Cabo de Hornos, aventura extrema

El paso del Cabo de Hornos se descubrió hace 400 años, en 1616, pero entonces nadie se atrevió a cruzarlo. El punto que separa América de la Antártida recibe tempestades, icebergs inadvertidos y lo surcan las olas más temibles y gigantescas. Cruzarlo en un barco es una de las experiencias más auténticas para cualquier viajero.

Jordi Busqué
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Foto: Jordi Busqué

El Vía Australis, nave de bandera chilena, parte de Ushuaia al atardecer. Desde la cubierta principal se contempla cómo la ciudad más al sur del mundo se va haciendo más y más pequeña. Sobre la ciudad, la impresionante mole de roca del monte Olivia presenta su cumbre nevada pese a estar en pleno verano austral. Es evidente que la emoción embarga a los pasajeros. Durante la cena muchos no pueden evitar -dejando desatendida por unos minutos la deliciosa centolla- asomarse a las ventanas del comedor. Boquiabiertos, cual niños frente al cristal de una pastelería, admiran y sacan fotografías de las olas, que, al igual que el monte Olivia, presentan la cumbre blanca, en este caso de espuma. Antes de dormir, desde la ventana del camarote se vislumbran a lo lejos las luces de Puerto Williams, el pueblo más al sur del mundo.

A la mañana siguiente toca levantarse a las cinco de la mañana. La emoción ejerce de despertador por el desembarque que hay previsto para dentro de unas horas. Se trata de uno de los escenarios más importantes de la historia de la exploración marítima: el Cabo de Hornos. Afuera la temperatura es bastante fresca y el cielo está solo parcialmente nublado. Son buenas condiciones para este lugar y el capitán autoriza el desembarco en las zodiac. La orilla se alcanza en tan solo unos minutos. Una escalera de madera lleva a la parte alta de la isla donde están el faro y su responsable, que con su mujer y sus dos hijos son los únicos habitantes de la isla Hornos.

Caminando sobre la pasarela por la que se circula en la isla se llega hasta el monumento a los marineros que se perdieron en el Cabo de Hornos. Se trata de la figura de un albatros en vuelo, el ave característica de estas latitudes, que se dice es el espíritu precisamente de los marineros perdidos. Saber que no hay mucha gente que haya llegado hasta aquí hace sentirse afortunados a los que hoy lo hacen.

El Vía Australis parte hacia el norte y llega a la bahía Nassau. Sus cien kilómetros de ancho permiten a los vientos espacio de sobra para actuar sobre el agua. Las olas golpean la quilla del barco produciendo un sonido grave y sordo. El Via Australis es una nave grande y moderna, expresamente construida para salir sin contratiempos de cualquier situación que pueda encontrar en estas aguas. Es muy agradable observar la mar agitada desde la comodidad y seguridad del barco. Emociona pensar en los primeros navegantes que llegaron a estas latitudes en naves de madera que eran como una cáscara de nuez si la situación se ponía fea. La bahía se va estrechando hasta llegar al canal Murray, cuyas aguas, protegidas por la isla Hoste, son en comparación calmas como una balsa de aceite. La nave fondea en la bahía Wulaia y el pasaje desembarca en esta parte de la isla Navarino. Se impone un recorrido por el interior de un bosque magallánico, aprendiendo a distinguir las lengas de los ñires y los coigües, árboles muy comunes en la Patagonia. Tal vez la parte más interesante consiste en aprender a identificar el llamado pan de indio, un hongo que servía de complemento alimenticio para los yámanas o yaganes, los indígenas que Darwin encontró cuando pasó por este lugar en 1833 a bordo del HSM Beagle. Un mirador ofrece una panorámica magnífica de la bahía y algunas de las islas que rodean Navarino. Wulaia es una zona muy protegida y es fácil entender por qué era un lugar tan importante para el pueblo yagán.

Al día siguiente, aún sin salir el sol, pero con algo de luz, un glaciar pasa lentamente frente a la ventana del camarote. Ya en la cubierta superior, el espectáculo es sobrecogedor: durante una hora hasta cinco glaciares -Holanda, Italia, Francia, Alemania y Romanche- desfilan frente al barco. No es de extrañar que a esta parte del brazo noroeste del canal del Beagle se le llame la Avenida de los Glaciares. El espectáculo acabado de presenciar es el tema de conversación durante el desayuno: "Menuda forma de despertar", "qué rápido saltaríamos de la cama todos los días si en lugar de ir al trabajo nos esperara una experiencia semejante", son algunos de los comentarios que se escuchan.

Entre fiordos y glaciares

La próxima etapa es el seno Pía. La navegación es siempre tranquila y placentera dentro de los fiordos. Se alcanza el inicio del seno y se desembarca para realizar un paseo para observar el glaciar Pía. Se trata de un entorno completamente virgen, que induce prudencia hasta a la horta de pisar la hierba por miedo a corromper un lugar tan bello y puro. Por la tarde le llega el turno al fiordo Garibaldi, con una excursión hasta una cascada y la observación del glaciar homónimo. Las últimas horas de la tarde transcurren en uno de los salones del barco, escuchando una de las amenas conferencias que se programan todos los días. Estas versan sobre la biología local, la historia de la exploración de la zona o la geología de los glaciares, entre otros temas.

A la mañana siguiente amanece en el canal Cockburn. Desde las zodiac se explora el fiordo Alakalufe, donde numerosas cascadas precipitan sus aguas directamente sobre el mar. Tras desembarcar hay que caminar hasta el glaciar Piloto. Llama la atención su color azulado, debido al alto grado de compresión del hielo, que ha expulsado de su interior casi todas las burbujas de aire. Gracias a una anterior charla sobre glaciares por uno de los expertos impartida antes del desembarco el ojo es ahora mucho más experto. El hielo es el principal responsable en el proceso de formación de esta geografía tan abrupta y las cicatrices que ha dejado en la roca son prueba de ello. Por la tarde se navega por el fiordo De Agostini. Desde aquí se puede ver la cordillera Darwin, uno de los lugares más inexplorados del planeta. Luego se realiza un paseo hasta el frente del glaciar Águila. Ya de noche, el salón está más lleno de lo habitual. Todo el mundo charla animadamente con un cóctel en la mano. Se comentan los mejores momentos vividos y se intercambian contactos ya que al día siguiente se llega a Punta Arenas.

El último día del crucero por el Cabo de Hornos comienza con el Vía Australis fondeado frente a la isla Magdalena. Los rayos del sol naciente iluminan el faro con sus tonos cálidos. Se llega a la isla en las zodiac para encontrar la gigantesca colonia de pingüinos de Magallanes que la habita. El paseo por la isla tiene la banda sonora de los graznidos de estos palmípedos que, al parecer, se encuentran en plena época de buscar pareja. Es más que interesante pararse a observarlos, y parece que también ellos se sienten atraídos por la presencia humana ya que se acercan a curiosear a menos de un metro de distancia. Tras el paseo, vuelta al barco y rumbo a Punta Arenas. En el puerto de esta histórica ciudad termina la navegación por algunos de los lugares menos influenciados por el ser humano que quedan en la Tierra. Ciertamente embarga un sentimiento de privilegio por haber podido conocer un lugar tan inaccesible y bello. En el momento de la despedida, los comentarios más frecuentes expresan el deseo de que estos paisajes sean preservados para las generaciones venideras.

La única familia de Cabo de Hornos

Samuel Gutiérrez había navegado por la zona del Cabo de Hornos en numerosas ocasiones como miembro de la marina de Chile. "Natalia, mi mujer, siempre se quejaba de que yo pasaba demasiado tiempo lejos de ella, navegando. Así que le propuse venir a pasar un año como responsables del faro. Finalmente aceptó y aquí estamos", cuenta Samuel. Su cargo se llama Alcalde de Mar de la Isla Hornos. En la isla las tareas de Samuel son variadas: "Tengo que controlar el tránsito marítimo y cada tres horas reportar por radio los datos de la estación meteorológica. Además, también realizo el mantenimiento de las instalaciones. Hace un rato estaba revisando el generador y más tarde voy a vestirme de buzo para hacer una reparación de la parte sumergida del embarcadero. Tengo demasiado trabajo para aburrirme." La escolarización de sus dos hijos es por correspondencia, enviando los exámenes en barco hasta la escuela de Puerto Williams. La pregunta obvia es si no se sienten solos: "En realidad, nosotros no estamos tan aislados como algunos de mis compañeros. Hay bastantes barcos que se sienten atraídos por el Cabo de Hornos, pero, ¿cuántos hay que desembarquen en Wollaston, Hoste y tantas otras islas que no son tan famosas como la mía? Los alcaldes de mar de aquellas islas solo tienen contacto humano una vez cada dos o tres meses, cuando el barco de la Armada les lleva provisiones. Nosotros aquí estamos más entretenidos."

El experimento Jemmy Button

En 1830 el almirante Robert Fitzroy, capitán del HMS Beagle, decidió llevar a Inglaterra a cuatro indígenas capturados en la zona de Wulaia. "confiando que los beneficios debidos al contacto con las costumbres inglesas les compensaría la separación temporal de su tierra". Los cuatro yaganes eran una niña de 8 años, a la que llamaron Fuegia Basket; un joven de 20 años, al que llamaron Boat Memory; un hombre grande y fuerte, al que llamaron York Minster, y un chico de 14 años, al que llamaron Jemmy Button. Una vez en Inglaterra, Fitzroy contrató a un profesor que, además de enseñarles inglés y cristianismo, les daría alojamiento en su casa de las afueras de Londres. La noticia de la llegada de estos visitantes fue tan notoria que incluso la reina de Inglaterra los recibió en su palacio. En una recepción de lo más original, esta les hizo todo tipo de preguntas y les obsequió con diversos objetos refinados, probablemente de valor dudoso desde el punto de vista indígena. Al cabo de un año, el Beagle retornó a la bahía Wulaia y dejó a los indígenas en libertad, eso sí, vestidos como ciudadanos de Londres y hablando inglés. Debían ser una semilla para transformar la cultura yagán. Sin embargo, cuando el Beagle regresó un año después encontró, según palabras de Charles Darwin, "al pobre Jemmy convertido nuevamente en un salvaje enclenque y sucio, con una larga cabellera desordenada y prácticamente desnudo".