Buenos Aires y los libros

Las manzanas arrabaleras de Jorge Luis Borges, los cielos furtivos de Julio Cortázar, las esquinas vivas de Roberto Arlt o las floridas veredas de Oliverio Girondo escriben (y describen) solo algunas de las páginas más célebres (y más celebradas) de ese fascinante libro abierto al que habitualmente llamamos Buenos Aires. Porque cuando se horadan a conciencia las calles porteñas salen a la superficie libros y escritores que no pueden vivir ni soñar sin Buenos Aires.

Pablo Nacach
 | 
Foto: Álvaro Arriba

Si en un personaje pueden unirse el amor hacia libros y bibliotecas y el fervor por Buenos Aires, ese es sin duda Jorge Luis Borges (1899- 1986). Ansiando quizás la paz hecha de estanterías y de soledad, entre 1937 y 1946 Borges ejerció un cargo subalterno en la Biblioteca Municipal Miguel Cané, del tradicional barrio de Boedo. Viva aún hoy, en el edificio de la calle Carlos Calvo 4319 es posible visitar la piecita donde quién sabe si no habrá Borges rumiado uno de sus relatos más fascinantes, La biblioteca de Babel, peregrinando así en busca del "catálogo de catálogos" por los anaqueles de aquella "ilegible biblioteca de los arrabales del Sur", como el mismo Borges pareció homenajearla en su cuento El Aleph. En 1955, Borges es nombrado director de la Biblioteca Nacional, cargo que ocupa hasta 1973, desarrollando sus actividades en un edificio de la calle México 564, en el pintoresco barrio de Montserrat. Declarado Monumento Histórico Nacional, allí funciona actualmente el Centro Nacional de Música. Borges consagró una inmensa energía a promover el fundamental espacio público que supone toda biblioteca, y sin duda su legado continúa encendido en rincones, páginas de libros e inquietudes lectoras del nuevo edificio de la Biblioteca Nacional, un icono del llamado Brutalismo arquitectónico, digno de ser visto, al que se accede por la calle Agüero 2502, en el lujoso barrio de la Recoleta.

Buscando "los atardeceres, los arrabales y la desdicha", en 1923 Borges escribió esa suerte de guía turístico-emocional titulada Fervor de Buenos Aires, una serie de poemas con los que pueden recorrerse trozos imperecederos de historia porteña, ubicándola en sitios concretos como la Plaza San Martín o La Recoleta, o amplificándola en sentimientos elevados como la ausencia, la noche, la despedida o un patio. Con Denominación de Origen Jorge Luis Borges encontramos también las palabras que el autor dedicara al barrio donde pasó su infancia: el barrio de Palermo. En 1929 escribe uno de sus poemas más famosos, Fundación mítica de Buenos Aires, señalando con cartabón el epicentro de su vivencias infantiles: "Una manzana entera pero en mitá del campo/ expuesta a las auroras y lluvias sudestadas. / La manzana pareja que persiste en mi barrio: Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga". Paradojas del destino o cuento borgiano hecho realidad, en 1996 el gobierno de la ciudad rebautizó la calle Serrano como calle Jorge Luis Borges, motivo por el cual la "manzana pareja" del poema ya no persiste, debido a que la calle Serrano, nominalmente, ya no existe.

Para leer el barrio de Palermo en las líneas de la mano de Jorge Luis Borges haremos bien en caminar lentamente, sin pretender atrapar lo inasible: tampoco existe ya el número 2135 de la antigua calle Serrano, dirección de la casa de la abuela Fanny donde vivió Borges su primera infancia, porque al 2129 le sigue el 2137. Sin embargo, en esas calles "enternecidas de penumbra y ocaso" resisten todavía viejos espíritus con nombre propio, a los que es posible tocar "como quien acaricia a alguien que duerme": son los árboles de Buenos Aires, hijos predilectos de la Pampa que habita bajo baldosas y adoquines, que se empeña en seguir alimentándolos.

Julio Cortázar, hermosísimo cronopio
Claro que lo que a principios del siglo XX era "en mitá del campo", a comienzos del XXI es lo más chic de lo chic: en esta zona del barrio de Palermo convergen sin divergencias galerías de arte de moda, tiendas de ropa de moda, bares temáticos de moda, restaurantes argentinos de moda... Porque desde hace algunos años el barrio convierte en moda todo lo que toca, y sus habitantes están convencidos de que el SoHo neoyorquino o el Hollywood de Brangelina son, en realidad, meras franquicias de Palermo. Bajando por la calle Serrano -perdón, por la calle Jorge Luis Borges- hacia la Avenida Santa Fe desde la casa donde (no) hemos podido visitar al pequeño Georgie Borges, tampoco podremos encontrarnos con un edificio emblemático que se ha ido en cuerpo pero jamás se irá en alma: la sucursal de Correos donde esa familia tan cortazariana dejó su sello -¡nunca mejor dicho!- en Correos y telecomunicaciones, el cuento que Julio Cortázar (1914-1984) escribió para la posteridad en Historias de cronopios y de famas, y grabó con su propia voz para quien quiera escucharlo (www.youtube.com/watch?v=-QJRDxIIkN8).

Al otro lado de la Avenida Juan B. Justo, la calle Humboldt es el escenario predilecto de esa familia tan extraña cuyo manifiesto liminar señala que "en un país donde las cosas se hacen por obligación o fanfarronería, nos gustan las ocupaciones libres, los simulacros que no sirven para nada". Pasear hacia arriba y hacia abajo por la calle Humboldt -entre la Avenida Santa Fe y la Avenida Córdoba, por ejemplo- junto a esta familia llena de tías en dificultades y de sillones para morirse, supone un magnífico modo de aprender formas novedosas de comportarse en público y, sobre todo, constituye una oportunidad única para conocer el barrio de Palermo con calma y tranquilidad, entre otras cosas porque el Consistorio de la ciudad todavía no le ha cambiado el nombre a la calle...

¿Un cielo es todos los cielos?
Nuevamente en la Avenida Santa Fe, en una zona que no hay quien entienda por qué se llama Pacífico, con el estrepitoso trajinar que allí impera, miles y miles de autobuses de todos los colores -llamados colectivos en idioma argentino, bondis en lunfardo- podrían ser metáfora de los cronopios, las famas y las esperanzas imaginados por Julio Cortázar en su libro, si no fuera porque para montarse a bordo de alguno de estos autobuses es preciso en ocasiones arriesgar la vida propia y la literatura ajena. En cualquier caso, los bondis de la Línea 111 -de color verde y amarillo- o de la Línea 152 -azul, rojo y blanco- terminarán por llevarnos hasta el centro de la ciudad, a la calle Florida 165, donde podemos encontrar otro de los grandes escenarios cortazarianos: la porteña Galería Güemes, que junto a la parisina Galería Vivienne comparte papel protagonista en el insigne relato titulado El otro cielo, de Todos los fuegos el fuego. Bandera del Art Nouveau arquitectónico, primer rascacielos de la ciudad de Buenos Aires y sitio de interés cultural, la Galería Güemes, construida en el año 1915, es hoy un importante centro comercial.

Con tintes marcadamente autobiográficos, Cortázar nos cuenta que hacia el año 1928, el Pasaje Güemes era para él "la caverna del tesoro, un falso cielo de estucos y claraboyas sucias, una noche artificial que ignoraba la estupidez del día y del sol ahí afuera", y que allí acudía a sus catorce años a quitarse "la infancia como un traje usado". La Galería Vivienne de París fue enseguida territorio familiar para el Cortázar adulto, pues sus secretos se los había desvelado su hermana especular, la Galería Güemes de Buenos Aires. Quizás por ello, la primera edición de Todos los fuegos el fuego, que data de 1966 y puede costar hasta 150 euros, nos muestre a uno y a otro lado de la portada, a uno y a otro lado del Atlántico, las fotografías rojizas de ambas Galerías, de ambos mundos, de otros cielos.

Cuenta la leyenda urbana que la Avenida Rivadavia es la más larga del mundo: sólo en la ciudad de Buenos Aires tiene 106 cruces con semáforos, por ella pasan 83 líneas de autobuses y posee casi 30.000 números de inmuebles. En un recorrido algo alejado de los circuitos turísticos, pero, justamente por eso, más intenso y pintoresco, poco después de salir del barrio de Montserrat y del Once, la Avenida Rivadavia se nos ofrece sur cando como un relámpago los barrios de Almagro, Caballito y Flores, territorios cartografiados con maestría por Roberto Arlt (1900-1942) y Oliverio Girondo (1891-1967).

La vida en las esquinas
Arlt encuentra vida en las esquinas, en esos sitios privilegiados de las calles donde la gente se cruza y se entrecruza, y así lo deja reflejado, por ejemplo, en esas postales anímicas de Buenos Aires que son sus Aguafuertes porteñas.

De este modo, si en Los chicos que nacieron viejos su mirada se posa en las esquinas de Rivadavia y Membrillar, donde analiza a "un muchacho con cara de jovie que sin embargo no tendría más de veinte años", o en las esquinas de Rivadavia y Bolivia, donde recuerda "el comercio de remendón de un viejo zapatero andaluz que me inició en los deleites y afanes de la literatura bandoleresca", en Molinos de viento en Flores se centra en las esquinas de Beltrán, Bacacay y Ramón L. Falcón, donde tiempo atrás existían molinos de viento y, quién sabe si a juzgar por la gran imaginación del Dostoievski argentino, también se pasearían por el barrio de Flores Don Quijote y Sancho...

A Roberto Arlt le fascinaban las esquinas, escenarios donde transcurría la función teatral de Buenos Aires; Oliverio Girondo parecía tener ojos sólo para las personas. ¿O sólo para las mujeres? Así parece descubrírnoslo en estos bellísimos versos pertenecientes a esa suerte de guía turístico-sentimental titulada Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, y que dice así: "Las chicas de Flores se pasean tomadas de los brazos, para transmitirse sus estremecimientos, y si alguien las mira en las pupilas, aprietan las piernas de miedo de que el sexo se les caiga en la vereda".

Fútbol, pasión de literatos
"En la portería, el Pulpo Fontanarrosa; en el eje de la defensa, el Caudillo Martínez Estrada; barriendo el centro del campo, el Metrónomo Roberto Arlt; punta de lanza y goleador centenario, Locomotora Marechal...". ¿Es posible imaginar un relato radiofónico que comience así? En un país tan "futbolero" como Argentina, cualquier cosa al respecto es posible, y si los Monty Python enfrentaron a los filósofos griegos contra los filósofos alemanes en su vídeo de 1972, ¿por qué no presenciar un partido de fútbol-literatura entre escritores argentinos? Los arriba mencionados tienen fantásticos textos sobre fútbol, que pueden leerse mientras se pasea por Buenos Aires. Así, al menos por un momento, el Deporte Rey dejará de ser un negocio para volver a ser un juego. En su libro "Puro Fútbol" (De la Flor, 2004), el recientemente fallecido Roberto Fontanarrosa compiló sus inolvidables cuentos sobre fútbol, uno más divertido que el otro. En el apartado "Estadios" de su "La cabeza de Goliat" ("Revista de Occidente", 1970), Martínez Estrada compara al fútbol con una ceremonia religiosa. Roberto Arlt hace referencia a las "barras" y al sentimiento exagerado del fútbol en Argentina en sus "Nuevas aguafuertes porteñas" (Hachette, 1960). Y Leopoldo Marechal, en "Megafon o la guerra" (Sudamericana, 1970) comenta un clásico entre River Plate y Boca Juniors.

"Mafalda" eterna
¿Qué diría la inquieta y movediza "Mafalda" de la estatua que el gobierno de la ciudad de Buenos Aires inauguró con su imagen en agosto de 2009? No sabemos si estaría contenta de tener que quedarse tan quietecita para el resto de sus días, aunque, si lo pensamos mejor, como el tiempo de "Mafalda" es la Eternidad, mucho no podría molestarle. En cualquier caso, feliz estaba su padre, Joaquín Lavado, mundialmente conocido como Quino, al inaugurar la estatua que se encuentra en las esquinas de las calles Chile y Defensa, en el céntrico barrio de San Telmo. Las autoridades eligieron ese emplazamiento ya que en Chile 371 vivía precisamente Quino cuando creaba a su personaje más famoso. La escultura es obra del artista Pablo Irrgang y hoy el sitio se ha convertido casi en lugar de peregrinaje, y no hay turista que olvide sacarse un par de fotos junto a la heroína popular argentina. Sin embargo, el mejor consejo sería quizás ponerse a releer los viejos libritos en los que "Mafalda" y sus amigos ponían a parir al mundo, que desde luego no ha cambiado demasiado...