Celeste, la maravilla secreta de Costa Rica

A cuatro horas de San José, el Parque Nacional Volcán Tenorio, creado el 27 de abril de 1995, es uno de los más recientes de Costa Rica. Sobre este escenario siempre verde, hogar de pumas y tapires, el río Celeste interpreta su singular danza acuática. Un espectáculo total.

Javier Jayme
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Foto: Gonzalo Azumendi

En la provincia de Alajuela, entre las montañas de los cantones de Guatuso y Upala y dentro del Parque Nacional Volcán Tenorio, existe un ribete de cielo primorosamente cosido a la tierra: el río Celeste. Los indios maleku, prístinos pobladores de sus contornos, cuentan que, al concluir de pintar el firmamento, los Tócu maráma, sus dioses supremos, enjuagaron los pinceles en la corriente fluvial, que acabó teñida de color turquesa. Así nació, según la leyenda indígena, la que hoy es considerada como la séptima maravilla natural de Costa Rica.



Desde San José, la capital costarricense, la famosa carretera Panamericana conduce a la sierra de Guanacaste, uno de los complejos volcánicos con mayor actividad geotérmica del noroeste del país. Es aquí, en esta cadena montañosa, donde se halla el Parque Nacional Volcán Tenorio. Entre Cañas y Bagaces se toma el desvío hacia Upala, por el cual, en una hora y media, se alcanza la principal vía de acceso a su entrada: un sinuoso tramo ascendente de 7 kilómetros vivificado por las hermosas vistas del valle de Bijagua e incluso -en días claros, por supuesto- del enorme lago Cocibolca, en la vecina Nicaragua.

Con sabana en sus partes bajas, selva lluviosa en las medias y selva nubosa en las altas, el Parque Nacional Volcán Tenorio constituye la zona silvestre protegida más rica en biodiversidad del Área de Conservación Arenal Tempisque. El lugar cuenta con vastas extensiones de bosque virgen -primario, en términos botánicos- por completo exentas de cualquier acción humana. La masa arbórea inalterada trepa hasta las cumbres mismas -cuatro en total- del macizo e incluso desciende por el interior del cono más prominente hacia la laguna del cráter. La preservación de estos hábitats naturales es vital para sus especies endémicas, algunas en peligro de extinción, como el tepezcuintle, la danta (tapir) y el puma.

Rutas con misterio

La principal ruta turística del Parque cubre una distancia de 3,2 kilómetros. Es la denominada Misterios del Tenorio, a lo largo y a lo ancho de la cual el visitante se halla sumido de continuo en un ambiente ciertamente impactante -y por momentos turbador- de lujurias vegetales. El color verde, con sus mil variantes, se enseñorea de todo lo que existe. Bajo la tupida bóveda forestal, los murmullos del agua y de la vida animal oculta en la espesura despliegan hechizos propios de un cuento de hadas. Y también de una dimensión remota, ajena al consuetudinario fluir del tiempo.

El primer trecho consiste en una calzada de tablones incrustados en el terreno -única de sus características en todo el Parque- y puentes de troncos que cabalgan sobre riachuelos. El sendero se estira a través de una densa jungla, receptáculo de la enorme biodiversidad de esta zona. Dentro de sus límites, en efecto, mora al menos la mitad de las especies de aves existentes en toda Costa Rica, entre ellas el tucán y el pájaro campana (pariente del de la celebérrima canción) o campanero centroamericano. El suave ascenso de 1,5 kilómetros concluye en la catarata del río Celeste, soberbia tarjeta de presentación de esta corriente fluvial, maravilla imponderable de la naturaleza, que por fin se hace visible en este punto... ¡y de qué manera!

El chorro acuático, rugiente y vaporoso entre el compacto verdor de sus flancos, se precipita 20 metros en caída libre hasta una amplia poza cuyas aguas contienen cierta cantidad de elementos volcánicos que no solo no dañan la salud del ser humano sino que permiten la vida de peces y anfibios. No obstante, al presentar corrientes en varias direcciones, en aras de la seguridad se prohíbe el baño en ella. La belleza escénica del sitio no es discutible, pero haría lugar común con la de infinidad de otros de su misma índole de no ser por un detalle que la singulariza por completo: el inefable color turquesa lechoso de la laguna y de sus caños, un matiz deslumbrante y onírico, casi mágico. Cabe preguntarse, desde luego, cuál es su secreto. Aunque para encontrar la respuesta no queda más remedio que continuar pateando cuesta arriba la ruta Misterios del Tenorio.

A partir de la catarata la senda ciñe el curso del río Celeste, remontándolo hasta su origen. Eso sí: ahora nada de tablones para facilitar un ascenso por tramos empinado y embarrado sin remilgos -aquí es donde el visitante resuelve su posible duda de por qué a la entrada del Parque alquilan botas de pocero-, amén de entreverado en casi toda su longitud por infinidad de raíces a la vista y de todos los calibres. Tras recorrer otro medio kilómetro en tales condiciones se alcanza el punto más elevado de la ruta, un claro tan inopinado como espacioso donde se levanta el llamado Mirador del Tenorio: una estructura de madera de dos pisos desde la cual es posible contemplar a corta distancia y a placer la totalidad del macizo volcánico aquí presente, compuesto por cuatro cumbres: Tenorio uno (1.916 metros, la más alta), Tenorio dos, Montezuma y Bijagua. Si bien existen informes acerca de una postrera erupción en 1814-1816, no hay vestigios que la confirmen y actualmente el complejo se considera inactivo. Lo cual no es incompatible con las manifestaciones visibles por doquier de un dinamismo volcánico latente, tales como fumarolas, solfataras y fuentes termales.

Juego de luces y sombras

A poco menos de 200 metros del Mirador, el río Celeste remansa su flujo en la Laguna Azul, una fantasía cromática donde las haya, orillada de exuberante fronda con grandes palmas de helecho, rojas heliconias y lustrosas bromelias. No es ya que su superficie rezume el color azul cielo más esplendente de toda la corriente fluvial, a causa, explican los científicos, de poseer la mayor concentración de químicos en suspensión -por lo cual tampoco aquí se permite nadar-. Es que, por tramos enteros, dicho color parece algo corpóreo y disociado de sus aguas, flotando sobre ellas a la manera de una neblina translúcida e inmóvil, más o menos espesa y consistente a tenor del juego de luces y sombras reflejadas. Contemplando este aparente prodigio uno se siente proclive a admitir que los dioses de los maleku lavaron ciertamente sus pinceles en la Laguna Azul.

Vecinos de ella y casi contiguos, Los Hervideros (o Borbollones) anuncian su emplazamiento al visitante, antes de que este lo descubra, embistiendo su olfato desde la distancia con la fetidez del azufre generado en las mismísimas calderas de Pedro Botero. Las emisiones de gases invaden el río a través de grietas y fisuras en el lecho fluvial, aportando a la corriente minerales y materiales volcánicos diversos. Una vez en Los Hervideros se puede apreciar la agitación acuática sobre los puntos calientes, mientras el caudal azul se va llenando de burbujas. La temperatura, sin alcanzar nunca los 100ºC del punto de ebullición, puede oscilar entre los 31º y los 94ºC.

El secreto de una ilusión óptica

Y, por último, en medio del bosque lluvioso, típico de esta zona del Parque, surgen Los Teñideros, ocultando bajo el tupido dosel vegetal la última y más contundente incógnita de Misterios del Tenorio, la ruta turística que llega a su término precisamente en este lugar, el punto de confluencia de dos corrientes no coloreadas: el río Buenavista y la quebrada Agria. Fin del recorrido, sí, y fin del secreto del río Celeste, inviolado hasta sus propias fuentes. Porque es en ellas, aquí en Los Teñideros, donde, a la vista de todos, se inicia el proceso de tinción que afecta a sus aguas durante un recorrido próximo a los 36 kilómetros.

Las autoridades del Parque, dispuestas a no dejar cabos sueltos, han instalado en las lindes del bosque un solitario panel con la pertinente explicación científica. Cuando las aguas de la quebrada Agria irrumpen en las del río Buenavista se produce un cambio en el pH (la acidez) de estas últimas, lo cual provoca que sus partículas de aluminosilicatos en suspensión aumenten hasta un tamaño específico, el adecuado, desde este momento y repentinamente, para dispersar solamente los tonos azulados de la luz. La consecuencia es, como poco, pasmosa: ninguna sustancia tiñe el agua. El color celeste que percibe el ojo humano cuando el líquido está en el río -incoloro cuando se extrae de este con las manos- no es, pues, un fenómeno químico, sino una ilusión óptica.

Una fantasía, una quimera, un capricho de los dioses. El río Celeste del Parque Nacional Volcán Tenorio de Costa Rica, obra paisajística maestra de la naturaleza, se sitúa en las márgenes de la realidad. Lo cierto es que cualquier caminante de la ruta Misterios del Tenorio se sentirá una o varias veces transportado al cielo. Así que, después de todo, los maleku no andan tan faltos de razón: sus Tócu maráma colorearon el firmamento y, como remedo añadido, inventaron el río Celeste.

El Árbol de la Paz

Ubicada en La Katira de Guatuso, no muy lejos de la entrada principal del Parque Nacional Volcán Tenorio, esta imponente ceiba pentandra -su nombre científico-, con sus 22,55 metros de perímetro, sus 48 de altura -la de un edificio de 15 pisos- y sus aproximadamente 350 años de edad, es uno de los cinco ejemplares arbóreos más grandes de Costa Rica. Para los indios maleku poseía un vínculo con el Más Allá, toda vez que en su porte ciclópeo creían adivinar el pasaje de la tierra al cielo. Cuando un cacique fallecía, se dejaba reposar su cuerpo al pie del árbol para que su espíritu ascendiera por el tronco a los espacios ultraterrenos. Por decreto del 4 de junio de 1989, el Ministerio de Ambiente, Energía y Telecomunicaciones otorgó a la gigantesca ceiba el título de Árbol Monumento de la Paz en honor a Óscar Arias, presidente del país durante un primer mandato entre 1986 y 1990, a quien en 1987 se le había concedido precisamente el Premio Nobel de la Paz. Con todo y constituir un símbolo nacional con proyección universal, además de un reclamo turístico notable, pocos son los pobladores del cantón de Guatuso que conocen su existencia.

La hacienda "El Viejo Wetlands"

A 16 km al suroeste de la entrada principal de Filadelfia (Guanacaste) y a tan solo 38 km de Liberia, la hacienda El Viejo Wetlands oficia de vértice donde convergen la historia, la naturaleza y la simple y escueta aventura humana. Por un lado, La Casona -su alias local-, construida totalmente con madera de más de 130 años, incorpora el prototipo de las grandes haciendas existentes en Costa Rica y Nicaragua hacia 1870. En su lista de propietarios figuran el ex presidente nicaragüense Anastasio Somoza, su homólogo costarricense Próspero Fernández y otros destacados políticos centroamericanos. Por otro, se alza en un entorno natural que abraza al Parque Nacional Palo Verde, sitio ramsar (zona húmeda) debido a la riqueza de sus humedales y uno de los lugares de mayor diversidad ecológica del país, hogar de muchas especies en peligro de extinción. El visitante puede asistir como espectador o participar en las tareas del trapiche -por ejemplo, la extracción del jugo de la caña de azúcar mediante la noria movida por bueyes, faena típica del norte del país-, en la elaboración de tortillas caseras, de la tapa dulce o del popular sobado. Todo esto contando sobre la marcha con las pertinentes explicaciones -a cargo de una guía ataviada con ropajes tradicionales- acerca de la historia de las haciendas de antaño y de las costumbres de las familias guanacastecas.