Close Up África, Sudáfrica en primer plano

Premio al mejor hotel del mundo, a la mejor reserva de safari fotográfico de África, al mejor hotel en la naturaleza, al mejor servicio. Las distinciones abundan en Mala Mala, el primer alojamiento de lujo para safaris fotográficos que se creó en Sudáfrica, y en todo el continente africano, hace ahora 50 años.

Mariano López

Su nombre se refiere, en la lengua shangaan local, al antílope sable negro, un extraordinario animal de gran alzada, cabeza similar a la del macho cabrío y característico pelaje negro que mezcla, en su cara, con franjas de color blanco. Su fama se debe a las posibilidades queofrece de avistar, en un tiempo mínimo, los big five, los cinco grandes mamíferos de la sabana, y al exquisito, delicado cuidado con el que Mala Mala trata a sus exclusivos clientes en uno de los parajes más salvajes de África. La primera vez que estuve en Mala Mala acababan de colgar un par de fotos polaroid en la recepción dos de sus últimos huéspedes: los cantantes Rod Stewart y Elton John. Entonces, como ahora, la reserva ofrecía tres posibilidades de alojamiento: el campamento central, Mala Mala Main Camp, formado por 18 cabañas junto al restaurante, la tienda y el resto de instalaciones comunes, y otros dos campamentos estratégicamente situados junto al río: Sable Camp, con sus siete suites rodeadas por formidables árboles, y Rattray''s on Mala Mala, que ofrece ocho khayas, cabañas de caoba africana situadas en lo alto de una colina. Entonces los campamentos tenían otros nombres y las cabañas más lujosas eran las del campamento central, pero ahora es posible que no quepan distinciones: el lujo no conoce grados y la organización del campamento en áreas diferentes solo responde a la intención de crear el mínimo impacto posible en el área circundante.

La finca donde se elevan las cabañas de Mala Mala ocupa 16.000 hectáreas de un área contigua al Parque Nacional Kruger. No hay barrera entre los límites del parque y la finca privada, que limita en uno de sus bordes con el Kruger a lo largo de 32 kilómetros de frontera. Los animales pueden entrar y salir. Nada puede asegurar que el visitante vaya a encontrarse, un día como hoy, con los big five: león, leopardo, elefante, rinoceronte y búfalo del Cabo. Pero las probabilidades están a favor de Mala Mala, que juega con una ventaja:la extraordinaria diversidad que ofrecen los territorios adyacentes al río Sand a su paso por la finca, un lujo natural que ha creado espacios boscosos para el leopardo, abiertos para el león, matorrales y bayas para el rinoceronte negro y praderas de hierba para el rinoceronte blanco, espacio y comida para las manadas de búfalos, y agua y flora, en abundancia, para los elefantes.

Mala Mala nació como una reserva de caza, el mismo año en que el Parque Nacional Kruger abrió sus puertas al público, en 1927. Los disparos desaparecieron en 1962, cuando el hijo del anterior propietario, Wac Campbell, decidió que habían llegado los tiempos de cambiar las escopetas por cámaras fotográficas. En 1964, Michael Rattray y su esposa, Norma, adquirieron la propiedad y dieron un paso más, entonces absolutamente novedoso: crearon un alojamiento de lujo, el primero de su género en toda África, con un estilo, una manera de organizarse y trabajar que luego tendría muchos seguidores y herederos, desde Sudáfrica hasta Uganda e incluso más allá del continente, en las selvas de Costa Rica o en los territorios del tigre, en la India.

Son las cinco de la mañana y acaban de dejar un servicio de té y café, con galletas y pastas, a la puerta de nuestro rondavel. Es el primer desayuno, muy ligero, el que precede al safari del amanecer. Un guía acompaña nuestros pasos hasta el vehículo de safari: un todoterreno descubierto, acondicionado para llevar un transportín donde se sienta el rastreador, el especialista en seguir las huellas y otras pistas de los animales. En los asientos, dispuestos como bancos corridos, en escalera, hay mantas y chubasqueros, a disposición de los huéspedes. Solo viajan, en cada coche, un máximo de cuatro ocupantes, más el rastreador y el chófer. Delante del parabrisas, tumbado sobre el capó, hay una vieja escopeta de cerrojo, similar a un fusil mauser, que el conductor se encarga de cargar con gran ceremonia para que los ocupantes del vehículo adviertan que no viajan sin protección."¿Alguna vez la ha disparado?", le pregunto. "No, nunca -me dice-.Pero los clientes agradecen saber que la llevamos".

El primer encuentro es con un grupo de impalas. En shangaan, impala se dicemala, y cuando el rastreador comenta, señalando al rebaño, "mala mala", no sabemos si estamos volviendo al campamento o es que acaba de descubrir al elusivo, tímido, escaso antílope sable, un tesoro en peligro de extinción. Luego, la radio del coche avisa que otros coches, de otros campamentos, han divisado leones. Se transmite su localización. Es una familia, de unos cinco miembros, que avanza por la sabana quizá en busca de caza o de un lugar de descanso, donde pasar el día cerca del agua y de una segura sombra. Los coches se disponen al avistamiento sin cortar el paso de los animales, ni situarse a su alrededor. No puede haber más de cinco coches a la vez en el momento del avistamiento. La organización es clave para asegurar la calidad de la experiencia.

Después del desayuno principal, el centro del día transcurre, por mi parte, en el mirador frente al río. Los búfalos, que seguramente han bebido de las aguas del Sand mientras estábamos junto a los leones, se alejan, ahora, con parsimonia, hacia las profundidades del bosque. Una pareja de elefantes se revuelca en el barro. Dos águilas pescadoras vigilan, desde las tronchadas ramas de dos árboles secos, el curso del río, mientras exploro con los prismáticos las arenas donde duermen los cocodrilos y los primeros matorrales de un bosque bajo por donde asoman, de vez en cuando, las singulares cabezas de las jirafas. Uno de los rangers me pregunta: "¿Cree que se necesita algo más que contemplar este paisaje para ser feliz?". Es un chico joven, holandés, que estudia Biología y ha conseguido el empleo de guía y ranger en Mala Mala después de varios meses de formación. Piensa volver a Amsterdam, a seguir con sus estudios, pero no tiene prisa. "Esto es el paraíso", me dice. Y creo que tiene razón. África despierta cada una de nuestras células. Necesitamos más vista, más oído y más olfato para movernos cerca de los leones, es una sensación especial, una especie de euforia, cercana, sí, a los momentos de felicidad.

Al atardecer, nueva salida. El primer objetivo se diría que es ver atardecer,uno de los grandes espectáculos de la sabana. En Sudáfrica, lejos del Ecuador, el Sol parece que acelera en el último minuto su caída. Una bola inmensa, púrpura, se esconde de golpe tras el horizonte. El ranger dispone una mesa con salmón, delicatessen, champán francés y vino blanco sudafricano, excelente. Mala Mala fue el primer lodge de África que tuvo este detalle: una copa de champán durante la puesta de Sol. Luego, el safari nocturno. El rastreador conecta un potente foco con la batería del coche y empieza la búsqueda del leopardo. El territorio de Mala Mala posee la mayor concentración de leopardos por metro cuadrado de Sudáfrica, quizás del continente.El safari de noche es aún más emocionante que el de por la mañana. El encuentro de la luz con los animales en ocasiones nos impacta más a nosotros que a ellos. Cuando miro hacia mi derecha, a una zona a la que apenas llega un halo de luz, veo un leopardo magnífico, enorme, que nos mira, quieto, desde el suelo. No me atrevo a moverme, pero susurro al rastreador lo que acabo de ver. "Buen ojo", me dice. Avisa por radio y damos la vuelta. Miro al cielo y se ve brillante la Cruz del Sur. Es una noche maravillosa.

Una experiencia de gran lujo en la sabana

Los premios obtenidos, año tras año, por Mala Mala Game Reserve, tienen sobrada justificación. Desde su nacimiento, la reserva ha ido perfeccionando la gama de experiencias con las que acompaña el encuentro con la fauna salvaje. Su propuesta ofrece tres tipos de alojamiento: Mala Mala Main Camp, Sable Camp y Rattray''s on Mala Mala. Las ocho suites de Rattray''s on Mala Mala poseen mirador privado con vistas al río, jardín, ducha y piscina privada en el exterior, y conexión wifi. Los huéspedes realizan los safaris fotográficos en vehículos con un máximo de cuatro pasajeros. No se admiten menores de 16 años, mientras que en Sable Camp se admiten a partir de 12 años y en Mala Mala Main Camp son bienvenidos a cualquier edad. Los espacios comunes son dignos de mención: bares decorados como los clubs que frecuentó Dennis Finch-Hatton, bodegas con miles de botellas, lámparas venecianas, telescopio, biblioteca, muebles de caoba y obras de arte. Un extraordinario despliegue de recursos que en el caso de Rattray''s on Mala Mala se ofrece desde 800 euros por persona y noche.