Chipre, el mundo en una isla

Expuesta a un sol de mediodía y bordeada por las fecundas aguas mediterráneas en el punto donde convergieron grandes civilizaciones, Chipre conserva un rico legado cultural en una pequeña tierra de contrastes. Ciudades cosmopolitas, hoteles frente al mar, pueblos con tradición, animados puertos, relajantes campos de golf e incluso una estación de esquí. Todo queda a mano en Chipre.

Jaime González de Castejón
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Foto: Jaime González de Castejón

Si uno mira un mapa del Mediterráneo, verá un collar de islas alineadas de Oeste a Este que, empezando por las Baleares y pasando por Córcega, Cerdeña, Sicilia y Creta, termina en Chipre, la tercera más grande -con una superficie de casi diez mil kilómetros cuadrados-, encastrada en el fondo oriental del viejo Mare Nostrum. Situada 75 kilómetros al Sur de Turquía, 90 al Oeste de Siria, 380 al Norte de Egipto y 800 al Este de Grecia, resulta fácil deducir el intenso legado cultural que a lo largo de los siglos se ha ido depositando en semejante fragmento de tierra, inevitable encrucijada entre Asia, Europa y África.

En Chipre, donde la mayor parte del año brilla el sol, triunfa la naturaleza mediterránea, en parte aún silvestre, pero mayoritariamente domesticada, especialmente por el ancestral cultivo de la vid. Desde las luminosas llanuras costeras hasta las faldas de la vertiente septentrional de los montes Troodos que dominan la mitad occidental de la isla, añejos viñedos tapizan el paisaje recordándonos que Chipre es uno de los productores de vino más antiguos del Mediterráneo. Hace casi seis mil años que se cultiva en la isla la uva para vino, antes incluso de que empezaran a hacerlo los griegos, a quienes seguidamente imitarían los romanos. La Organización del Turismo de Chipre ha diseñado siete sugestivas rutas en torno al vino chipriota. El de más antigua denominación del mundo es uno dulce, parecido a nuestro andaluz Pedro Ximénez, al que llamaban Commandaria en honor de la Gran Comandancia de los Templarios. Se sirve muy frío, como aperitivo, y se usa también en las misas.

El olivo, el algarrobo, las jaras de flores rosas, la lavanda, el romero, el tomillo y los rebaños de cabras completan la estampa típica del paisaje chipriota. Pero no todo es predecible en esta pequeña isla rica en contrastes. En menos de una hora podemos desplazarnos desde la costa hasta la estación de esquí de los montes Troodos. La cota más alta, la del monte Olimpo, alcanza los dos mil metros; las nevadas que convierten sus laderas en pistas de esquí suelen durar desde Navidad hasta marzo.

Estos viejos montes esconden, entre pinos, cipreses y cedros, un buen número de pequeñas iglesias y monasterios admirablemente conservados desde que los pintores bizantinos dibujaron sus paredes interiores con coloridas escenas bíblicas. Las frecuentes amenazas costeras de árabes y mamelucos convirtieron a los Troodos en refugio seguro del cristianismo ortodoxo. Antes tan solo se contemplaba la extracción del mineral por estos parajes. Incluso hay quien asegura que el nombre de la isla derivaría del vocablo latino Cuprus (cobre).

Mientras el progreso seguía su curso natural en las ciudades costeras, las poblaciones rurales fueron garantes el sabor de las viejas tradiciones. Sus casas blancas o de piedra se adormecieron entre los bancales escalonados de las vides, y entre los huertos de manzanos, almendros y cerezos que anticipan con su radiante floración la primavera. Ante su bien conservada arquitectura popular, la vida transcurre a otro ritmo; aún se borda a mano, se fabrica vino casero, se elabora queso artesanal y se hornea un pan compacto de miga amarillenta y aroma dulzón de anís.

El mar siempre queda cerca, con sus aguas asombrosamente cálidas y cristalinas. Las playas, de guijarros oscuros o de arena clara, se extienden en franjas estrechas festoneando el agreste litoral. No son como las que en otras costas tienden a masificarse; su habitual angostura las salva, y por eso, a menudo, sorprenden como rincones vírgenes recién descubiertos. Algunas, de tan primigenias, aún constituyen refugio seguro para la nidada de las tortugas marinas, como la de Lara, en el Parque Nacional de la Península de Akama. Las más conocidas, amplias y animadas, suelen ser las de las grandes ciudades, la mayoría muy próximas a ruinas o monumentos de gran interés.

Ciudades con historia

El pulso más vibrante de la isla, late, como lo ha hecho desde hace siglos, en la capital y en las ciudades de la costa meridional. En todas encontraremos acogedores templos donde centellea el oro de los iconos a la luz de las velas, y pequeños museos que se ven obligados a mostrar tan solo una pequeña parte del abrumador patrimonio que atesoran. No hay que perderse el Arqueológico de Nicosia. Para entender la complejidad de estas urbes, hay que conocer la historia de la isla. Su situación estratégica y sus riquezas naturales la convirtieron en objeto de disputa permanente. Hace más de diez mil años, cuando probablemente se hallaba unida al continente, los habitantes del Neolítico establecieron en ella poblaciones bien organizadas, algunas de las cuales son hoy objeto de notables estudios arqueológicos. Durante el periodo Arcaico, del siglo VIII al V a.C., asirios, egipcios y persas provenientes del Oriente y de África levantaron en sus costas las poderosas ciudades-reino, antepasadas de las actuales metrópolis. Y, sin embargo, no fue hasta la llegada de los griegos cuando Chipre adquirió las señas de identidad que la caracterizan. La lengua y la cultura griegas prevalecieron por encima de la influencia de cualquier pueblo anterior o posterior a su llegada, y hoy incluso se conservan en Chipre algunas palabras del tiempo de Homero.

Tras la división del imperio del macedonio Alejandro Magno, que había sido educado por Aristóteles para pensar como un griego pero luchar como un espartano, Chipre quedó bajo la dinastía de los Tolomeos de Egipto, y posteriormente pasó al dominio romano. El Cristianismo entró en la isla en el siglo I, de la mano de San Pablo y de San Bernabé, a quienes se sigue venerando en este rincón mediterráneo donde predomina un fervoroso culto ortodoxo. Chipre formará parte del Imperio Bizantino que quedó desgajado del romano, y más tarde, durante las Cruzadas, será conquistada por el hijo de Leonor de Aquitania, Ricardo Corazón de León, que acababa de subir al trono inglés. En Limasol, en 1191, será coronado rey de Chipre, a la vez que se casa con Berenguela, la joven Infanta de Navarra a la que convierte en reina de Inglaterra.

Una historia singular

Por una serie de trueques y ventas, Chipre será alternativamente regida por los Caballeros Templarios, la dinastía francesa de los Lusignan, luego por los comerciantes vénetos y finalmente por los otomanos, que la invadirán en 1571, dando nacimiento a una nueva población turco-chipriota. El dominio otomano durará hasta bien entrado el siglo XIX, concretamente hasta 1878, año en que el último sultán cede Chipre al Reino Unido. Y no será hasta 1960 cuando la isla se independice de la dominación británica, como República de Chipre, con el Arzobispo Makarios como su primer presidente. Sin embargo, a los pocos años, en 1974, con objeto de lograr la deseada enosis -unión con Grecia-, la dictadura militar griega depuso al arzobispo chipriota, provocando con su golpe de Estado una invasión turca por la zona nororiental. Meses después, Makarios recuperó su cargo, pero Turquía mantuvo sus tropas. Posteriormente se negoció un intercambio de población que dejó a la isla dividida en dos zonas: una turco-musulmana y otra cristiano-griega. En 1983 Turquía declara unilateralmente la independencia de la zona ocupada con el nombre República Turca del Norte de Chipre. Desde 2004 Chipre es miembro de la Unión Europea, aunque la aplicación del acervo comunitario se limita únicamente a la parte libre de ocupación.

La línea fronteriza establecida por Turquía cruza la capital, Nicosia (Lefkosia), dejándola dividida en dos mitades. Situada prácticamente en el centro de la isla, y habitada desde la época del Bronce, Nicosia se convirtió en capital en el siglo XI, a finales del periodo bizantino. Fue la dinastía aristocrática de los Lusignan quien la dotó de cierto abolengo, construyéndole un palacio real y medio centenar de iglesias. Absolutamente asombrosa debió resultar más tarde, cuando los venecianos la rodearon con una muralla en forma de estrella de once puntas. El mapa de la Nicosia del siglo XVI parece más un dibujo artístico que un plano urbano. Bien conservadas, las murallas estrelladas han preservado todo el encanto del Chora, el centro histórico. Entre sus apacibles calles y callejones empedrados se descubren, entre buganvillas, bonitos edificios medievales, atractivas tiendas de artesanía y tentadoras tabernas tradicionales. A poca distancia de la capital sorprende nuevamente el peso de la historia en una multitud de templos y monasterios rodeados de naturaleza silvestre.

Además de la capital, existen en la isla otras cinco ciudades importantes, dos de las cuales, Famagusta y Kerini, han quedado en la zona ocupada. Las otras tres, Pafos, Limasol y Lárnaca, se mantienen como pujantes focos de comercio desde tiempos inmemoriales. Herederas de las antiguas ciudades-reino, asombran por la riqueza del legado histórico, espiritual y cultural que hoy combinan con el atractivo de sus animadas playas. La más próxima a la capital, situada en la costa, unos cincuenta kilómetros hacia el sur, es Lárnaca (Larnaka), la antigua Kition que fuera cuna de Zenón, el fundador de la escuela filosófica del Estoicismo, que enseñaba a sus discípulos la importancia del deber moral, el autocontrol y la armonía con la naturaleza. También fue segundo hogar del Lázaro bíblico, resucitado, según afirman, en la bella iglesia que lleva su nombre, donde reposan sus supuestos restos. Lárnaca, tercera ciudad en importancia con el segundo puerto comercial de la isla, refleja, tal vez más que las otras metrópolis, el contraste entre la tradición y el afán de progreso, y el resultado de tanto cruce entre civilizaciones y religiones. Paseando por sus amplias y cuidadas avenidas, por el bello Paseo de las Palmeras, por entre las laberínticas callejuelas del barrio turco (Scala), o por la zona del ajetreado puerto, descubriremos una amalgama de templos bizantinos, católicos, ortodoxos, armenios, anglicanos, magníficas mezquitas, e incluso una cripta subterránea -la capilla Agia Faneromeni- que fue tumba fenicia, y a la que atribuyen poderes curativos. Un paseo por un recorrido singular de la religiosidad mediterránea.

Unos setenta kilómetros hacia el Oeste, siempre en la costa septentrional, se halla la segunda ciudad más importante de la isla, Limasol (Lemesos), flanqueada por las ruinas arqueológicas de dos antiguas ciudades-reino: Amatus y Kurión, cuyo renovado teatro romano revive con representaciones que aprovechan el intenso azul mediterráneo como telón de fondo. Sede del principal puerto chipriota, Limasol es un destacado núcleo de la industria vinícola que impulsaron los Caballeros Templarios. A su paso dejaron como recuerdo una de sus colosales fortalezas, el castillo de Kolossi, a catorce kilómetros de la ciudad.

Otros setenta kilómetros más allá, en el litoral occidental que mira hacia Europa se encuentra Pafos (Paphos), la antigua capital de la isla, que hunde sus raíces en la compleja mitología pre-helenística, asociada con el culto a las deidades de la fertilidad. También recibe allí culto especial el apóstol San Pablo, en una columna que formó parte de una basílica romana -hoy frente al templo bizantino de Ayia Kiriaki o San Ciriaco-, donde dice la tradición que fue azotado cuando combatía el paganismo. La urbe actual es pequeña -con menos de cien mil habitantes-, pero se ha convertido en un importante foco turístico famoso por sus playas y por las animadas tabernas y terrazas del puerto.

Sabor mediterráneo

Pero, posiblemente, uno de los sellos por el que mejor se identifica a Chipre, ya sea en sus ciudades o en sus pueblos, es el de sus irresistibles mezze, una suerte de entremeses, tapas o raciones -tradúzcase como se quiera- desplegados sobre el característico mantel a cuadros, a la sombra de alguna parra añeja. Y siempre en compañía de más de un gato, que en Chipre los hay por doquier, multiplicados sin fin, según se cuenta, desde que Santa Elena -madre de Constantino El Grande- los trajera en el siglo IV para acabar con las numerosas serpientes que infestaban la isla. Generalmente regentadas por familias, las tradicionales tabernas chipriotas compiten por la excelencia de sus recetas para impresionar al turista o comensal. Los emblemáticos mezze suelen incluir la imprescindible y colorida ensalada -con queso feta-, la clásica musaka -capas de berenjena y carne picada especiada-, el halloumi -un queso autóctono tostado a la parrilla-, las hojas de parra rellenas, los souvlakia -especie de pinchos morunos-, los pescaditos fritos, el pulpo o los calamares, y el infalible tzatziki -mezcla de yogur y menta con o sin pepino- que sirve para refrescar el paladar y cambiar de sabores, más el sempiterno pan de pita. Tal vez constituyan estos mezze el mejor momento para tratar de adaptarse al ritmo tranquilo y apacible de esta privilegiada isla mimada por el sol y la brisa marina, donde reina una paz casi absoluta -tienen un índice de criminalidad prácticamente nulo-, y donde la hospitalidad sincera y auténtica es la costumbre.

La isla amable

En Chipre hay una palabra, philoxenia, que explica la amabilidad y benevolencia hacia el extranjero, considerado como huésped amigo. Por algo carga el chipriota siglos de compleja convivencia a la espalda. Es, por naturaleza, muy religioso, tranquilo, abierto, alegre, sincero, simpático y generoso, valora mucho la amistad, aprecia los buenos momentos, conoce las virtudes de su saludable dieta mediterránea, le gusta saborear con calma un delicioso frappé -el café que se sirve en vaso alto con mucho hielo picado-, hacer chocar entre los dedos de la mano las cuentas del komboloi, el rosario corto de rezos convertido ya en quita-preocupaciones, y matar el tiempo disputando apasionadas partidas de tavli -literalmente tablero-, el arcaico juego que aquí conocemos por backgammon. No solo saben vivir y disfrutar de la vida; mejor aún: saben compartirla.

La huella de Afrodita

Aunque la mitología griega es harto compleja y a la mítica Afrodita se le asignan diferentes leyendas, todos están de acuerdo en que fue en Chipre donde tuvo su culto principal. El Santuario que le dedicaron en Pafos, una construcción micénica del siglo XII a.C., siguió constituyendo el centro de la vida religiosa durante el periodo tolomeo y la dominación romana, perdurando su culto hasta el siglo IV, cuando el emperador Teodosio desestimó el paganismo.

Según la leyenda, Afrodita había surgido de la espuma marina, bellísima y sin infancia. No le habían sido asignadas acciones bélicas sino los dulces trabajos del himeneo: del amor, dirán unos; del erotismo, otros. Revelaba parecidos significativos con la Inanna sumeria, la Astarté sirio-palestina, la Turan etrusca y la Ishtar mesopotámica; y equivaldrá posteriormente a la Venus romana. Servirá durante siglos a pintores y escultores para plasmar en sus obras a las más deseables modelos femeninas de cada tiempo.

Muchos de los monumentos chipriotas dedicados a la bella diosa sucumbieron por el efecto del tiempo, los terremotos y los derribos, pero son muy numerosas las huellas arqueológicas donde aún resuena su gloria. La Organización de Turismo de Chipre ha creado una ruta en su nombre, la Ruta de Afrodita. Puede comenzarse desde Nicosia, enlazando las ruinas de cuatro antiguas ciudades-reino: Tamassos, Idalion, Kitión y Amatus, hasta llegar a Palai Pafos, donde quedan los vestigios del templo que toda Grecia santificó, hoy enriquecido por el Museo Kouklion dedicado a la diosa. Muy cerca se halla la roca marina -Petra tou Romiou- que señala, según la tradición, el lugar de nacimiento de la deidad griega, y que se halla generalmente envuelta por bañistas que cumplen con el rito de rodearla tres veces para asegurar su amor, mientras sobre la playa otros dibujan corazones de guijarros con sus nombres, o atan a los arbustos cintas y papelitos con deseos y promesas de amor. La ruta sigue hacia el norte, hasta los Baños de Afrodita, una refrescante poza al amparo de una gruta natural en cuyas aguas verdosas dicen que se sumergía la diosa para mantenerse joven y bella.

Patrimonio de la Humanidad

Aunque son numerosos los lugares presentados por Chipre como candidatos a formar parte de la lista de la Unesco del Patrimonio Mundial de la Humanidad, tres son de momento los conjuntos confirmados. El primero fue el sitio arqueológico de Kato-Pafos, en 1980, por el excepcional valor arquitectónico e histórico de sus villas, palacios, teatros, fortalezas y tumbas subterráneas, y muy especialmente por la importancia de los mosaicos conservados, considerados entre los más bellos del mundo. Kato-Pafos incluye sitios y monumentos desde la era prehistórica hasta la Edad Media, siendo los más importantes los de la época romana. Cinco años más tarde, en 1985, le tocó el turno al patrimonio religioso de la región montañosa de Troodos. Se valoraron diez monumentos, entre los cuales algún monasterio y varias iglesias de aspecto rural pero exquisitamente ornamentados en su interior, con pinturas bizantinas de gran valor. Faltaba valorar algún lugar que delatara raíces arqueológicas más profundas, hasta que en 1998 quedó inscrito en el listado de la Unesco el antiguo asentamiento neolítico de Choirokoitia, notablemente bien conservado. Ocupado desde el séptimo hasta el cuarto milenio anteriores a nuestra era, constituye una de las reservas de investigaciones prehistóricas más importantes del Mediterráneo Oriental. También conocido como Khirokitia, data aproximadamente del año 6.800 a.C.