Bilbao, las rendijas de la ciudad del milagro

El Museo Guggenheim, obra de Frank Gehry, y la línea de metro diseñada por Norman Foster dieron nuevos bríos a una ciudad que apuesta ahora por la modernidad en sus propuestas gastronómicas, artísticas y de ocio, pero sin olvidar tampoco a sus grandes clásicos.

Rafael de Rojas

?En todas partes se pone al viejo Bocho como ejemplo de milagro turístico al que emular por cualquier ciudad anodina con proyecto arquitectónico de postín. Un poco cogiendo el rábano por las hojas, porque Bilbao, bajo su capa grisácea, tenía para cuando llegó el Guggenheim una personalidad arrebatadora que reflejar en las planchas de titanio del edificio de Frank Gehry. Presumía Bilbao de ser la ciudad más cosmopolita y tolerante del norte (frente a otros vecinos sumidos en el ensimismamiento o vocacionalmente elitistas), y contaba al menos con un barrio en el que se vienen dando sin interrupción fusiones y mezcolanzas de una cultura de espíritu funambulista. Se trata de San Francisco, Las Cortes o La Palanca, los tres nombres de un barrio que mira al Casco Viejo desde la otra orilla. Aquí vivió la emigración mesetaria a Bilbao desde los años 60 y 70 y aquí reside la actual población africana de la ciudad. Unos y otros abrieron curiosas peluquerías en sus calles, ahora especializadas en trenzas como antes lo estuviera en flequillos. También en este barrio se vive una Semana Santa especial, con una procesión en la que algunos vecinos travestis cantan saetas. Aquí, además, pervivieron durante años los bares gays más turbios de la ciudad, que ahora se han puesto de moda y conviven con discotecas y bares de éxito.

Por supuesto, enfrente siguen dando batalla los incombustibles bares del Casco Viejo. Entre las sedes habituales del txikiteo existen lugares de siempre que reviven ahora, como el Irintzi (1) (Santa María, 8), un clásico recuperado por los más cool en los últimos tiempos; o el Lamiak, famoso por su militancia lésbica y sus tartas de chocolate. Al calor del Guggenheim también nacieron propuestas como el bar de copas Splash Crash (2), ubicado dentro del Gran Hotel Domine, con estética retro de los años 60 y sede oficiosa de los más guapos de Bilbao.

Donde Bilbao da el do de pecho, por supuesto, es en todo lo relacionado con el estómago. Además de los clásicos, a la capital del Nervión nunca le faltan rarezas. Como Epelde Mardaras (3) (epelde-mardaras.com), mitad galería de arte y mitad restaurante. Ubicado en un tercer piso, sólo tiene una mesa en la que comer rodeado de obras a la venta. Por su parte, en El Gallinero (Pérez Galdós, 15) (4) sólo se pueden comer huevos, pollos y ensaladas. Su carta propone 14 formas distintas de comerse un huevo frito. Fuera del Bocho, el restaurante Echevarri cocina a la parrilla con un carbón de elaboración propia. Así, en esta cocina no exenta de extravagancias se usa leña de encina para pescados y mariscos, y de manzano para los platos con caviar. Para terminar de llenar el buche, Thate (5) (www.thate.com) es una charcutería alemana (desde los productos a los propietarios) situada en el centro de Bilbao.

En el apartado arte, algunos museos de Bilbao, como el de Bellas Artes, ya peleaban antes del Guggenheim por su huequecito en la vanguardia o la promoción del arte. En cuanto al panorama galerístico, ahora cuenta con rarezas como Apetit Gallery (6) (apetitgallery.com), tienda y galería de cultura urbana.

Pero en la ciudad que se trajo a Norman Foster para diseñar un metro de una sola línea y que recuperó a los pocos años el tranvía siguen existiendo tradiciones como sacarse el abono en el Teatro Arriaga, beber kalimotxo en alguna ribera del Nervión, comprar libros o cachivaches en el mercadillo dominical de la Plaza Nueva o acercarse a una de las dos catedrales (la del Casco Viejo y San Mamés) que posee la capital vizcaína.