Canales de Bretaña

La red de canales que cruza las provincias de Morbihan e Ille-et-Vilaine fue hasta el siglo pasado un sistema circulatorio que comunicaba la piel marítima de Bretaña con el corazón agrícola de su interior. Liberados ya de sus funciones comerciales, estos primorosos caminos de agua se convierten en la mejor forma de recorrer, en barco, a pie o en bicicleta, los bosques y páramos de la mítica Breizh.

Juan Manuel Bermejo
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Foto: Lucas Abreu

Avanzar lentamente por unas aguas tan calmadas que parecen pavimento, viendo pasar bosques, molinos y castillos; disminuir aún más la marcha para no estropear la faena a los pescadores que aguardan pacientemente en la ribera y saludar a los ciclistas que recorren el camino de sirga; charlar con el éclusier mientras el agua nos eleva ese metro y pico necesario para seguir nuestro camino; apurar una copa de sidra bretona antes de llegar a la siguiente esclusa, y, al anochecer, buscar refugio en el muelle de un pueblo medieval. Existen maneras más rápidas de recorrer el interior de Bretaña, pero ninguna tan placentera.

Aunque desde el siglo XVI las barcazas recorrían algunos tramos de los ríos bretones, fue Napoleón el que, atenazado por el férreo bloqueo naval de los ingleses, impulsó la construcción de dos grandes canales para posibilitar el tráfico de grandes cantidades de mercancías entre los principales puertos del Atlántico y el interior de Francia. Para ello llegó a usar el trabajo forzoso de prisioneros españoles de la Guerra de la Independencia. Fue en vano puesto que, pese a todos sus esfuerzos, Napoleón fue depuesto y murió sin ver terminado su proyecto.

Los ingenieros que completaron en los años 30 del siglo XIX esta titánica obra maestra debieron sentirse frustrados cuando, en las décadas sucesivas, el ferrocarril y, más tarde, el automóvil la fueron privando de utilidad comercial. Como en otras partes de Francia, el turismo ha dado una segunda vida a los canales bretones, menos conocidos y transitados que sus primos del Midi o Borgoña. En la actualidad, la red cuenta con más de 600 kilómetros navegables y muy cuidados, la mayor parte de los cuales discurre por los departamentos orientales de Ille-et-Vilaine y Morbihan (el "pequeño mar" en bretón).

El puerto fluvial de Redon constituye la encrucijada donde se encuentran los dos canales principales que cruzan Bretaña de sur a norte y de este a oeste. El primero une el puerto de Arzal, en el Océano Atlántico, con Saint-Malo, en el Canal de la Mancha. El segundo conecta Nantes, en la desembocadura del Loira, con el puerto atlántico de Brest. Esta última vía -la más larga, con 360 kilómetros fue cortada por la construcción, en los años 20, de la presa de Guerlédan, por lo que ya no es posible realizar el trayecto completo. Sin embargo, el tramo que discurre por la provincia de Morbihan y, especialmente, entre Redon y Josselin resulta un lugar idílico para iniciarse en la navegación fluvial.

Situada a pocos kilómetros del canal, Rochefort-en-Terre se enorgullece de poseer tres títulos de belleza: pequeña ciudad con carácter, ciudad florida y uno de los pueblos más bonitos de Francia. No es de extrañar, pues esta pequeña villa medieval, de apenas 700 habitantes, conserva con celo su aspecto de pueblo bretón prototípico, con casas de granito, techos de pizarra y fachadas floridas. Pese a esa apariencia de escaparate, basta alejarse un poco de la turística vía principal para encontrar en sus callejuelas y cafés las pelirrojas, la sidra y la hidromiel, que conforman parte de la esencia de la Bretaña rural, orgullosa pero siempre acogedora. Fue un pintor norteamericano, Alfred Klotts, quien, a principios del siglo XX, descubrió este pueblo y se instaló en su ruinoso castillo. Tras él acudieron otros artistas que, en ocasiones, pintaban puertas y ventanas como pago de su estancia. Se instituyó así una tradición de artesanía que perdura en hoteles y tiendas.

De vuelta al agua, vale la pena tomar una de las bifurcaciones y remontar varios kilómetros del río Aff, convertido en un túnel vegetal mientras serpentea por el bosque, hasta La Gacilly. Esta es la patria del inventor de la cosmética vegetal, Yves Rocher, quien, tras ganar sus primeros francos con la comercialización de un antiguo remedio bretón contra las hemorroides, exploró la riqueza de la flora autóctona y su aplicación a la belleza y el bienestar. La figura del difunto fundador de la firma de cosméticos, que fue alcalde de La Gacilly durante 46 años, sigue muy presente con un jardín botánico, un hotel-spa y una vida cultural excepcional para un pueblo de este tamaño.

En el tramo entre La Gacilly y Malestroit se encuentran algunas de las más bellas esclusas de Francia. El puesto de éclusier está muy solicitado y no es de extrañar, pues ofrece una vida tranquila pero social. Incluye además un precioso cotagge junto al canal y la tarea de mantener exquisitamente el jardín. Los éclusiers de la región compiten por tener la esclusa más florida y, en ocasiones, hasta las propias compuertas de entrada y salida sirven de soporte para las jardineras llenas de color. En sus días libres son relevados por jóvenes universitarios en busca de un lugar en el que concentrarse en sus estudios.

Tras cruzar la bonita ciudad de Malestroit, unas cuantas esclusas más conducen hasta Josselin, cuyo castillo asomado al canal constituye una de las vistas más espectaculares y típicas del recorrido. Pese a su aspecto defensivo, alberga interiores suntuosos. Unos kilómetros río arriba termina el tramo navegable, por lo que es el momento de iniciar el regreso hacia Redon para tomar la otra gran vía acuática de la Bretaña, que, a través de los ríos Vilaine, Ille y Rance, conduce hasta Saint-Malo en el Canal de la Mancha.

El tramo del Vilaine entre Redon y Rennes fue uno de los primeros en ser canalizado en Francia y ya en el siglo XVI lo surcaban barcazas cargadas de sal, vino o materiales de construcción. Aunque sigue siendo plenamente navegable, el tráfico, ahora exclusivamente turístico, es escaso comparado con el del canal Nantes-Brest, por lo que la llegada de una barca de recreo a la moderna ciudad de Rennes sigue atrayendo las miradas de algunos curiosos.

Después de la aún discutida incorporación de la histórica ciudad bretona de Nantes a la demarcación del Loira Atlántico, Rennes ocupa oficialmente la capitalidad de Bretaña. Constituye la principal puerta de acceso a la región, gracias a sus conexiones por tren de alta velocidad y autopista con París. Pero, sobre todo, es una animada ciudad, en la que los estudiantes componen casi un tercio de la población, y cuenta con un extenso programa de actividades culturales y con festivales durante todo el año.

El urbanismo de su casco antiguo, recientemente peatonalizado, quedó marcado por el incendio que provocó en 1720 un carpintero borracho del que los reneses aún se acuerdan con rencor. Afortunadamente, una parte de la ciudad medieval se salvó y aún mantiene más de 500 bellos ejemplos de casas burguesas de entramado de madera. Muchas de ellas sirven de alojamiento a estudiantes que, por la noche, abarrotan calles cercanas, como la de Saint-Michel, conocida por motivos evidentes como Rue de la Soif (calle de la sed). El resto de la ciudad afectada por el incendio fue reconstruida según los planes del arquitecto del rey, Gabriel, que se cuidó mucho de evitar riesgos pasados, diseñando edificios de piedra y anchas calles rectilíneas. En una de sus plazas se encuentra el histórico Parlamento de Bretaña, que, desde que fue privado de eficacia política en la Revolución Francesa, funciona como tribunal de justicia. En su interior destacan los frescos de sus salas, realizados por los mismísimos artesanos de Versalles.

Desde Rennes, el camino fluvial hacia el norte continúa por el canal de Ille-et-Rance, un buen ejemplo de la pericia ingenieril francesa de principios del XIX. En un agradable paraje junto al pueblo de Hedé, una escalera de once esclusas consecutivas a lo largo de dos kilómetros permite superar los 27 metros de desnivel. En una de estas esclusas funciona un pequeño, pero interesante, museo sobre el canal y su historia. El canal propiamente dicho termina en Dinan, una preciosa ciudad medieval encaramada sobre el profundo valle del Rance que presume del encanto de sus casas de entramado. A partir de aquí el río se abre y queda a merced de las poderosas mareas del Canal de la Mancha. Empero, los navegantes expertos tienen la posibilidad de superar una última esclusa en la central mareomotriz de la boca del Rance para llegar a Saint-Malo.

Aun sabiendo que el 80 por ciento de la ciudad fue destruida en la Segunda Guerra Mundial y que gran parte de sus edificios son reconstrucciones de la posguerra, la vista de la ciudad fortaleza de Saint-Malo sigue siendo algo imponente. Muy orgullosos de su turbulento pasado corsario, los maluinos se han mostrado históricamente rebeldes ante poderes externos, ya fueran bretones, franceses o ingleses. Quizá esto se deba en parte a que, hasta la construcción del paseo de Sillon, la ciudad era, en la práctica, una isla. El paseo que recorre las murallas es un lugar perfecto para disfrutar del espectáculo de las mareas más altas de Europa y ver, al atardecer, cómo las playas desaparecen y el mar vuelve a poner a flote las islas que rodean la ciudad.

Todos a bordo: un breve cursillo y a pilotar por los canales

No hace falta ser un experto marinero para navegar por los canales bretones. Varias empresas alquilan todo tipo de barcos "sans permis", desde pequeñas barcas eléctricas para pasear unas horas hasta yates fluviales ("péniches") con camarotes y cocina para travesías de varios días. No es necesaria una licencia de navegación; basta con prestar atención al breve cursillo que se imparte antes de zarpar y, una vez superadas las primeras esclusas, el resto es coser y cantar. Los precios no son prohibitivos, si se tiene en cuenta que se puede dormir y comer en el barco y que algunos tienen capacidad para más de 10 personas.

La velocidad permitida en los canales es de unos ocho kilómetros por hora, y, aunque la lentitud forma parte del placer, hay que tenerlo en cuenta a la hora de planear el itinerario. El tramo del canal Nantes-Brest entre La Gacilly y Josselin, uno de los más populares y recomendables para iniciarse en esta práctica, supone, por ejemplo, unas 11 horas de navegación para completar los 62 preciosos kilómetros que las separan (cuatro días ida y vuelta). Para navegantes más ambiciosos, el eje norte-sur entre La Roche-Bernard y Saint-Malo ofrece aventuras de varias semanas.

Pero hay otras formas de disfrutar de los canales. Gran parte de los antiguos caminos de sirga son ahora vías verdes, ideales para recorridos en bicicleta o a pie, puesto que no circulan coches y su antigua función evita las pendientes pronunciadas. www.canaux-bretons.net

"Kalon digor", buen provecho en la tierra de las ‘crêpes'' y las ‘galettes''

Las crêpes no han sido siempre tan blancas ni tan delicadas. En la Bretaña, el suelo áspero de granito no era apropiado para el cultivo del trigo, aunque sí para el alforfón (al que los bretones denominan "trigo negro"), con el que preparaban las galettes: una masa con agua y sal que se cocía sobre piedras calientes como sustituta del pan. Con el tiempo comenzaron a prepararse con trigo blanco, dando paso a las crêpes tal y como las conocemos hoy en día, aunque las galettes siguen conservando un lugar primordial en la cocina bretona para sus preparaciones saladas, con huevo, queso y jamón, o las más sofisticadas, con magret de pato y frutas del bosque o foie y trufas negras.

La mantequilla es otra de las delicias bretonas y su variante salada no falta en ninguna mesa. Con ella se elaboran los kouign amann, unos bollos cuyo contenido calórico asegura el aporte de energía para completar toda una jornada.

Los tópicos y la historia hablan de una problemática relación entre Bretaña y el alcohol. La dureza de la vida en el campo, junto a la variedad y calidad de elixires, son parte de la explicación. Aunque se producen algunos buenos vinos, la estrella aquí es la sidra, que se toma sola o mezclada con cassis en el kir breton, uno de los aperitivos más populares.

Muy próxima también a las ancestrales raíces celtas de la región es la chouchen, un tipo de hidromiel que, consumida en exceso, llega a tener efectos druídicos.

Los mercados semanales de pueblos y ciudades son el lugar ideal para conocer y adquirir los productos de la tierra. Uno de los más importantes es el de Rennes, que se celebra en y alrededor de la céntrica plaza des Licees, con productos de toda Bretaña.