Castillos y Palacios de Lisboa

Lisboa, la ciudad de las siete colinas, la novia del Océano Atlántico, se expande orgullosa a lo largo del gran estuario del Tajo. Famosa por sus calles empinadas y sus tranvías, combina con encanto la ciudad moderna con la Lisboa señorial de antaño. Su región propone además una ruta por bellos palacios y singulares fortalezas medievales.

Javier Carrión
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Foto: Eduardo Grund

El sur de Lisboa, en la conocida como Costa Azul portuguesa, tres fortalezas y a la vez faros de vigilancia se alzan majestuosas asomándose en su horizonte al mar. San Filipe, con una espléndida vista sobre Setúbal; Palmela, en la orilla sur del Tajo, y Sesimbra son tres buenos ejemplos para admirar la arquitectura militar en esta zona. Además, los dos primeros cuentan en su recinto con dos confortables pousadas. Para llegar al castillo de Sesimbra hay que hacer una inmersión por la región meridional de Lisboa. El destino, alineado con el Cabo Espichel, es la Sierra de Arrábida, donde la naturaleza y el mar se dan la mano. Aquí deslumbran los acantilados calcáreos más grandes de Europa. Entre ellos surge este castillo desde el que se divisa una parte de la sierra, hoy Parque Natural y espacio protegido, y la bahía orientada hacia el sur con sus llamativos barcos de los pescadores en el horizonte, quizás lo más expertos en el arte de capturar pescado fresco y sepia, uno de los manjares de este sugerente rincón portugués. Del castillo llama la atención su torre del homenaje, del siglo XII, aunque Manuel José, nuestro guía durante la visita, cree que sus tres cisternas de agua, todavía visibles, constituyen el espacio más valioso de la fortaleza pues ayudaron a mantener y salvaguardar este tesoro líquido en la Edad Media en un promontorio de muy difícil acceso. El recinto se construyó sobre el antiguo castillo de los moros que Don Alfonso Enrique había reconquistado en 1165. Esta fue su época de mayor esplendor, con más de 400 habitantes intramuros. En el siglo XVI cayó en el olvido debido a la expansión marítima iniciada por Portugal y el posterior terremoto de 1755 acabó arrasando gran parte de la fortaleza.

 

En Sesimbra se puede visitar hoy de manera gratuita sus murallas y la alcazaba, y también una iglesia exterior con una excelente colección de azulejos -entre los que destaca una reproducción de La última cena-, aunque sus visitantes se acercan más a sus muros para disfrutar de la vista. Las playas de Meco, la propia Lisboa y el río Tajo, Cascais en los días más claros, la bella Sierra de Risco, un famoso radar de la OTAN en el estuario y el castillo de Palmela, nuestro siguiente destino, componen este grandioso paisaje en el que no faltan los acebuches a pesar de que pisamos el paraje más alto de la costa continental portuguesa, a 380 metros sobre el nivel del mar. De todos los lugares mencionados, el destino más cercano es Palmela, otro mirador y punto de observación situado estratégicamente a 240 metros de altura, entre el Parque Natural de Arrábida y la Reserva Natural del Estuario del Sado. Este paraíso verde tiene fama en Portugal por su población de aves en las marismas y la de delfines mulares que residen en esta esquina de la costa lusitana. Una tierra también de viñedos -famosos son sus vinos, que rivalizan con el moscatel de Setúbal- y de pueblos acogedores como este Palmela, orgulloso de ser la sede de la Orden Militar de Santiago da Espada durante cinco siglos, desde el siglo XV, por decisión de Don Joao I, hasta el XIX, en que fue convertido en un regimiento militar de comunicaciones. El castillo de Palmela fue erigido por los árabes y ampliado por el primer rey de Portugal, Don Alfonso Henriques, en 1148, quien lo cedió posteriormente a la Orden de Santiago con el fin de proteger la seguridad de Lisboa. A partir de 1443 los frailes de esta congregación ocuparon este recinto y poco a poco las iglesias de Santiago, Santa María del Castillo, San Pedro y de la Misericordia se alzaron junto a sus muros. Desgraciadamente todas ellas quedaron muy dañadas con el terremoto del siglo XVIII y solo el antiguo convento de la Orden de Santiago, recuperado en el siglo XX para convertirlo en una de las pousadas más afamadas del país, recuerda el glorioso pasado de Palmela. Veintiuna habitaciones y siete suites conforman este histórico establecimiento, que destaca también por su comedor instalado en el claustro del convento.

Triángulo protector

Ya en Setúbal, a 32 kilómetros de Lisboa, la fortaleza de San Filipe completa ese triángulo protector de la capital lusa, aunque en sus orígenes sus murallas sirvieron para defender a la ciudad y a sus pescadores de los constantes ataques de los piratas que procedían de África. El castillo actual fue construido por orden de Felipe II en 1590 y se levantó en forma de estrella con los últimos avances de la artillería para vigilar el estuario del río Sado. Hoy, transformado en una de las pousadas más bellas de Portugal (actualmente cerrada temporalmente para ser restaurada), aparece como una magnífica atalaya desde donde se puede divisar la península de Tróia, el lugar más ajetreado de esta zona en verano por sus apreciadas playas.

Cruzando de nuevo el Tajo en dirección a Lisboa, la costa de Cascais, al norte de la capital, ofrece la posibilidad de descubrir uno de los destinos más cosmopolitas y turísticos de Portugal desde el momento en el que el rey Don Luis I escogiera esta bahía como su residencia de verano a finales del siglo XIX. Su clima suave, con una media de 260 días sin lluvia al año, fue indudablemente motivo de peso para tal elección y para que las familias más acomodadas de la época siguiesen a la casa real y edificaran allí sus viviendas y palacetes. Por el camino se suceden varios fuertes defensivos, como el de Sao Juliao da Barra, en Oeiras, residencia actual del ministro de Defensa, que resalta en una extensa playa ideal para el baño, o ya en la misma Cascais su Ciudadela, transformada desde 2013 en otra moderna pousada con aires de galería de arte. Su tentadora oferta propone 126 habitaciones junto al puerto de la ciudad.

La ruta puede extenderse hacia el norte tomando como punto de referencia el Cabo da Rocha, el destino más occidental del continente europeo, para acercarse a la Fortaleza do Guincho, casi siempre azotada por los vientos, pero ideal para alojarse en su encantadoras estancias. Construida en 1642 durante el reinado de Joao IV, ha sido totalmente renovada y transformada en un hotel de lujo cuyo restaurante tiene una estrella Michelin. Impacta por sus vistas maravillosas de la famosa playa de Guincho, entre dunas y pinares, favorita de los aficionados al surf y otros deportes náuticos, y del omnipresente Océano Atlántico.

Más al norte queda para los que disponen de tiempo el Palacio y Convento de Mafra, El Escorial lusitano, con sus 666 salas, su centenar de campanas y una biblioteca monástica-real de más de 40.000 volúmenes y 83 metros de longitud, considerada la más elegante del conjunto. O, si no, la amplia oferta de Sintra, donde la magia y el misterio se dan la mano en el entorno del Monte de la Luna. Escenario de palacios de cuento, hermosos jardines y antiguas leyendas, la visita a esta villa declarada Patrimonio de la Humanidad en 1995 requiere al menos de un día completo y nunca defrauda al visitante.

El legado de los reyes portugueses

Menos famoso pero no por ello menos hermoso y espectacular es el Palacio de Queluz, el Versalles portugués ubicado a unos 15 minutos en coche de la capital. Esta residencia real concebida en el siglo XVIII por el príncipe Pedro, hermano del rey José, muestra la vida de varias generaciones de los reyes portugueses y de alguna princesa española, como Carlota Joaquina de Borbón, hermana de Fernando VII, quien se trasladó a Lisboa para casarse con el rey Joao VI. Conviene visitar ahora esta lujosa construcción ya que el palacio ha recuperado en 2015 su antigua belleza cromática, visible en sus nuevas fachadas con los colores originales (los tonos dorado y azul han sustituido al rosado, añadido en el siglo XX) tras una meticulosa restauración que ha ensalzado los diferentes estilos arquitectónicos de todo el conjunto: barroco, rococó y neoclásico. En el interior del edificio, la sala del Trono, copia de la sala de los Espejos en Versalles, que mandó erigir en 1761 Don Pedro tras la boda con su sobrina, la futura reina María I, y la sala de Don Quijote, donde nació y murió Pedro IV, rey de Portugal y primer emperador del Brasil, son sin duda las más espectaculares de todo el conjunto, junto al inexcusable recorrido por el laberinto encantador de los jardines exteriores.

San Jorge y la Torre de Belém

Ya de vuelta a la capital, resulta imprescindible la visita al castillo de San Jorge, considerado la cuna de esta ciudad de 500.000 habitantes y uno de sus monumentos más apreciados por vecinos y turistas. De planta rectangular y con construcciones en estilo románico y gótico, es sobre todo un excepcional mirador sobre la ciudad antigua y el estuario del Tajo. Quizás el más popular de Lisboa junto al de Nuestra Señora del Monte, famoso porque las mujeres embarazadas han acudido tradicionalmente a la iglesia enclavada en este lugar para pedir protección durante el parto. Las lisboetas del siglo XXI siguen haciéndolo. Y el claro ejemplo de fortaleza militar en la ciudad es la célebre Torre de Belém, joya de la arquitectura manuelina erigida en el siglo XVI. En sus orígenes se encontraba en el medio del río Tajo para defender los ataques enemigos al puerto de la ciudad. Hoy se la considera el emblema de la ciudad por su bellísima decoración, con influencias árabes y venecianas en sus balcones y barandillas. Muy cerca de sus muros, coronando la colina que domina el Monasterio de los Jerónimos, se encuentra el fastuoso Palacio Nacional de Ajuda, flanqueado en su entrada por 23 estatuas de mármol, al que se puede llegar en el tranvía número 18. El edificio, que nunca fue terminado al exiliarse la familia real portuguesa a Brasil por la invasión de las tropas de Napoleón Bonaparte, es posterior al terremoto de 1755 y es utilizado actualmente para eventos de Estado, sobre todo para las cenas de gala que se organizan en su bello comedor. Solo por ver los salones del baile y del trono, con su espectacular lámpara de mil kilos, vale la pena la visita a este palacio, que además es gratuita.

La guinda final a esta ruta por los castillos y palacios de la región de Lisboa la pone la Plaza de Comercio, la más emblemática de la ciudad al albergar el Palacio Real durante más de doscientos años. Más popular entre los portugueses por el nombre de Terreiro do Paco, la plaza se convirtió en el eje principal de los planes del Marqués de Pombal tras el terremoto de 1755 y los nuevos edificios que pertenecían al conjunto palaciego, con arcadas rodeando la plaza, fueron ocupados por ministerios del gobierno luso. Recientemente uno de ellos, antigua comisaría de Policía y Ministerio del Interior, se ha transformado en 2015 en una flamante pousada con 90 habitaciones y una colección de moldes y esculturas históricas de la ciudad de Lisboa. Una nueva atracción en el corazón de la vieja ciudad que durante siglos fue el principal puerto de Europa para las mercancías procedentes del Lejano Oriente y del África occidental.

Los jardines de Queluz y la Escuela de Arte Ecuestre

Escenario de fiestas de la familia real portuguesa, los jardines del Palacio Nacional de Queluz abarcan casi 20 hectáreas de la antigua Real Quinta de Queluz, formando una unidad con el edificio principal, cuyas fachadas se prolongan en parterres delineados en ejes marcados por estatuas inspiradas en la mitología clásica. Obra del arquitecto francés Jean-Baptiste Robillon, este espacio verde destaca por las paredes del antiguo canal de navegación, decoradas magistralmente con azulejos del siglo XVIII que representan escenas fluviales y portuarias. Junto al canal llama la atención un pabellón utilizado por los reyes para escuchar los conciertos de música de cámara que amenizaban esta residencia real veraniega junto a otros espectáculos ecuestres, corridas de toros, fuegos artificiales... La familia real portuguesa habitó de forma permanente este palacio desde 1794 hasta 1807, año en el que lo abandonó para instalarse en Brasil junto a su corte ante la llegada de las tropas francesas a través del territorio español (entrada Palacio y Jardines: 8,50 euros los adultos y 7 euros los niños entre 6 y 17 años. Horario: de 9.30 a 17.30 h).

Muy cerca del lago de las Medallas y de la fuente de Neptuno se encuentra la Escuela Portuguesa de Arte Ecuestre, creada en 1748 como heredera del antiguo Picadero Real para fomentar la enseñanza y la práctica de esta tradición académica de la corte portuguesa. La escuela conserva las sillas de montar y los trajes del siglo XVIII y todavía hoy se puede asistir a estas exhibiciones de monta de los caballos lusitanos. La Escuela Portuguesa de Arte Ecuestre (EPAE) ofrece regularmente desde el 20 de julio espectáculos y entrenamientos abiertos al público en el Picadero Henrique Calado (en Calçada de Ajuda, Belém). En estas exhibiciones suelen participar once caballos lusitanos que, montados por ocho jinetes, ejecutan pasos en solitario, aires altos, riendas largas y carrusel. Los jinetes llevan casaca y tricornio, como en el siglo XVIII (artequestre.pt).

La melancólica ciudad del fado

El fado es la música de Lisboa. Nació en esta ciudad hace doscientos años y se mantiene muy vivo en los barrios de Lisboa. Las palabras, los poemas... son lo más importante en el fado, no tanto la voz o la técnica instrumental. La magia está en la forma de decir el mensaje, el peso de las palabras, la cadencia, el ambiente íntimo y oscuro de la sala... "Yo no soy una persona triste y canto fados desde que tenía tres años. Lo aprendí con mi madre porque el fado es también una tradición familiar. Luego perfeccioné mi estilo en las casas de fados lisboetas y en la actualidad también interpreto temas más alegres que gustan mucho a los turistas...". Así define Isabel Noronha, actriz e intérprete de fados, lo que es y significa la expresión musical más popular de la capital portuguesa. Isabel canta diariamente en Adega Machado, una de las cien casas de fados abiertas al público en Lisboa y sus actuaciones se alargan por las noches unas tres horas. Normalmente concluyen con La desgarrada, un clásico muy popular que cantan todos los artistas del espectáculo de manera improvisada y desafiante. La cena y la actuación alcanzan un precio medio de 50 euros, aunque también se puede tomar una copa a partir de las 22.30 horas por unos 17-20 euros (adegamachado.pt).