Cortijos y palacios en los Pueblos Blancos de Cádiz

Entre Arcos de la Frontera y Grazalema, son 17 localidades de deslumbrante blancura, enmarcadas por vegas y pronunciadas montañas que hacen olvidar por completo la idea de una Andalucía sedienta. En los Pueblos Blancos de Cádiz, cal, agua y vegetación son protagonistas; también en sus hoteles rurales.

Alfredo G. Reyes
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Foto: David Santiago

Desde hace años, muchos de los residentes extranjeros (y nacionales) de la Costa del Sol han elegido, como escapada alternativa a la fiebre constructiva que agobia el litoral malagueño, la que es una de las comarcas más espectaculares de Andalucía, los Pueblos Blancos de Cádiz. No parece mala elección cuando se recorren las sinuosas carreteras que comunican la casi veintena de localidades de la zona, desconcertados ante un paisaje que más parece del norte de España y gratamente sorprendidos por la hospitalidad de quienes se saben auténticos privilegiados de vivir en una zona llena de atractivos. Como es lógico, a esa tendencia han respondido los hosteleros y autoridades locales favoreciendo la proliferación de pequeños alojamientos. La mayor parte son casas rurales, pero también hay hoteles con mucho sabor andaluz.

Si se llega desde Sevilla o Cádiz, el primer paso de la ruta es Arcos de la Frontera. Aupada a una espectacular peña que han recortado a lo largo de milenios las aguas del Guadalete, la villa parece un espejismo de deslumbrante blancura cuando se la divisa desde la carretera. Y ya a kilómetros de distancia, en el perfil urbano de Arcos destaca la torre de la iglesia de Santa María, en la Plaza del Cabildo. Junto a ella, desde los años 70 se sitúa el Parador. Muchos vienen a este recinto para disfrutar de las mejores panorámicas (de vértigo) de la ciudad a través del ventanal-mirador de la cafetería o, si el tiempo acompaña, desde la terraza. Pero quienes se animan a dormir en cualquiera de sus 24 habitaciones disfrutan no sólo de las vistas (las que tienen terraza, de la 6 a la 9 y de la 15 a la 18) sino también del silencio, roto por el tañido de la campana de un convento cercano cuando llama a las monjas a la liturgia de las horas.

Apenas a 50 metros del Parador, camino de la iglesia de San Pedro, Elena, una catalana enamorada de Andalucía, compró en 1998 una típica casa con patio andaluz para convertirla en su casa y, después, en La Casa Grande, uno de los hoteles con más personalidad de Arcos. Aunque la casa ya tenía un marcado carácter, adoptado a lo largo de varios siglos, gracias a los personajes que habitaron en ella, como, por ejemplo, Antonio El Bailarín, Elena ha creado un reducto de tranquilidad y un gusto muy particular. Las ocho habitaciones, el patio acristalado, la terraza-solárium, la biblioteca y el pequeño salón están decorados con objetos y muebles unas veces cedidos y otras comprados en anticuarios y chamarileros, además de con los cuadros de los pintores Mike England, Ramón Herreros, Perico Pastor y otros amigos de la propietaria. Así, cada estancia tiene su toque, sus diferentes tonos cromáticos, tan sólo unificados por el estilo abierto de los baños. Aunque es difícil decantarse por una u otra habitación, la más curiosa es la que ocupa el antiguo palomar, con salida directa a la terraza.

Alojarse en el cogollo monumental de Arcos es la mejor opción para quienes quieran disfrutar del trasiego que envuelve la ciudad a diario. Pero si se busca algo más tranquilo, la alternativa está muy próxima a la carretera A-372, la misma que conduce hasta el corazón montañoso de la comarca. Allí, apenas a un par de kilómetros de Arcos, en uno de los extremos de la urbanización El Santiscal, la familia Hendawy Gallardo montó y gestiona desde 1995 el Hotel Hacienda El Santiscal. Un alojamiento de doce habitaciones y un gusto exquisito, instalado en un cortijo de finales del siglo XV, en una propiedad cedida al caballero y héroe de guera Juan de Armario, y hoy propiedad del conde de Lebrija. La hacienda mezcla estilos en sus espacios: del claro sabor andaluz del patio o el restaurante de invierno (en verano se desayuna y cena en el patio y en el jardín con piscina) al intimista ambiente del british bar; o de los sabores de la cocina tradicional andaluza a los platos de cocina árabe que, previa petición de los clientes, cocina Hassan, marido de Paquita, alma máter del hotel, donde también trabaja Azahara, una de sus hijas. En cuanto a las habitaciones, llama la atención que cada una esté pintada con colores diferentes, coordinados con parte del mobiliario original que se encontraba en la finca, o con las llamativas telas de cortinas y colchas.

Quienes quieran vivir durante unos días en una hacienda agrícola andaluza también pueden hacerlo en el Cortijo Huerta Dorotea, junto a Prado del Rey. Este hotel se encuentra a un par de kilómetros de la localidad, rodeado de huertas que traen hasta sus seis habitaciones y 20 cabañas de madera los olores (y sabores) de cada estación. Y es que si por algo destaca este lugar es porque permite experimentar las sensaciones de dormir y despertar en el campo, disfrutando de los sonidos del amanecer o divisando la blancura del casco urbano del pueblo, recortado en un cielo casi siempre azul.

De todas las instalaciones del establecimiento destaca, sin duda, la piscina, junto a un jardín cuidadísimo que muchas personas eligen como marco para sus celebraciones. Pero lo que realmente llama la atención aquí es la amabilidad de Antonio Fernández, propietario y co-fundador de este alojamiento, uno de los pioneros de la zona, pues abrió sus puertas en el año 1991.

Huerta Dorotea anticipa la esencia rural y montañosa de otros muchos alojamientos de los Pueblos Blancos. Ruta en la que destaca, por muchos y atractivos motivos, la localidad de Grazalema. Muy conocida por albergar en su municipio el lugar con mayor pluviosidad de España (el corredor del Boyar, junto al puerto de las Palomas), Grazalema es también un bellísmo pueblo de muros encalados y tejados de barro, en el que abrió, en el año 2000, el primer cuatro estrellas de la Sierra de Cádiz: el Hotel Puerta de la Villa. No sólo hotel, por cierto, pues también alberga cinco apartamentos, ideales para familias con hijos o grupos de amigos.

Este alojamiento, situado en pleno centro de Grazalema, ofrece unas increíbles vistas a la sierra, sobre todo desde las habitaciones 3 y 25 y las suites 12 y 26, esta última la más solicitada. El edificio, además, está lleno de detalles personales, aportados por Rodrigo Valle y su familia, propietarios del negocio. Por ejemplo, en el patio andaluz, que hace las veces de terraza del bar y que alberga una vitrina con una colección de máquinas de escribir y aparatos de contabilidad antiguos, o en el restaurante, donde la estrella son las chacinas de la zona, o también en la zona spa, con sauna y jacuzzi.
Pero, sin duda, el mejor mirador a Grazalema es el que ofrecen la terraza, jardín y habitaciones superiores del Hotel Fuerte Grazalema, a cinco kilómetros de la localidad. Cuando se llega a él llama la atención la estructura del edificio, en nada parecida al resto de alojamientos de la zona. La explicación está en que se diseñó como centro de alto rendimiento deportivo, idea que se quedaría para siempre en el tintero de la burocracia.

Reconvertido el proyecto en hotel, desde 2002 es una referencia para familias que viajan con niños. Casi todas suelen alojarse en las habitaciones de la planta inferior, con salida directa al jardín y la piscina. Y casi todas pasan algún momento de su estancia en la granja, con gallinas, burro, oveja, cabra, cerdo y hasta avestruz, donde los niños pueden dar de comer a los animales.

Fuerte Grazalema, pese a su tamaño (77 habitaciones), tiene vocación integradora con el privilegiado medio ambiente en que se encuentra, intentando cumplir la etiqueta de hotel ecológico, con la optimización del consumo de agua y del tratamiento de los residuos y con una gestión responsable de la cantidad de comida que se sirve en el restaurante. Siguiendo este propósito, las habitaciones también están equipadas y decoradas de una forma rústica a la vez que cálida. Este establecimiento es también un buen punto de partida para conocer la parte más oriental de los Pueblos Blancos de Cádiz, una ruta que engloba localidades tan escenográficas como Zahara de la Sierra, Olvera, Benaocaz o Setenil de las Bodegas, y que, desde luego, merece la pena conocer en un viaje de varios días.