Brooklyn: Intenso, provocador y creativo

Cambió sus fábricas por galerías, su mala fama por halagos, sus tasas de criminalidad por sobredosis de talento. El barrio de Brooklyn inventa, provoca y rejuvenece. Desde la marea juvenil enamorada del arte y siempre a la última de Williamsburg a los cada vez más exclusivos talleres experimentales de la zona de DUMBO o el encanto sereno de Park Slope, la vida más intensa de Nueva York está aquí.

Miriam Márquez
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Foto: Sara Janini y Enrique López-Tapia

Si ayer este distrito de Nueva York era el hermano pobre, el paraíso de las bandas mafiosas, el lugar donde vivían quienes no podían permitirse ni un rincón propio más allá del puente, hoy Brooklyn manda. Aquí se pintan las telas que emboban después al mundo, se ruedan las series, se dibujan los cómics, se graban las canciones de rock que suenan en los templos de la música. Aquí se escriben dardos periodísticos en las mismas terrazas donde se sirven algunos de los brunchs más reputados de la Gran Manzana. Ahora no hay lugar para el pasado ni los tópicos en las calles de Brooklyn. Todo debe transformarse, negarse, resurgir o perecer sin miramientos.

Todo empezó, les gusta contar a los propios artistas, con unos cuantos bohemios dando la espalda a la acristalada Manhattan en busca de alquileres baratos en distintas oleadas desde los años 80. Se encontraron una zona proletaria, industrial e inmigrante donde el territorio de los vendedores de crack se alternaba con el rezo de los judíos hasídicos, las manzanas de los puertorriqueños y las austeras alacenas de los comercios polacos, entre otros muchos orígenes.

Este distrito o borough sería la cuarta ciudad del país en extensión si fuera independiente y sirve de morada a más de dos millones y medio de personas en sus mil y un barrios. En la actualidad, uno de ellos, Williamsburg ("Billyburg", como les gusta decir a sus fanáticos), es una de las zonas más frenéticas desde el punto de vista cultural de Estados Unidos. Puede que en ningún otro lugar del país haya mayor concentración de profesionales y, sobre todo, aspirantes a escritores, músicos, artistas plásticos o diseñadores. No resulta tan extraño toparse en Bedford Avenue, el corazón del barrio, con un joven vestido con falda de tablas y grandes gafas de pasta que lleva escrito en un cartel a su espalda: "Ayudo en lo que haga falta si el resultado es una película". Nada como Williamsburg, por tanto, para contagiarse de la energía que Brooklyn exige en cada una de sus esquinas. Con sus más de 30 galerías de arte, sus performances callejeras, sus actuaciones musicales en vivo y sus tiendas vintage, donde la ropa de la abuela se funde con excéntricas joyas de diseño, Williamsburg contagia vida.

En Williamsburg suele el viajero caminar extasiado por el recuerdo de una instalación provocativa y, de pronto, aparece en otro mundo. Sucede con el barrio de los judíos hasídicos, una especie de agujero de gusano que conecta Nueva York con Mea Shearim, un austero barrio de la Jerusalén más conservadora. Aquí los judíos que no se conforman con la práctica rutinaria de su religión, sino que aspiran a "embellecerla" (según se desprende de su nombre), pasean sus negras vestiduras frente a paredes de rojos ladrillos y lujosos automóviles de cristales tintados. Abundantes pero esquivos (odian ser retratados), son expertos desde niños en ignorar al turista que asiste embobado al riguroso trajín y compras de los viernes para preparar el Sabbath.

Tienen los judíos de Brooklyn un historial cargadito de malas relaciones con sus vecinos puertorriqueños y afroamericanos. Lo que para ellos es su cruz -estar tan pegados a una forma de vida tan opuesta-, para el viajero es una suerte. Sólo unas pocas manzanas más allá de los bucles hebreos, las familias puertorriqueñas exhiben orgullosas la bandera de la tierra que dejaron atrás o que quizás ni siquiera han podido conocer todavía. En estas calles, que son más pueblo que barrio, los niños aprenden a un tiempo a hacer mates en la canasta y a ganar manos de dominó, a recitar los diálogos de las novelas que se ven en casa y a canturrear hip hop.

No hay mejor lugar para recuperarse de la locura de impactos visuales que irradia Williamsburg que el encantador barrio de Park Slope, situado en el corazón del distrito. En él, la bohemia, la vida familiar, el sosiego, las compras y la ecología conviven sin demasiadas estridencias. Las boutiques más chic de las avenidas Fith and Seventh contrastan con los mercadillos de productos biológicos que los agricultores traen directamente a estas calles a sabiendas de encontrarse con un público especialmente comprometido. El mismo espíritu que lleva a sus habitantes al cercano Prospect Park.

Este gigantesco parque, diseñado por los mismos creadores del archiconocido Central Park de Manhattan, es el aliento fresco de Brooklyn. Los picnics sobre su césped son lo de menos. A este pulmón verde se viene a patinar, a montar a caballo, a enamorarse en su lago, a enseñar a los niños lo que es un verdadero tiovivo lacado, a llenarse de endorfinas en su relajante jardín botánico, a contemplar obras de arte en el cercano Brooklyn Museum of Art o a recuperar el gusto por los verdaderos tomates en sus mercadillos de verduras.

Pocos lugares seducen tanto a los niños en Brooklyn como el Prospect Park -existe incluso en esta zona un museo especialmente pensado para ellos-. Hay uno, sin embargo, cuyo nombre despereza en un instante al chaval estadounidense más taciturno: el parque de atracciones de Coney Island. La primera impresión del viajero que llega a esta enorme zona recreativa suele ser de incredulidad. Imposible concebir que tal amalgama de seres fantásticos, atracciones pasadas de moda, bailarinas burlonas, perritos calientes, olores pegajosos, tatuajes, personajes excéntricos o nubes de algodón puedan sumarse uno tras otro hasta el infinito. La segunda sensación, descansada ya la retina, es de total entrega. Porque tiene Coney Island una franqueza tal en su estilo chabacano y popular, a la vez que divertido, que cautiva plenamente. Esta sinceridad proviene de un rasgo decisivo en su identidad que diferencia su parque de atracciones de otros muchos: su independencia.

No hay propietario ni entidad que centralice la totalidad de su medio centenar de atracciones. Las hay míticas, como la montaña rusa Cyclone, que, dicen, encandiló la infancia del mismísimo Woody Allen. Las hay provocadoras, como sus bailarinas de burlesque, más o menos entrenadas dependiendo del caso. Las hay simplemente inolvidables, como el Sideshows by the Seashore. Es esta última una asociación sin ánimo de lucro que se dedica a jugar con la delgada línea entre lo real y lo grotesco. Es difícil catalogarla porque no encaja en la palabra circo, tampoco en lo que se espera de un cabaré. Es más que nada un mundo aparte donde las actuaciones freaks alternan con los malabarismos, los superhéroes y las improvisaciones a demanda del espectador.

Puede que, curados a base de años y visitas, a muchos neoyorquinos les sonroje un poco el espectáculo caótico de Coney Island. La inmensa mayoría de ellos, sin embargo, atesora en su recuerdo un perrito comido en la célebre Nathan''s, una cerveza en sus playas o un achuchón furtivo en lo alto de una de sus norias. Incluidos (aunque lo nieguen hasta la muerte) los artistas que exponen en las galerías de DUMBO. Significa este acrónimo Down Under the Manhattan Bridge Overpass y es sinónimo de fábricas reconvertidas, instalaciones artísticas y éxito. Esto último porque la revalorización del barrio, que atrajo a artistas bohemios que buscaban estudios amplios y baratos, ha resultado imparable.

En la actualidad, DUMBO es un barrio vanguardista a la vez que familiar, donde ver a un niño disfrutar de su piruleta mientras trata de cazar mariposas de luz en una moderna (y carísima) instalación artística es moneda de cambio. Tanto es su influjo que se ha convertido en los últimos años en un plató a cielo abierto. Sus anchas calles, sus murales, sus galerías en plena experimentación y el perfil del Puente de Manhattan colándose de vez en cuando a lo lejos son perfectos para spots, videoclips, cortometrajes y, por supuesto, para vivirlos. Es en DUMBO donde se encuentra uno de los parques que para muchos tiene las mejores vistas de Nueva York, el Empire-Fulton Ferry State Park. Más de uno queda tan hechizado por la imagen del East River, el puente, Manhattan y la Estatua de la Libertad, que el guarda de seguridad tiene que emplearse a fondo para desalojarle antes de que oscurezca.

No existen interrupciones en ese paseo de Brooklyn Heights, donde admirar el anochecer es casi un dogma. Disfruta el Promenade, con sus bancos y sus turistas, sus novios grabando el vídeo de su boda, sus abuelos leyendo el periódico; todo un espectáculo inabarcable. Poco a poco las luces de Manhattan se encienden, el gris se vuelve negro, las sombras del cercano puente de Brooklyn se tranquilizan, las brumas se disimulan y el contraste se torna más nítido. El skyline aparece con su perfil más imponente. Es fácil entender entonces por qué tantos abandonan Manhattan para venirse a vivir a este barrio residencial, donde se tiene lo mejor de la gran urbe pero lejos de su desenfreno.

En las amplias calles arboladas de Brooklyn Heights, con sus casas típicas (las brownstones), sus escaleras de forja, sus avenidas con nombre de fruta, se respira una Nueva York perfumada y dueña de sí. Quizás por eso o porque arterias como Montague Street son verdaderos placeres para el paseante, el barrio tiene un floreciente currículo literario. En sus brownstones vivió Arthur Miller con Marilyn Monroe, también Norman Mailer, Carson McCullers y hasta Truman Capote. Desde su casa en Montague Street escribió este controvertido autor su célebre Desayuno en Tiffany''s. Su protagonista, Holly Gollightly, hambrienta de glamour, soñaba con sensacionales joyas que no podía permitirse mientras se comía su cruasán en la Quinta Avenida de Manhattan. Si Truman Capote lo escribiera ahora, quizás Holly vestiría modelos vintage y apuraría su café frente a una galería de arte de Brooklyn.

10 cosas que hacer en Brooklyn

1 | Un "picnic" en Prospect Park. En el gran pulmón verde de Brooklyn se puede patinar, tumbarse plácidamente en el césped o subirse en un tiovivo. Aquí también se puede montar a caballo y recibir clases de equitación en Kesington Stables (51, Caton Place. www.kesingtonstables.com).

2 | Recorrer el barrio de Besonhurs. Para muchos habitantes de Brooklyn, la verdadera Little Italy, pero con menos turistas. Cristoforo Colombo Boulevard es una de sus calles centrales.

3 | Comerse una hamburguesa en Five Guys. (138, Montague Street). Es la cadena de comida rápida que tanto le gusta al mismísimo presidente Obama.

4 | Visitar las tumbas de Mae West y Samuel Morse en el desconcertante Greenwood Cementery (www.green-wood.com).

5 | Darse un paseo nostálgico y literario por los lugares de Brooklyn Heights, donde Truman Capote escribió Desayuno en Tiffany''s (70, Willow Street) o donde Marilyn Monroe vivió con Arthur Miller (60, Montague Street).

6 | Regalarse una intensa jornada de tiendas en la conocida Fulton Mall Street, una de las más activas del país.

7 | Darse una vuelta por Williamsburg para admirar las obras de arte "grafiteras". Algunos de los más reputados artistas del mundo trabajan aquí. Mejores calles para descubrirlos: Bedford Street, Keap and Hope, North 3rd, Whyte o Metropolitan Roebling.

8 | Explorar la programación de la excelente Brooklyn Academie of Music (www.bam.org). Un templo de la música y de la danza, las performances, el arte y los debates. También se pueden presenciar muestras de cine independiente en el Bam Rose Cinema.

9 | Disfrutar de las excentricidades de "Sideshows by the Seashore", en Coney Island (1208, Surf Avenue), un curioso espectáculo donde se juega con la delgada línea entre lo real y lo grotesco y que combina números cabaré,montajes de teatro y bar freak.

10 | Ver una inolvidable puesta de sol en el Promenade de Brooklyn Heights.

La vuelta al mundo en 80 manzanas

Hay pocos lugares en el mundo como Brooklyn para el viajero que adora impregnarse de otras culturas. Hágase con un buen mapa del distrito y cálcese unos zapatos cómodos. Y entonces descubrirá la cultura afroamericana más viva en Bedford Stuyvesant, con sus centros de arte y los garajes donde se crea hip hop. O el tremendo impulso de la comunidad latina en la zona de Bushwick. O en los alrededores de Sunset Park, donde en los comercios abigarrados de los inmigrantes chinos se puede comprar mucho más barato, si se tiene paciencia, que en la famosa Chinatown.

"Little Odessa": vodka, blinis y lecciones de cirílico

A un paseo de Coney Island se encuentra un barrio donde el cirílico es también alfabeto oficial. Su nombre real es Brighton Beach, pero muchos lo conocen como Little Odessa ("Pequeña Odessa") por la cantidad de inmigrantes que desembarcaron aquí a partir de la década de los años 70 provenientes de la antigua Unión Soviética (infinidad de ellos ucranianos). Si cualquier barrio de expatriados suele tener un poso de nostalgia, en Little Odessa esta sensación se multiplica por cien. Muchos de los miembros más jóvenes de la comunidad terminan progresando y mudándose a otras zonas de la ciudad. Quedan, por tanto, los mayores, que siguen teniendo su cabeza no ya en la vasta y extinta URSS sino en las costumbres concretas de la ciudad o el pueblo que dejaron. Para el viajero, esto se traduce en un tremendo abanico de oportunidades (y variaciones) gastronómicas. Puede que el pollo Strogonoff no se le parezca mucho al que tomó en Moscú o que los blinis tengan un toque diferente a los que está acostumbrado. No significan estas pequeñas diferencias que sus recetas sean menos auténticas. No hay excusas, por tanto, para perderse este carismático barrio cruzado por las vías del tren y que ofrece una sorpresa en cada esquina. A un paso, una señora ancianísima sigue contando el cambio en ruso 30 años después de pisar suelo americano. Un metro más allá, un joven pasa su carné de conducir en la lengua de sus abuelos. Al doblar la esquina, se puede visitar un bar oscuro, que dicen pertenece a la mafia rusa y que conviene mirar desde la distancia. En definitiva, un universo que le llena a uno la copa de vodka casi sin darse cuenta y frente al que sólo queda brindar entusiasta. "¡Na Zdorovie!".