Castillos del Loira, las joyas supremas de Francia

En el Valle del Loira hay tantos castillos que es casi misión imposible visitarlos todos. Las más lujosas y elegantes joyas del Renacimiento francés están en el tramo entre Sully-sur-Loire y Chalonnes, una ruta perfecta para aficionados a la bicicleta, degustadores del buen vino y amantes de la Historia.

Javier Carrión
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Foto: Eduardo Grund

Durante un siglo y medio, el rey de Francia y su corte se trasladaron al campo. Abandonaron París, que había sufrido, primero, una epidemia de peste negra en 1348, y después otra de viruela en 1418, y se instalaron, ya durante el último tramo de la Guerra de los Cien Años (1337-1453) en las riberas del Loira. Allí podían cazar, pescar salmones, cosechar vino, organizar las fiestas más locas conocidas hasta ese momento, disfrutar de las delicias gastronómicas que daban estas tierras salvajes y, finalmente, construyeron los más hermosos castillos que, quizás, se puedan encontrar en el mundo. Casi mil, pequeños y grandes, siempre a un lado y a otro del último río salvaje de Europa. Y es que este Loira tan querido por los franceses, quizás porque parece indolente como un manantial en verano y violento en la crecida tras el frío invernal, ha acabado configurando un paisaje espléndido, grandioso y único, junto a sus afluentes, el Cher, el Indra, el Vienne y el Maine. Un entorno idílico con viñedos, colegiatas, castillos y fortalezas, jardines, bosques y pueblos con encanto que son perfectos para disfrutar de su gastronomía y de sus gentes.

Carlos VII fue el primer rey francés que estableció su corte en el Valle del Loira en 1429, tras su coronación en Reims. Trataba así de huir de ese París inhabitable de su tiempo, acosado por incendios y pestes, pero fue Francisco I, un siglo después, quien lideró el proceso de cambio, tras una oscura etapa medieval en el país, contribuyendo al apogeo del Renacimiento en el reino y, de manera más general, en toda Europa. Esa pasión por el arte y la arquitectura de Italia le llevó a rodearse de un grupo de sabios consejeros, como Pietro Aretino, Giovanni Battista della Palla y el genio Leonardo da Vinci, y a crear unas osadas construcciones -Chambord, Azay-le-Rideau y Blois son tres buenos ejemplos- que siguen provocando hoy, quinientos años después, admiración en los miles de viajeros y cicloturistas que se acercan a esta región, la segunda más visitada de Francia después de la capital parisina.

Chambord, el icono del Loira

Iniciamos nuestro recorrido por los más emblemáticos castillos del Loira en Chambord, a menos de dos horas al sur de París. Situado en el corazón del valle, en medio de un frondoso bosque de 52 kilómetros cuadrados donde viven ciervos y jabalíes en libertad, es la mayor residencia real del Loira. Un sueño hecho realidad por Francisco I, con ocho grandiosas torres, 426 habitaciones, 282 chimeneas y 77 escaleras, entre las que destaca la Gran Escalinata, diseñada por Leonardo da Vinci, y configurada de tal forma que las personas que suben y bajan nunca pueden encontrarse. Francisco I construyó la mayor parte del castillo en 18 años (1519-1537) e incluso se planteó la posibilidad de desviar el curso del Loira para que pasara frente a sus murallas, pero acabó descartando la idea. Curiosamente solo pasó 72 días en el castillo a lo largo de su vida porque quizás para el soberano solo era un coto de caza con un gran edificio y fue su hijo Enrique II quien le dio el aspecto que ofrece en la actualidad. La última novedad en la visita al castillo es, desde 2015, la utilización del Histopad, una tablet que ofrece reconstrucciones en tres dimensiones de piezas y detalles en las estancias que ya no están o no son accesibles para el público. La herramienta tecnológica ofrece una interesante visión virtual y curiosa del castillo y su historia, pero no supera a la tradicional, más cansada, de perderse en el laberinto del interior del edificio ascendiendo a pie a la torre del homenaje para admirar la fantasía de tejados salpicados con torretas y vertiginosos tragaluces. Es, sin duda, la gran atracción de este coloso de piedra, que sorprende también en verano con sus conciertos en vivo dentro del recinto en el llamado Festival de Chambord. Otra sugerente manera de viajar hasta el Renacimiento.

Blois, bastión de poder

Residencia de siete reyes y diez reinas de Francia, Blois es el castillo que evoca mejor el poder y la vida cotidiana de la corte durante el Renacimiento. Hoy, aunque está considerado un museo, con sus más de 30.000 piezas registradas, los visitantes se asombran más con la escalinata en espiral del patio, repleta de finas esculturas, ornamentos de estilo italiano (estatuas, balaustres, candelabros) y emblemas reales, y con la torre octogonal del Ala Francisco I. En este mismo sector se encuentran los aposentos reales de Francisco I y de su nuera, Catalina de Médici, con un gabinete real que se ha conservado intacto con sus recubrimientos originales de madera. Se trata del Studiolo (1520) y cuenta con 237 paneles esculpidos de candelabros a la manera italiana. Lo más asombroso es que ocultan cuatro armarios secretos de la reina, donde se dice que guardaba sus joyas y su colección de venenos. Otra curiosidad del castillo es la existencia de un cuadro de una española llamada Antonieta González en la habitación donde murió la reina Catalina de Médici en 1580. El retrato de esta canaria criada en Francia fue pintado en 1585 y muestra a una joven mujer que sufría una extraña enfermedad que cubría de pelo su rostro. Este tipo de fenómenos fascinaba a los príncipes europeos que trataban de coleccionar todo tipo de rarezas en la naturaleza humana en sus gabinetes privados.

Blois, reconocible por la bella escultura ecuestre de Luis XII en la entrada del castillo, fue la principal morada de los monarcas franceses hasta que Enrique IV trasladó de nuevo la corte a París en 1598. Posteriormente, en el siglo XVII, Luis XIV ordenó levantar el palacio de Versalles, lo que significó el eclipse final de Blois.

Amboise, cuna de reyes

Pocos edificios han tenido tanta relevancia histórica en Francia como el castillo de Amboise. Lo que se ve hoy no es ni siquiera una quinta parte de lo que fue esta residencia real donde nació y vivió Carlos VII, creció Francisco I y se criaron los hijos de Enrique II y Catalina de Médici, de ahí que fuera considerado el jardín de infancia de los reyes de Francia. De su visita cabe destacar la capilla de St. Hubert, donde se encuentra la tumba de Leonardo da Vinci; la Torre Minimes, muy famosa por su rampa en espiral por la que podían ascender los jinetes a caballo, y el balcón de los guardias, un mirador de lujo hacia el Loira. En su interior estuvo a punto de morir el emperador Carlos V por un incendio en un tapiz, una anécdota más de su rica historia, porque ahora quizás lo que más llama la atención es que puede ser contratado por una pareja de recién casados que quieren disfrutar de una corta pero original luna de miel. El paquete incluye reportaje fotográfico en el castillo, servicios de un peluquero para la pareja y de un maquillador para la novia, visita de tres castillos y sus jardines (Amboise, Clos Lucé y Chenonceau), recorrido por unas bodegas con cata de vinos y degustaciones gastronómicas, por 3.300 euros por persona. Ya en el casco urbano, unido a la fortaleza, abundan las tiendas artesanales, las bellas construcciones con flores en las ventanas y un puñado de plazas ocupadas por las mesas de cafés y bistrots que sirven salchichas de la región y queso de cabra acompañado de vino autóctono. Sin embargo, si hay que elegir un local, ese debe ser Bigot (1913), la pastelería suprema en una de las esquinas de la plaza del castillo. Deliciosa es su tarta Tatin avec glace et creme chantilly, que, según la bisnieta del fundador de la casa, Christiane Mason, ostenta el número uno de sus postres más populares en este tentador universo de bombones, pasteles como el pozo del amor, sándwiches, tortillas y quiches.

Clos Lucé, la última morada de Da Vinci

El castillo de Clos Lucé, en Amboise, fue la última morada de Leonardo da Vinci, al que Francisco I consideraba el hombre que tenía en el mundo los mayores conocimientos de escultura, pintura y arquitectura. En este edificio vivió el gran genio italiano con una rica renta de 700 escudos de oro los tres últimos años de su vida, siempre acompañado de sus tres cuadros favoritos -San Juan Bautista, La Gioconda y Santa Ana, la Virgen y el Niño-, y aquí se erige hoy la casa-museo y parque que llevan su nombre, un lugar mágico donde el visitante puede respirar la atmósfera de la vida diaria de Leonardo, para muchos la figura clave del Renacimiento, y sorprenderse con las cuarenta máquinas concebidas por su ingenio que construyó IBM en el siglo XX con materiales de la época. Viendo también sus planos y sus dibujos el visitante comprueba que el mayor sueño de Leonardo era hacer volar al hombre y ya tenía en su cabeza hace cuatro siglos lo que es hoy el aeroplano o el helicóptero y también el automóvil, el carro de asalto, la ametralladora, el paracaídas y el puente giratorio.

Para completar el tour hay que recorrer los jardines con el fin de sorprenderse con otros inventos, a tamaño real, y con un puñado de telas translúcidas que muestran detalles y esbozos de los cuadros del maestro y de otros dibujos de anatomía que realizó Leonardo a lo largo de su vida. Ya en el interior del castillo se recorren varias estancias de la casa donde vivió el genio desde 1516 a 1519. Su habitación privada, desde donde Leonardo podía contemplar el gran palacio de su amigo, el rey Francisco I, estancia en la que falleció a los 67 años de edad el 2 de mayo de 1519; el oratorio, una bonita y coqueta capilla construida por el rey Carlos VIII que destaca por su Virgen de la Luz, pintada por el taller de Leonardo da Vinci; el gabinete de trabajo del ingeniero, la gran sala y la cocina, que llama la atención por su monumental chimenea -donde casi pueden olerse las nuevas especias que se introdujeron en la cocina del Renacimiento-, y por su mobiliario original del siglo XVI. Para terminar, el visitante puede fantasear con la misteriosa entrada del pasadizo subterráneo que, según la tradición oral, enlazaba el castillo de Francisco I con Clos Lucé.

Chenonceau, el lujo y el romanticismo

El más romántico y lujoso castillo del Loira. Así definen al castillo de Chenonceau, la joya del Renacimiento francés, creado gracias al impulso de tres damas aristocráticas: Catherine Briconet, esposa del primer propietario, Diana de Poitiers y Catalina de Médici, quienes fueron ampliando esta construcción sobre el río Cher hasta darle su espectacular apariencia actual. Destaca en él su galería de 60 metros levantada sobre una serie de arcos que se reflejan en las aguas fluviales, pero también su interior, grandioso, con sus espaciosas estancias y sus magníficas obras de arte. Durante la I Guerra Mundial se transformó en un hospital militar y en la segunda gran contienda su puente se convertiría en frontera para llegar a la Francia Libre, hasta tal punto que la familia Menier, propietaria del castillo, ayudó a refugiados, judíos y miembros de la resistencia para liberarles de la opresión nazi.

Todo los exteriores del castillo son un regalo para la vista. Los jardines bautizados con los nombres de Diana de Poitiers y Catalina de Médici, el primero con sus ocho grandes triángulos de césped decorados con cientos de santolinas y el segundo con sus rosales y sus cordones de lavandas alrededor de un elegante estanque, alucinan a los visitantes en los meses de julio y agosto, cuando se convierten en un mágico escenario nocturno con un llamativo espectáculo de música y luces. Por el día, otros se decantan por un paseo en barco (7 euros por persona en un viaje de media hora) rozando el castillo en su magnífico emplazamiento fluvial, o también por algún concierto coral en la Gran Galería del castillo, dirigido por Nicolas Porte, el alma creadora de Los chicos del coro, que puede convertirse en otra gran sorpresa de la ruta por el Loira. Suelen organizarse en la temporada veraniega.

El inexpugnable Loches

En el valle del Indre se encuentra Loches, una intacta ciudad medieval que ha servido de localización en 2015 de una nueva película sobre la vida de Juana de Arco gracias a sus magníficos monumentos. Empezando porsu castillo que domina todo el paisaje, una de las fortalezas más inexpugnables del valle del Loira gracias a sus tres murallas sucesivas y a su impresionante torre cuadrada que esconde desde 1013 las mazmorras y jaulas de hierro más profundas del Loira, que mandó instalar el rey Luis XI, nacido en Loches. La prisión impresiona por sus crueles instrumentos de tortura y en ella murió Ludovico Sforza, duque de Milán y mecenas de Leonardo da Vinci, del que todavía hoy se sigue buscando su tumba oculta en algún lugar oculto de la fortaleza.

Además de la prisión, que fue cerrada definitivamente en el año 1926, destaca en este sencillo pueblo de 8.000 habitantes su residencia real, ligada a Carlos VII y a su amante Agnes Sorel, cuya tumba de mármol se puede admirar en la capilla de Ana de Bretaña. Impresiona el rostro de esta bella mujer que sirvió de inspiración a Tchaikovsky para componer su ópera La doncella de Orleans.

La pequeña isla de Azay-le-Rideau

Del castillo de Azay-le-Rideau se dice que Balzac lo comparó con un diamante en el río Indre y que solo un rey, Luis XIII, pasó una noche en una de sus estancias. Exagerado o no, lo cierto es que el castillo pasa por ser el más seductor de todos los que se pueden visitar en la Región Centro del Loira al estar levantado en una pequeña isla del río al lado de varios estanques y de un parque inglés que cuenta con singulares especies de árboles y plantas traídas de países lejanos: secuoyas, cedros del Atlas, cipreses calvos de América, gingkos de Asia... El castillo fue quemado en la Guerra de los 30 años por Carlos VII al ser provocado por las tropas borgoñesas que ocupaban la plaza, lo que provocó su incendio y la ejecución del capitán y de 350 soldados. Se reconstruyó después en 1510 por Giles Berthelot, ministro de Finanzas de Francisco I, y lo convirtió en un lujoso palacio de recreo. Actualmente se encuentra en restauración ya que sus fachadas y tejados están siendo renovados (las nuevas tejas de pizarra negra proceden de Galicia por ser las más parecidas a las originales), pero el interior del castillo, espacioso y lleno de detalles domésticos, está abierto al público. Se prevé que las obras finalicen en 2017.

Chinon, la cita de Juana de Arco

A unos 20 minutos en coche (22 km) se encuentra la fortaleza real de Chinon dominando el pueblo del mismo nombre. Para los franceses es un auténtico santuario ya que fue en este lugar donde se produjo el histórico encuentro de Juana de Arco y el futuro delfín, Carlos VII, por el que acabaría expulsando a los ingleses del país y posteriormente, ya como rey, traería la corte al Valle del Loira. La fortaleza se encuentra en ruinas, pero desde las murallas se disfruta de una excelente vista del Loira, ya conocida por los romanos en tiempos de Egidio.

Villandry, la herencia española

Nuestra ruta por el salvaje Loira finaliza en el castillo con más reminiscencias españolas entre toda la amplia carta del Valle del Loira: Villandry. Este bello edificio de estilo renacentista, datado en el siglo XV, fue comprado a principios del XX por un extremeño, el doctor Joaquín Carvallo, quien se encargó personalmente de adornarlo con unos hermosos jardines que son hoy su principal reclamo turístico. Henri Carvallo, bisnieto de Joaquín Carvallo y de la norteamericana Ann Coleman, es hoy el propietario de este castillo, al que dedica para su conservación alrededor de un tercio de los ingresos que consigue fundamentalmente de las visitas privadas al edificio y a los jardines, todo un tesoro que ya pudo ser disfrutado por los primeros curiosos que se acercaron en 1920 a ver este bello lugar. Joaquín Carvallo (1869-1936) abandonó una brillante carrera científica con el profesor Charles Richet, Premio Nobel de Medicina en 1913, para dedicarse en cuerpo y alma a Villandry. De este modo salvó el castillo, que estaba a punto de ser demolido, y creó, en plena armonía con su arquitectura renacentista, los jardines que hoy se pueden contemplar. Además, los abrió desde el principio al público para que pudieran ser disfrutados por todo el mundo.

Rivau, el castillo "encantado"

Imagínense un castillo medieval con catorce jardines diferentes asociados a catorce cuentos infantiles, con caballerizas reales construidas en el reinado de Francisco I, un laboratorio de rosas perfumadas con alma y otro para recuperar el cultivo de algunas legumbres medievales, y un museo vivo que combina antigüedades y obras de arte moderno. Eso es Rivau, un encantador castillo a 12 kilómetros de Chinon que organiza todos los años, a mediados de agosto, el más brillante torneo medieval de caballeros del Loira junto a su puente levadizo original. Para Catherine Laigneau, de 35 años, hija mayor de Patricia y Eric Laigneau, propietarios del castillo, Rivau constituye una pasión onírica que comparte con toda su familia. "Rivau es un castillo que ayuda a la gente a soñar -comenta mientras nos enseña sus rincones más idílicos-. Cuando los visitantes recorren sus jardines, pueden encontrarse con zapatos gigantes, un laberinto para pensar, decenas de niños que vienen con la escuela o con sus padres y se visten con trajes medievales... Y no se pueden perder los establos donde se criaron los mejores caballos franceses de la realeza, cuando este animal era el único medio de transporte de la época y el recurso militar más importante en las guerras".

chateaudurivau.com/es/

En globo sobre el Valle del Loira

La manera más original de recorrer el Valle del Loira es en globo aerostático. Diversas compañías organizan viajes entre abril y octubre, saliendo a primera hora de la mañana (6-9h) o a última de la tarde (17-20h), si el tiempo y el viento lo permiten. En nuestra excursión organizada por Aérocom Montgolfières (aerocom.fr), el experto capitán Federico Micel pilotó un globo de dieciséis pasajeros entre los castillos de Chaumont y Blois, una zona que, según este italiano nacido en el Valle de Aosta, reúne unas condiciones perfectas para los vuelos por su espectacular naturaleza. "El Loira es el auténtico centro europeo de los viajes en globo -nos dijo al finalizar el tour-, igual que Capadocia, en Turquía, lo es a nivel mundial". Calcule tres horas de excursión y unos 195 euros por persona. Desayuno con croissants, diploma de primer vuelo y copa de champán están garantizados tras este inolvidable viaje por el valle.