excavar, muchos dicen que a expoliar, esta colina situada a pocos kilómetros del Estrecho de los Dardanelos. Schliemann no encontró una Troya sino nueve, que abarcan desde la Edad del Bronce hasta la época bizantina. De la ciudad que, según la mayoría de los arqueólogos, fue arrasada por Ulises y los suyos, Troya VII (1250-1000 a.C.), puede admirarse aún hoy parte de las murallas. Como todo el mundo sabe, los griegos no tuvieron necesidad de derribarlas.

A 32 kilómetros de Troya, la animada ciudad portuaria de Canakkale es la puerta de entrada a un campo de batalla donde se forjó otro cambio de era. Desde allí se toma el ferry que conduce a la península de Galípoli, escenario de una de las batallas más célebres de la Primera Guerra Mundial. En el año 1915, tropas australianas y neozelandesas agrupadas en el mítico ANZAC trataron de tomar el Estrecho de los Dardanelos. Esta vez no hubo caballo de Troya que venciera la resistencia de los mehmets, entre los que se encontraba Mustafá Kemal, el futuro Atatürk, pero la batalla se convirtió en un episodio fundacional tanto para las naciones de las antípodas como para la Turquía moderna, fundada por el mencionado Atatürk. Entre pinares y olivos se alternan cementerios al borde del mar y restos de las respectivas trincheras, tan cercanas en algunos tramos que los soldados de ambos bandos se arrojaban granadas o compartían tabaco según fuera la ofensiva.

Assos y Ayvalik

De camino hacia al sur, en Assos (o Behramkale) están las ruinas del templo de Atenea. Pero no es este el motivo para parar, entretenerse o hasta crear una escuela de filosofía, como hizo Aristóteles en este bellísimo pueblecito costero. En Assos lo que se estila es descansar de las piedras y disfrutar en las idílicas terrazas de una cerveza y de la vista del mar lujurioso, casi tropical, en el que desembocan las empinadas laderas. A pocos kilómetros, Ayvalik, que fue hasta los desplazamientos demográficos de después de la Primera Guerra Mundial un pueblo griego, es paradójicamente un excelente lugar para empaparse del turkish way of life. En sus callejuelas los cafés rebosan de lugareños charlando, tomando té o jugando al backgammon mientras que desde alguno de los bares del puerto se puede disfrutar del periódico mientras se observa de reojo el trasiego de ferris y barcos de pesca.

Pérgamo y Bergama

Los restos del templo de Trajano dan una idea de la dimensión monumental de la acrópolis de Pérgamo, que se miraba en la de Atenas y que, como ella, sufriría siglos después el expolio de las potencias europeas: el magnífico altar de Zeus, trasladado por los alemanes en el siglo XIX, puede aún verse en el Pergamonmuseum de Berlín. Su posición en un empinado cerro permitió a sus habitantes construir un espectacular teatro, con capacidad para diez mil personas, que aprovecha la pendiente de la ladera. En la cima, las ruinas de la biblioteca, la segunda más grande de la antigüedad tras Alejandría, atestiguan la importancia cultural de la ciudad que inventó el pergamino.

La localidad de Bergama, en la llanura que circunda la acrópolis, es una deliciosa mezcla de mezquitas, caravansarais (antiguas fondas para las caravanas de mercaderes) y mansiones otomanas con restos de la antigua ciudad grecorromana. Entre los últimos destaca el Asclepion, un complejo médico conocido en todo el mundo antiguo, donde estudió y trabajó el mítico Galeno. Muy cerca del centro puede verse la espectacular mole de ladrillo rojo de lo que fue el templo de Serapis y posteriormente se convirtió en una de las Siete Iglesias del Apocalipsis según San Juan.

Izmir

La tercera ciudad del país se parece más a Tesalónica o Barcelona que a Estambul y Ankara, aunque comparte con sus compatriotas el caos del tráfico. Puerto vital del Mediterráneo desde tiempos romanos, la ciudad, probablemente la más moderna y occidentalizada de Turquía, es la tercera de las tres Esmirnas, sucesivamente abandonadas tras terremotos, incendios y otras vicisitudes históricas. Satisface ampliamente los instintos urbanitas del viajero con un centro, el barrio de Konak, en ebullición, elegantes calles comerciales y un bazar donde el regateo y las compras se alternan con la arquitectura otomana.

Izmir se precia de su multiculturalismo iniciado por los sefardíes expulsados de España, cuyos descendientes aún habitan el barrio judío de Karatas, y continuado por la llegada de comerciantes occidentales y por una importantísima comunidad griega de la que quedan pocos vestigios tras su expulsión en 1922. A diferencia de otras grandes ciudades del Mediterráneo, Izmir se lleva muy bien con el mar gracias, entre otras cosas, a su coqueto y animado paseo marítimo, el Kordon.

Éfeso y Kusadasi

Si su tolerancia a las ruinas empieza a agotarse, resérvese para Éfeso. Más allá de la icónica biblioteca de Celso, la dimensión de esta antigua metrópolis es tal que es posible perderse pese al constante desembarco de turistas procedentes de los cruceros. La ciudad alcanzó su esplendor en la época romana gracias a un puerto cegado hace siglos por la sedimentación. Sus ruinas combinan de manera perfecta la monumentalidad de lo público en sus avenidas flanqueadas de columnas, en su teatro o en templos como el de Adriano con una emocionante aproximación a la vida cotidiana y privada en los mosaicos, murales y hasta letrinas de las numerosas viviendas que se conservan. La ciudad más cercana a Éfeso, Selcuk, cuenta con un interesante museo dedicado al yacimiento, o la Casa de María, donde se dice que la madre de Jesús pasó sus últimos años. Si el síndrome de Stendhal empieza a hacer estragos, lo mejor es dirigirse a la vecina ciudad costera de Kusadasi para recibir un sano, y descerebrado, divertimento playero en esta clásica ciudad-resort que hiberna desde el otoño y despierta en primavera.

Bodrum

Si el rey Mausolo levantara la cabeza, probablemente volvería a bajarla. De su tumba, que tan cuidadosamente diseñó, solo quedan unas piedras convertidas en castillo por unos caballeros hospitalarios, pero poco interesados en la conservación de una de las siete maravillas del mundo antiguo. Llevaba 19 siglos en pie. Bodrum es nada menos que Halicarnaso, patria del rey de los carios que da nombre a los monumentos funerarios ostentosos. Situada en el límite sur del Egeo, fue una de las cunas del desarrollo turístico en la costa turca, pero ha sabido mantener su encanto. El castillo de San Pedro, convertido en uno de los museos de arqueología submarina más importantes del mundo, separa la ciudad en dos bahías con personalidades diferentes. A la de Salmakis, que contiene el puerto deportivo, lo suyo es llegar en yate y disfrutar del lujo de sus restaurantes frente al mar. La de Kumbahce atiende al resto de los mortales que por un módico precio también pueden deleitarse con una jornada en barco o gület para disfrutar de las idílicas playas y el excelente buceo que ofrecen los alrededores Bodrum.

Escapada al "castillo de algodón"

A unos 200 kilómetros de Éfeso, hacia el interior, se encuentran las icónicas terrazas blancas de Pamukkale (el castillo de algodón), posiblemente una de las postales más famosas de Turquía. Durante siglos, la fuente termal situada en lo alto de la colina ha ido creando una sucesión de piscinas naturales de travertino que desde lejos parecen una creación humana.

Las ventajas terapéuticas de estas aguas que emanan a una temperatura constante de 36ºC eran ya conocidas en la antigüedad. Los romanos construyeron aquí el impresionante balneario de Hierápolis, que tuvo su esplendor en época bizantina y no fue abandonado hasta el siglo XIV. Su impresionante necrópolis atestigua que, aunque beneficiosas, las aguas de Pamukkale no hacen milagros.

Durante años se temió por su conservación debido a la masiva afluencia de visitantes, pero en los últimos tiempos se han tomado medidas para la correcta protección de este lugar declarado en 1988 Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. El acceso está limitado en muchas zonas, hay que ir descalzo y periódicamente se realiza un proceso de vaciado de las piletas para luchar contra la contaminación y las algas.

Para visitar las deslumbrantes terrazas, las cautivadoras ruinas y bañarse en su famosa piscina entre restos de columnas sumergidas es mejor evitar las horas y días más obvios, sobre todo en verano.