Cataratas de Iguazú, el mayor espectáculo de Brasil

La Madre Naturaleza se esforzó al máximo el día en que modeló las Cataratas de Iguazú, varadas al sur de Brasil y compartidas con Argentina. Son casi tres kilómetros de colosales chorros de agua que hicieron exclamar a la mujer del presidente Roosevelt cuando las vio: "¡Pobre Niágara!". El espectáculo del "Agua Grande" no acaba ahí: le acompañan un río de película y un océano verde –la selva de Paranᖠque parece no tener fin.

Gontzal Largo
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Foto: Álvaro Arriba

Algo cambió el día en el que Robert de Niro desfiló por allí. Barbudo, atormentado, con el pelo húmedo y graso, y acarreando una pesada armadura. Le seguía Jeremy Irons mientras, de fondo, sonaba una partitura creada por el compositor Ennio Morricone. Ocurrió en 1986, en el rodaje del filme La Misión. Tras ello nada volvería a ser lo mismo: medio mundo entró en contacto con un ruidoso, espumoso y deslumbrante fenómeno de la Naturaleza llamado las Cataratas de Iguazú. Cuatrocientos años después de ser descubiertos oficialmente, los mayores saltos de agua del planeta habían llegado al gran público gracias a la famosa escena del misionero crucificado que acababa cayendo por un bello infierno de cascadas y selva. La misma que acabaría apareciendo en la portada de la película. La misma que contribuiría a que este celuloide acabara ganando el Oscar a la Mejor Fotografía (Cris Menges, 1987).

Hace tiempo que las brasas de La Misión se apagaron. Aun así, la maquinaria de las cataratas sigue igual de revolucionada. Es lo que tiene ser el mayor portento mundial de su especie: un corredor de más de dos kilómetros y medio de cortinas de agua con forma de media herradura, capaces de arrojar dos millones de litros de líquido elemento por segundo. ¿Mucho? ¿Poco? Imposible calibrarlo con cifras, sólo con sensaciones. Las cataratas son, ante todo, uno de los mayores espectáculos jamás organizados sin la intervención de la mano humana, un ejército de gigantescos grifos y surtidores naturales -275 en total- que parecen emerger de la selva como por arte de magia. El estruendo es abrumador y constante, 24 horas diarias de un gemido sin fin, palpables sobre todo en la cascada de la Garganta del Diablo. Es la más excesiva de todas, con 82 metros de caída, y tan densa que cuesta creer que existan aves -los famosos vencejos- que hayan tenido agallas para anidar tras ella, en las rocas.

Las cataratas y el propio río Iguazú se ubican en el Parque Nacional homónimo, creado en el año 1939, el primero de su especie en Brasil y, aún ochenta años después de su nacimiento, el más visitado. En la actualidad engloba 2.500 kilómetros cuadrados de floresta, superficie equivalente a la de la isla de Tenerife y que, sin embargo, sólo representa la punta del inmenso iceberg que llegó a ser la antigua selva del Paraná. Antes de la llegada de las grandes multinacionales fruteras, la jungla tenía un tamaño similar al de todo Portugal. Sería ridículo quitarle méritos al río, el hacedor de todo ello, una suerte de gigantesco mar de agua dulce que, canalizado, hace posible el milagro. Nace en la Sierra del Mar y dibuja una curiosa curva por el mapa sudamericano hasta llegar aquí, a las cascadas, pocos kilómetros antes de entregar sus aguas al Paraná, que, a su vez, las regalará al océano vía Buenos Aires. La leyenda del río está a la altura de la obra que alimenta. Basta navegarlo a bordo de una piragua o sobrevolarlo en un helicóptero para percatarse de sus dimensiones e importancia: el Iguazú, con una anchura que puede llegar a los 500 metros, corre solitario en medio de la inmensidad de la selva. Eso sí, tiene truco. Desde hace unas décadas su caudal está controlado gracias a la presa de Itaipú, que alimenta una de las mayores centrales hidroeléctricas del mundo, situada junto a Foz de Iguazú, principal localidad de esta zona del Estado de Paraná. Es como si todo, absolutamente todo alrededor de los inmensos chorros tuviera la obligación de estar sobredimensionado.

Algo tan bello no podía ser patrimonio exclusivo de un único ente. Las cataratas están repartidas desigualmente con la vecina de enfrente, Argentina, que posee el 70 por ciento de los terrenos. A los brasileños no les importa en absoluto este formalismo: los argentinos ganan por goleada en cuanto a superficie se refiere, pero ellos gozan de los mejores miradores, las mejores panorámicas y los mejores senderos para apreciar el espectáculo en casi toda su magnitud. La intervención humana en el entorno ha sido necesariamente discreta: apenas una carretera que muere junto al río, una pequeña red de senderos y las infraestructuras mínimas para que no sólo fueran los émulos de Pizarro o Livingstone los que pudieran disfrutar de ello.

Sólo hay una cosa para ver: la orgía de agua y espuma. Un camino de poco más de un kilómetro arranca frente al Salto de San Martín y conduce hasta el otro extremo, donde se encuentra esa factoría de bruma que es la Garganta del Diablo. Entre medio, agua a raudales, vegetación selvática -todo es tan tupido que el sendero siempre discurre en la sombra- y un sinnúmero de especies animales y vegetales: 44 tipos diferentes de mamíferos, más de 2.000 de árboles y plantas, más de 1.500 de mariposas -uno de los emblemas del parque, son omnipresentes-, 400 de aves, 41 variedades de serpientes, 25 de murciélagos y así hasta casi el infinito... Las criaturas más sencillas de ver son los tucanes y los coatíes, una suerte de híbrido entre el mono, el perro y la ardilla, un pequeño mamífero que devora todos aquellos comestibles que dejan olvidados los turistas.

El primer europeo que entró en contacto con Iguazú fue un jerezano, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, auténtico buscavidas y explorador que llegó a estos lares tras devorarse el Golfo de México, patearse el norte del istmo central e incluso naufragar (y sobrevivir a ello) un par de veces. Cabeza de Vaca arribó en el año 1541, tras alquilar una embarcación a los guaraníes, la tribu que habitaba en este rincón de la selva brasileña. El andaluz y su expedición se dejaron llevar por la corriente del río hasta que los indios dijeron ¡alto! porque sabían lo que esperaba un par de kilómetros río abajo: un fantástico maremoto de agua dulce, el abismo de las cataratas. Álvar Núñez Cabeza de Vaca no las descubrió, pero sí las rebautizó como Saltos de Santa María, nombre que apenas perduraría en beneficio de la denominación indígena: Iguazú o Iguaçu, que significa Agua Grande en tupí-guaraní. El topónimo resulta de una simpleza tan pueril que expresa como pocos la incuestionable certeza de la cortina líquida: agua, muchísima agua, grande, grandísima.

En el lado brasileño sólo se levanta un alojamiento, el Hotel Das Cataratas, y apenas dos o tres edificios más, todos ocultos por la floresta. Quien pernocta en él lo hace porque quiere aislarse del mundo y vivir la experiencia Iguazú en su totalidad: comprender, conocer, explorar y rumiar las cascadas. Las estancias dan derecho a un privilegio intangible y mágico: disfrutar en solitario en aquellas horas en las que el Parque no está abierto al público, es decir, antes de las nueve de la mañana y a partir de las cinco de la tarde. Ello da pie a situaciones de un romántico que abruma, como despertarse con el murmullo de las cascadas, gozar de los amaneceres y atardeceres en petit comité o, aún mejor, peregrinar hasta la Garganta del Diablo en plena noche, a solas con la luna llena, para asistir a un fascinante acto de fe: el arco iris nocturno que se forma por obra y gracia de la luz que emana el satélite terrestre en su fase álgida. Parecerá un milagro, pero no lo es.